jueves, 11 de marzo de 2021

ALGUNAS ANALOGÍAS CONFUSAS

Ya sabéis que me gusta la precisión en el lenguaje. Quizá sea manifestación inocua de mis manías compulsivas, acaso cosa de mi carácter cartesiano, tal vez muestra vehemente de ese ensoberbecimiento tan natural en mí. O simplemente una sublimación de semejantes defectos que resulta en una afición por emplear diccionarios de consulta, de uso o de sinónimos, y que tiene como consecuencia el que tarde más de lo normal en rematar mis escritos.

Ser impreciso al usar la lengua resulta ineficaz pues fragiliza los códigos de transmisión y distorsiona el mensaje. Del mismo modo muestra pobreza de recursos comunicativos o pereza para usar la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar e incluso conlleva peligros.

Está claro que cada uno usa las palabras del modo en que cree que mejor van a explicar sus razonamientos y por ello hay tantas formas de decir las cosas como autores. Pero es también evidente que detrás de la elección de un vocabulario determinado, y de la selección de figuras retóricas, existe un trasfondo que muestra lo que se piensa de las cosas. Nuestra interpretación de las mismas se forma a partir de experiencias, conocimientos y procesos críticos que generan las ideas que rigen nuestras acciones de modo que, si partimos de supuestos desacertados, o desde prejuicios y falsos planteamientos, podemos llegar a entender las cosas de modo diferente a cómo son en realidad.

He observado que el relato periodístico sobre todo, pero también de las administraciones públicas, muestra a veces un concepto del patrimonio cultural bastante alejado de la realidad, por lo general incompleto y sesgado, demasiado pendiente del valor mercantil de los objetos y que deja al margen su relevancia como herencia o como conjunto de rasgos que se transmiten y que configuran nuestra identidad cultural. Y creo que es posible que la confusión derive del uso de la palabra “patrimonio” que, para bien o para mal, solemos tener más asociada a bienes y riquezas. También es probable que si generalizáramos la palabra “herencia” o, mejor, “legado” nos acercaríamos más a interpretaciones más relacionadas con la identidad, la continuidad o la creatividad y que eso nos llevaría a considerarlo como algo propio, común y activo. A lo mejor por eso los ingleses usan la palabra heritage en lugar de patrimony.

Por eso me desconsuelan una serie de voces que tradicionalmente se suelen vincular a las prácticas relacionadas con el patrimonio cultural y, en concreto, a los museos, la arqueología y el arte. Y como ya expresé en otra ocasión, más por divertimento que por crítica (que también la había), a veces son prueba de un desconocimiento, sensacionalismo o presuntuosidad que, al pretender hacer más llana la comprensión del mensaje “sacrifica las virtudes propias de los bienes a costa de conseguir una valorización imperfecta”.

Entre estas expresiones se encuentra la célebre “museos vivos” o “dar vida a los museos”, un recurso retórico que representa la intención de estimular la acción de alguno de estos centros y que puede vincularse a una estrategia para impulsar sus entornos inmediatos, ya sea social, cultural o económicamente. El error al usar la expresión se encuentra en que si hay que vivificar un museo es porque entendamos que estaba muerto o porque creamos que estas instituciones lo están habitualmente y eso es una obsesión que está tan arraigada en la mayoría de la ciudadanía como en un altísimo porcentaje de aquellos a los que les corresponden las competencias de los museos. “Museos vivos” es una frase que también se utiliza para camuflar períodos de indolencia institucional, para desmarcarse de responsabilidades previas o para ostentar una ilusoria imagen de renovación. Posiblemente gran culpa de estos usos provengan de un mal entendimiento, inconexo y descontextualizado, del famoso manifiesto de Marinetti en el que se abogaba por una transformación radical a partir de la destrucción del pasado. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo en qué acabo su deriva ideológica, es posible que articular discursos a partir de su dibujo de los museos como cementerios del arte no sea la mejor de las opiniones.

Relacionada con esta última idea se encuentra la de pensar en los museos como lugares de almacenamiento sin medida, centros de acumulación de objetos polvorientos y de cajas apiladas en equilibrio precario. A este esbozo han contribuido tanto la imagen de cierto arqueólogo que busca arcas para reservarlas luego en el olvido burocrático, como la del conservador abstraído que solamente cuenta con tiempo para el estudio y la investigación, apenas preocupado por si los objetos se presentan como deben. Parece claro que el museo y sus profesionales no hacemos suficiente para arrinconar estos arquetipos, e incluso diría que hay quien los fomenta porque “si la gente no viene al museo tampoco la vas a obligar”. En definitiva, la imagen del museo como una necrópolis desatendida se soluciona explicando lo que se hace en el museo y por qué se hace, es decir, explicando su misión y, por supuesto, abriendo de algún modo los almacenes como hizo recientemente, con tan buen acierto, el Museo Nacional de Escultura con su exposición “Almacén. El lugar de los invisibles”.

Entroncando también con este imaginario se encuentra igualmente el uso tan extendido de la palabra “tesoro”, que suele venir acompañado de vocablos como “atesoramiento”, “joya”, “secreto”, “botín” o “trofeo” y de expresiones como “amasar”, “acopiar” o “caja fuerte” que pueden servir todas ellas para ilustrar una imagen del museo entendido como un sagrario para depositar las excelsas muestras de un patrimonio cultural, considerado éste como símbolo de una determinada cosmovisión. Y que, apelando a la pasión más que a la razón, se acerca tanto a los nacionalismos excluyentes que, bajo la falsa apariencia de la identidad, se constituye en elemento divisorio más que en factor de integración. “Lo tengo yo hablado con todo el pueblo. Pregunte, pregunte por ahí, si quiere”.

La literatura museal siempre ha tenido como antecedentes de los museos, entre otros, a los tesoros de las iglesias medievales, pensados para albergar objetos con valor económico o simbólico, a las colecciones reales, para el disfrute personal y muestra de estatus, o a las acumulaciones de los eruditos renacentistas, como repositorio humanista para el conocimiento del mundo. Sin duda son magníficos ejemplos de cómo se fueron configurando las colecciones de objetos en el pasado, pero actualmente no podemos equiparar estas taxonomías a los que significan los museos hoy en día. Las instituciones museísticas actuales buscan su camino como lugares de acción social y participación humana, de modo que percibirlos como meros relicarios envía un mensaje reprochable. Los ciudadanos hemos confiado su custodia a instituciones y profesionales y si su labor se limita a la acumulación de objetos sin compartirla (ya sea por interés monetario, de prestigio o científico) tendemos a sospechar que en el acaparamiento existe la intención de medrar beneficio en la escasez o en la exclusión. De modo que, detrás del uso de estos términos puede acechar la imperdonable idea de que los museos guardan para sí los bienes culturales que a todos pertenecen y que esto se hace porque no todos somos merecedores de su disfrute o porque se quiere reservar (esta voluntad no tiene por qué ser consciente) para una élite cultural que suele serlo también en lo social. Incluso podría verse un interés en monopolizar conocimientos que, mediante el sacrificio de la transparencia y del acceso universal, resulta en una manipulación del mensaje y en una represión de derechos.

