miércoles, 28 de noviembre de 2018

No confundamos la “Q” con las témporas


Recientemente se ha presentado la nueva Norma “UNE 302002. Museos. Requisitos para la prestación del servicio de visitas”, desarrollada por un comité técnico de expertos presidido por el Ministerio de Cultura y Deporte (Subdirección General de Museos Estatales) y coordinado por el Instituto para la Calidad Turística Española (ICTE) y la Asociación Española de Normalización (UNE). En él han participado 40 expertos pertenecientes a museos relevantes españoles y a asociaciones del ámbito cultural y museístico.
La nueva Norma UNE 302002 establece requisitos para garantizar la experiencia satisfactoria de los usuarios del museo durante su visita (accesibilidad, información, trato recibido, facilidades para planificar y organizar la misma o estado general de espacios e instalaciones de acceso público). La norma también da opciones de mejora mediante recomendaciones y la implantación de un sistema de evaluación que incluya la opinión de los visitantes.

No descarto que los museos emblemáticos que formaban parte del comité técnico obtengan en breve tal calificación. De no ser así podríamos pensar que las exigencias para aplicar la norma son excesivas hasta para ellos mismos o que algunos de los participantes en el comité lo han hecho a mero título de inventario. E igualmente es de prever que los titulares de los museos españoles, empezando por las administraciones públicas, se lancen en masa a calificar a sus museos con esa codiciada “Q”; no hacerlo supondría renunciar a un modelo de gestión de calidad, a atraer a millones de visitantes y a crear empleo y riqueza económica. De hecho, insto encarecidamente a que los titulares de esos museos emblemáticos (comenzando por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte) pongan los medios para que los museos de su dependencia cuenten en menos de un año con la flamante “Q” en las respectivas fachadas e identidades corporativas. ¡No podemos perder el paso!

Ahora en serio. Los museos de todo el mundo acumulan una larga trayectoria de redacción y aplicación de normas profesionales, regulación de procedimientos y puesta en marcha de protocolos de actuación. De hecho, las instituciones y los profesionales museísticos contamos con una organización no gubernamental de ámbito mundial, el ICOM, cuyos diferentes comités internacionales (tiene 30) se han preocupado desde hace décadas de desarrollar buenas prácticas relacionadas con las funciones que cumplen los museos. Se puede encontrar aquí una amplia información sobre estas directrices que los museos españoles conocen y aplican.

Es más, en lo que a los museos españoles se refiere, muchos de ellos cuentan con cartas de servicios desde hace años y existen numerosas administraciones que incluyen apartados sobre calidad en sus legislaciones y en sus herramientas de planeamiento sectoriales. Se debe añadir que tanto las recomendaciones del ICOM como los instrumentos normativos se preocupan de todas y cada una de las funciones del museo (custodia, documentación, educación, difusión, investigación, exhibición); y no como el caso de la Norma UNE 302002 que se refiere exclusivamente a la visita pública. Cierto que esta última, la que se relaciona sobre todo con la exposición, es la función más visible del museo y la que mayores relaciones genera con el público, pero también es indiscutible que nunca debe entenderse sin los vínculos de relación que genera con las otras funciones.

Por ello, me contraría profundamente que el director general de Bellas Artes diga que con la aplicación de la Norma UNE 302002 la "calidad entra por la puerta de los museos" y espera que sea un "referente" para los profesionales de estos centros, así como para el público.


La verdad, no sé muy bien los estándares de calidad que contempla el responsable de los museos estatales y tampoco conozco los referentes que suele utilizar en la gestión de su departamento. Lo que tengo claro es que mi concepto de calidad está bastante alejado del suyo y me da la sensación de que sus referentes parecen encontrarse más cerca de los que tiene el turista de masas (el conseguidor de selfis, el acaparador de likes, el coleccionista de badges…), y más lejos de los que tiene un usuario habitual de los museos o un profesional medio de alguno de los museos estatales. Tanto unos como otros tenemos claro que el museo no es solamente una visita satisfactoria, la garantía de unos servicios de calidad, la facilidad en la venta de entradas, que el acceso esté bien señalizado o que los baños estén limpios, y sabemos muy bien lo que podemos y debemos esperar de los museos.

Quizá ese es el problema y es también nuestra responsabilidad: que no hemos sabido explicar al público que se puede conjugar el papel del museo como bien social con las posibilidades que brinda el turismo como factor de desarrollo económico y que la confluencia entre cultura y turismo está más allá de la mercantilización de la cultura. Y de esta carencia tienen tanta culpa los directores generales, por no mirar más allá de la agenda política, como la tenemos los profesionales por no hacérselo ver. Pero me gustaría señalar, además, que de este desconcierto se deriva un peligro que aguarda al acecho del uso de esta nueva marca turística pues, siguiendo la nueva tendencia de algunos museos de equiparar la calidad del centro con las reseñas favorables de sus visitantes, corremos el riesgo de que este marchamo turístico sea considerado por el visitante como un mero TripAdvisor oficial y, lo que es peor, que se confunda la parte con el todo. Que se piense que el museo poseedor de la placa es una institución que cumple su misión con garantías. En definitiva, corremos el riesgo de confundir la “Q” con las témporas.

