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miércoles, 18 de enero de 2017

Lo que no se paga no se valora


Interesante reflexión que habréis oído infinidad de veces aplicada a los servicios públicos. Y seguramente muchos estáis de acuerdo con lo que expresa. Es posible que incluso lo hayáis planteado con otras palabras: “lo que es gratis no merece la pena”. A mi parecer se trata de una falacia asentada en la convicción de que siempre que se presta un servicio es preciso que exista compensación económica a cambio y en la certeza, derivada de lo anterior, de que es válida también para los servicios públicos. El problema es que la frase, así aplicada, es una manera de inducirnos a pensar que la calidad de los servicios públicos puede estar determinada por su coste o, lo que es lo mismo, que si algo tiene un precio bajo es porque su calidad es inferior. Estos, en materia de cultura, son axiomas al menos discutibles, del mismo modo que lo son en el caso de la educación o de la sanidad.

Como veis, es posible inferir multitud de explicaciones a partir del título del post. Seguro que todas tienen su parte de razón y seguro que todas son en parte falsas. Yo no voy a evaluarlo en términos estrictamente económicos, sino que intentaré hacer un análisis desde el punto de vista de los museos públicos.

Cuando un servicio no funciona bien (o le parece a alguien que es así), una de las soluciones más sencillas a adoptar es la emulación de fórmulas de gestión que tienen éxito en otros lugares. Ya sea educación (¡el mejor modelo es el finlandés!), sanidad (¡en EE.UU están pensando en aplicar el modelo español de la seguridad social!), energía (¡los alemanes están apostando por…!), tendemos a tratar de copiar remedios ya contrastados pero olvidando que las soluciones a los problemas no son universales, como tampoco lo son las sociedades y menos aún la solvencia de los políticos. Que otros apliquen un modelo que les funciona bien no significa que sea mejor que lo que tenemos y tampoco es cierto que las soluciones externas sean fácilmente aplicables en un entorno diferente: en nuestro caso el español. Seguramente podrán servir de inspiración, pero lo que está claro es que la simple imitación no es un remedio magistral, sobre todo si no hacemos un análisis previo de los condicionantes y de la viabilidad de lo que se quiere aplicar.

La reflexión sobre el cobro o gratuidad es un debate recurrente: ejemplos recientes son la noticia la gratuidad en el acceso al Museo Patio Herreriano a partir de 2017, este reportaje sobre la cuestión, o más recientemente el anuncio de la intención de regular mediante pago las visitas al Panteón de Agripa. En el caso de los museos cuando surgen estos debates siempre me pregunto: ¿alguien ha analizado el público del museo y tomado una decisión sobre la base de ese análisis? ¿Las tarifas del museo se establecen por comparación, por intuición o porque alguien ha valorado el impacto de adoptar una u otra medida? Y las exenciones, ¿por qué son esas y no otras? ¿Qué motivo nos lleva a establecer visitas explicadas cautivas a un monumento? Y los horarios de apertura, ¿son lógicos...? Perdón que me dejo llevar…

Si escaso o nulo es el estudio de los requisitos de acceso a los museos públicos, se puede decir que inexistente es el análisis generado desde la premisa de que el valor que tiene la visita al museo debe primar por encima de la asignación de un precio, de la exigencia de una contrapartida económica para acceder al beneficio cultural. ¿Y por qué, me diréis, si está claro que su mantenimiento y puesta a disposición del ciudadano genera unas cargas y una asignación de recursos? Pues por una sencilla razón: porque ya pagamos unos impuestos que deben destinarse a sufragar esos costes. Porque lo que custodian esos museos es patrimonio cultural que debe ser universalmente accesible, porque en ese ámbito su acceso básico debe ser gratuito y porque de no hacerlo así estaremos poniendo barreras a su transmisión plena. Y si buscamos una respuesta más pragmática porque, por mucho que queramos, en el modelo museístico español los ingresos por entradas no cubren los costes operativos en la mayor parte de los casos; y no sólo eso, sino que en el caso de museos públicos los ingresos no revierten a la propia institución sino a la administración gestora, que lo ingresa en una caja común.

