viernes, 6 de marzo de 2026

PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA

Quienes tenemos varias décadas de memoria electoral, o una cultura política por encima de la media, somos capaces de reconocer sin dudarlo la famosa proclama de “Programa, programa y programa” que Julio Anguita defendió mientras fue coordinador general de Izquierda Unida y del PCE. Su reduplicación le permitía apuntalar el criterio de que los acuerdos políticos o posturas de gobierno debían figurar en el correspondiente programa electoral. Este documento, por lo general, debía suponer un pacto entre el candidato y los ciudadanos.

Sin embargo, en la España actual, estos documentos se redactan de manera que el cumplimiento de ese contrato moral pueda ser alterado, demorado, interpretado o sustituido a conveniencia de la «parte contratante de la primera parte», con la consecuencia de que las medidas adoptadas serán irreconocibles al final de las legislaturas. Todo ello ocurre con la connivencia de los implicados, ya que los partidos políticos hacen esa redacción consciente y los electores somos condescendientes con los incumplimientos.

Por lo general nuestra manera de votar se limita a elegir la papeleta del color preferido y perpetuar una monolítica opción política. Si bien es cierto que hay gente que cambia de papeleta, tengo mis dudas de que en la mayoría de los casos la decisión vaya más allá de la visceralidad y me temo que no suele provenir de un análisis comparativo y crítico. He de confesar que yo peco algo de lo primero, pero también declaro que soy de los que se leen los programas de los partidos y tomo decisiones en consecuencia.


De este afán instructivo surgió en su momento la iniciativa de comparar en este blog las propuestas electorales relativas a cultura. Si buscáis hay un par de ejemplos de Valladolid y uno de Castilla y León para las elecciones de 2015. Y creo que se ha producido suficientes cambios como para lanzarme a un nuevo examen de la clave cultural para las elecciones inmediatas.

Hay que empezar diciendo que en este 2026 los problemas que encontraba hace once años para consultar los programas han desaparecido prácticamente. No solamente los partidos los publican con más o menos suficiente antelación sino que los difunden profusamente por las redes sociales. Es más, ahora existen iniciativas ciudadanas como Aldea Pucela, una comunidad vecinal online que a día de hoy cuenta con casi 6.000 miembros, que han construido un magnífico comparador de programas electorales en Castilla y León que permite explorar propuestas, comparar por temática o incluso cumplimentar un cuestionario de afinidad. La consulta está provincializada y su información se basa en las principales formaciones que se presentan que hayan publicado oficialmente un programa electoral. Mis felicitaciones a este espacio de encuentro participativo digital por hacerme fácil la búsqueda de las medidas que me interesaban para redactar esta entrada.

Pero no solo he recurrido a esta utilísima herramienta sino que me he leído la parte cultural de cada programa. A pesar de la disparidad en cuanto a las propuestas y la dificultad para analizarlas me he podido centrar en las del PP, PSOE, VOX, UPL, PODEMOS, SORIA ¡YA! y EN COMÚN.

El concepto de cultura de los partidos es muy dispar. Para empezar, se recurre muchísimo al uso del término cultura en el sentido de conjunto de conocimientos y pauta de comportamiento, sobre todo en aquellos partidos que son, por decirlo de algún modo, más excluyentes; de este modo el vocablo sirve para imponer límites de conducta y determinar el modo en que se concibe una determinada realidad social, lo que acaba condicionando todo el corpus político. Este uso sintomático de la palabra sirve también para estrechar los límites de las propuestas y es significativo cuando se refiere, precisamente, a la propia cultura (entendida como conjunto de modos de vida, costumbres, conocimientos, desarrollo artístico, científico, industrial, etc), ya que sirve para reivindicar tradiciones, espacios, hábitos particulares o manifestaciones patrimoniales muy concretas. En definitiva, la hegemonía cultural también se disputa en el lenguaje y es extensiva a todas las facetas de la vida cotidiana.

Existe también entre los programas un conflicto entre la consideración de la cultura como bien esencial y su apreciación como factor económico. La primera opción, que he defendido aquí en repetidas ocasiones, se expresa de manera evidente en el programa de EN COMÚN al entender la «cultura como derecho y no como negocio» y se intuye en las medidas que proponen PODEMOS y el PSOE, si bien este último pone el pie en ambas orillas al considerarla también un elemento de desarrollo económico. Por su parte, el PP es más dado a incidir en este aspecto de dinamización económica (la última legislatura es prueba de ello al insistir en el binomio cultura-turismo), mientras que los partidos regionalistas optan más por el factor identitario y reivindicativo de la cultura y VOX es más dado a la inmutabilidad de la tradición, más que a la versatilidad del cambio cultural.

En cuanto a medidas generales asistimos a la paulatina desaparición de conceptos bastante superados como el IVA cultural, o el mecenazgo, que han sido sustituidos por las ayudas y/o becas vertebradoras, la ruralidad, la generación de redes, el apoyo a colectivos sensibles, la promoción artística, la accesibilidad y la digitalización. En este cambio de dirección se puede observar una alineación hacia conceptos muy presentes en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pretendiendo quizá colocar a la cultura como un cuarto pilar, a añadir a la economía, a la inclusión social y al medio ambiente. Cada una de las propuestas electorales, a excepción de la de VOX, sigue esta orientación en mayor o menor medida, quizá porque sea inevitable en una sociedad moderna que haya cambios culturales en la educación, la igualdad de género, el consumo sostenible o la justicia.

En resumen, se pueden observar cuatro bloques programáticos, por decirlo de algún modo. El de los partidos de siempre, PSOE-PP, que mantienen una dinámica de décadas, trufada de algunas nuevas ideas y una cierta indolencia anclada en el resultadismo electoral. En línea parecida se encuentran los regionalistas SORIA ¡YA! y UPL, con una dinámica igualmente veterana pero embellecida con folclore. Le sigue el tándem PODEMOS-EN COMÚN, más situados en propuestas que apuestan por políticas culturales actuales pero cuyo atrevimiento puede buscarse en la seguridad que da la falta de expectativa ganadora. Para finalizar, encontramos a VOX con su brío alternativo y marginal, conservacionista y garantista, pero estabulado en una falta de discernimiento entre lo que es cultura y lo que es tradición.