Junto a todo lo anterior también se encuentra uno de los usos del lenguaje que más me fascina. El que ofrece experiencias museísticas bajo la divisa de que son un lujo al alcance del usuario; así, como si fueran alhajas en su estuche (que un poco sí lo son, pero por otros motivos). Naturalmente quedo sobrecogido por estos modos, no diré que sorprendido sin embargo, porque creo que un museo es cualquier cosa menos un lujo. Llevamos más de doscientos años intentando precisar lo que es un museo, sin que hayamos conseguido tener clara una definición del mismo, pero si en una cosa estamos de acuerdo es en que los museos garantizan el acceso universal a la cultura y a los bienes públicos, por lo que son instituciones no excluyentes y asequibles; al menos coincidimos en ello un número importante de quienes estamos pendientes del asunto. 

Asociar a los museos con el lujo es un pensamiento tan tosco como los ya vistos respecto a los tesoros y suele ir también acompañado de frases donde el término museo viene acompañado por otros tan turbadores como “esconder” u “ocultar”. A veces, disimulados entre las líneas de actuación de las políticas públicas, o de los escritos de la prensa, podemos encontrar estos mensajes equívocos que provienen de concepciones exclusivistas de la cultura, nacidas en el ánimo de quien está acostumbrado a poseerla con ánimo hegemónico o cuajadas en el desprecio de quien nunca la ha tenido como un valor prioritario. Que cada cual se interesa por lo que le parece, faltaría, pero eso no significa que haya que obstaculizar los afanes del prójimo.

En resumen. Estamos tan sumergidos en una idea de la cultura construida sobre el mercado, en que toda manifestación o expresión debe generar un retorno económico y en la preeminencia del ocio por encima del disfrute, que hemos terminado por considerar la visita al museo como un bien de consumo, un gasto que solo sabemos valorar en términos monetizables. Y ello en perjuicio de considerarla una inversión en nuestros derechos, un bien esencial al que accedemos de manera participativa, donde nos encontramos para establecer diálogos, proponer debates para entendernos y entender el mundo o donde desarrollar la creatividad. Un lugar al que acudimos a pensar, vivir, disfrutar, luchar, amar, conocer, ayudar, curarnos, unir, estar, ser… Y eso nunca ha estado lejos de nuestro alcance ni debe encontrarse más allá de los medios que un ciudadano corriente tiene para conseguir las cosas. Así que pensar en los museos como un lujo supone pensar en ellos desde la exclusividad, desde la élite cultural, desde una posición de confrontación entre el visitante y el usuario. Y esto es alarmante si sucede porque quienes tenemos la responsabilidad directa de su custodia y transmisión sintamos que nuestro papel es imprescindible en el proceso interpretativo, en lugar de vernos como mediadores.

Mi humilde recomendación es que os quedéis con el afán de usar el lenguaje con precisión, que a lo mejor no hecho más que mostrar mis propios recelos y he creído ver prejuicios donde no había más que florituras narrativas.

miércoles, 10 de febrero de 2021

OPORTUNIDADES PARA SOBREVIVIR

Se va a cumplir un año de esta entrada en el blog. Una entrada donde apenas sabía cómo mentar la pandemia, donde ni imaginábamos que pasaríamos más de 50 días de estricto confinamiento y que nos esperaba una triste historia que no es necesario relatar por conocida y persistente. 

Creo que estamos dejando pasar lo que en su momento tomaba por una oportunidad para hacer mejores nuestros museos. Cierto es que se han ido tomado decisiones y que se ha avanzado en algunas cuestiones pero, sin embargo, no ha sido suficiente para aupar a los museos por encima del borde del agua. Si es que parece que apenas hacen pie y boquean entre saltitos para seguir respirando, lo cual no parece ser una situación deseable porque todos sabemos que al final te cansas y solo queda volver a un lugar seguro o ahogarse. En ambos casos tragas.

Asegurada la custodia y tratamiento de las colecciones de los museos, así como la protección de su personal gracias a la excelente labor de las autoridades sanitarias y el compromiso de sus dirigentes, y garantizadas unas condiciones seguras de visita sobre la base de la profesionalidad de sus trabajadores y la responsabilidad de los visitantes, hemos visto cómo en cuestión de pocos meses se ha pasado de lanzar el mensaje #LaCulturaEsSegura a cerrar los centros museísticos y otros centros culturales. Esto no ha sido así en todas partes, lo que únicamente demuestra que no existen soluciones universales contra las crisis y que los criterios de apertura o cierre de establecimientos mudan de una administración a otra o, simplemente, que sufren los embates de posturas más desafiantes que racionales y, lamentablemente, los vaivenes de la acción política o el furor arrebatado de la red social.

Particularmente no entiendo cómo se puede pensar que un museo es actualmente un lugar con alto riesgo de contagio. Suelen tener amplios espacios, los aforos están muy limitados, las medidas sanitarias (mascarilla, gel, distancia interpersonal…) son obligatorias, se siguen los protocolos apropiados y existen auxiliares de sala que controlan las circulaciones, de modo que pueden impedir la coexistencia de demasiados visitantes en una misma zona. Lo mismo pasa en lo que se refiere a los encuentros, conferencias, talleres o conciertos que alojan. ¿Entonces? ¿Por qué se cierran estos centros? Parece ser que se quiere contribuir a reducir el contacto social, pero me da la sensación de que no se ha explicado bien, ni suficientemente, que aun siendo los museos espacios seguros y donde se contemplan todas las garantías, se cierran para eliminar todo vestigio de trato interpersonal (que dicho así suena aterrador). Aunque realmente me da la sensación de que era la única operación que entrañaba un riesgo político asumible, por considerarlo limitado, y que añadía el suficiente impacto mediático como para enmascarar la ausencia de otras medidas (probablemente más previsibles). 

No entiendo tampoco que si lo que se quiere es restringir al máximo la circulación y el contacto se mantengan abiertas otras actividades sociales y se permita la interacción. No está en mi ánimo poner la mirada sobre otros sectores, que no soy de denostar la posición ajena para defender la propia, sino solamente hacer notar que mucha lógica no tiene que un visitante vea limitado su derecho a la cultura mientras se le permite rondar por otros foros en los que nadie parece estar preocupado por la seguridad del de al lado. Fiar el control del contacto social a la responsabilidad individual parece una quimera cuando vemos que esta medida es la menos responsable de todas y la más individualista.

Pero lo que realmente me tiene preocupado es ver algunos alegatos que dicen que tan “marginal” es el beneficio del cierre de los centros como el daño al sector. Creo que en el fondo de esas afirmaciones se encuentra latente la eterna consideración de la cultura, en este caso de la visita al museo, como una simple mercancía donde sus beneficios solamente se miden en términos económicos.