Dejando a un lado casos excepcionales, y siguiendo esta línea argumental, me podréis plantear que los museos ya no son solamente un bien esencial sino un recurso económico, con posibilidades de convertirse en motor económico, sobre todo en zonas deprimidas, un generador de empleo de calidad y un elemento para evitar la despoblación y bla, bla, bla… Podréis decir, ciertamente, que las estadísticas culturales así lo demuestran, que el gasto por persona en cultura tiende a crecer, o podréis mencionar la importante participación de la cultura en el PIB. No voy a negar el valor económico de los recursos patrimoniales, pero en este caso es muy común la tentación de reducir los argumentos para convertirlos en un mantra repetido de manera interesada entre los “malos” gestores públicos, los cuales tratan de camuflar sus carencias al amparo de la incorporación de una economía de mercado a la tarea de administrar los museos. Ante esto, yo me pregunto si los más ardientes defensores del cobro para la entrada a museos públicos estarían dispuestos a someter sus emolumentos al cumplimiento de objetivos.

Los datos, inapelables en lo cuantitativo, no son tan ciertos cuando los bajamos al terreno de lo inmediato o cuando nos referimos a casos concretos, sobre todo si como es habitual no ha existido planificación museística previa (concretamente en los aspectos que interesan a un plan de viabilidad). En consecuencia, el mensaje a los gestores públicos debe ser que la buena gestión no se encuentra en la capacidad para generar ingresos mediante el simple cobro de entradas, sino que deben buscarse alternativas que hagan sostenible a la institución: responsabilidad social corporativa, fórmulas de patrocinio y mecenazgo, transparencia, etc…

Foto Pixabay
Es más, admitiendo que el cobro de una entrada fuera irrenunciable: ¿qué criterios debemos utilizar para establecer la tarifa? Entre otras cosas porque la percepción sobre si un precio está bien establecido es altamente subjetiva. Hazte las siguientes preguntas: ¿cuánto estás dispuesto a pagar por entrar a un museo? y ¿de qué depende tu percepción sobre el precio? Puede depender de tu interés en verlo (si eres aficionado al tema que trata), de que sea el típico museo que no puedes dejar de ver (el Museo Nacional del Prado si vas a Madrid), de que la visita la hagas sólo o acompañado y quieras asumir todo el coste (una simple visita de 3 € puede convertirse en 12 € para una familia media), del prestigio del museo y sus campañas de promoción (un museo con buen marketing tiene mayor tirón), de la comparación con otros (¿qué tiene ese museo para que cueste tanto?), del tipo de visita que pretendes hacer (corta, larga, una sala…).

En definitiva, la experiencia de la visita es múltiple y por tanto no es posible crear precios ajustados a cada realidad. No obstante, si no podemos dejar de aplicar generalidades, lo que si podremos hacer es buscar soluciones que asimilen el mayor número de situaciones. Para ello lo primero que debemos hacer es preguntar al visitante (real o posible) sobre la valoración que hace de la entrada: si debe ser gratuita o debe pagarse, cuánto estaría dispuesto a pagar, en qué circunstancias, etc. Y sobre esa información establecer una política de precios que permita conjugar el acceso público con las necesidades del museo, teniendo en cuenta que las modificaciones en el precio a la alta o a la baja pueden emitir un mensaje de elitismo o banalización.

No dejemos tampoco de explorar posibilidades de mejora en la política de precios, como la aplicación de determinadas exenciones, el uso de bonos de visita para el propio centro o en colaboración con otros centros y servicios, la reducción de precios acompañada de una explotación optimizada de otros servicios del museo (tiendas, consignas, cafeterías) o, como ya se empiezan a plantear en algunos museos, la aplicación de precios variables según demanda (encarecimiento los fines de semana o encarecimiento progresivo hacia períodos finales de exposiciones temporales, horas de acceso más baratas…).