En cuanto a medidas concretas no es este lugar para extenderse. Pero a nadie sorprenderá que la gran batalla y novedad programática de estas elecciones sea la tauromaquia. El resto sobre su promoción lo echan PP y VOX. El primero al manifestar que «merece nuestro reconocimiento y atención, como elemento constitutivo de la cultura española» y concediendo apoyo a las escuelas taurinas, al circuito regional de novilladas y las novilladas a caballo, a la Biblioteca Digital Taurina y el Portal de la Tauromaquia; cierto es que ya lo hace así que tampoco promete mucho. El segundo, VOX, apuesta también por medidas muy parecidas, eso sí con expresiones algo más imperiosas y contundentes. No decepcionan PODEMOS en este tema, al defender la «exclusión de la tauromaquia del catálogo de patrimonio cultural con el horizonte puesto en su abolición» y la eliminación o redirección de ayudas destinadas a la tauromaquia hacia políticas sociales, culturales y de bienestar animal, ni EN COMÚN al apostar por redefinir la política cultural eliminando subvenciones a la tauromaquia, para destinar estos recursos a «actividades culturales basadas en valores sociales compartidos». Por su parte al PSOE, SORIA ¡YA! y UPL se les ha debido olvidar la tauromaquia porque no figura, o yo no la he visto, en sus programas.

Para acabar, ofrezco una breve relación de mi valoración general de los programas culturales de cada partido, junto a las propuestas que me han parecido más fascinantes y una palabra clave que los define:

  • PP: su programa parece una réplica de la estructura orgánica de la consejería de cultura a la que han antepuesto palabras poco comprometedoras como apoyaremos, fomentaremos, impulsaremos, respaldaremos, favoreceremos, intensificaremos, etc. Vayan a verlo, es una epopeya de sinónimos; 1000 medidas, todas así. Quieren consolidar AR-PA a nivel europeo, lo cual es de celebrar porque ya lo estuvo y se dejó pasar. INMOVILISMO.
  • PSOE: como hemos visto se sitúa en una equidistancia entre el anquilosamiento y el afán de tocar medidas innovadoras, cosa que no suele resultar. Me sugestiona la medida de hacer salas de exposición dependientes de los museos provinciales; me encantará ver si lo consiguen. QUIEROYNOPUEDO.
  • VOX: un aquelarre de toros, coros y danzas, ferias de gastronomía y reposteros. Es un programa nacional que podría trasladarse casi sin retoques a cualquier otra región. Van a fortalecer el vínculo histórico que Castilla y León mantiene con el Museo Militar de Burgos, cuya competencia corresponde al Ministerio de Defensa; más allá de eso, la verdad, tampoco hay mucha propuesta cultural concreta. RÚSTICO.
  • UPL: muy proteccionista, se centra en la recuperación de tradiciones y valores etnográficos, pero la contrapartida es que solamente se preocupan de los leoneses. Sin que esto sea malo restringe su electorado y manda el mensaje de una cultura excluyente más que integradora. Lo de la creación de sedes regionales de museos nacionales es hacer un bucle al bucle del nacionalismo e imposible de conseguir; miren a ver cuántas se han hecho en los últimos 50 años. SUFICIENCIA.
  • PODEMOS: a priori presenta una buena batería de iniciativas concretas de política cultural, pero en su mayor parte imposibles de conseguir a corto plazo o en una sola legislatura. Me parece un programa muy sensato. La medida que me ha llegado al corazón es la de dotar a los Departamentos de Educación y Acción Cultural de los nueve museos provinciales de partida presupuestaria y personal necesario fijo y en plantilla para que puedan ocuparse del Área de difusión y sus funciones específicas. ENSUEÑO.
  • SORIA ¡YA!: programa muy similar al de UPL muy interesante en cuanto a museos, pero el problema es que la mayoría son estatales y deben recabar el permiso del estado para todo lo que quieren hacer. La idea de que se asuma su competencia es una trampa que nadie parece querer advertir; no creo que llegue, pero todo es posible. AUTOCOMPLACENCIA.
  • EN COMÚN: me parece un poco escaso, si bien las medidas que propone parecen acertadas y destinadas a crear una estructura cultural sólida. La mejor propuesta es la definición de la cultural como derecho. Dicen expresamente que suprimirán la Fundación Siglo; ¡olé tus…! CALZÓNQUITAO.

Diógenes Laercio expresó que «La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad». A las próximas elecciones ¿iremos adornados o seremos refugiados?

lunes, 26 de mayo de 2025

EJEMPLARIDAD. «El caso BIC-TAC»

Durante la pasada semana se ha generado una grave polémica sobre una intervención artística en la torre de la iglesia de Santa María de la Antigua, dentro de la programación del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC), que propone una función de danza vertical para la que se requieren anclajes para asegurar la escalada. La controversia se manifestó inicialmente a través de las redes sociales de la Asociación por el Patrimonio de Valladolid, al considerar una «auténtica irresponsabilidad» que se permitiera realizar el espectáculo «Quasimodo y Esmeralda», por la compañía francesa Lézards Bleus. El asunto estalló definitivamente al desvelarse serias dudas sobre la existencia o no de la preceptiva autorización para conducirse sobre este Bien de Interés Cultural y tuvo como consecuencia la cancelación del segundo de los pases de la actuación.

En los últimos años se viene insistiendo mucho sobre la educación patrimonial, entendida como el proceso educativo, que desarrollan poderes públicos y profesionales, dirigido a promover su conocimiento, valorización y preservación. De hecho se empieza a considerar urgente que se habiliten medios para preparar a las personas y a las instituciones para el mejor y correcto uso de los bienes patrimoniales; esto es de gran relevancia a la hora de considerar críticamente casos similares. Es lo que voy a tratar de hacer a continuación, pues en los tiempos que corren es fácil que se viertan opiniones sobre cada cuestión y uno se da cuenta que lo que piensa un buen número de personas no tiene por qué guardar relación con la certeza; sobre todo si los poderes públicos olvidan la ejemplaridad que debe orientar sus acciones y se dedican a desviar la atención para eludir responsabilidades. Trataré de hacerlo de la manera más cercana y objetiva posible, lejos de tecnicismos.

La vida en sociedad exige del establecimiento de normas, algunas de ellas para el uso de los bienes comunes, ya lo sean por que su propiedad sea pública o porque tengan ciertas características que priman el interés colectivo por encima de su titularidad. En el segundo caso se encuentran los bienes que pertenecen al patrimonio cultural, pues poseen valores que representan la identidad de los grupos sociales, lo cual sirve para cohesionarlos y definirlos. Para proteger los bienes del patrimonio cultural, y garantizar la transmisión de la herencia cultural en las mejores condiciones posibles, las legislaciones han establecido normas que regulan su uso, estableciendo una gestión y competencia compartida entre los titulares de los bienes y las administraciones públicas. El mayor grado de protección existente en la legislación española para un recurso patrimonial, por extensión en la autonómica, y que tiene su equiparación en el resto de las legislaciones europeas, es la declaración como Bien de Interés Cultural.