Si algo ha traído esta pandemia ha sido la constatación de que la cultura es un bien esencial y que sus beneficios ni son sacrificables ni se pueden colocar al final de la lista. La cultura, en sus numerosas manifestaciones, nos ha acompañado durante esta amarga procesión que transitamos entre positivos y fallecidos. En lo que llevamos de pandemia las creaciones culturales han iluminado espacios sombríos, han proporcionado entereza a las almas dolientes o han ayudado a dominar la desesperación. Pero igualmente han alegrado el espíritu y el ánimo, han generado relaciones y compromisos a través de dispositivos digitales, o incluso de balcón a terraza, y han evidenciado que la cultura se encuentra siempre cercana y que solamente puede entenderse si proviene del propio cuerpo social. Que únicamente es factible como expresión conjunta, mediante la fusión de sensibilidades y reflexiones, en un entorno libre, abierto y participativo. Así que al cierre temporal de los museos nunca se le puede considerar como algo marginal, que es lo mismo que decir que son algo secundario, accesorio o insignificante y que los daños a algo ínfimo, ínfimos son.

Otra cosa a tener en cuenta. La medida de cierre viene acompañada por la proclama de que es posible suplir la actividad presencial mediante una oferta online diversa (lo que es una redundancia porque diversas son las ofertas de los centros), gratuita (lo que de significar algo sería que quien sufre las consecuencias puede ser el sector creativo) y de calidad (estaría bueno que no lo fuera). En definitiva, un discurso grandilocuente y vacuo que elude admitir que escasea la estrategia digital y que solamente se está retrasmitiendo la actividad presencial. Que la retransmisión no sea por televisión o radio únicamente expresa que se ha ampliado el número de plataformas que permiten el acceso a la misma.

Internet está llena de estudios y valoraciones sobre cultura digital, así que no es preciso ahondar en el tema. Lo que sí parece necesario es darse cuenta de que no se debe confundir la mera trasposición en línea de una actividad presencial con crear o producir actividades digitales y considerar que una oferta digital se hace para reemplazar en lugar de para complementar. Los formatos, contenidos, plataformas, tiempos, lenguajes, públicos u objetivos no son los mismos y, además, este desconcierto implica riesgos añadidos. Entre ellos hay que destacar el riesgo de precarización de los profesionales, porque al reproducir una y otra vez las creaciones se puede restar valor a la creación y vulnerar el trabajo. A ello se puede añadir que los públicos consumidores son distintos y que su comportamiento es desconocido, como lo es la forma en que debe abordarse su comunicación y promoción; de modo que al intentar atraerlos sin criterio no conseguimos fidelizarlos y, por el contrario, podemos perder a los que ya teníamos en el ámbito presencial. Y no dejemos al margen a la siempre olvidada brecha digital, que parece que no nos queremos enterar de que no todos los ciudadanos tienen garantizado el acceso a equipamientos y de que hay muchas limitaciones en cuanto a la utilización y comprensión de los mismos. Y si además pretendemos limitar la evaluación de estos desempeños a las magras cifras de usuarios, estaremos haciendo una evaluación incompleta, lo que es ineficaz, ineficiente y quizá inservible para los propósitos públicos, y que solamente satisface al juicio lisonjero de la prensa.

En definitiva, si queremos ponernos un poco al día es preciso que los museos empiecen a crear nuevos contenidos para la nueva comunidad digital y eso no se hace a base de estacazos de streaming. Y para ello no es menos importante proporcionar nuevas estructuras de trabajo porque, no nos engañemos, la pretendida explosión de actividad digital deviene en la mayoría de los casos de la emergencia coyuntural de distraer recursos de otras áreas o competencias, o de una impuesta consigna de trabajo que devolverá a los centros a sus cauces habituales en cuanto acaben las restricciones de turno a la movilidad. “Las gallinas que entran por las que salen” es también una verdad absoluta en los museos.

No nos engañemos, el paisaje actual de los museos evoca al resultante del impacto de una bomba nuclear, de un tsunami, de un terremoto violento. Cuando museos públicos cierran o no alcanzan los ingresos suficientes para sostener su actividad, cuando solamente retienen el 30 por ciento de sus visitantes, cuando solamente nos fijamos en los grandes ballenas para hacer categorías de las excepciones y abandonamos al débil, cuando la carrera por la supervivencia se intuye a costa de otros, es necesario que nos demos cuenta de que esta crisis no es un paréntesis que permita volver a casilla en la que te encontrabas antes de empezar. Sobre todo porque, precisamente, el concepto actual de museo ya se encontraba en cuestión cuando la COVID-19 no había aparecido. Ahora ya no bastan planes de contingencia sino que estamos a expensas de que se aplique la política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria que ya se ha demandado otras veces.

Por supuesto no nos sirve el aforismo de que no hay que hacer mudanza en tiempos de tribulación, sino que es precisamente ésta la que nos empuja a transformar el museo. Y en esa ocupación debemos centrarnos y arriesgarnos, salvo que queramos ser el siervo que enterró el talento.

lunes, 19 de octubre de 2020

¡NO HIJA, NO! Es injerencia, no censura

Hace unos años (2016) advertí en este mismo blog sobre la deplorable situación que atravesaba el Museo Patio Herreriano el cual, escribía entonces, había caído “sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid” para convertirse “en pasto de pendencias políticas”.

Hay que reconocer que el paso de los años ha logrado poner de acuerdo a todos los grupos políticos. La pena es que se han conciliado para permitir, por acción u omisión, una nueva injerencia en el museo por vía de la imposición en sus salas de una muestra de Cristóbal Gabarrón. Si no están al día de la polémica y quieren acercarse a ella lean la admirable investigación de Elena Vozmediano.

Efectivamente, todos están de acuerdo en la jugarreta. Por una parte se encuentran los que pertenecen al equipo de gobierno: los unos, prietas las filas bajo el palio del talante sin osar importunar al cabecilla, y los otros, compañeros de viaje que saben que no conviene moverse demasiado en la foto de otro. Por otro lado, en el tendido diestro no son de abrir mucho los armarios para que no se vean los propios esqueletos, y a ellos se suman los que no se arriman por no saber si más arriba están de acuerdo y los que no saben si cargar al oír la palabra cultura.

No voy a calificar la obra de Gabarrón porque no entiendo de arte contemporáneo. La diferencia con otros es que yo lo reconozco y me fío de quienes se dedican a ello, que son muchos y valiosos, empezando por los propios artistas. Pero por si alguien no conoce al autor pueden encontrar cosas sobre él en esta valoración de Juan José Santos Mateo.

Hoy me dirijo al lector porque, desde el Ayuntamiento de Valladolid, la persona competente en la cosa (“competente” en el sentido de ostentar competencias y “la cosa” en el doble sentido de asunto y engendro) se ha manifestado en la prensa local. Y lo ha hecho para decir que quienes hablan de injerencia no son más que censores, procedentes del entorno del director del museo, que atacan la libertad de gestión municipal amparada por la legalidad y avalada por las urnas. Es decir, la triste y eterna historia de la legitimidad y del cheque en blanco electoral, con los toques afrutados del victimismo.

