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miércoles, 26 de febrero de 2025

RASCAYÚ EN LOS MUSEOS DEL MINISTERIO

El último charco en el que se ha metido el Ministerio de Cultura es el de la Carta de compromiso para el tratamiento ético de restos humanos en los Museos Estatales adscritos y gestionados por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura que podéis descargar aquí.

Charco digo porque el asunto tiene todos los ingredientes para ser pasto de los opinólogos profesionales que infestan las columnas de la prensa patria (infestar, por cierto, no es insulto sino la cuarta acepción de la palabra en el diccionario de la RAE). De momento no parece que los columnistas hayan advertido el verdadero y ¿oculto? potencial de esta decisión que, por otra parte, no hace sino incorporar criterios museológicos modernos a los grandes museos estatales. Pero es posible que ante el folio en blanco los escribidores acaben atacando este compromiso como una nueva imposición «woke» repleta de revisionismo y de gestos dictatoriales del progresismo. Sobre todo cuando se percaten de que este nuevo marco ético es un paso más en la descolonización de los museos por la que viene apostando el Ministerio de Cultura desde que se hizo cargo el ministro actual.

Ya escribí en su momento algo sobre esa cuestión (lo podéis consultar aquí) y entonces manifesté que la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos sino que implica la revisión de asuntos tales como las presentaciones con restos humanos. Sobre estas cuestiones los museólogos tenemos la obligación de fomentar debate, ya sea en el seno de los museos o en foros profesionales como el ICOM, lugar este en el que luego se generan los documentos comunes que guían la práctica museística. De uno de estos títulos, el Código Deontológico del ICOM, proviene este reconocimiento de los restos humanos custodiados en los museos que «deben ser tratados con respeto y dignidad, y de conformidad con los intereses y creencias de las comunidades y grupos étnicos o religiosos de origen». De aquí deviene su renovado significado no sólo como huellas biológicas sino como «vestigios de personas fallecidas que fueron separadas de su contexto funerario, sagrado o doméstico».

Esta reflexión de la comunidad museológica, y no otra, es la razón por la que ahora se presenta esta nueva visión de los restos humanos en el ámbito de las presentaciones museales. Y tiene bastante importancia porque al implicar a los museos públicos más importantes de España se establece una cierta ascendencia sobre el resto de los museos públicos, empezando por el resto de los museos estatales, gestionados fundamentalmente por las comunidades autónomas, y alcanzando a todos los que dependen de entidades locales, fundaciones públicas o incluso aquellos centros privados que reciban ayudas públicas. Evidentemente es mucho más fácil decir que hacer y la existencia de pautas adoptadas por el Ministerio de Cultura no implica que el resto de estos museos sostenidos con fondos públicos siga ese ejemplo; ni siquiera que, aun teniendo la voluntad de hacerlo, dispongan a corto y medio plazo de recursos suficientes. No obstante, las administraciones deberían plantearse la adopción de programas de reserva de restos humanos y la regulación de su presencia en los museos de financiación privada. No hay prisa para ello, pero no debería haber pausa.

Pero vayamos por partes (nunca mejor dicho) y resumamos a qué restos nos estamos refiriendo y qué implicaciones conlleva. En resumen, la Carta afecta a todos los restos físicos de la especie Homo sapiens, así como los objetos en los que se incorporaron conscientemente restos humanos, excluyendo aquellos en los que se pueda determinar razonablemente que han sido ofrecidos libremente o bien desprendidos del cuerpo sin modificar el mismo. Para concretar, el documento también señala los compromisos que se adquieren y ello atañe a un principio general de no exhibir públicamente restos humanos; a la valoración para la toma de muestras y tratamientos de conservación-restauración; a la manipulación, custodia y acceso en almacenes; a la investigación sobre los restos; y, finalmente, a la toma de imágenes. Resulta importante destacar que se deja abierta la excepcionalidad en la exposición pública para casos muy concretos; una solución que parece la gatera por la que colar la discrecionalidad que tanto nos gusta a los españoles.

Al igual que ocurre en cualquier definición existen aquí infinitas variables e interpretaciones y ello nos puede a llevar a preguntarnos qué fósiles de los yacimientos de Atapuerca entran dentro de esta categoría y cuáles quedan fuera (dejo para los expertos las disquisiciones sobre especies, subespecies y demás) y si en todos los casos se debe aplicar el mismo criterio sobre su exposición. Pero no queda la cosa ahí, porque la interrogación se extiende a todo tipo de momias y cuerpos disecados, vestigios de enterramientos, relicarios y reliquias, restos en formol, cualquier espécimen anatómico, etc. Si quieren ejemplos de cómo se tratan ahí fuera estos temas pueden acudir al recurso Regardingthe Dead. Human Remains in the British Museum o consultar HumanRemains and Museums: A Reading List.