Y es triste que esta iniciativa, que no tendría que trascender más allá del contexto turístico, sea vendida como una “alianza entre la cultura y el turismo por la calidad”, más que nada porque ¿dónde ha quedado el proyecto de red de museos estatales impulsado en 2009 por el propio Ministerio de Educación Cultura y Deporte y cuya finalidad era “fomentar la excelencia a través del mutuo intercambio de proyectos, profesionales e ideas, favoreciendo su relación con los agentes sociales, impulsando su proyección nacional e internacional y reforzando su importante papel en el acceso de los ciudadanos a la cultura”? Este proyecto planeaba incorporar a los museos bajo criterios como la calidad de los fondos, el Plan Museológico, las NNTT y la innovación en la museografía, la profesionalidad del equipo directivo y la plantilla, la accesibilidad universal o el análisis de los fondos desde la perspectiva de género. En definitiva, un concepto de calidad y unos referentes con los que, particularmente, me encuentro más de acuerdo y que el director general parece desconocer o, quién sabe, despreciar.

Más allá de este apunte, es importante recordar que los museos españoles abrieron la puerta a la calidad hace bastantes años y que sus profesionales cuentan con abundantes y admirables referentes cercanos. Así podríamos mencionar al Museo de Almería, con su gran labor en redes sociales y con una propuesta de programación cultural plenamente coherente con su misión, o a la Red Museística Provincial de Lugo, un modelo de gestión inclusiva y social; podría igualmente recordar la política de Responsabilidad social y ambiental del Museo Nacional de Arte de Cataluña, o la labor duradera durante doscientos años del Museo Nacional del Prado, sin olvidar los casi ciento cincuenta del Museo de León; asimismo podría aludir a los avances en la mejora en la transparencia y el buen gobierno de los museos españoles o al premio de mejores prácticas de la Design for All Foundation recibidio por Vilamuseu, la red de museos municipales de la Vila Joiosa. Como ven, no es necesario recurrir a clasificaciones turísticas para orientar la política museal.

Todo esto me recuerda un poco al "Mastropiero que nunca", de Les Luthiers, y su Don Rodrigo Díaz de Carreras (que fundó Caracas y tanto acertó a fundarla que la fundó en pleno centro de Caracas que ya estaba fundada y él no la vio...). Con esta pieza me he reído mucho, pero ahora no sé si llorar.

martes, 4 de septiembre de 2018

Cuando un museo se quema, algo suyo se quema


Desde que empecé en la arqueología, y luego en mi trabajo como conservador, he pasado largas horas inspeccionando fichas de objetos e inventarios, fotografías, negativos, piezas singulares o almacenes. También he limpiado y siglado miles de fragmentos de cerámica, etiquetado monedas, fotografiado esculturas, dimensionando cuadros y marcos o cumplimentando registros informáticos.

La documentación es una de las actividades importantes y necesarias que comportan el día a día del trabajo en el museo. Se puede abordar con mayor o menos entusiasmo, pero realizarla a mí siempre me ha generado una profunda satisfacción. Más allá del tedio que a veces supone, siempre he entendido que formalizarla es expresión incontestable del compromiso del museo con su público: el custodiar un determinado acervo cultural y garantizar su transmisión. Por eso, he encontrado muchas veces agrado en anotar un número, en matizar una fecha, en asociar una imagen a un texto o en registrar un nombre. Se trata de una labor en la que he hallado muchas veces el rastro de hombres y mujeres que han hecho antes lo mismo que yo y que contribuye a que me sienta más cerca de la memoria cultural de la sociedad. Esa sensación de que trabajo para un bien común hace que sea más feliz y por ello enterarme de la pavorosa tragedia que ha asolado el Museo Nacional de Brasil no puede generarme más que congoja por los brasileños y pena por sus trabajadores.

Hace unos días pensaba en que los medios de comunicación se pueblan en verano de noticias sobre museos que se limitan a desgranar las habituales cifras descarnadas y que éstas, sin ser indicadoras de nada, al menos servían para destapar alguna vergüenza. Lamentablemente, en el caso brasileño parece que se ha llegado a destiempo de destaparlas. Los titulares de los principales medios de comunicación se han estado centrando en los millones de objetos quemados, como si no fuera una gran pérdida la desaparición de uno solo de esos objetos. Y parecen olvidar el grave daño para la identidad de la sociedad brasileña (se han perdido colecciones insustituibles), el desolador impacto para su autoestima como comunidad (¿qué imagen damos al mundo si no podemos conservar nuestro patrimonio?), las profundas carencias de disfrute y aprendizaje por las visitas que ya no se podrán hacer (al menos hasta que el museo esté reconstruido, eso sí nunca en iguales condiciones) o el importante impacto que se sufrirá en términos económicos.