El que un monumento, un yacimiento o una manifestación inmaterial sea declarado BIC no es un bonito galardón, a pesar de que algunos responsables políticos les guste llenarse la boca de siglas, sino una figura jurídica de salvaguarda que conlleva una serie muy concreta de restricciones y obligaciones, pero también de beneficios. De este modo cualquier actuación, proyecto de restauración, intervención, instrumento de planeamiento, etc., que se quiera aplicar sobre un BIC requiere una autorización preceptiva cuya competencia corresponde a la Junta de Castilla y León y es valorada por órganos administrativos, compuestos por técnicos, expertos externos y responsables públicos. Para obtener la autorización existen mecanismos ágiles de tramitación y la decisión sobre la misma se realiza a la vista del proyecto que debe acompañar a la solicitud, donde se indica lo que se va a hacer, cómo y qué medidas de protección se aplicarán. Todo ello se estudia en sesiones colegiadas, tras la realización de informes técnicos previos, que se resuelven con bastante rapidez pues los asuntos se examinan con periodicidad y puntualidad mensual. En la autorización se dice lo que se puede hacer, lo que no se puede hacer, las medidas de protección específicas y si hay alguna prescripción que cumplir. Las decisiones, naturalmente, están sometidas a revisión por la propia administración competente y a recurso judicial en los casos en que el solicitante considere que se han vulnerado sus intereses.

En definitiva y para tratar de resumirlo en el caso concreto: la actuación de «Quasimodo y Esmeralda» sobre la torre de la iglesia de Santa María de la Antigua requería de autorización. Su concesión no la realiza un funcionario de manera arbitraria mediante una firma y un sello sino que se concede o deniega, con todas las garantías posibles, por una reunión de técnicos y expertos que lo decide tras un profundo examen de la documentación que aporta el solicitante. Como es obvio, todo ello está también sometido a régimen de inspección y en su caso sanción, sin perjuicio de que pudiera haber falta o delito si se careciera de autorización o si existiendo se actuara de manera negligente o contraria a lo autorizado. También es cierto que doctores tiene la iglesia y puede haber tantas interpretaciones de la norma como personas a interpretarla, lo que sin embargo no es excusa para eludir el trámite de autorización. 

Llegados a este punto cabe decir que en este asunto hay una profunda carencia de explicaciones sobre lo que ha pasado y las que se han dado no parecen ser más que intentos de eludir la responsabilidad de cada parte y culpabilizar al de al lado. Se han producido comunicados o declaraciones por casi todos los implicados, a excepción del Arzobispado: el TAC, la Fundación Municipal de Cultura de Valladolid (FMCVA), la Delegación Territorial, el Ayuntamiento, hasta los artistas…, se han pronunciado y todos los protagonistas coinciden en que han actuado correctamente y que de haber existido una infracción hay que buscar al responsable en otro sitio. Curioso, para hacerse fotos a pie de torre hay metafóricas bofetadas, pero para retratarse cuando la ocasión exige responsabilidad no faltan codazos de espantada y alaridos de ¡paga el último!


El TAC ha manifestado la inexistencia de agresiones al patrimonio y el absoluto respeto a éste, así como la alta calidad artística de la propuesta. La FMCVA ha expresado que al constatar que existían dudas sobre la autorización se solicitó una valoración jurídica sobre si era necesaria y se decidió realizar la actividad, el primer día, por considerar que no se precisaba y que era suficiente con el permiso del Arzobispado. El Ayuntamiento (responsable también de la FMCVA) en una de sus variadas versiones declara que la valoración jurídica se realizó hace un mes, y que la culpa de la cancelación es de la asociación que denunció, ya que es afín a los partidos de la oposición y que solamente quieren atacar a la concejalía del ramo. De hecho se ha argumentado por los responsables del ayuntamiento que la instalación era efímera y que por ello no pidieron autorización, e incluso se ha acudido al diccionario de la RAE para apuntalar dicha afirmación; al parecer el léxico y el reloj protegen el patrimonio mejor que las normas. No solo eso sino que, para complicarlo todo, también se encuentra la atribución al Arzobispado, titular del bien, de la responsabilidad de no pedir la autorización y de haber concedido un permiso «imperfecto», al no haber contado con el visado de la administración autonómica. Para acabar, la Delegación Territorial dice que se enteraron a toro pasado y que ha abierto un expediente.

Y como guinda los artistas, afrentados por la cancelación y lo que al parecer ven como un cuestionamiento de su afán creativo, han expresado que aquellos tejados estaban como el palo de un gallinero y que no solo han actuado con total respeto y profesionalidad sino que han tenido que limpiarlo para poder trabajar. Lo han manifestado diciendo que encontraron una «iglesia en estado avanzado de abandono» y que «nosotros, los franceses, […] protegimos». La verdad es que ante tal descripción desoladora no está claro si hablaban de la iglesia vallisoletana o si estaban describiendo el estado de la catedral de Notre Dame antes de que «los franceses» la quemaran por un acceso imprudente al patrimonio.

La conclusión es que en este asunto hay pocas luces y muchas sombras. Se debe explicar de manera clara si había que pedir autorización y por qué no se pidió; a quién le correspondía, si al titular o al promotor de la actuación; qué medidas se adoptarán para que esto no se repita; qué actuaciones realizó la compañía de teatro sin autorización y supervisión técnica; si son necesarias sanciones, cuáles y a quiénes corresponderán; qué medidas se van a adoptar para evitar actuaciones similares en el futuro. Que queden claras las obligaciones existentes en esto casos y si es admisible que para saltarse las normas, que buscan proteger el bien común y que todos cumplen de manera invariable, valga con esgrimir un informe jurídico, que lleva más tiempo de trabajo que solicitar una autorización a la que se adjunta un proyecto que ya se debería tener. Que quede todo claro para conocimiento de los primeros espadas, de los mozos, de los sustitutos, del monosabio y de Don Tancredo.

La acción de las administraciones públicas requiere diversas cualidades de objetividad, justicia, igualdad…, pero también de ejemplaridad. Cuando se detecta un error en un acto administrativo es obligatorio asumir responsabilidades, buscar el origen de aquel, procurar soluciones y aplicar correctivos. Tratar de endosar la culpa a otro o eludir la responsabilidad amparándose en informes previos que no se precisan, minan el prestigio de las administraciones y el valor del servicio público; y traicionan el compromiso que adquieren los representantes que elegimos de actuar dignamente y ser modelo de comportamiento. Aunque peor es si se encarga ese informe una vez cometida la tropelía.

Es imperativo que se den explicaciones y que se pidan disculpas a la ciudadanía por haber sustraído a los vallisoletanos el segundo pase de una actuación tan magnífica. Y que se pidan excusas especialmente a la asociación altruista que, con mero afán proteccionista, advirtió de lo que sucedía y que ha acabado siendo vista, como si de un chivato carcelario se tratara, como la responsable de que se cancelara la actuación. La obra cancelada podría haber transcurrido sin incidentes si se hubiera actuado con ejemplaridad; sin personalismos y retóricas. Por nuestra parte, los ciudadanos estamos obligados a exigir esas explicaciones y a no permitir que la mala praxis caiga en el olvido.