Tumba de tégulas tardorromana de Niharra. Museo de Ávila. Foto de FLAVIVSAETIVS 
Archivo disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

Aunque, una vez más, España llega tarde a debatir estas cuestiones, resulta gratificante que el Ministerio de Cultura vaya incorporando los modernos criterios museísticos a la gestión de los centros de su dependencia. No faltarán las voces que señalen que no deberíamos gastar recursos en estas cuestiones menores cuando existen grandes necesidades y carencias en infraestructuras, medios y personal. Sin duda están en lo cierto a la hora de poner foco en esas insuficiencias, pero ese no es el debate en este caso. Bien está hacer lo que hay que hacer y no podemos coartar el impulso a iniciativas valiosas bajo el pretexto de una cuestión de prioridades. Cada demanda tiene su pulso, su recorrido y sus soluciones y estas solamente se pueden entender en términos de valoración técnica y de oportunidad.

A propósito de todo lo que hablamos cabe una reflexión sobre el uso actual de los restos humanos en los museos y las alternativas a su desaparición de las salas de exhibición. Los museos utilizan las colecciones para contextualizar un momento histórico o un conocimiento determinado y la relación del visitante con los objetos, ese «contacto directo», es irremplazable. Ninguna reproducción, sea cual sea el recurso técnico que la genera, puede reemplazar este vínculo, y cuando este se complementa con el acto interpretativo que facilita el museo, cuando la experiencia ante la obra permite adentrarse en el aura del objeto, se sublima una vivencia formada por emoción y exclusividad. En definitiva el bien cultural se llega a convertir en fetiche, si no lo era ya, y es precisamente ahí donde se encuentra el mayor valor que el visitante pude conceder a un objeto, ya que lo eleva a categorías distintivas, preeminentes, y lo incorpora a su propio imaginario. No es de extrañar por ello que en las salas del museo tendamos a una especie de iconolatría que nos lleva a venerar los originales por encima de las copias. Cuestión que no tendría mucha importancia a menos que nos lo indiquen expresamente, ya que dudo mucho que la mayoría del público sea capaz de distinguir entre el auténtico Cráneo número 5 y su reproducción.

Y en este mismo rumbo fetichista se encuentra la controversia de las reclamaciones patrimoniales, de las que también hemos hablado; véase aquí. Las demandas de restitución se hacen siempre sobre objetos muy concretos, y están destinadas a afianzar convicciones políticas, fundamentalmente nacionalistas, que rayan más en el sectarismo que en la formación de una identidad común. De este modo se comprende mejor que la primera reacción política a la propuesta ministerial haya venido de Canarias al manifestar los máximos responsables del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria y del Museo de la Naturaleza y Arqueología de Santa Cruz de Tenerife (un director de museo privado y un doctor en medicina experto en momias, por contextualizar) que para guardar en un almacén la momia de Erques, retirada de la exposición permanente del MAN, mejor la exponen ellos. Si a ello añadimos las expresiones "es inadmisible" o es "una ofensa para todos los canarios" emitidas por la presidenta del Cabildo de Tenerife observaremos mejor los flecos tan largos que cuelgan de la decisión del Ministerio de Cultura.

En la timba de la política cultural (siempre más política que cultural) a cada cual le toca jugar sus bazas y tener cuidado de cuándo se juega un triunfo, de cuándo se arrastra y qué cartas quedan por salir. Decir que la momia está mejor expuesta que en un almacén se puede rebatir con el argumento ya expuesto de que nadie va a saber si expones originales o copias a menos que lo digas. Pero también es cierto que si la momia tiene que ir a un museo a ser expuesta qué menos que vaya a un referente mundial en lo que se refiere a la conservación de este tipo de restos. Y a la vez, aunque el Ministerio de Cultura quisiera ceder la momia a un museo canario los términos del depósito encontrarían difícil encaje para un uso contrario al marco ético que rige tus propias colecciones. Muchas veces la suerte que tenemos es que la voluntad política oportunista y espuria choca con los criterios técnicos o encuentra trabas administrativas ineludibles.