Da la sensación, algo que llevo tiempo apreciando, que solamente concebimos el patrimonio cultural por sus cifras, habiéndonos acostumbrado además a contar por arrobas, y que somos incapaces de valorar algo si no va acompañado por una métrica que nos facilite la comprensión. Seguramente existe tanta culpa en nuestra despreocupación como en la interesada visión que los políticos transmiten sobre su gestión. Ellos han conseguido hacernos creer que un incremento porcentual de algo es garantía de que lo hacen bien y nosotros lo hemos aceptado porque es más cómodo que ejercitar el análisis crítico. Somos meros devoradores de titulares, de tuits, de posts, sin que nos lleguen a interesar las fuentes, los textos elaborados o las opiniones (a favor o en contra) de otros. Así que hemos caído en la trampa de forjar nuestro criterio a partir de consignas publicitarias, lo cual dice muy poco de nosotros pues denota lo fácilmente manipulables que somos. Y nuestras lagunas impiden que entendamos que la protección del patrimonio es una cuestión esencial que nos incumbe a todos.

¿Acaso es por eso que no lleguemos a entender en su verdadera dimensión lo que está pasando estos días en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando? Aún no está claro dónde está el origen de los daños y a quién corresponden las competencias para solucionarlo, pero lo que es evidente es que nadie quiere tomar decisiones y todos tratan de endosarle el muerto a otro. Y mientras tanto, solamente la insistencia de un determinado periodista y el apoyo de muchos profesionales y amantes del patrimonio para dar difusión del hecho por las redes sociales han conseguido que se haya producido una tímida repercusión que permita pensar en que pueda haber un adecuado desenlace.

Todo ello nos lleva a preguntarnos si los bienes patrimoniales se conservan en condiciones seguras y cuál debe ser la participación de cada sector para garantizar el derecho a disfrutarlos y compartirlos, así como el deber de transferirlos a nuestros herederos.

Nada es simple. La seguridad de los bienes descansa en múltiples factores, bien definidos, pero que normalmente no se concretan de la manera más adecuada. De poco sirve que exista una regulación normativa apropiada si esta no se aplica o no es conocida por parte de quien debe cumplirla. No me vale aludir al axioma de que hay que cumplir la ley aunque no se conozca si la administración responsable no adopta medidas para sancionar el incumplimiento; dejando aparte que muchas veces se adolece de falta de campañas informativas o de sensibilización. Así que tampoco es asumible la postura de muchos titulares de bienes que argumentan esa falta de información para eludir su responsabilidad o que adoptan un bien calculado distanciamiento para argumentar que el patrimonio es común y común ha de ser su mantenimiento. Intelligenti pauca.

Que no se nos olvide que hemos delegado la ejecución de esta labor conjunta para salvaguardar el patrimonio en determinados individuos que han adquirido un compromiso con la ciudadanía; y que los nombramos cada cierto tiempo y tenemos la potestad de removerlos si no lo cumplen. Así que si deciden aplicar recortes, si no ejecutan los presupuestos, si no inspeccionan los bienes, si no se ponen de acuerdo entre ellos para adoptar soluciones, si priman determinadas acciones sobre otras, si desvisten unos santos para vestir a otros, si confían en que nunca pasa nada… ¡hasta que pasa, y con qué consecuencias!, deberíamos hacerles saber que no estamos dispuestos a consentir desmanes o caprichos y que sus errores tienen consecuencias.

Es tranquilizador saber que los grandes museos tienen muy bien definidos sus planes de emergencia (lo que no quita para que un museo deba actualizarlos para evitar sorpresas). Pero, ¿qué ocurre con el resto? ¿En qué grado cuentan con plan de seguridad los museos españoles? ¿Y los de Castilla y León? ¿Cómo gestionan los riesgos y emergencias? ¿Recursos como este de la Dirección General de Patrimonio Cultural se dan a conocer y se generalizan? Más aún, ¿cuántos museos cuentan con plan museológico? ¿Cómo es la formación de los trabajadores? ¿Y la de los agentes que participan en los siniestros? ¿Por qué nos lanzamos a apoyar nuevos proyectos de museos si ni siquiera tenemos claro si los existentes están en las condiciones que deberían estar? ¿La política museística es determinante en este aspecto? ¿Qué se ha hecho en los últimos años? ¿Destinamos a la conservación del patrimonio cultural los recursos suficientes y, si no lo hacemos, cuál es el motivo?

Si empezamos a hacernos estas preguntas, si nos atrevemos a expresarlas en alto y si demandamos respuestas a quien debe darlas, quizá estemos más cerca de evitar desastres como el de Brasil o el de la Real Academia de Bellas Artes.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Museums are "NOT" neutral


Andaba hace días pensando en que tocaba nuevo post, en que tenía abandonado el blog. En mi caso no soy capaz de encontrar hábito de escritura sino que dependo de la aparición de ese chispazo que te dice por dónde transitar, lo cual puede hacer que encuentre inspiración dos veces en una semana o dos veces en un año. Mal asunto.

En ello estaba hasta que leí este excelente post de Lluís Alabern del que quiero rescatar la frase “El museo, las salas del museo, deben mediar para hacer de la visita un ejercicio de libertad, placer y conocimiento, para contribuir a hacer del espectador un ciudadano crítico”, y esta fascinante imagen

Foto extraída del post de Lluis Alabern

Encontré una reflexión atractiva, con la que parecía estar rotundamente de acuerdo, que suscitaba nuevas rutas para seguir cavilando y que aportaba una estampa que me atrajo profundamente. Pero sabéis que la mente es caprichosa y que a menudo parece acoger abiertamente ideas que, como chinas en el zapato, no acaban de ajustarse bien y fastidian con persistencia hasta que te obligan a descalzarte para corregir la molestia.