P.S.: Creo oportuno señalar dos cuestiones relevantes sucedidas después de publicar esta entrada. La primera: que el informe del Ayuntamiento por la suspensión del TAC se realizó sólo 22 minutos antes del primer pase del espectáculo, que por cierto estuvo a punto de suspenderse, y que la delegación territorial niega haberlo recibido. Y la segunda: que la Asociación por el Patrimonio de Valladolid emitió este comunicado defendiéndose de acusaciones y vindicando su labor.

Los acontecimientos parecen determinar que este lamentable suceso fue perpetrado por la FMCVA, bajo la tutela de la concejalía de cultura. A ellos habrá que demandar la explicación, disculpa y exigir la ejemplaridad.

P.S.2.: Tres semanas después aún no se sabe si hubo autorización y si la falta de ella es sancionable...

viernes, 4 de abril de 2025

MENUDO PELICULÓN

Se acaba de anunciar la creación del nuevo Museo del Cine. Al parecer el nuevo proyecto tiene como objetivo crear un centro expositivo que sirva de referencia de la actividad cinematográfica española. Para ello se ha cedido a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España el antiguo edificio del NO-DO, que según dice el comunicado del Ministerio de Cultura «será rehabilitado para su nuevo uso, permitirá la exhibición y conservación del patrimonio cinematográfico».

Pues hay tantas cosas que decir que no sabría cómo empezar. Y es que además no son buenas la mayoría. Entiendo como positivo y bien destacable que exista el propósito de crear un museo dedicado a «la preservación, compresión, valorización y celebración del patrimonio audiovisual español», que ya iba siendo hora, pero encuentro muchos claroscuros.

Empezaremos por una sucinta y básica clase de museología. Cualquier profesional del ramo conoce el clásico mantra de que los elementos constitutivos del museo son contenido, continente y público. La cosa es mucho más complicada, por supuesto, ya que cualquier disciplina evoluciona y aunque el adagio ya está superado nos viene de perlas para empezar el análisis de la propuesta presentada. Vemos así que el futuro museo parece tener edificio: el del NO-DO. Se habla de algo parecido a una colección: archivos de cineastas como Jaime de Armiñán o Iván Zulueta y hasta 70.000 negativos del noticiario propagandístico, ahora en la Filmoteca Española. Y el público, pues ya vendrá.

Edificio del NO-DO

Pero normalmente se olvida que a esas tres patas que sostiene el museo hay que añadirlas una cuarta: la planificación. Y eso es lo que no parece verse por ninguna parte, la existencia de un plan museológico que es el documento en el que se describe la rentabilidad social y cultural del museo y donde se certifica que cumple los requisitos para desempeñar las funciones y misión que le corresponden. Es también el documento que permite establecer un método de trabajo y una herramienta de gestión. Esto, amigos, es primordial a la hora de crear un museo.

El problema radica en que estamos acostumbrados a que se hagan museos desde el tejado y Dios proveerá. Pero si bien es cierto que es habitual encontrarse anuncios como el que nos ocupa, no es frecuente que proyectos tan poco hilados provengan del Ministerio de Cultura. Mireusté, que lo haga el alcalde de Matalaspocillas en las antiguas escuelas con fondos FEDER y apoyo de la Diputación o de la Administración de la Comunidad Autónoma puede ser. Pero no es admisible que el señor ministro diga que anunciamos «el acuerdo para ceder el edificio. A partir de aquí, hay que concretar un proyecto, una museografía, ver las necesidades financiera y tomar las necesidades», o que el director de la academia de cine diga que «es un trabajo ingente, que nos va a llevar meses y años y que merece muchísimo la pena. Las ideas que tenemos sobre el futuro del museo están poco definidas, hemos empezado a hablar ahora». Al menos no lo anuncies hasta haber avanzado un poco más.

Suelo tener como referente la labor de los profesionales de museos del Ministerio de Cultura, Subdirección General de Museos mediante, y me desazona que ahora se nos coloque en la mesa un «museo de temporada». Y es que da la sensación de que este ministro ha mandado a los gregarios a lanzar el esprint electoral y que anda más preocupado de la etapa que de la general. Pues pronto empieza. En otra ocasión alabé la decisión de comenzar la descolonización de los museos españoles, y también he estado de acuerdo en el compromiso para el tratamiento ético de los restos humanos, pero este último anuncio de colaboración parece un recuelo de proyectos arrumbados exigido por la necesidad de estar en el candelero. Las expresiones «resignificar» el edificio y es «la primera piedra, como se decía en los tiempos de Franco, para hacer el Museo del Cine» dichas en la presentación solamente puedo entenderlas como butades nacidas de tal propósito o como un tosco ejercicio de márquetin.

Dicho lo anterior, creo que no tiene por qué salir mal el proyecto. Por ejemplo, nadie daba un duro en su momento por el Museo Nacional de Arquitectura y Urbanismo y ahí lo tienen; con otro nombre y quizá menos ambición pero existe. Estoy convencido que la maquinaria estatal llegará a buen puerto con el proyecto; ojalá lo veamos pronto y sirva fielmente a la misión que se le adscriba. Pero también soy firme defensor de empezar los museos por los cimientos de la planificación museal y de que se levanten de manera ordenada


Pero donde ha caído la noticia como una bomba ha sido en Valladolid. En principio en la prensa local, que como buena exponente del cuarto poder (cuarto y mitad a 25 años del siglo) ha utilizado sus truquillos mediáticos para hincar el diente en los titulares. Con meros propósitos de cazaclics, sin duda, pero que han hecho pupa a uno y otro lado de las bancadas políticas de la urbe. Como si no lo supieran. Así que andan los unos diciendo que la culpa es de quien promete y no trabaja y los otros señalando que la culpa es de quien pudiendo hacer no ha hecho. ¿Traducción? La oposición del PSOE dice que el ayuntamiento debería haber trabajado más para conseguir que el museo viniera a Valladolid y el gobierno municipal del PP-VOX dice que habiendo dos ministros de Valladolid en el gobierno estos podrían haber forzado la situación para arrimar el ascua a la sardina pucelana. No se arrojan bobinas de película porque no las tienen a mano.

La verdad es que prensa y políticos tienen mucho de qué avergonzarse. Los medios de comunicación por publicar en sus portadas que Madrid ha arrebatado el proyecto a Valladolid, pues esto no es cierto de ninguna de las maneras como se puede observar con una miradita a las hemerotecas. El ministerio lleva hablando con la Academia desde al menos 2017, cuando ya el alcalde anterior expresaba en sendas cartas al entonces ministro popular «desde el Ayuntamiento de Valladolid quiero transmitirte nuestro interés en postular a mi ciudad como sede de dicho Museo». Además, en buena lógica un museo nacional del cine debe estar donde se aúnan geográficamente el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, la sede de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, la Filmoteca Nacional y un edificio disponible con unos antecedentes tan potentes como los del NO-DO. Que está bien que se repartan territorialmente las instituciones estatales pero descentralizar por descentralizar no es buena idea.