Yo, que no soy del entorno del director ni mucho menos sospechoso de querer sacar provecho político de esto, querría rechazar estos planteamientos con el respaldo de muchos años entre vitrinas, almacenes y burocracias museales, donde he visto tanta arbitrariedad que ya es difícil sorprenderme. No obstante, siempre he intentado mantener una posición independiente que he manifestado cuando me ha parecido (aunque me hayan hecho poco caso), del mismo modo que he procurado aplicar mi concepción del museo en todos los planes, textos, normas, reuniones o parlamentos en los que he participado. Habrá quien sepa distinguir esa huella en esos documentos y, aunque no sea relevante y esté al albur de los políticos que envician lo que tocan, al menos ahí queda y espero que algún día dé frutos.

Cierto es que ni el libelo concejil ni mi apología museal pasarán a la posteridad. El primero porque se perderá en el tiempo como páginas de hemeroteca y el segundo porque sólo es un ejercicio para mi propio solaz. De hecho, las obras y acciones de un sencillo concejal o de un mero ciudadano no tienen más trascendencia que la ofuscación generada por el deslumbramiento que otorga el poder temporal de un par de legislaturas. Si ni siquiera la memoria de un notable concejal, ministro y presidente del Consejo de Ministros está libre de la damnatio memoriae ¡cómo no lo van a estar las acciones de un jugueteo consistorial de provincias!

A mi parecer la munícipe ha cometido el error, o el atrevimiento por desconocimiento, de confundir crítica con censura, que la segunda es más un ejercicio del poder que del pueblo. A lo mejor lo hace por estar acostumbrada a palmas y refrendos en despachos, antesalas, agrupaciones o inserciones en regaladas rotativas, de modo que cree advertir un ataque en lo que no es más que un ejercicio ciudadano de protesta y una exigencia de rendición de cuentas, los cuales se pueden y deben hacer en el momento en que los hechos suceden, sin esperar a convocatorias electorales. Cuando, además, la crítica es razonada y en ella convergen las principales asociaciones nacionales relacionadas con el arte contemporáneo, artistas de prestigio, críticos de arte, profesionales de museos, los propios miembros del jurado que seleccionó al actual director y variados agentes de la cultura, lo menos que se puede hacer es tratar de razonar dónde se encuentra el problema, en lugar de agitar el látigo de la arrogancia y exhibir capacidades que no se tienen. 

Pues sí, la muestra de Gabarrón en el Museo Patio Herreriano es una injerencia. Y puede que no lo sea porque se quiera imponer una exposición, ni tampoco por la trayectoria del artista en cuestión, sino que lo es por el simple hecho de haber obligado a levantar una exposición para colocar otra, lo cual ha atentado gravemente a la autonomía programática del director, ha ultrajado gravemente al prestigio y a la obra de Eva Lootz y ha despreciado la confianza que los votantes concedieron a la propuesta ofrecida por su partido. En veinticinco años de profesión solamente me he tropezado con dos personas que quisieran adelantar la clausura de una exposición: a la primera se le pudo hacer entrar en razón con los sencillos argumentos de que las exposiciones no se cierran anticipadamente, en todo caso se prorrogan, y de que la prensa no iba a amparar tamaña tropelía. Lamentablemente la deriva moderna nos ha traído a un escenario en que un responsable político no dispone de asesores que le expliquen cómo hacer las cosas (o peor, que los ignore) y en el que la prensa no solamente no observa un papel vigilante de las buenas prácticas en las instituciones, sino que es cómplice de sus diatribas inconscientes. Sí, señores, nuestros políticos antes temían a la prensa. Qué habrán hecho unos y otros para que ya no sea así.

Pero no solamente es una injerencia, sino que es un rosario de menosprecios: a Eva Lootz, como he dicho; a los artistas que carecen de patrocinadores políticos y no pueden exponer en los museos más que a través de los criterios técnicos de sus programadores; a los ciudadanos que han confiado en su programa y en la aplicación de buenas prácticas ajenas a antojos políticos; al jurado que seleccionó al director y que con su decisión respaldó el proyecto curatorial y que de haber sabido que iba a ser intervenido quizá habría declinado su participación; al propio director y a su autonomía de gestión, sin más; al programa electoral municipal de su partido que quería hacer del Patio Herreriano un museo de referencia europeo (¿referente en amputar exposiciones e imponer programaciones?); y a la gestión eficaz de una institución pública, que presupuesta actividades para un período concreto para luego cerrarlas anticipadamente (¿acaso hemos gastado de más sin motivo?).

Foto Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons

No deja de sorprenderme la intrepidez de pergeñar una exposición en un museo a base de amalgamar a unos ofertantes externos, un área administrativa municipal, una fundación a la que solamente se recuerda por una turbadora espantada en la ciudad y un comisario universitario,  y que se empotre en la programación de “un museo de referencia europeo” bajo los argumentos del mejor servicio a los intereses de la ciudad; eso sí, sin asomo de informes técnicos al respecto, que ya que nos ponemos no parecen existir. Me maravilla porque siempre he pensado que los intereses ciudadanos se sirven facilitando presupuestos dignos a las instituciones, dotándolas de personal suficiente y adecuado, evaluando la gestión con indicadores cualitativos más allá de meras estadísticas de visitas, garantizando la independencia y autonomía de sus directivos, siendo transparentes en todas las decisiones que se toman, ganándose la confianza de sus usuarios y, en el caso de los museos, permitiendo que cumplían su misión. Y la misión del museo no es, por supuesto, acoger cumbres internacionales, actividades culturales aleatorias y ajenas a su plan museológico, ser un museo multifuncional, o pretender que sea un centro cívico con chorreras. La actividad ajena que alberga un museo es un complemento, una manera de equilibrar presupuestos o de habilitarlo como espacio de encuentro y atracción para conseguir otros objetivos. El evento es siempre un medio, nunca un propósito porque, de otro modo, el museo no es más que un matadero cultural, como decía G.H. Rivière. Alguien que sí ha dejado huella en la posteridad.

No conozco a Javier Hontoria, ni sabía de su existencia antes de verlo en los papeles, y desde luego no envidio el trago por el que debe pasar. No voy a ser yo quien sugiera lo que debería hacer, pues si se va puede parecer que deja el problema a otra persona que luego empezaría cuestionada su labor y quedarse puede ser visto como una claudicación; en ambos casos pierde el Museo Patio Herreriano, pero cualquier cosa que haga bien estará. Como yo mismo no sé qué haría, solamente quiero manifestarle mi apoyo como colega de profesión y como empleado público. Va a necesitar en el futuro mucha presencia de ánimo para convencer a futuros artistas de que el centro es capaz de mantener sus compromisos, mucho esfuerzo para convencer al sector privado de que sus posibles inversiones tendrán el retorno pactado y al margen de intromisiones, de que el Museo Patio Herreriano no se va a usar como un bonito telón de fondo para fotografías de ediles, incluso para que la Colección de Arte Contemporáneo…, bueno, dejémoslo ahí. Mucha energía para convencer de que lo que ahora se hace es una anécdota en lugar de una práctica habitual y para persuadir de que esta última época, que nacía bien auspiciada con un comodato renovado y una dirección elegida bajo un concurso público al amparo de las buenas prácticas, no es un nuevo episodio de un museo que ha acabado siendo una patata caliente que se ha ido traspasando de mano en mano a través de las legislaturas.  