A la afirmación de “lo que no se paga no se valora” quizá habría que contraponer la afirmación “aprende a valorar lo que visitas y entiende su coste y precio” (una manera sencilla de resumirlo sería la genial frase de Quevedo de que “todo necio confunde valor y precio”). En este caso lo primero que deberíamos tener en cuenta es el valor de la cultura y su acceso y transmisión como derecho fundamental, teniendo en cuenta también los beneficios que genera en el desarrollo de nuestra personalidad y de nuestra identidad individual o común. La explicación de estos principios es otro trabajo a añadir a la labor que habitualmente hacemos en los museos.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Bitácoras de AR&PA 2016


En ocasiones tienes la oportunidad de abordar proyectos que te atraen y que piensas que podrían suponer un pequeño progreso para el entorno inmediato en que desarrollas tu vida profesional.

La reunión de blogueros que celebramos el otro día en el marco de la Bienal AR&PA 2016 es uno de estos casos. Ya es frecuente que los blogueros sean invitados a eventos culturales con el objetivo de replicar su difusión (si queréis conocer algunas experiencias os lo cuenta Clara Merín). También existen ejemplos de experiencias editoriales colaborativas, acompañadas o no de foros de participación (ARCO Bloggers). No cabe sino agradecer a los que nos precedieron la puesta en marcha de experiencias de este tipo y su generosidad al dar difusión de las mismas.

Consuelo (Mariché) Escribano (@consuelosescriba) y yo mismo (@jl_hoyas) quisimos incorporar esta práctica, cuyo éxito se ha comprobado, durante la celebración de la Bienal. El propósito publicado en la convocatoria era el "encuentro con especialistas relacionados con la protección y transmisión del patrimonio cultural a través de canales 2.0 […] por la importancia que empiezan a asumir las bitácoras personales o profesionales a la hora de utilizar dinámicas de comunicación y participación en la red, y por su potencial como herramientas de conocimiento y activación del patrimonio cultural”. Añadamos que los perfiles de los blog seleccionados siguen diversas ópticas como las ciencias sociales, la educación, los jóvenes, la perspectiva de género, los viajes culturales o las nuevas tecnologías, entre otras.

Un segundo propósito, no menos importante, era el de insertar una pequeña cuña socialmedia en la difusión de labor de conservación y transmisión del patrimonio cultural que realizan las administraciones públicas, en este caso la Junta de Castilla y León, para activar otros canales de participación y colaboración, más dinámicos y posiblemente más frescos.

La respuesta de los participantes ha sido inestimable, tanto por su generosidad al acudir a la convocatoria sin reparos (es justo mencionar que todos han venido a sus propias expensas), como por su capacidad para aportar solidariamente sus conocimientos y por disculpar gentilmente los pequeños errores y desajustes que siempre se producen. También ha sido excelente la confianza que ha depositado en nosotros la organización de la Bienal AR&PA para desarrollar la actividad, un apoyo que se hizo patente con la presencia del Director General de Patrimonio Cultural en la inauguración del encuentro y que ha venido acompañada de una difusión que nunca hubiéramos imaginado; bienvenida sea.