Y los políticos de ambos lados porque ni ellos mismos se aclaran. Ya hablé en su día de sus propuestas electorales y allí decía que no estaban suficientemente trabajadas y menos definidas. Estos partidos (el tercero ni siquiera tenía programa) hablaban de una institución museística dedicada al cine, al audiovisual y a lo interactivo. No sabemos muy bien qué querían hacer (ellos tampoco, seguramente), pero sabemos que se quería hacer algo. Esto es algo chocante porque da la sensación de que quienes redactan los programas piensan que las simples reclamaciones o aspiraciones tienen presunción de tangibilidad y que su expresión en papel sirve para que el resto de las instituciones se den por aludidas o para que los proyectos salgan como hongos después de una tarde de lluvia. Si esto es la política actual poca utilidad tiene.

Cierto es que el partido opositor puede jugar la baza de que lo suyo era una propuesta y que al no haber sido agraciado con la mayoría de gobierno no tiene responsabilidad sobre su conclusión. Incluso puede argumentarse que aunque sus gestiones tampoco tuvieron éxito al menos han tenido la suerte de que durante su legislatura seguía habiendo posibilidades de que el museo recalara aquí. Y sí, manifestó apoyo a la propuesta del actual ayuntamiento, pero en la actual política a base de blancos y negros que nos regalan los munícipes electos no era de esperar que hubiera más grises que el premioso apoyo a la moción municipal solicitando al Gobierno de España la ubicación en Valladolid del Museo Nacional del Cine y el Audiovisual. En definitiva, y aunque sea de manera nimia, puede escurrir un poco el bulto.

Pero también es cierto que quien se lleva los laureles del gobierno municipal ve sus propuestas convertidas en compromisos de manera automática y que no puede pretender que basta con promover una iniciativa para que esta sea atendida; por mucho que el apoyo sea unánime. Los éxitos se fraguan mediante trabajo y si no se tienen bastantes medios se concitan voluntades. Y Valladolid tiene entre estas a la Uva, con la cátedra de cine; a la Cámara Oficial de Comercio e Industria, con sus posibilidades de financiación; a la SEMINCI, un recurso publicitario como ninguno; a la Valladolid Film Comission, una oficina destinada a favorecer proyectos audiovisuales, etc. No bastaba con promover la moción y su traslado al Ministerio de Cultura, sino que habría que haber buscado una sede (me gustaría, por cierto, saber en cuál estaban pensando), hilvanado un proyecto sólido, garantizado apoyos suficientes y quizá, solo quizá, se podría haber conseguido el proyecto. La cosa es así; puedes tener un sueño y te puedes dejar los cuernos en ese proyecto, pero aún así te puedes quedar sin él. Y aunque nada te asegura el éxito al menos hay que buscarlo pues lo único seguro es que la indolencia te acaba pintando la cara. Y esta cara quizá habría que buscarla en la concejalía competente que yo, a día de hoy, soy aún incapaz de determinar.

Pero la verdad es que ni unos ni otros han aprovechado que la cartera ministerial perteneciera a su mismo signo político cuando tuvieron la oportunidad (suponiendo que sea veraz la hipótesis de que se puede influir en un ministerio, así, tan alegremente, con media docena de visitas a la capital). Y me sume en la tristeza comprobar que mi ciudad sigue siendo así de provinciana. Claro que me gustaría tener otro museo nacional de envergadura, pero a falta de nuevos proyectos podríamos apoyar un poco más a los que ya tenemos. Claro que empieza a hartar que Madrid se vuelva a quedar con otro gran proyecto, pero para luchar contra todas las ventajas que culturalmente tiene hay que usar las armas de la iniciativa, el trabajo, el talento y la cooperación. Claro que se trata de una reivindicación histórica, pero hay momentos en los que es necesario darse cuenta de qué cosas no son posibles y avanzar. Claro que la ciudad tiene una posición relevante en la cultura española, pero no la vamos a defender con luchas intestinas que solamente resuenan en la cámara de eco de las redes sociales o sacando pecho por aparecer en el ranquin de un observatorio que cada año aparece precisamente para eso. En materia de museos, al menos, les falta calle.

Parece que algunos pensaban que el proyecto anhelado del museo del cine en Valladolid se iba a construir del material del que están hechos los sueños, remendando la legendaria y muy cinematográfica frase de Sam Spade. Pero la verdad es «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

miércoles, 26 de febrero de 2025

RASCAYÚ EN LOS MUSEOS DEL MINISTERIO

El último charco en el que se ha metido el Ministerio de Cultura es el de la Carta de compromiso para el tratamiento ético de restos humanos en los Museos Estatales adscritos y gestionados por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura que podéis descargar aquí.

Charco digo porque el asunto tiene todos los ingredientes para ser pasto de los opinólogos profesionales que infestan las columnas de la prensa patria (infestar, por cierto, no es insulto sino la cuarta acepción de la palabra en el diccionario de la RAE). De momento no parece que los columnistas hayan advertido el verdadero y ¿oculto? potencial de esta decisión que, por otra parte, no hace sino incorporar criterios museológicos modernos a los grandes museos estatales. Pero es posible que ante el folio en blanco los escribidores acaben atacando este compromiso como una nueva imposición «woke» repleta de revisionismo y de gestos dictatoriales del progresismo. Sobre todo cuando se percaten de que este nuevo marco ético es un paso más en la descolonización de los museos por la que viene apostando el Ministerio de Cultura desde que se hizo cargo el ministro actual.

Ya escribí en su momento algo sobre esa cuestión (lo podéis consultar aquí) y entonces manifesté que la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos sino que implica la revisión de asuntos tales como las presentaciones con restos humanos. Sobre estas cuestiones los museólogos tenemos la obligación de fomentar debate, ya sea en el seno de los museos o en foros profesionales como el ICOM, lugar este en el que luego se generan los documentos comunes que guían la práctica museística. De uno de estos títulos, el Código Deontológico del ICOM, proviene este reconocimiento de los restos humanos custodiados en los museos que «deben ser tratados con respeto y dignidad, y de conformidad con los intereses y creencias de las comunidades y grupos étnicos o religiosos de origen». De aquí deviene su renovado significado no sólo como huellas biológicas sino como «vestigios de personas fallecidas que fueron separadas de su contexto funerario, sagrado o doméstico».