Una cosa. ¿Se imaginan al Meadows Museum de Dallas llamando para adelantar la salida de los Berruguetes con un “se los devuelvo, que tengo un plan mejor y quiero hacer sitio”? 

Pero qué sabré yo de esto, que no me han elegido legítimamente ni asumo responsabilidades por ciencia infusa.

viernes, 8 de mayo de 2020

#EsteMuseoLoTransformamosUnidos


Cuando aún no imaginábamos el terrible golpe que la crisis de la COVID-19 iba a descargar a nuestra sociedad, durante los primeros embates de la pandemia, ya hubo tímidos intentos de prever los retos que iban a tener que afrontar los museos tras lo que se percibía como una interrupción drástica de la actividad habitual. En esa línea, yo mismo hice un intento de aportar soluciones en este blog.

En el artículo ya apuntaba una idea que quiero recuperar y ampliar, la de que siempre es buena idea convertir los problemas en oportunidades y trazar un plan que nos permita enfrentarnos a la situación. Es pronto para evaluar el impacto real de la pandemia sobre los museos, si bien ya se adivinan caídas de visitas, pérdidas ingentes de fondos para la financiación, desaparición de demasiados empleos directos e indirectos y amplias restricciones a la actividad cotidiana del museo.

Ahora quiero apuntar otras ideas que podrían orientar las acciones a adoptar tras la crisis. Algunas de ellas ya se han podido ver en otros lugares, otras provienen de mi forma de entender los museos, según lo que habéis podido ir comprobando en este blog. Es más, soy consciente de que no son válidas para todos los museos, que hay infinitas realidades museísticas y que predomina en nuestro país el museo pequeño, poco más que una sala visitable, teniendo las grandes “ballenas” una singularidad que requiere medidas diferentes. Este artículo quiere fijarse sobre todo en los los museos que siempre olvidamos porque les cuesta alzar la voz, en los “abandonados”. Y también quiere recordar a las administraciones públicas cuál ha de ser el objetivo de su gestión.

Hay tres ideas fundamentales que quiero señalar antes de nada. En primer lugar, el panorama de los museos va a cambiar drásticamente en algunos aspectos y va a tener que ser revisado en muchos otros. Los paradigmas existentes ya no nos servirán y no podemos esperar que la forma de proceder que veníamos utilizando siga teniendo validez. En segundo lugar, si hasta ahora hemos elaborado planes de contingencia para asimilar el mayor (quién sabe si peor) golpe de la crisis, que podrán  tener validez durante los primeros estadios de la vuelta a la “normalidad”, ahora es imprescindible que elaboremos un plan de subsistencia para salvar el mayor número de instituciones, empleos y recursos posibles y que permita iniciar una recuperación que impulse nuevamente a los museos como bienes esenciales para el desarrollo de la sociedad. Y en tercer lugar, pero no con menos importancia, ni ahora ni en el futuro deberemos consentir que la pandemia sirva como excusa para no aplicar una política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria; la crisis solamente puede ser utilizada como explicación para el colapso, pero no puede ser esgrimida para sostener falacias. Podremos excusar a quien se equivoca en la acción, pero no caigamos en la trampa de justificar la inoperancia. Y un bonus: como norma general no debe haber prisa por volver a abrir.

España tiene un “incontable” número de centros museísticos, la misma Comunidad de Castilla y León tiene hasta 400 a la luz de estadísticas más o menos precisas, que están esperando soluciones a múltiples problemas derivados de la crisis de la COVID-19. Así que querría de algún modo aportar ideas sobre las posibilidades existentes para que los museos inicien un camino que guíe su recuperación y que posiblemente conduzca a un cambio de rumbo en su progreso futuro. En los últimos tiempos se ha debatido internacionalmente sobre un nuevo concepto de museo; quién sabe si las acciones que inevitablemente se han de abordar no acabarán dando un vuelco al concepto.

Entre las diversas nociones que incluye la definición más ortodoxa de museo, se encuentra la de que es una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Centraros en esta idea porque es fundamental para lo que voy a decir a partir de ahora. Hasta ahora los museos se han venido quedando atrás en su labor como repositorios de memoria, destinados a desarrollar valores de justicia social y asegurar el bienestar de la comunidad, en favor de un papel como mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, e incluso como lugar de ocio multifuncional e indiscriminado, como un ágora cultural, diabólicamente entendida, que sólo puede transfigurar a la institución en un centro cívico “con balcones a la calle”.

En esencia, la política museística futura no puede seguir haciendo lo de siempre a riesgo de acabar de la misma manera. Hay que entender que los museos son una herramienta de transformación que hay que recalibrar, porque ya no cuenta con la métrica que la sociedad postconfinamiento requiere, y hay que hacerlo en tres horizontes fundamentales: el museo como institución, las colecciones que custodia y los usuarios que acoge.

Para cambiar el paradigma de los museos y aplicar las políticas museísticas más adecuadas hay que contar, inevitablemente, con los propios museos. Preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué les gustaría tener, qué les preocupa. Y hay que hacerlo tanto de manera individual como a través de interlocutores sectoriales, en foros adecuados, con voluntad participativa y abierta, ejerciendo liderazgo y siendo transparente. ¿A quién corresponde esto? A las administraciones competentes, que lo deberán abordar de manera directa y a través de observatorios, consejos o reuniones sectoriales. Aportando ideas, presentando soluciones e intercambiando criterios profesionales porque ¿de qué sirve que la política pública de museos sea diseñada por quien nunca ha pisado uno? Reflexionad sobre esto.

A la par va a ser preciso que, al menos hasta que existan vacunas u otras soluciones, los museos cuenten con protocolos claros para gestionar la pandemia. Existen ya varias recomendaciones genéricas y concretas para atender las necesidades de conservación, seguridad, prevención de riesgos laborales o control de visitantes. Quizá no sea mala idea facilitar una guía de gestión a nivel estatal, o al menos autonómica, que oriente a todos los centros, e incluso habilitar canales de comunicación que sirvan para solventar dudas y analizar casuísticas y que puedan proporcionar a los museos respuestas rápidas ante contingencias.

Por ejemplo, es imperioso controlar que los edificios de los museos están preparados para afrontar la nueva realidad. Entre las cuestiones prioritarias hay que considerar aquellas que permitan que las instalaciones se adapten a las exigencias sanitarias de un lugar público; y ello pasa por suspender cualquier apoyo a proyectos museísticos nuevos. Seamos claros, lo que no ha funcionado antes no lo va a hacer ahora, y la creación de nuevos museos por sí misma no va a fortalecer la recuperación económica, no va a atraer más turistas, ni va a generar más empleos. En estos momentos hay que concentrarse en salvar lo que existe, de modo que las aventuras museísticas, incluyendo las renovaciones expositivas profundas, no deberán ser las que obtengan más recursos de lo necesario.