Foto de famila bloguera de @AliciaVillarP para @bienalarpa

En nuestro caso se optó por la celebración de una visita privada en el primer día de la Feria AR&PA y de un encuentro con los blogueros el último día de la misma. Para concretar la dinámica de trabajo señalaré que el encuentro se activó mediante la presentación de cada uno de los blogs, seguida de una breve intervención de los blogueros, para pasar a una participación general, en formato de tertulia, que tuvo interesantes e incluso divertidas aportaciones. El arranque de éstas se facilitó a través de la pregunta ¿sirven vuestros blogs para escuchar y responder, o solamente para transmitir vuestro mensaje?, que dio paso a la pregunta más directa de ¿por qué difundís el patrimonio a través de este canal? La coyuntura vino a enlazar nuevas preguntas y matices que añadir a aquellas, en un delicioso ejercicio de participación, opinión, respeto y grandeza que alargaron la charla durante dos horas. El resumen de lo tratado puede ser el siguiente:
  • No hay un patrón en cuanto al seguimiento que hacen los blogueros de sus entradas. Los hay que saben cuántas personas los visitan junto a otros que no lo miran y que ni les preocupa. Eso sí, todos agradecen la realimentación y atienden quejas y sugerencias; ello les ayuda a mejorar e incluso a orientar sus ediciones. No obstante, alguna opinión externa manifestó la tendencia del bloguero a escribir para sí mismo sin esperar, o incluso desear, que se generen opiniones sobre los trabajos. 
  • El amor por el patrimonio cultural y su difusión parece un sentimiento común, y en muchas ocasiones ha nacido en la infancia gracias a que proceden de familias en que ese sentimiento se ha fomentado. Los blogueros comparten su opinión en una acción sobre todo desinteresada que responde a la necesidad de darla a conocer.
  • Un planteamiento que flotaba continuamente en las intervenciones es el de “educar al lector”. Los blogs tienen una profunda vocación educativa y procuran el uso de instrumentos didácticos e interpretativos, de modo que el seguidor aprenda a mirar el patrimonio cultural, a conservarlo y a transmitirlo. En esta línea se produjeron dos intervenciones del público: la primera para valorar el esfuerzo de los blogs, pero interesándose en alguna manera de certificar la calidad de sus contenidos para su uso educativo y la segunda para apreciar el éxito de la iniciativa “AR&PA en Familia” como medio para infundir el valor del patrimonio cultural en el ciudadano desde edades tempranas.
  • También se estableció debate sobre la conveniencia de contar con prescriptores culturales. Se ofreció la pregunta ¿por qué hay tan pocos famosos que recomienden el disfrute cultural o que hagan publicidad de recursos del patrimonio cultural? ¿No sería positivo que actores, deportistas, políticos…, invitaran a sus seguidores a visitar museos, teatros o bibliotecas? Y (añado yo según mi percepción) ¿por qué los escritores, artistas o actores no recomiendan las actividades culturales más allá de sus propias creaciones o de las que corresponden a su sector?
  • Y la juventud. José Miguel Travieso intervino casi al final para celebrar la mocedad de gran parte de los blogueros convocados. Es una buena noticia que la difusión del patrimonio cultural tenga continuidad en las generaciones que llegan.
Pues bien, hecho el relato, sólo queda repetir mi profundo agradecimiento a los participantes, a los asistentes, y fundamentalmente a Mariché por su capacidad de convocatoria y organización. El éxito de la jornada es sobre todo mérito suyo. Confío en que haya más jornadas como esta y que los blogs culturales vayan adquiriendo más presencia en la programación de eventos de este tipo.

Vuestros comentarios se esperan aquí debajo ;)

martes, 8 de noviembre de 2016

A propósito de AR&PA 2016. ¡Gracias, blogueros!


Ya estamos ante la nueva edición de AR&PA, la X edición de la Bienal de la Restauración y Gestión del Patrimonio que con tan magnífico título se celebra desde 1998. Dieciocho años durante los que hemos crecido profesionalmente, en los que hemos diversificado nuestra visión e interpretación del Patrimonio Cultural, en los que hemos conocido un sinfín de empresas, personas, proyectos, ideas... Algunas de las cuales seguramente se han consolidado en el propósito patrimonial para el que nacieron y otras se habrán quedado en el camino; nadie se acuerda ya de ellas.

Naturalmente ha habido éxitos y fracasos, ilusiones y decepciones, intereses y principios, encuentros y desencuentros, pruebas y demostraciones. Pero lo realmente importante es que ya se han celebrado, una tras otra, hasta diez convocatorias en las que se ha comunicado y debatido el conocimiento, se ha mostrado y evaluado el trabajo de los profesionales del patrimonio, se han dado a conocer valores y manifestaciones culturales desconocidas, se han perfeccionado modelos indispensables para la gestión patrimonial, se han generado redes de intercambio y participación, se ha asistido al alumbramiento de nuevas tecnologías y su generalización, se ha abierto el Patrimonio a la sociedad y a los ciudadanos tanto como a los profesionales, y está en la calle del mismo modo que se encuentra en los laboratorios. Ahora AR&PA es global y compartida. No es de nadie y es de todos.

Y esto ha sucedido aquí cerquita y gracias al esfuerzo de las administraciones públicas y el apoyo y confianza que ha puesto el sector privado en ellas. Y ha sucedido gracias, siempre lo digo, a muchas personas que trabajan cada día de esos intervalos de dos años para que AR&PA sea lo que es.