Había algo que chirriaba en la frase “Museums are not neutral”, algo que me inquietaba coincidiendo con algún ejemplo muy reciente de museo que ha emitido un comunicado político específico. Esto me hacía preguntarme sobre la neutralidad de la dirección de ese museo, y por la de la propia institución, ya que el comunicado parecía suplantar la representación del titular del centro o incluso de todos los empleados, y no desvelaba si la postura del museo como cabecera de un marco territorial o temático pretendía envolver a los centros que se relacionaban con él. Quiero clarificar que mis disquisiciones van dirigidas a museos públicos y que la pregunta tiene importancia porque el sostenimiento del museo es compartido por los contribuyentes y es ante ellos ante quien hay que rendir cuentas. Ya que esto es un mero ejemplo ilustrativo, no busquéis aquí un juicio a la acción concreta y menos una posición a favor o en contra de la misma. Es más, quizá mi duda sobre ella ya suponga en sí decantarse por una posición concreta, lo cual sería una clara evidencia de que la neutralidad no es cosa sencilla de negociar y de mi necesidad de iniciar el debate. No obstante, ya que no quisiera herir ninguna sensibilidad con ello, me disculpo anticipadamente.

Posiblemente no haya respuesta para la cuestión sobre si el museo debe ser neutral, al menos de manera concluyente. Como para tantas cosas, la experiencia particular de cada uno, sus principios o incluso sus intereses determinan una respuesta subjetiva que puede oscilar entre una afirmativa cautela y una impetuosa negativa, pasando por una equidistante y, en ocasiones, tibia prudencia. Eso sí, en lo que si podemos estar de acuerdo es que cualquier postura puede generar conflicto, más aún en estos tiempos en los que los ánimos se calientan con facilidad y en los que el dedo internauta es suelto y precoz, dado más al ímpetu de la víscera que a la serenidad del pensamiento. Y ni siquiera yo tengo claro al empezar lo que pienso sobre el tema así que sirva, al menos este relato, como ejercicio retórico en el que se lancen preguntas sin que debamos esperar respuesta a todas. Quizá al final las encontremos.

¿Qué significa ser neutral? Quizá habría que empezar por definir los términos en los que nos moveremos y definir la neutralidad según lo hace el diccionario (sin duda el mejor instrumento que existe para ello), como la cualidad del “que no se inclina en favor de ninguna de las partes opuestas o enfrentadas en una lucha o competición”. Suponiendo que el museo se encuentra en un escenario de confrontación, deberíamos entonces determinar si la disputa es beneficiosa para conseguir sus objetivos y si se deben poner límites a sus acciones, o al menos acordar los caminos por los que pueden discurrir. Igualmente habría que delimitar el terreno en el que nos movemos señalando si la neutralidad es una actitud que corresponde adoptar o rechazar a todos los museos, ya sean públicos o privados, o si hay que dejar su adopción al albedrío de sus dirigentes. Ya que yo concibo el museo como un lugar de experimentación y participación resulta imposible que no haya debate, así que debo rechazar la neutralidad y admitir que el museo entra en conflicto con su entorno, con las colecciones que custodia, con el público al que se dirige, y con las bases de conocimiento que le inspiran para cumplir plenamente su misión.

¿Queremos o no un museo neutral? Uno tiende a pensar que en el mero terreno de la cotidianidad, el museo debería ser neutral para quedar al margen de posturas partidistas, porque ello nos proporciona cierta seguridad y confort y la tranquilidad de saber que quedan instituciones comunes alejadas del conflicto y la manipulación; despolitizadas, en definitiva. Pero, por otro lado, esto supondría restringir de algún modo el concepto que tenemos de museo y mantenerlo únicamente en el terreno de la convivencia de la sociedad, perdiendo la oportunidad de utilizar sus capacidades como instrumento para el desarrollo de esta. En tales condiciones contaríamos con un museo incompleto, y su neutralidad o parcialidad solamente serviría a determinados intereses, que tenderían a ser los de todos en el caso de los públicos, o los de unos pocos en el caso de los privados. Así que concluyo que la neutralidad del museo no reside tanto en una simple intervención o participación en los asuntos públicos, como en la manera en la que observa esos asuntos y la respuesta que aporta. Y que es por ello por lo que no deberíamos desear un museo neutral.

¿Puede ser el museo (no) neutral a conveniencia? Ante esto, es posible que razonáramos la presencia de opciones, digamos de compromiso, como la que defendería un museo institucionalmente neutral, pero que pudiera no serlo en su discurso, adaptándose entonces a las necesidades de objetivos concretos más o menos permanentes. Pero esto no sería útil, pues para conseguir un museo de este tipo habría de carecer de misión, lo cual desvirtuaría su existencia y lo sometería a intereses inmediatos. Tampoco sería de mucha utilidad la existencia de una institución que no quisiera ser neutral, pero con un discurso que pretendiera ser imparcial, lo que podría situarnos ante una entidad manipulable. En ambos casos el museo acabaría instrumentalizado y su existencia dejaría de servir a los intereses de la sociedad, por lo que se puede concluir que la neutralidad o no del museo depende más de su independencia que de quién se encuentre detrás de su presupuesto. Es más, si un museo es independiente es posible que acabe siendo no neutral porque podrá tomar partido sin reservas por opciones concretas, o al menos ofrecer la posibilidad de configurar discursos contrapuestos. En este caso, opino que la conveniencia del museo debe encontrarse en la adopción de posturas no neutrales.