Y qué decir de la viabilidad de los centros museísticos, no sólo la económica destinada a cubrir los costes de producción o mantenimiento, sino su rentabilidad social y cultural. ¿Están los museos convenientemente amparados por las políticas museísticas? ¿Conocen suficientemente el marco legislativo que les afecta? ¿Existen instrumentos de planeamiento que describen la hoja de ruta más ajustada a sus intereses y, de ser así, se evalúan y se publica sus resultados? Porque a lo mejor los museos viven a espaldas de las administraciones porque en el mejor de los casos no saben quién es el interlocutor válido, que nunca se ha comunicado con ellos, o porque sospechan que no van a ser atendidos, o porque las condiciones para serlo no son lo suficientemente transparentes y sí demasiado discrecionales. O sencillamente, porque lo que se les ofrece no cubre sus necesidades reales porque con demasiada frecuencia ven que el premio gordo se lo llevan los de siempre y a ellos no les queda sino la pedrea.

No voy a detallar el impacto tan brutal que la crisis va a tener sobre el sector cultural pues ya se puede analizar en otros lugares. Hay muchos profesionales que han perdido su empleo y que no tienen una perspectiva clara para recuperarlo, por lo que la prioridad actual debe ser la restitución del tejido empresarial que conforman las industrias culturales y creativas y de sus profesionales, sobre todo en su ámbito local inmediato. Pienso, por ello, que las ayudas económicas a los centros museísticos deben ir dirigidas sobre todo a dotarlos de actividades culturales, con el doble propósito de que sean puntos emanadores de financiación hacia sus “proveedores” y de recuperar el hábito cultural de la población. Es más, habría que buscar la complicidad entre los museos y otros sectores culturales como bibliotecas, archivos, compañías de artes escénicas u organizaciones sociales, de modo que se generen actividades que impliquen a varios sectores.

Se trataría de articular también acciones conjuntas a partir de módulos adaptables que se puedan reaprovechar en itinerancias. Pensemos en acciones integrables de fácil traslado, pero que al mismo tiempo admitan aportaciones personalizadas para cada lugar mediante una sencilla adaptación. Y pensemos en una distribución cronológica de las actividades para mantener un tempo cultural sostenido, un reparto que torne la estacionalidad en continuidad. Ya he comentado varias veces que no entiendo por qué los museos realizan durante días determinados aquellas acciones o servicios que no hacen durante el resto del año. Entonces, ¿qué nos impide que el Día Internacional del Museo o la Noche de los Museos se conviertan en el mes de los museos, en el trimestre de los museos, en las noches de los fines de semana? ¡Qué afán de echar el resto en un día, en una semana, cuando disponemos de todo el año!

Todo ello debería poderse articular a través de un sistema sostenible y solidario de trabajo en red, donde se potencie una serie reforzada de cabeceras territoriales o temáticas que dispongan de personal cualificado suficiente para apoyar al resto de museos. No es desatinado considerar que un país como el nuestro, con una estructura administrativa territorial hiperdesarrollada  (estado central, autonomías, diputaciones y ayuntamientos), puede generar asociaciones suficientes para distribuir recursos a los museos. Es más, los museos públicos deberían asumir el papel de ser los motores de la recuperación del resto. ¿A caso un pacto global para los museos, o una conferencia sectorial específica que permita aplicar inyecciones económicas donde realmente haga falta? ¿Ayudas ágiles y flexibles que se adapten a las necesidades de cada momento? Sí, ya sé que esto es España, pero soñar no cuesta.

Uno de los soportes fundamentales del museo como institución es su personal. El futuro museo, como tantos otros lugares, tendrá que preocuparse de no ser un medio de transmisión de la COVID-19 y deberá garantizar que se trata de un centro de circulación seguro. Y ello debe empezar por asegurar la integridad de sus trabajadores, por lo que es preciso que se certifique la información relevante en materia de riesgos laborales y en protocolos sobre medidas de higiene y etiqueta; no solo no queremos que sean centros de contagio y difusión del virus, sino que deberíamos convertir los museos en lugares de difusión de buenas prácticas y en sitios para la generalización de comportamientos sociales adaptados a la nueva realidad.

Escultura de A. Einstein en el Museo de la Ciencia de Valladolid
(foto del autor el 5.05.2020)
Esta cuestión, más que nada de sentido común, es la que nos permite precisar la visión sobre el papel fundamental que juega el personal del museo como protagonista de la actividad cotidiana. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad para que sean la punta de lanza de la definición del nuevo museo? En primer lugar, ya no podemos demorar más la realización de una profunda reflexión sobre si las plantillas de los centros cuentan con personal técnico y cualificado suficiente para desarrollar las funciones que les corresponden y, sobre todo, observar si sus condiciones laborales son justas y dignas. Y en segundo lugar debemos dotarlos de un entorno adecuado y de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, dentro de las que se encontraría la formación en línea. Proveer desde instrumentos tecnológicos al servicio de la conservación de las colecciones a formación en técnicas de atención al visitante, desde pautas de seguridad y control de públicos a mejoras en los procesos documentales, desde el aprendizaje en materia de comunicación al estudio de públicos, desde la investigación en cuestiones relativas a las colecciones a la incorporación de herramientas para la enseñanza. Entre otras cosas, porque ya hemos dejado que las empresas de servicios fagociten demasiadas áreas de los museos y hemos favorecido la precariedad profesional a costa también de comprometer la dignidad de los museos.

Junto a la expositiva, una de las funciones más conocida y apreciada de los museos es la custodia del patrimonio cultural, cometido que incluye la documentación de las colecciones o las medidas de conservación que se aplican sobre ellas y la posterior transmisión de las  mismas. A ella se destinan la mayoría de los recursos del museo y prueba de ello es que en las plantillas nunca faltan conservadores y conservadores-restauradores, si bien en la mayoría de los casos estos profesionales acaban asumiendo, por deseo expreso o por necesidad, otras muchas funciones como la investigación, la documentación o la comunicación. Y ello por lo que se refiere a los museos públicos más grandes, pues en una parte importante del resto, la plantilla se reduce a un gestor que lleva la administración y representación junto a la persona que abre y atiende; y a veces menos. A nadie sorprenderá que digamos que las oportunidades laborales que ofrecen los museos son escasas e inestables.

Al ser una de los pilares básicos de la existencia de los museos, las colecciones cobran en la situación actual una relevancia sin par. Y deberíamos estar pendientes de la situación en que se encuentran. En primer lugar, porque generalmente los museos no cuentan con planes de colecciones para definir su gestión y conservación. Y en segundo lugar, porque durante la crisis de la COVID-19 se ha podido comprobar que la mayor parte de los museos carecen de planes de protección ante emergencias; tengamos en cuenta que estos no solamente deben contemplar los riesgos derivados de robos, incendios e inundaciones, sino que en el futuro también tendrán que establecer protocolos correctos para posibles procesos de desinfección. Más allá de las magras dotaciones de personal, la generalización de la formación técnica de los responsables de los centros, así como una concienciación de sus responsables, proporcionaría una mayor preocupación por las colecciones, lo que permitiría ofrecer ayudas económicas destinadas a labores relacionadas con la conservación o restauración de objetos que, a su vez, generarían nuevas oportunidades de trabajo a pequeñas empresas externas.