En mi caso he participado en las dos últimas ediciones con mi humilde contribución, en 2012 a cargo de un stand y en 2014 a cargo de las redes sociales. Y este año me comprometo con un formato que, sin ser novedoso, no tiene antecedentes en AR&PA: me refiero a la reunión de blogueros que hemos llamado “Patrimonio en Red”, una confluencia de especialistas que se caracterizan por difundir sus opiniones mediante blogs, en lo que supone la entrada en la Bienal de nuevas dinámicas de comunicación y participación en la red. Una actividad que tiene el éxito asegurado solamente por la generosidad y disposición de sus participantes y que esperamos que tenga continuidad para futuras convocatorias.

La selección de blogueros es nuestra, de @consueloescriba y @jl_hoyas, a partir de nuestros gustos e intereses personales o profesionales, y en ella se han buscado diversas formas de difundir el patrimonio, tratando de añadir otros puntos de vista y de favorecer el diálogo crítico. ¿Conseguiremos nuestro propósito? Estáis invitados a comprobarlo, os esperamos.

Mientras tanto este post y mi agradecimiento es para 16 blogueras y blogueros.

miércoles, 22 de abril de 2015

¿Museos multifuncionales?


Hay museos que parecen tener clara su misión, aunque solamente sea de manera intuitiva o por costumbre de hacer las cosas de determinada manera, la cual por azar resultó ser correcta, y hay museos que ni siquiera saben que se puede tener una misión. A veces los museos ni siquiera participaron en la configuración de su misión, por llamar de algún modo al hálito que inspiró su creación, pues ésta les vino impuesta por la habitual conjunción de intereses y ocurrencias que tantos museos ha creado en los últimos tiempos.
Esta indefinición, en lo que a la misión se refiere, parece una situación en la que muchos museos parecen encontrarse cómodos pues corren el riesgo de que, al plantearse para qué existen, se den cuenta de que nunca debieron haber sido creados o, lo que es peor, que quizá no tenga sentido que sigan existiendo. Plantear la mera cuestión de la continuidad de algunos museos parecería una postura iconoclasta si no fuera por la necesidad de hacer un esfuerzo de reflexión que asegurara la subsistencia de estos proyectos; muchos de ellos escasamente sostenibles o carentes de trasfondo.
La carencia de una misión, que señale para qué existe, hace que muchos museos desarrollen actividades destinadas al público que no parece que tengan relación con ella, al menos con la que entiendo que debería serles propia; y esto es cada vez más frecuente en determinados casos. A veces estas actividades son esporádicas, lo cual es beneficioso para la imagen y el propósito del museo pues proporciona frescura, variedad y complemento a una programación valiosa. Pero otras veces esas actividades se tornan en extemporáneas por la obstinación de sus responsables en mantener una oferta en su entorno; esta insistencia muchas veces se reduce a imitar modelos que han tenido éxito en otros lugares. Y ya sabemos que las copias nunca pueden sustituir a los originales, ni la acumulación de eventos convertirse en programación cultural.
Este planteamiento me parece inadecuado pues con él los los museos solamente recurren a un modo rápido y facilón de mejorar sus estadísticas, en un modelo de trabajo que simplemente deriva en autoengaño, ya que tiende a identificar el éxito en la concurrencia con un aval de la actividad por parte del público; ¿les suena esta interpretación? Es, ciertamente, propia de políticos.
Nos hemos acostumbrado a mantener que si una actividad congrega mucha gente está claro que el evento es atractivo y que podremos repetirlo una y otra vez mientras mantenga ese éxito. Pero claro, la trampa se encuentra en creer que la gestión del centro es acertada si solamente la analizamos desde el punto de vista cuantitativo y la justificamos en función de una pretendida difusión y promoción del centro. La falacia, en este caso, está en pretender que una mejor difusión y conocimiento del museo reside en la mera presencia mediática; el caso reciente de la pista de pádel en el anfiteatro de Mérida es ejemplo de ésto e ilustra muy bien en este caso sin tener que señalar casos similares en museos. Que los hay en abundancia.
Unir deporte con museos, cocina y alimentos con museos, conciertos con museos, libros con museos, ciencia con museos, bailes con museos, tratar de explicar la historia con clics, con plastilinas o maquetas sin aportar un discurso expositivo adecuado, destinar los espacios del museo a recolectar fiestas de cumpleaños y eventos parecidos, etc…, puede ser válido y recomendable si tiene que ver con la misión y los contenidos del museo. Pero desvirtúa y vacía el contenido del centro cuando responde a intereses espurios del titular o del director, cuando se compite por el público en un mercado de ocio que es tangencial al museo y cuando, sencillamente, se hace sin aportar nada a la experiencia como un recurso para llenar las salas. Es más, supone una competencia con otros espacios en la que el museo no debería entrar, a riesgo de perder terreno propio.
Foto @jl_hoyas