Esta reflexión de la comunidad museológica, y no otra, es la razón por la que ahora se presenta esta nueva visión de los restos humanos en el ámbito de las presentaciones museales. Y tiene bastante importancia porque al implicar a los museos públicos más importantes de España se establece una cierta ascendencia sobre el resto de los museos públicos, empezando por el resto de los museos estatales, gestionados fundamentalmente por las comunidades autónomas, y alcanzando a todos los que dependen de entidades locales, fundaciones públicas o incluso aquellos centros privados que reciban ayudas públicas. Evidentemente es mucho más fácil decir que hacer y la existencia de pautas adoptadas por el Ministerio de Cultura no implica que el resto de estos museos sostenidos con fondos públicos siga ese ejemplo; ni siquiera que, aun teniendo la voluntad de hacerlo, dispongan a corto y medio plazo de recursos suficientes. No obstante, las administraciones deberían plantearse la adopción de programas de reserva de restos humanos y la regulación de su presencia en los museos de financiación privada. No hay prisa para ello, pero no debería haber pausa.

Pero vayamos por partes (nunca mejor dicho) y resumamos a qué restos nos estamos refiriendo y qué implicaciones conlleva. En resumen, la Carta afecta a todos los restos físicos de la especie Homo sapiens, así como los objetos en los que se incorporaron conscientemente restos humanos, excluyendo aquellos en los que se pueda determinar razonablemente que han sido ofrecidos libremente o bien desprendidos del cuerpo sin modificar el mismo. Para concretar, el documento también señala los compromisos que se adquieren y ello atañe a un principio general de no exhibir públicamente restos humanos; a la valoración para la toma de muestras y tratamientos de conservación-restauración; a la manipulación, custodia y acceso en almacenes; a la investigación sobre los restos; y, finalmente, a la toma de imágenes. Resulta importante destacar que se deja abierta la excepcionalidad en la exposición pública para casos muy concretos; una solución que parece la gatera por la que colar la discrecionalidad que tanto nos gusta a los españoles.

Al igual que ocurre en cualquier definición existen aquí infinitas variables e interpretaciones y ello nos puede a llevar a preguntarnos qué fósiles de los yacimientos de Atapuerca entran dentro de esta categoría y cuáles quedan fuera (dejo para los expertos las disquisiciones sobre especies, subespecies y demás) y si en todos los casos se debe aplicar el mismo criterio sobre su exposición. Pero no queda la cosa ahí, porque la interrogación se extiende a todo tipo de momias y cuerpos disecados, vestigios de enterramientos, relicarios y reliquias, restos en formol, cualquier espécimen anatómico, etc. Si quieren ejemplos de cómo se tratan ahí fuera estos temas pueden acudir al recurso Regardingthe Dead. Human Remains in the British Museum o consultar HumanRemains and Museums: A Reading List.

Tumba de tégulas tardorromana de Niharra. Museo de Ávila. Foto de FLAVIVSAETIVS 
Archivo disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

Aunque, una vez más, España llega tarde a debatir estas cuestiones, resulta gratificante que el Ministerio de Cultura vaya incorporando los modernos criterios museísticos a la gestión de los centros de su dependencia. No faltarán las voces que señalen que no deberíamos gastar recursos en estas cuestiones menores cuando existen grandes necesidades y carencias en infraestructuras, medios y personal. Sin duda están en lo cierto a la hora de poner foco en esas insuficiencias, pero ese no es el debate en este caso. Bien está hacer lo que hay que hacer y no podemos coartar el impulso a iniciativas valiosas bajo el pretexto de una cuestión de prioridades. Cada demanda tiene su pulso, su recorrido y sus soluciones y estas solamente se pueden entender en términos de valoración técnica y de oportunidad.

A propósito de todo lo que hablamos cabe una reflexión sobre el uso actual de los restos humanos en los museos y las alternativas a su desaparición de las salas de exhibición. Los museos utilizan las colecciones para contextualizar un momento histórico o un conocimiento determinado y la relación del visitante con los objetos, ese «contacto directo», es irremplazable. Ninguna reproducción, sea cual sea el recurso técnico que la genera, puede reemplazar este vínculo, y cuando este se complementa con el acto interpretativo que facilita el museo, cuando la experiencia ante la obra permite adentrarse en el aura del objeto, se sublima una vivencia formada por emoción y exclusividad. En definitiva el bien cultural se llega a convertir en fetiche, si no lo era ya, y es precisamente ahí donde se encuentra el mayor valor que el visitante pude conceder a un objeto, ya que lo eleva a categorías distintivas, preeminentes, y lo incorpora a su propio imaginario. No es de extrañar por ello que en las salas del museo tendamos a una especie de iconolatría que nos lleva a venerar los originales por encima de las copias. Cuestión que no tendría mucha importancia a menos que nos lo indiquen expresamente, ya que dudo mucho que la mayoría del público sea capaz de distinguir entre el auténtico Cráneo número 5 y su reproducción.

Y en este mismo rumbo fetichista se encuentra la controversia de las reclamaciones patrimoniales, de las que también hemos hablado; véase aquí. Las demandas de restitución se hacen siempre sobre objetos muy concretos, y están destinadas a afianzar convicciones políticas, fundamentalmente nacionalistas, que rayan más en el sectarismo que en la formación de una identidad común. De este modo se comprende mejor que la primera reacción política a la propuesta ministerial haya venido de Canarias al manifestar los máximos responsables del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria y del Museo de la Naturaleza y Arqueología de Santa Cruz de Tenerife (un director de museo privado y un doctor en medicina experto en momias, por contextualizar) que para guardar en un almacén la momia de Erques, retirada de la exposición permanente del MAN, mejor la exponen ellos. Si a ello añadimos las expresiones "es inadmisible" o es "una ofensa para todos los canarios" emitidas por la presidenta del Cabildo de Tenerife observaremos mejor los flecos tan largos que cuelgan de la decisión del Ministerio de Cultura.

En la timba de la política cultural (siempre más política que cultural) a cada cual le toca jugar sus bazas y tener cuidado de cuándo se juega un triunfo, de cuándo se arrastra y qué cartas quedan por salir. Decir que la momia está mejor expuesta que en un almacén se puede rebatir con el argumento ya expuesto de que nadie va a saber si expones originales o copias a menos que lo digas. Pero también es cierto que si la momia tiene que ir a un museo a ser expuesta qué menos que vaya a un referente mundial en lo que se refiere a la conservación de este tipo de restos. Y a la vez, aunque el Ministerio de Cultura quisiera ceder la momia a un museo canario los términos del depósito encontrarían difícil encaje para un uso contrario al marco ético que rige tus propias colecciones. Muchas veces la suerte que tenemos es que la voluntad política oportunista y espuria choca con los criterios técnicos o encuentra trabas administrativas ineludibles.

Es evidente que es más impactante un sarcófago con muerto dentro, que las diferencias físicas entre un neandertal y un sapiens se observan mejor contraponiendo sus cráneos, que un relicario sin taba no ilustra del mismo modo la devoción por la santidad, que el concepto de vida eterna y divinización de los egipcios no se plasma igual sin la momia de Ramsés II... Todo ello es cierto, pero también es innegable que en la mayoría de las ocasiones la experiencia de la visita se puede lograr igualmente con diversos recursos que no sean los objetos originales. Por ello es plausible la iniciativa del Ministerio de Cultura; porque ha seguido las recomendaciones de los organismos internacionales en materia de museos, porque es de sentido común y porque, como dice la canción, «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver nada más».

viernes, 16 de febrero de 2024

«QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN...»