En esta misma línea de oportunidades empresariales, cabría facilitar nuevas maneras de interpretar y presentar sus colecciones a través de un importante esfuerzo en la documentación y digitalización que fortalezca la relación de los museos con sus visitantes, fomente la participación o incluso aumente sus ingresos y donaciones. Asimismo, se debería explorar la plena inserción de los contenidos del museo en la educación a través de plataformas en línea que complementen la asistencia de esas visitas escolares que no sabemos si podremos seguir recibiendo, o la constitución en los museos de áreas específicas para usuarios en línea, de modo que puedan participar en la nueva vida del museo a través de seminarios online, videoconferencias divulgativas, congresos virtuales, laboratorios digitales, etc... Sin buscar una sustitución de los públicos a quienes se dirigen, sino para multiplicar la oferta museal, aprendiendo de cada sector y aplicando las conclusiones a la forma en que queremos presentar el museo.


Y por fin el usuario. Llevamos años llenando artículos y documentos logísticos con el mantra de los nuevos públicos, del acercamiento del museo a otros sectores de edad y a colectivos menos propensos a visitarlo. Incluso hemos empleado ríos de tinta en determinar cómo se acerca el público al museo, con quién, a qué hora, cuántas veces, cuáles pueden ser sus intereses y si el cobro de entrada permite valorar más la visita al museo o aleja a los usuarios potenciales, con el objetivo de conocer nuestro objetivo y explorar caminos no frecuentados. Pues bien, el primer trabajo al que nos enfrentamos ahora es el de recuperar a los visitantes que tenía el museo.

Va a ser preciso garantizar que la experiencia de la visita es segura. Ya hemos hablado de las implicaciones derivadas de los apoyos educativos y comunicativos, de las medidas de higiene y etiqueta o de las interacciones físicas. Pero no debemos olvidarnos de la gestión de las admisiones, la gestión de aforos para distribuir grupos o altas densidades, la ordenación de las circulaciones para asegurar la convivencia o la modificación de horarios dirigidos a una mayor flexibilidad de la afluencia. Estamos hablando, por ejemplo, de habilitar mecanismos de reserva de la visita, disminuir los pagos en metálico mediante el pago con tarjeta o disponer ventanillas en línea, de usar mamparas para proteger al visitante y al empleado, de reducir el tamaño de los grupos y gestionar turnos, de evitar la masificación, aglomeraciones o congestiones de visitantes, de ampliar horarios en determinados momentos y reducirlos en otros, de revisar el uso y disposición de apoyos educativos y comunicativos de riesgo como hojas de sala, juegos interactivos o audioguías. Todo esto puede exigir más personal así como una inversión importante en elementos de protección y, desde luego, un profundo análisis de la viabilidad de los centros a consecuencia de las nuevas exigencias.

La medida estrella de la mayor parte de los titulares de los museos durante el confinamiento ha sido la presentación en línea de contenidos culturales, siempre con la mejor de las intenciones. Sin embargo, entre los asuntos pendientes de los museos se encuentra su falta de hiperconectividad. El futuro va a exigir una serie de posicionamientos para los que la mayoría de los museos no están preparados. Solamente los museos más grandes tienen capacidad suficiente para romper la quinta pared a través de algo imprescindible, la incorporación de una estrategia digital a la estrategia global del museo. La renovación digital de los museos no pasa por intentar adaptar al entorno digital aquellos contenidos que no fueron concebidos más que para un entorno presencial, ni pasa por inaugurar o reactivar redes sociales, ni siquiera pasa por el uso de tecnologías más o menos novedosas, creación de apps móviles, generalización de programas de gestión o bases de datos; ni se encuentra en el fascinante descubrimiento de la videollamada. La mayoría de los museos no puede afrontar una renovación digital, pues carece de determinación clara fruto de un análisis técnico, y ni sueña con los medios tecnológicos adecuados o el personal cualificado para hacerlo. Y si han hecho un esfuerzo digital durante el confinamiento ha sido para no abandonar a la sociedad en unos momentos terribles, pues sus profesionales tienen claro que se encuentran a su servicio. Es más, han sido también víctimas del espejismo del teletrabajo; es decir, la falacia de que la organización puede mantener durante algunos meses una actividad similar a la que normalmente ejerce, mediante el traslado a los domicilios de un desarrollo laboral pensado para la mesa del despacho y gracias a la aportación privativa de dispositivos y conexiones, a la vez que se pretende que se está manteniendo el aprovechamiento con el solo propósito de dar la apariencia de que todo está bajo control.

Pero la pregunta, más allá de si sabremos adaptarnos al entorno digital, está si este esfuerzo adrenalínico se mantendrá una vez superado el confinamiento. Si el ímpetu desplegado para mantener la presencia del museo en la vida del ciudadano se prolongará mientras encontramos una organización, institucional y pública en muchos casos, que apueste por la reconversión digital de los museos y que no piense que está desarrollando una cultura 2.0 porque sube contenidos a Internet.


Por último, quiero insistir en una cosa. Es importante reforzar la presencia del museo en la sociedad futura. O mejor, es imprescindible reforzar la presencia comprometida del museo en la sociedad futura. Ya he hablado en otros lugares de la no neutralidad del museo, llegando a decir que “los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad” para renovar la sociedad. Redundando en ello, el museo es una institución de prestigio, un lugar de experimentación, debate y participación, donde el ciudadano puede plantear preguntas y hallar respuestas comunes, donde cada ciudadano puede manifestar visiones personales. La sociedad también necesita al museo para sobreponerse a la crisis de la COVID-19 y no podemos dar la espalda a este compromiso, sin olvidar que si un museo no toma partido, probablemente ya esté tomando partido.


Hace ya tiempo hice un “pequeño ejercicio de introspección museal” en el que desgranaba aquellas cosas que deberíamos tener en cuenta para afrontar una mejora de los museos. Lo que entonces era un artificio hipotético, se revela ahora como un ejercicio inevitable de supervivencia.

miércoles, 11 de marzo de 2020

COVID-19/coronavirus. ¿Una oportunidad para los museos?


Aunque parezca que tenemos prevista cualquier contingencia y que tenemos una buena capacidad de reacción inmediata ante desafíos, no es difícil que nos encontremos ante circunstancias que ni siquiera se nos había ocurrido imaginar. De esta tesitura no están libres ni los museos ni sus profesionales.