¿Nos hace falta un museo no neutral? La respuesta parece intuirse ya en los párrafos anteriores. Podemos añadir que vivimos en sociedad y hemos dispuesto múltiples espacios de encuentro no neutrales como la plaza, la iglesia, el colegio, el puesto de trabajo, la junta vecinal… Así que, si estos espacios son lugares para tomar partido por las cosas que nos afectan ¿por qué habría de ser neutral el museo? Si los ciudadanos tienen derecho a intervenir en la vida pública y el museo es un lugar donde se integran algunos de los bienes esenciales del ciudadano, seguramente debamos interpretar que el museo es un lugar idóneo para crear un movimiento comunitario que sea capaz de renovar la sociedad. Y es que el museo puede estimular el pensamiento crítico, puede acercarse a los problemas desde diferentes o novedosos puntos de vista y lo va a hacer sobre la base de su propio prestigio como institución, a partir de su solvencia técnica y teniendo en cuenta que los valores que se utilizan se encuentran en transformación permanente. Naturalmente, la presentación de estas cuestiones va a estar sometida a posiciones subjetivas, pues el museo lo componen personas tanto a la hora de presentar el mensaje por parte del profesional como en la percepción del usuario. Todo planteamiento en el museo toma partido por algo, siempre hay más alternativas, así que al escoger una de ellas se orienta el discurso por un camino concreto que tendrá unas consecuencias más o menos deseadas. En definitiva, nos hacen falta museos no neutrales que medien para conseguir un diálogo crítico que nos aproxime a verdades. De otro modo el museo será un simple instrumento de propaganda.

Foto procedente de Encuentros Playgrounds. Isidro López-Aparicio. La Casa Tomasa. MNCARS

¿Estamos preparados para un museo no neutral? Llegados a este punto, quizá debamos plantearnos si somos capaces de aceptar un museo no neutral; algunos dirían comprometido. Por plantear ejemplos concretos, si para incitar a la reflexión el museo decidiera informar y debatir sobre cuestiones actuales, candentes, sensibles, como la desigualdad salarial, las migraciones, las nacionalidades, la dicotomía entre cultura y tradición, la educación, la relación entre religión y sociedad, el nivel de la pobreza, la memoria histórica, los límites del humor, o incluso el modelo de estado… ¿Dejaría insensible a la sociedad? ¿Se entendería? ¿Estamos realmente preparados para abrir debates de este tipo en el museo? ¿Estarían dispuestos los museos públicos a abordar tales cuestiones, es más se les permitiría? ¿Entraría la censura al terreno de juego? ¿Estaríamos dispuestos a ocultar piezas del museo para no generar conflicto? En virtud de las respuestas podrá cada cual saber si se encuentra preparado para aceptar un museo no neutral. 

Por último. ¿Cómo gestionar la no neutralidad? Bueno, aquí no nos sorprenderemos si planteamos que la base de la acción no neutral del museo reside en su misión, es decir en la definición previa de la razón por la que existe, de los objetivos que pretende cumplir y del motivo por el que lo que hace. En esta tesitura ¿sería simplista tratar de asociar la no neutralidad del museo con el sentido común? ¿Sería posible apelar solamente a la objetividad de quien gobierna el museo? O ambas cosas son interpretables y hemos de buscar valores que podamos aceptar como más ecuánimes y universales. ¿Y cuáles serían estos? Yo, si tuviera que plantear los cimientos de un museo no neutral, tengo claro que acudiría al consenso (para lo cual debería aceptar la colaboración solidaria de múltiples agentes), a la tolerancia (para lo que debería aprender a admitir cualquier idea ajena, incluso contraria), al respeto (mediante el cual observaría la dignidad de los aportes que voy a utilizar), a la independencia (gracias a la que evitaría considerar cualquier injerencia que se me presentara), a la empatía (con la que trataría de ponerme en el lugar de los destinatarios de mi mensaje para identificar sus expectativas), a la transparencia (pues no tendría, ni querría tener, nada que ocultar), a la mediación (para revelar o modular significados que pueden contribuir a desarrollar la sociedad), y también a las sensaciones (para facilitar el disfrute y la retención de conocimientos). Seguramente me dejo muchos. Estás invitado a contribuir con los tuyos.