 «…y salir anunciado por la televisión». Era la pegadiza letra de una canción de los primeros años 80 que viene al pelo para introducir el tema de hoy, que no es más que la tan comentada descolonización de los museos. Sé que en este mundo acelerado en el que se todo se consume vorazmente, ya sea comida, experiencias, pasiones o noticias, nos pueda parecer que es un debate ya antiguo y olvidado. Pero como me crie en una sociedad flemática me quiero refugiar en la obstinación de considerar las cosas cuando lo crea conveniente y en dejar que las ideas se decanten durante un tiempo para emplatarlas limpias y sabrosas. Aunque aventuro que la polémica va para largo.

La letra de la canción que titula ya criticaba, de algún modo básico e ingenuo, a la sociedad consumista de entonces, sin imaginar siquiera los límites que esta sería capaz de sobrepasar y que, muchas veces a causa de prejuicios heredados y atrevidas ignorancias, llega incluso a cuestionar la constitución y gestión de las colecciones de los museos; que es en nuestro caso lo que nos preocupa. El bote de colón, en este contexto, nos sirve para presentar la insignificancia del objeto como fetiche y cómo este rasgo lo descontextualiza hasta hacer que pierda su significado en pos de una naturaleza solamente ornamental.

Por la misma época ochentera agonizaba la existencia de uno de los juguetes más vendidos del desarrollismo español, el Madelman; aquel muñeco articulado con fascinantes variedades que acabó siendo liquidado por las insaciables corrientes de la mercantilización. Entre los modelos disponibles se encontraba uno de los primeros que tuve, el «Kenia safari», en cuyo kit convivían un explorador y un porteador.  Inspirados, probablemente, en imaginarios «livingstonianos» y «tarzanianos» estos personajes eternizaban en el inconsciente infantil la figura del europeo dominante junto a la del nativo subordinado, por no decir sumiso. En defensa de la estampa hay que decir que es cierto que a la jungla tienes que ir ayudado por mano de obra y guía de la zona, del mismo modo que en el Camino de Santiago buscas que te lleve la mochila una empresa de mensajería cercana y no te traes unos sherpas al efecto y que en todo esto algo tendrían que ver Verne o Salgari. Pero, aunque estemos en un mundo globalizado donde ya no puede sorprendernos que tengamos que comprar aceite de oliva africano para vender el propio a los italianos, que estos lo etiqueten como suyo y lo vendan en EE. UU., lo que asombra es que cuarenta años después queramos mantener paradigmas de alienación y que haya que luchar desaforadamente para hacer patente la incoherencia de pretender que el pasado es inmarcesible y que este asunto hipoteque otro futuro posible.

Y pasa igual, sin ir más lejos, en las películas de Indiana Jones, donde curiosamente la participación de los indígenas sirve de algún modo como pretexto para «rescatar» magníficos artefactos que, a riesgo de que sean saqueados y hurtados a la memoria del mundo, acaban en un museo, cuando no reposan en el colapsado y apartado almacén de los secretos; eso sí, siempre ubicado en un país del blanquérrimo Occidente. Desde luego que la acción trascurría en momentos en los que estas cosas se veían como normales, por lo que el afán no está en pretender que se corrijan las ambientaciones para adaptarlas a los valores modernos. Lo que se procura, en este caso, es poner el punto de mira sobre la manera en que se construye un imaginario y reparar en que es complicado hallar argumentos a favor de la descolonización que sirvan ante quien no se preocupa de ir más allá de un universo inmediato y cómodo.

En el fondo de la cuestión de la descolonización de los museos se encuentra la misma construcción del mundo y una visión eurocéntrica de este que ansía apuntalar, a costa de un evocador pasado de conquista, una cada vez más mermada y raquítica influencia sobre la globalidad. A veintipocos años del inicio del siglo un buen número de países, los países del «tercer mundo» (adviertan otra imposición terminológica del continente nuclear), tienen derecho a ser ellos quienes interpreten su historia conforme a su pensamiento. Aquellos países con un pasado a expensas de las metrópolis occidentales, muchos de ellos ahora «emergentes», cuentan con una postura suficientemente decidida para reclamar la autoría del relato y con el convencimiento de que su historia debe ser escrita a partir de su papel protagonista y no como el resultado de la condescendencia de las comunidades que, pretendidamente, las alumbraron.

Pero el gran problema que encuentran estas comunidades es que la construcción de su identidad está horadada y minada por los grandes vacíos que hallan a la hora de ilustrar y documentar a uno de los instrumentos que mejor sirve a estos propósitos: la institución museo. Y dentro de esta, la herramienta más significativa con que cuenta para constituir una comunicación intelectual y emocional con el visitante: la colección. Y les duele viajar a las grandes capitales europeas, a los santasanctorums de la museología, y encontrar las posesiones de sus ancestros muchas veces con apenas referencias, desposeídos de un contexto, presentados más como trofeos que como piezas de un constructo social e histórico y despojados del significado que se les dio al crearlos. Y únicamente porque la presentación expositiva no tiene en cuenta su trascendencia en el seno de una comunidad concreta.

Pero lo peor de la controversia sobre la descolonización es advertir el curioso fenómeno que se produce actualmente en esta sociedad vertiginosa de la que ya hablábamos cada vez que se roza, aunque sea, cualquier pilar de la identidad. Y no es más que el furibundo rechazo que se ha generado ante lo que algunos consideran una descapitalización de los museos, un revisionismo a merced de la dictadura progre, acomplejado y embadurnado de presentismo y, si me apuran, un atentado a la identidad judeocristiana, liberal e incluso androcéntrica.

Y en esta pelea, más suya que de la gran mayoría de la sociedad, es interesante que para defender esta postura anti-descolonizadora se acuda siempre a la opinión de politólogos, divulgadores, historiadores, tertulianos y prescriptores de diverso pelaje, «expertos», opinólogos en general, a quienes hemos dejado que invadan todo el universo cultural. ¿Todo? ¡No! En este panorama aún nos queda una pequeña aldea poblada por irreductibles museólogos que resisten contra la imposición de la hegemonía cultural y quien solamente les queda el recurso de acudir al tan poco común, desgraciadamente, ejercicio del pensamiento crítico. Fíjense, iba a hacer el chiste al decir unos «museógalos», pero finalmente lo descarté por no tener demasiada gracia y para eludir una proximidad inoportuna con algunos padres de la museología, galos también, que en cierto modo fueron reos, perpetradores más bien, de esta arquitectura europea del lenguaje museológico. Es inevitable que, como muchas veces pasa, las deslumbrantes luces de su esfuerzo por los museos hayan producido las duras, oscuras y afiladas sombras que ahora toca combatir.