En la actualidad muchos museos adolecen de horror vacui en su calendario de actividades y en sus cifras de resultados. Las soluciones que algunos adoptan nos hace temer que, cualquier día, nos demos cuenta de que el museo que apreciamos se ha convertido en un centro cívico (en el sentido que normalmente le atribuimos), en un centro multifuncional donde se diluyen sus funciones. Y esto no tendría por qué ser malo donde haya un déficit de infraestructuras culturales, pero es una postura que genera escaso beneficio en lugares donde el “evento” se entiende como un objetivo final, en lugar de ser uno de los medios utilizados para alcanzarlo.
La cuestión está en saber si esta situación se debe a una falta de recursos o si se debe a un déficit de gestión o de competencia profesional. Si los museos desconocen cuál es su misión tendríamos que reclamar que se empeñen en definirla.

lunes, 29 de octubre de 2012

NO NOS RESPETAN


“Recorte”. Después de “crisis” es nuestra palabra preferida, nuestro ademán recursivo. Ambos términos son una especie de mantra depresivo del que no podemos salir, quizá por indolencia o como arma de protección para no desesperar. Recortes que se derivan de la crisis, o que son necesarios para salir de ella y que poco a poco, con sigilo, parecen estar dirigidos a cambiar los modelos socioeconómicos existentes, en busca de nuevas formas, nuevos beneficios. Podas en la Educación, en la Sanidad, en los servicios sociales…, destinadas a que el tronco principal de nuestro árbol social crezca sano y fuerte. Dicen.

Aprovechando esta vorágine también se están cercenando los presupuestos destinados a la actividad cultural. Lo vemos a diario porque vivimos de ésto, pero a nadie parece importarle. Y en estos recortes se trasluce una falta de respeto hacia aquellos profesionales que nos dedicamos a ella. Es lo que pienso pues veo que cuando se recorta en sanidad se hace a base de ampliar horas de trabajo de los profesionales o aumentar guardias, reducir servicios o derivar costes al paciente, reducir instalaciones, instalar el repago... Si es en educación se toman medidas similares, como aumentar las horas del profesorado o la ratio de alumnos, eliminar centros o becas, subir las tasas, etc.

En cultura se hace todo lo anterior, adaptándolo a una realidad propia siempre vulgarizada. Se amplían las horas de los trabajadores y se les “modula” el sueldo, se reducen servicios o actividades, se eliminan programas, centros o instalaciones, se aumentan tasas y precios a la vez que desaparecen las subvenciones, etc. Hasta ahí todo es lo mismo y, posiblemente, razonable; al menos tiene lógica. Pero solo hasta ahí. Porque en cultura, además, no se pide que el trabajo se haga más barato, sino que se haga gratis, y porque en cultura se tiende a desalojar a los trabajadores existentes para contratar a otros menos cualificados, lo cual se pretende hacer pasar por sostenibilidad o por acción de fomento de los emprendedores (que en Neolengua significa empresario). Y también estamos rozando la tentación de abusar de becarios y voluntarios. Parece difícil de creer pero ¿acaso cambian a los profesores por becarios, a los médicos por voluntarios, o hacen las carreteras ingenieros en prácticas? Cuando veo estas dinámicas tengo la tentación de proponer a los políticos que dejen su puesto para que lo ocupe un voluntario o un becario. En aras del ahorro, por supuesto.