La manera en que se afrontan las situaciones críticas en los museos dice mucho de la profesionalidad y de la capacidad de gestión de quienes se ocupan de ellos, ya sean sus titulares o sus trabajadores. A pesar de que mucho trabajo está ya hecho, gracias a la experiencia y a legislaciones sectoriales (seguridad, riesgos laborales, espectáculos…), es fácil encontrarse con acontecimientos, no por poco habituales menos catastróficos, que nos llevan a una pregunta muy concreta: ¿están los museos preparados para gestionar situaciones de riesgo y emergencia? Está claro que en lo referente a la seguridad de personas y colecciones se ha avanzado mucho pero, por vestir la cuestión de actualidad: ¿están los museos preparados para enfrentarse a situaciones como la planteada por el coronavirus?

Del mismo modo en que ha aumentado nuestra percepción acerca de la gran frecuencia con que nos llevamos las manos a ojos, nariz y boca una vez que nos han dicho que debemos evitarlo, también debemos darnos cuenta de que los museos son centros de encuentro de personas de múltiples procedencias y de la cantidad de elementos de riesgo que pueden favorecer la dispersión del virus en torno a ellos. Y esa apreciación debemos afrontarla bajo el punto de vista de todos sus usuarios, desde el personal de atención al público al responsable de la acción cultural, desde el área administrativa a la de gestión de colecciones, desde el visitante particular al grupo colegial, desde el personal externo de limpieza a las contratas de seguridad, etc…

Cierto es que en una gran mayoría los museos dependen de administraciones públicas, las cuales disponen de claros protocolos de acción que les son aplicables. En realidad, parecería que todo es tan sencillo como aplicar las directrices de los departamentos de sanidad y las instrucciones de las instancias de gestión, así como el sentido común. Pero ¿estamos seguros de que es así en todos los casos? ¿Realmente tienen los museos claro lo que hay que hacer?

La capacidad de maniobra de cada centro de titularidad pública se encuentra limitada por su dependencia orgánica, de modo que lo correcto es que los titulares y gestores establezcan las pautas a seguir y que, en buena lógica, se encontrarán sometidas a las recomendaciones del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social y a las instrucciones de los distintos órganos de gobierno, sobre todo los competentes en cultura. Pero ¿qué sucede con los museos privados? Recordemos que, de media, suponen más de un 50% del total y que acumulan un alto porcentaje de las visitas anuales a los museos españoles. Quizá no sólo deba bastar con que sus responsables adopten las mismas pautas que siguen los públicos, ya sea por imitación ya por intuición, sino que es exigible que las administraciones a quienes corresponden las competencias sobre museos ejerzan acciones globales y proactivas. Y esta simple política puede favorecer el estrechamiento de relaciones entre agentes públicos y privados así como el fomento de acciones trasversales; en definitiva una ocasión inmejorable de trabajar en red.

Ante una situación como esta en la que nos encontramos es preciso contemplar las características de los diferentes escenarios establecidos para contener la transmisión y las medidas que pueden corresponder a cada uno de ellos. En este punto habría que tener claro qué es lo que se puede y debe hacer en cada momento y transmitirlo adecuadamente, a fin de evitar demoras en su aplicación para contribuir a la reducción del impacto de la epidemia. O al menos para no favorecerlo.

Por entrar en el terreno de lo práctico, observemos los diferentes puntos de vista que nos podemos encontrar, empezando por el que corresponde a la dirección de los centros. Cuando nos imaginamos el día a día de un museo, dentro de un panorama como el actual, deberíamos pensar en la celebración de reuniones periódicas de plantilla en la que se distribuya a los trabajadores la información relevante en materia de riesgos laborales, en protocolos generales de acción ordenados por los titulares de los centros, sobre medidas de higiene y etiqueta o sobre pautas informativas para atender al usuario. También debería tratarse la necesidad de actuar con tranquilidad y discreción, las obligaciones y derechos que corresponden al trabajador y las cuestiones organizativas que afectan a los servicios que presta. Del mismo modo, está claro que conviene atender medidas similares en cuanto a la organización de los servicios externos que proporcionan las diferentes contratas, normalmente de limpieza, seguridad o mantenimiento, así como las asistencias de los distintos oficios museísticos.
Foto Pixabay https://pixabay.com/images/id-4893660/

Como ejemplos de esta proposición nos vamos a encontrar la necesidad de instalar cartelería informativa en lugares comunes y de paso, así como en aseos (donde además deberemos cerciorarnos de que existen productos de saneamiento, dispensadores y repuestos suficientes), la importancia de aumentar la frecuencia de la limpieza de superficies usuales de contacto (puertas y picaportes, barandillas, soportes, ascensores…) o de elementos de apoyo museográfico (dispositivos interactivos, hojas de sala, audioguías) incluyendo su posible retirada. Si queréis tener una idea clara de cómo proceder al respecto os recomiendo esta guía para el COVID-19/coronavirus de la American Alliance of Museum.

Más allá de los planteamientos que llegan de arriba abajo, incumbe a los trabajadores la práctica de un ejercicio de responsabilidad que nace en la exigencia informativa y en la aplicación escrupulosa de las instrucciones recibidas. Buen momento es este para reivindicar la importancia y compromiso de los trabajadores de atención al público de los museos, muy ignorados cuando no denostados, y la magnitud de su labor tanto en el aspecto informativo como en su relevancia como imagen pública de la institución. Sin duda constituyen la vanguardia de todas las buenas acciones que un museo puede ejercer ante crisis como la del coronavirus.

Pero el museo tiene una perspectiva abierta al público mucho más concreta y que se ejerce a través del cumplimiento de diversas funciones y la prestación de unos servicios concretos. No debería existir a priori un retraimiento de labores de custodia de colecciones, de los ingresos de fondos, de las exhibiciones temporales o permanentes o de los eventos culturales o educativos, pero sí es preciso tener en cuenta que la entrada en escenarios más restrictivos obligará a tomar medidas entre las que se encuentren cierres parciales o totales, limitaciones de aforo, suspensión de actividades, restricción de acciones de voluntariado y formación académica o, incluso, presentismo laboral.

En ese caso puede ser buen momento para realizar acciones que suelen demorarse a la espera de un momento más adecuado, o que no encuentran acomodo oportuno en medio de la programación habitual o el trabajo inmediato. Es decir, qué mejor momento que una crisis epidémica para reacondicionar espacios, rematar labores de mantenimiento, actualizar instrumentos documentales, reclamar una estrategia laboral que fomente el teletrabajo y la videoconferencia y la formación de empleados o, por ejemplo, actualizar los planes de emergencia y seguridad para incluir contingencias en caso de epidemia…

Quizá cuando nuestros museos tengan bien definidas las estrategias a seguir en caso de contingencias como la que nos ha suscitado el COVID-19/coronavirus se nos ocurra también pensar en qué hacer si se produce la clausura temporal de los museos. Ideas para que los museos sigan abiertos al usuario a pesar del COVID-19/coronavirus nos las presenta Nacho Granero en este post. A mí se me ocurre también la de considerar la crisis como una buena ocasión para debatir sobre una sociedad global, diversa, informada, sostenible y solidaria.

No hay duda de que el COVID-19/coronavirus nos brinda la oportunidad de hacer mejores nuestros museos.