Pero no vayan a pensar que los museólogos estamos interesados en mantener guerras culturales con el resto de la humanidad. Precisamente los museos son instituciones de prestigio en cuyo seno procuramos fomentar debates sobre el pasado y el presente, sobre el lugar de donde venimos y hacia dónde queremos ir; y siempre con espíritu de concordia. En este mismo blog ya se ha hablado de que los museos no son neutrales y, sin que ello signifique que deban ser beligerantes, lo que no podemos es seguir amparando discursos que perpetúen la exclusión, la sumisión a ideologías dominantes o la subordinación a una historia monolítica en la que se privilegie un único punto de vista. En definitiva, sigue siendo necesario recordar que el no adoptar postura es, precisamente, elegir una (la de no participar), de modo que esta aséptica y no comprometida neutralidad suprime el conflicto y esquiva la capacidad de la sociedad para avanzar.

Llevo tiempo diciendo que la misión de los museos es hacer felices a los ciudadanos y evidentemente no se puede ejercer dicho cometido cuando se pretende que nuestros museos se empeñen en evitar preguntas incómodas. Interrogarse sobre si estamos contando nuestra historia como parte equivalente de un todo o si necesitamos construirla a partir del mantenimiento de rehenes (las colecciones); sobre si el discurso que queremos es el de la sala de trofeos o el gabinete de curiosidades en lugar del que surge de una asamblea ciudadana como manifestación de la independencia comunitaria; o sobre si lo que queremos que nos identifique es una relación afectuosa y enriquecedora entre colectividades o el enfrentamiento excluyente entre oponentes. La elección es únicamente nuestra.

Cuestionarnos esto es lo que nos diferencia a los museólogos de la mayor parte de los opinólogos; los de sentencia virulenta, los que temen que queramos atentar contra la historiografía y les cambiemos las reglas, como si la letra cincelada en su manual de historia, amarillento por el sobeteo y la idolatría, fuera más importante que la historia real; un vademécum más valioso que el inevitable compromiso del conservador de museos de presentar la memoria desde puntos de vista poliédricos. Pues bien, para rebatir su verborrea fácil, insensata e impensada, solamente podemos usar procesos que duden de las verdades absolutas y que nos permitan analizar y evaluar nuestros razonamientos para generar así el armazón idóneo de un contexto auténtico e irrefutable. La verdad es que, en esta batalla, que no ha de ser solo del museólogo sino de todos, es fácil entrever en el opuesto el temor a la pérdida de una conciencia dominante y excluyente que se alimenta de rancios símbolos, endogamias y homogamias, antagonismos, maniqueísmos, purezas de condición (por no decir de raza) y un avaricioso afán por el poder y el dinero. El interés de aquellos cuyos bolsillos están forrados de tela de bandera.



Feminismo anticolonial desde el sur: la desobediencia visual de Mujeres Creando - Scientific Figure on ResearchGate. Available from: https://www.researchgate.net/figure/Figura-6-Figurita-de-la-Ekeka-Feminista_fig3_376938957 [accessed 16 Feb, 2024]
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Pero volvamos a lo que realmente significa descolonizar los museos tras haber dibujado los motivos por los que se ataca tan ferozmente esta intención. De las carencias que tienen las comunidades para narrar sus orígenes y devenires, de este injusto escenario, ya se han dado cuenta los museólogos desde hace tiempo pues tenemos la costumbre, afortunada o desdichada, de cuestionarnos hasta el mismo concepto de museo casi desde el mismo momento en que acordamos uno. Y en ese intercambio epistemológico, que se produce entre comunidades de todo el mundo, se ha advertido la posición dominante de la museología Europa y Norteamericana sobre las del resto de continentes, de modo que se producen factores de corrección mediante la generalización de instrumentos que cuestionan la propia disciplina de la museología en cuanto a cuestiones como la descolonización. Por suerte, en la reciprocidad de inquietudes que se plantean en el seno de la comunidad museal se encuentra la razón de la preocupación actual de los museos del mundo por abrir el debate de la descolonización.

Pero las herramientas disponibles, como la guía realizada por Museums Association, son meros mecanismos técnicos que pueden servir para enfrentarnos responsablemente a la cuestión de que, en muchos casos, atesoramos colecciones que pertenecen a otra comunidad, en el sentido de que son hacedores aunque no titulares. Y para llegar hasta allí tendremos que afrontar todas las fases del duelo, que al fin y al cabo es lo que esto es: la pérdida irremediable de otras glorias e incluso del honor. Ahora mismo nos encontramos en las fases de negación e ira ante la «desfachatez» de los museos, y de otras instituciones sensatas, de siquiera cuestionar la legitimidad (que no legalidad) de la reivindicación. Luego llegará la negociación con sus juegos de trileros, extorsiones y compensaciones, pero es muy probable que todo termine en aceptación tras la correspondiente depresión. Miren si no cómo se está desarrollando el tema en otros países.

No vayamos, sin embargo, a caer en la trampa del presentismo y del simplismo. Existen muchas colecciones en los museos que están en ellos mediante procedimientos que eran decididamente legales en su momento histórico (producción de un estado constituido legalmente, regalo, compra, intercambio, etc.) pero también hay muchos casos de colecciones saqueadas, expolios y engaños que deben analizarse detenidamente. Lo que proponemos los museos y museólogos es que se examinen las situaciones existentes, que se reconozcan las realidades de cada caso y que ello conlleve, si acaso, la adopción de medidas que contribuyan a que las colecciones de los museos se encuentren en el lugar que deben. Esto no significa que haya que restituir cada objeto, desde luego, pero no vamos a poder eludir la obstinación de la realidad durante mucho tiempo, por lo que es preciso que impulsemos el ejercicio de valorar la probidad de las reclamaciones; y en la cuestión de la descoloniación en España ya vamos por detrás, para variar, del resto de democracias de nuestro ámbito.

Y tampoco nos quedemos envarados en la mera restitución o no porque la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos, ya que implica una revisión profunda de asuntos tales como el uso del lenguaje y la simbología, de las relaciones entre los objetos y sus procedencias, de las historias ocultas u ocultadas, del reconocimiento de la diversidad o del idioma, de las presentaciones con restos humanos o del tratamiento del género, raza o condición en la presentación museística. Así de complejo es esto y sin haber rascado apenas la superficie.

Los museólogos debemos rechazar los ataques de aquellos que aún no se han dado cuenta de que el museo ya no está centrado en objetos, sino que lo está en personas; y en esta aspiración somos la vanguardia que ha de orientar la línea política de las instituciones culturales. Sed resistentes, pues ante aquellos que quieren imponernos la terquedad de la historia áulica vamos a tener que responder a menudo con la magnífica frase de I am so fucking thankful that you are here to explain my job to me.