Para concluir. La neutralidad suprime el conflicto y ello restringe nuestra capacidad de avanzar, y en este contexto considero que los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad si alguna vez la tuvo.

martes, 6 de junio de 2017

Sobre el binomio museos y turismo. Te lo digo desde el escepticismo


Recientemente se ha publicado en redes sociales una reseña relativa al programa cultural de Susana Díaz de cara a las primarias de su partido. Un análisis interesante sobre lo que dice el programa lo tenéis en este artículo, donde se dice algo que comparto: “El mal de Susana Díaz está muy extendido en la política y la sociedad: la cultura no importa, es algo accesorio en el mejor de los casos. Se afianza la idea de que solo es eficiente el beneficio”. Y ello me permite reflexionar sobre el asunto de los museos y el turismo y, en definitiva, sobre la mercantilización de la cultura.

La cosa parece venir de la generalización de los recursos culturales como un segmento específico del mercado turístico, igual que se promocionan la naturaleza, la lengua o los negocios como destinos específicos. Siempre en relación con los nuevos intereses de la sociedad, que demanda estas experiencias como fundamento o complemento de sus viajes como efecto, entre otros factores, de la democratización cultural, la educación patrimonial o la generalización del ocio como derecho básico. Sé que esta explicación es reduccionista pero creo que sirve a los propósitos de entrar en materia.

En el marco de esta dinámica de oferta y demanda del producto cultural, la visita al museo se presenta como una simple mercancía, sometida a los flujos económicos, a las variaciones del mercado y del consumo y a las exigencias del marketing. Evidentemente su posición en este ámbito no puede evitar que se convierta en un factor de desarrollo económico y es en este punto, en la selección subjetiva de esta característica concreta del museo, en el que la política (muchas veces arrogante en su ignorancia y liberal en su beneficio) fabrica la idea de que el museo es un mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, y en ese horizonte se enmarca el binomio entre museos y turismo que tantas confusiones genera. Una asociación tan forzada como esa tendencia organizativa que, por motivos de eficacia administrativa, hace que la cultura se asocie con otros ámbitos con los que tiene puntos de contacto como la educación, el deporte, el bienestar social o el turismo.

Si me preguntan sería más partidario de unir el turismo con la industria o el deporte con la sanidad, e incluso haría transversal la educación y el bienestar social; pero dejaría la cultura en una estructura independiente sin dudarlo. Probablemente estas uniones respondan a apreciaciones ideológicas, muy personales, que nos permiten adivinar el concepto que se tiene de la cultura en cada momento y lugar. No obstante, la apreciación de quién une qué la dejo a vuestra subjetividad.


Foto de pixabay CC0 Public Domain
A partir de nociones de este tipo, que olvidan que el museo tiene misiones concretas y funciones complejas, se propone una visión del museo que lo concibe meramente como un espacio escénico, como un espectáculo de relleno, como un factor accesorio al servicio de intereses economicistas. En esta escenificación vale todo, desde el abandono de la misión del museo en favor de la programación hasta la falta de planificación previa a su creación.

Estos planteamientos se construyen a menudo sobre falacias recurrentes que se inspiran en términos como retorno, interculturalidad, o regeneración urbana y que tienen como referente al célebre efecto Guggenheim. Sin embargo, la voluntad detrás de los proyectos creados a imagen de este efecto no se apercibe de que lo que responde a una opción política concreta, en un momento y lugar determinados, con un producto en el marco de actuaciones de mayor espectro y que tiene buenos resultados, no sirve para todos los casos y muchas veces solamente tiene éxito en el imaginario mediático, sin estudios que apoyen el análisis. Es evidente que no existe interés por estudiar científicamente la cuestión y que el rendimiento buscado se encuentra solamente en las fotos y titulares en prensa, en proporcionar mensajes sencillos que sugieren buena gestión y excelentes resultados futuros. Naturalmente nadie cuestiona estos o aquellos, ya sea el medio periodístico que los reproduce literalmente, ya sea el receptor del mensaje quien los jalea o denosta con pulcra adhesión a su propia ideología.

Un ejemplo de lo que expongo se observa a menor nivel en el producto turístico que surge en cada nueva campaña, como las aperturas extraordinarias de monumentos, las rutas temáticas o las tarjetas turísticas. Los hay de muchos tipos y no dudo de que respondan a necesidades concretas detectadas mediante análisis, que se han planificado cuidadosamente y que suponen un esfuerzo organizativo importante. Pero su eficacia me genera muchas dudas porque siempre se realiza un gran derroche de energía para presentarlas y para demostrar los ingentes recursos utilizados para ponerlas en marcha, pero nunca se centran en la publicación de sus resultados efectivos y sus comparativas en el tiempo. ¿O habéis visto vosotros cifras de usuarios de tarjetas y rutas turísticas, o el número de personas que entran en los monumentos y todo ello comparado con otros períodos? Llevo tiempo pendiente de estas cosas y yo no las suelo ver.