Es evidente que es más impactante un sarcófago con muerto dentro, que las diferencias físicas entre un neandertal y un sapiens se observan mejor contraponiendo sus cráneos, que un relicario sin taba no ilustra del mismo modo la devoción por la santidad, que el concepto de vida eterna y divinización de los egipcios no se plasma igual sin la momia de Ramsés II... Todo ello es cierto, pero también es innegable que en la mayoría de las ocasiones la experiencia de la visita se puede lograr igualmente con diversos recursos que no sean los objetos originales. Por ello es plausible la iniciativa del Ministerio de Cultura; porque ha seguido las recomendaciones de los organismos internacionales en materia de museos, porque es de sentido común y porque, como dice la canción, «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver nada más».

viernes, 16 de febrero de 2024

«QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN...»

 «…y salir anunciado por la televisión». Era la pegadiza letra de una canción de los primeros años 80 que viene al pelo para introducir el tema de hoy, que no es más que la tan comentada descolonización de los museos. Sé que en este mundo acelerado en el que se todo se consume vorazmente, ya sea comida, experiencias, pasiones o noticias, nos pueda parecer que es un debate ya antiguo y olvidado. Pero como me crie en una sociedad flemática me quiero refugiar en la obstinación de considerar las cosas cuando lo crea conveniente y en dejar que las ideas se decanten durante un tiempo para emplatarlas limpias y sabrosas. Aunque aventuro que la polémica va para largo.

La letra de la canción que titula ya criticaba, de algún modo básico e ingenuo, a la sociedad consumista de entonces, sin imaginar siquiera los límites que esta sería capaz de sobrepasar y que, muchas veces a causa de prejuicios heredados y atrevidas ignorancias, llega incluso a cuestionar la constitución y gestión de las colecciones de los museos; que es en nuestro caso lo que nos preocupa. El bote de colón, en este contexto, nos sirve para presentar la insignificancia del objeto como fetiche y cómo este rasgo lo descontextualiza hasta hacer que pierda su significado en pos de una naturaleza solamente ornamental.

Por la misma época ochentera agonizaba la existencia de uno de los juguetes más vendidos del desarrollismo español, el Madelman; aquel muñeco articulado con fascinantes variedades que acabó siendo liquidado por las insaciables corrientes de la mercantilización. Entre los modelos disponibles se encontraba uno de los primeros que tuve, el «Kenia safari», en cuyo kit convivían un explorador y un porteador.  Inspirados, probablemente, en imaginarios «livingstonianos» y «tarzanianos» estos personajes eternizaban en el inconsciente infantil la figura del europeo dominante junto a la del nativo subordinado, por no decir sumiso. En defensa de la estampa hay que decir que es cierto que a la jungla tienes que ir ayudado por mano de obra y guía de la zona, del mismo modo que en el Camino de Santiago buscas que te lleve la mochila una empresa de mensajería cercana y no te traes unos sherpas al efecto y que en todo esto algo tendrían que ver Verne o Salgari. Pero, aunque estemos en un mundo globalizado donde ya no puede sorprendernos que tengamos que comprar aceite de oliva africano para vender el propio a los italianos, que estos lo etiqueten como suyo y lo vendan en EE. UU., lo que asombra es que cuarenta años después queramos mantener paradigmas de alienación y que haya que luchar desaforadamente para hacer patente la incoherencia de pretender que el pasado es inmarcesible y que este asunto hipoteque otro futuro posible.

Y pasa igual, sin ir más lejos, en las películas de Indiana Jones, donde curiosamente la participación de los indígenas sirve de algún modo como pretexto para «rescatar» magníficos artefactos que, a riesgo de que sean saqueados y hurtados a la memoria del mundo, acaban en un museo, cuando no reposan en el colapsado y apartado almacén de los secretos; eso sí, siempre ubicado en un país del blanquérrimo Occidente. Desde luego que la acción trascurría en momentos en los que estas cosas se veían como normales, por lo que el afán no está en pretender que se corrijan las ambientaciones para adaptarlas a los valores modernos. Lo que se procura, en este caso, es poner el punto de mira sobre la manera en que se construye un imaginario y reparar en que es complicado hallar argumentos a favor de la descolonización que sirvan ante quien no se preocupa de ir más allá de un universo inmediato y cómodo.

En el fondo de la cuestión de la descolonización de los museos se encuentra la misma construcción del mundo y una visión eurocéntrica de este que ansía apuntalar, a costa de un evocador pasado de conquista, una cada vez más mermada y raquítica influencia sobre la globalidad. A veintipocos años del inicio del siglo un buen número de países, los países del «tercer mundo» (adviertan otra imposición terminológica del continente nuclear), tienen derecho a ser ellos quienes interpreten su historia conforme a su pensamiento. Aquellos países con un pasado a expensas de las metrópolis occidentales, muchos de ellos ahora «emergentes», cuentan con una postura suficientemente decidida para reclamar la autoría del relato y con el convencimiento de que su historia debe ser escrita a partir de su papel protagonista y no como el resultado de la condescendencia de las comunidades que, pretendidamente, las alumbraron.