Naturalmente me estoy refiriendo a la actividad cultural creada, organizada o gestionada por las administraciones públicas. Y a ambos lados de tan amplio y diverso asunto, ya sea como instigadores y/o como gestores finales, todos nos hemos tenido que enfrentar, en el ejercicio del trabajo cultural, a ideas preconcebidas que resultan muy negativas para nuestra labor y para el resultado final de las programaciones. Esta banalización de nuestras profesiones la explica excelentemente Gerardo Neugovsen en este post.

respeto

Esas ideas se patentizan perfectamente en esa expresión tan recurrente de ¡Al fin y al cabo de cultura sabemos todos! Yo la he oído en boca de altos, altísimos, cargos. Evidentemente de cultura sabemos todos; es nuestra, nosotros la heredamos, transformamos y transmitimos, y no queremos sustraernos a participar en la labor común de construirla y compartirla. Pero, claro, ellos se refieren a otra cosa; lo que quieren institucionalizar es la idea de que cualquier persona que haya sido usuaria, creadora o consumidora de actos culturales, al menos una vez, ha desarrollado capacidades para gestionar cualquier ámbito de la misma. Este criterio universaliza y vulgariza de manera perversa a la gestión cultural pues es difícil encontrar a alguien que no lea, pinte o escriba, filme o fotografíe, escuche música, baile, vaya al cine, al teatro o al circo, visite museos y exposiciones o consulte un archivo, entre otras actividades posibles.

Siempre he pensado que los dirigentes en las organizaciones públicas deben tener formación técnica relacionada con el ramo en el que ejerzan, y si entendemos que para otros sectores esto es válido, tanto o más debe serlo en otros ámbitos de la Administración. Claro que contra esto hay criterios y opiniones diversas y siempre hay alguien que se encarga de apuntar la existencia de grandes gestores con capacidad de organizar y dirigir excelentes equipos de trabajo, independientemente del ámbito en el que desarrollan su gestión. Para mí este tipo de personas no existe y la leyenda de su existencia deriva, por ejemplo, de mitos como el de SuperLópez, aquel ingeniero español que se convirtió, por mor del márketing, en el modelo español de gestión. La leyenda del supergestor, en definitiva, es otra trampa de los mediocres y de los que culebrean entre el poder político para acumular puestos directivos y margen de decisión, y creo que está relacionada con el desprecio político al funcionario, con el deseo de los partidos de manipular la Administración. 

Y como de cultura sabíamos todos hemos seguido un modelo basado, con demasiada frecuencia, en imitaciones y en soluciones fáciles. Esto significa que un criterio habitual de trabajo en el mundo de la cultura haya sido la sublimación del “que inventen ellos”, de modo que lo que le funciona al vecino a nosotros también nos funcionará. Y esta manera de actuar se ha visto favorecida por una escasez de análisis crítico por parte de los profesionales (ya sea por indolencia, ya sea por interés, ya sea por incapacidad para encontrar canales de expresión) y parece ser nulo por parte de lo usuarios. Al final ha primado el interés político por encima de otros principios -que todos conocemos o deberíamos conocer y reclamar-, y se han creado infraestructuras y soluciones sin viabilidad técnica, excesivamente condicionadas por lo impactante y lo fácilmente explotable como producto electoralista. Por este motivo los supergestores se han venido arrojando en brazos de quienes podían proporcionar de manera “limpia” y rápida la actividad cultural; eso sí a costa de no disponer de techos de gasto, con tramitaciones a menudo opacas, y con una irracionalidad nunca sostenible.

Por eso denuncio la escasez de profesionales entre los cuadros directivos que gestionan la cultura en las administraciones públicas y manifiesto que esto sucede porque quienes los eligen no nos respetan. En los momentos que corren estoy convencido de que ha llegado la hora de los técnicos y de los profesionales, pues solamente nuestro trabajo y nuestra formación técnica pueden conseguir que la cultura salga del abismo en el que se encuentra. Demandemos respeto para nuestra labor y para la de nuestros colegas en su carácter de gestores culturales profesionales, fomentemos el debate sobre la gestión profesional de la cultura a través de múltiples canales, que los hay, y digamos a las administraciones que sabemos lo que están haciendo y que no lo vamos a permitir por más tiempo.