La justificación a esta forma de actuar se nos explica por la necesidad de ofrecer productos culturales en el mercado turístico, aprovechando la demanda que se genera sobre ellos. De este modo, se dice, estamos fortaleciendo una economía que contribuirá a financiar la custodia y mantenimiento del patrimonio cultural. Pero lo que en teoría es una opción magnífica acaba quedándose en nada en la práctica, porque no es habitual que los ingresos derivados del turismo cultural repercutan directamente sobre los activos patrimoniales en los que se encuentran. Y esto es porque en el caso de los bienes dependientes de administraciones públicas no existen garantía de que se destine el ingreso al mismo bien, y en el caso de los bienes privados los ingresos apenas sirven para asegurar la apertura del bien, debiendo recurrir a otras fuentes (nuevamente públicas en muchos casos) para mantener en buen estado el monumento. Me dirán que al final y al cabo, la afluencia de turistas y los retornos económicos acaban repercutiendo sobre el bien y su entorno. De acuerdo, pero sería mejor que esta cuestión se garantizara de una vez por todas y que la anhelada ley de mecenazgo fuera efectiva en lugar de ser un animal mitológico.

Otra de las cuestiones que suelen plantearse en esta concepción del museo como foco de atracción turística es la idea, firmemente defendida, de que los museos generan un importante desarrollo económico local y regional que conlleva retornos importantes en forma de empleos, valorización y recuperación del entorno geográfico inmediato, mejora de los servicios esenciales y elemento de cohesión territorial. La verdad, parecen demasiadas responsabilidades para el museo, una institución pequeña y la mayor parte de las veces pobremente dotada. Hablando en términos generales es curioso que el museo, a pesar de que sea siempre deficitario en personal, poco dotado instrumental y tecnológicamente, que destina pocos medios a la mejora formativa y a la diversidad profesional y que presta poca atención a sus públicos y a la experiencia de la visita, sea un agente tan importante como para generar múltiples puestos de trabajo, transformar el ámbito en el que se inserta, prestar servicios públicos de calidad y reducir problemas de desarraigo y despoblación.

Particularmente me cuesta ver esta potencialidad económica en mi entorno inmediato; y no será porque no tenga suficientes ejemplos de museo a mi alcance. Sin embargo aprecio una gran vulnerabilidad en estas instituciones culturales, consideradas como un recurso económico antes que un activo social y viéndose destinadas a producir servicios culturales dirigidos a un uso finalista, a una satisfacción inmediata de las necesidades de ocio entre destinos. Al adoptarse esta derrota en detrimento de la colectividad, de la pluralidad cultural, de la participación ciudadana, de la creación, evitando incentivar la reflexión sobre la propia identidad patrimonial, se posibilita la existencia y creación de instituciones endebles, carentes de misión y con falsos fundamentos. Espectáculos efímeros que no sirven a la sociedad para ser siervos sociales.

No puede negarse que el turismo es un factor básico para el desarrollo económico y con una importancia vital en términos de producto interior bruto, pero tampoco puede soslayarse la importancia del museo en la construcción y desarrollo de la cultura. Inevitablemente debemos tratar de conjugar dos cosas: el papel del museo en una cultura concebida como bien social, necesario para aumentar el bienestar y formar la sensibilidad, para la creación y mejora de la personalidad, tanto individual como colectiva, y su dimensión como herramienta de transformación social por un lado; y las posibilidades que brinda el turismo como factor de desarrollo económico, canal de circulación de ideas y conocimiento, y posibilitador de experiencias culturales y de vivencias por el otro. Si de todo esto nos quedamos con una sola cosa, si únicamente centramos el esfuerzo en el interés cortoplacista, en producir bienes de consumo que desaparecen más deprisa de lo que se crean, estaremos sacrificando tanto herencia como futuro y eludiendo nuestra responsabilidad con el bien común y la mejora social.

Por si queréis reflexionar un poco añado un extracto interesante de la Carta Internacional sobre Turismo Cultural. La Gestión del Turismo en los sitios con Patrimonio Significativo (1999), adoptada por ICOMOS en la 12ª Asamblea General en México:

“El Turismo excesivo o mal gestionado con cortedad de miras, así como el turismo considerado como simple crecimiento, pueden poner en peligro la naturaleza física del Patrimonio natural y cultural, su integridad y sus características identificativas”.

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Y tú de quién eres?


Cuando has pasado varios años trabajando en las entrañas de un museo, entre las piezas y su documentación o sumergido en los recuerdos que trabajadores y visitantes tienen sobre el centro, hay una cosa que te acaba quedando muy evidente: la institución museo permanece en el tiempo, con modificaciones de dispar calado pero con una integridad transcendente. Contemplar, cien años más tarde, las fichas de catalogación que un antiguo conservador redactó para el mismo objeto que tienes delante, te hace comprender que el museo está por encima de uno mismo y por encima del resto de personas que envuelven su entorno temporal inmediato. Esta percepción es fundamental para entender la labor que tiene el museo como custodio del patrimonio cultural y responsable de su transmisión, sobre todo si el museo es público.

La colectividad ha facilitado la existencia en estos últimos de trabajadores que conjugan su capacitación técnica con un compromiso específico, inherente al puesto, y que está destinado a salvaguardar el interés común a partir de un sistema de garantías. Estos empleados públicos reúnen su formación específica, sobre la que han desarrollado un depurado criterio profesional, con una larga experiencia asentada en la práctica, en la información proporcionada por empleados precedentes, en el contacto con múltiples y variadas escenarios profesionales y en el acceso a recursos solamente disponibles en instituciones de entidad suficiente. Exactamente lo mismo que un médico, un profesor, un abogado o un ingeniero adscrito al servicio público. Ténganlo en cuenta mientras leen el resto de esta entrada.

Estos primeros párrafos, cargados de conceptos incontrovertibles, son solamente el antecedente de la cuestión sobre la que hoy reflexiono. Me propongo lanzar el debate sobre las reclamaciones patrimoniales, sobre lo que muchas veces se llaman restituciones o devoluciones pero que en el fondo parecen tentativas de incautación al amparo de argumentos de ventaja política, con reivindicaciones populistas y grandes dosis de oportunismo. Estas demandas suelen estar manejadas por políticos mediocres y, por lo general, sumamente irresponsables.

Una precisión. No se trata de ponerse a favor de unos casos u otros, ni de defender posturas de parte, ni siquiera de hacer referencia a casos concretos por todos conocidos. Tampoco entra a valorar si los bienes han sido robados, incautados, comprados mediante engaños, vendidos (i)legalmente, regalados, entregados como hallazgo arqueológico o adquiridos en subasta. Es decir, esto no va de los documentos del Archivo de Salamanca, ni de los frescos de Sijena, ni de la Dama de Elche, ni de la Cruz de Peñalba, ni de los mármoles del Partenón, … O sí, a lo mejor sí va de eso.

Con recurrente frecuencia se genera debate sobre aquellos objetos pertenecientes al patrimonio cultural que se hallan fuera de su entorno original. Más allá de las dificultades que muchas veces existen para determinar con claridad cuál es éste (se manejan razonamientos como la geografía, el concepto, la propiedad, la trayectoria histórica, los derechos sobrevenidos, la herencia), solemos encontrar argumentos identitarios para justificar demandas de retorno y ni siquiera en este punto podemos aportar un término claro para designar a la solicitud (¿restitución, devolución, reposición, restauración…?). Lo que sí parece ser paradigma es que tras la mayoría de estas demandas se encuentra un componente aglutinador, teñido de identidad cultural pero que en realidad se acerca más al nacionalismo. La diferencia en este caso está, a mi juicio, en que el nacionalismo necesita fetiches para apuntalar su doctrina política, manteniendo una actitud profundamente exclusivista, mientras que la identidad cultural es un conjunto de percepciones individuales que puede utilizar símbolos para consolidar el sentimiento de pertenencia, pero utilizándolos como elemento integrador y sin necesidad de generar un culto al objeto.

La civilización vence a la barbarie (casi siempre)
Me gusta pensar que el museo se construye gracias al esfuerzo comunitario en las sociedades en las que se encuentran. El museo crece y evoluciona gracias a las aportaciones de sus visitantes, el empeño de sus trabajadores, la contribución de donantes y depositarios, el trabajo de los investigadores y, como no, el impulso político de personas a las que concedemos atribuciones para que gestionen y defiendan nuestros activos. Lamentablemente cometemos muchas veces el error de dar esos poderes a quienes no son capaces de administrarlos en beneficio del interés general; peor aún, somos capaces de tener la suficiente desidia como para permitir que algunos políticos confundan la defensa de nuestros intereses con la de los propios, ya sean individuales o grupales. De ahí que muchas veces por mediocridad, ignorancia o simple pereza, se acabe recurriendo a fáciles postulados reduccionistas que buscan rentas inmediatas y por tanto huecas.

Y esto nos lleva de vuelta a los empleados públicos. Ya les dije que los tuvieran en cuenta. El respaldo ciudadano a un político no puede ser aval, y menos argumento, para justificar acciones a las que les falta reflexión, del mismo modo que no puede servir para purgarlas en caso de que se violenten consideraciones técnicas para disimular carencias políticas. En concreto, en los casos de reclamaciones de objetos patrimoniales convendría atender con mayor respeto los criterios técnicos, que están amparados siempre por el rigor de un marco legal y muchas veces por la plasticidad del sentido común.

Naturalmente los criterios técnicos no son absolutos y la mayor o menor incidencia sobre un determinado factor puede decantar una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que esos objetos en discordia tienen su propia historia y en ella se encuentra gran parte de su significado. Arrancarlos del museo en que se encuentran, y enviarlos a un nuevo destino poco meditado y oportunista, podría ser un grave error pues su comprensión actual depende, en gran medida de la manera en que se presentan en el museo, del mismo modo que otros objetos se explican gracias a los vínculos interpretativos que un discurso museológico ha facilitado entre ellos. No pueden quedar al margen otros factores de gran importancia, como la existencia de un acceso más amplio a la investigación o al disfrute sensorial del objeto, ni tampoco de la capacidad de custodia, en ocasiones discutible en los nuevos destinos propuestos.

En conclusión, me gustaría evidenciar la frecuente falta de reflexión en la toma de decisiones políticas sobre esta cuestión y en cómo la obcecación partidista se encuentra tras muchas de las demandas de retorno. Y recordar al respecto que habrá que tener cautela, pues no debemos olvidar que la aceptación de ciertas demandas puede ser tomada como una invitación para elevar nuevas reivindicaciones. En caso de duda, la mejor decisión se basará siempre en la comunicación fluida dentro de los órganos de decisión, en una información transparente y en la búsqueda del consenso. Y deberá ser técnica.