Pero el gran problema que encuentran estas comunidades es que la construcción de su identidad está horadada y minada por los grandes vacíos que hallan a la hora de ilustrar y documentar a uno de los instrumentos que mejor sirve a estos propósitos: la institución museo. Y dentro de esta, la herramienta más significativa con que cuenta para constituir una comunicación intelectual y emocional con el visitante: la colección. Y les duele viajar a las grandes capitales europeas, a los santasanctorums de la museología, y encontrar las posesiones de sus ancestros muchas veces con apenas referencias, desposeídos de un contexto, presentados más como trofeos que como piezas de un constructo social e histórico y despojados del significado que se les dio al crearlos. Y únicamente porque la presentación expositiva no tiene en cuenta su trascendencia en el seno de una comunidad concreta.

Pero lo peor de la controversia sobre la descolonización es advertir el curioso fenómeno que se produce actualmente en esta sociedad vertiginosa de la que ya hablábamos cada vez que se roza, aunque sea, cualquier pilar de la identidad. Y no es más que el furibundo rechazo que se ha generado ante lo que algunos consideran una descapitalización de los museos, un revisionismo a merced de la dictadura progre, acomplejado y embadurnado de presentismo y, si me apuran, un atentado a la identidad judeocristiana, liberal e incluso androcéntrica.

Y en esta pelea, más suya que de la gran mayoría de la sociedad, es interesante que para defender esta postura anti-descolonizadora se acuda siempre a la opinión de politólogos, divulgadores, historiadores, tertulianos y prescriptores de diverso pelaje, «expertos», opinólogos en general, a quienes hemos dejado que invadan todo el universo cultural. ¿Todo? ¡No! En este panorama aún nos queda una pequeña aldea poblada por irreductibles museólogos que resisten contra la imposición de la hegemonía cultural y quien solamente les queda el recurso de acudir al tan poco común, desgraciadamente, ejercicio del pensamiento crítico. Fíjense, iba a hacer el chiste al decir unos «museógalos», pero finalmente lo descarté por no tener demasiada gracia y para eludir una proximidad inoportuna con algunos padres de la museología, galos también, que en cierto modo fueron reos, perpetradores más bien, de esta arquitectura europea del lenguaje museológico. Es inevitable que, como muchas veces pasa, las deslumbrantes luces de su esfuerzo por los museos hayan producido las duras, oscuras y afiladas sombras que ahora toca combatir.

Pero no vayan a pensar que los museólogos estamos interesados en mantener guerras culturales con el resto de la humanidad. Precisamente los museos son instituciones de prestigio en cuyo seno procuramos fomentar debates sobre el pasado y el presente, sobre el lugar de donde venimos y hacia dónde queremos ir; y siempre con espíritu de concordia. En este mismo blog ya se ha hablado de que los museos no son neutrales y, sin que ello signifique que deban ser beligerantes, lo que no podemos es seguir amparando discursos que perpetúen la exclusión, la sumisión a ideologías dominantes o la subordinación a una historia monolítica en la que se privilegie un único punto de vista. En definitiva, sigue siendo necesario recordar que el no adoptar postura es, precisamente, elegir una (la de no participar), de modo que esta aséptica y no comprometida neutralidad suprime el conflicto y esquiva la capacidad de la sociedad para avanzar.

Llevo tiempo diciendo que la misión de los museos es hacer felices a los ciudadanos y evidentemente no se puede ejercer dicho cometido cuando se pretende que nuestros museos se empeñen en evitar preguntas incómodas. Interrogarse sobre si estamos contando nuestra historia como parte equivalente de un todo o si necesitamos construirla a partir del mantenimiento de rehenes (las colecciones); sobre si el discurso que queremos es el de la sala de trofeos o el gabinete de curiosidades en lugar del que surge de una asamblea ciudadana como manifestación de la independencia comunitaria; o sobre si lo que queremos que nos identifique es una relación afectuosa y enriquecedora entre colectividades o el enfrentamiento excluyente entre oponentes. La elección es únicamente nuestra.

Cuestionarnos esto es lo que nos diferencia a los museólogos de la mayor parte de los opinólogos; los de sentencia virulenta, los que temen que queramos atentar contra la historiografía y les cambiemos las reglas, como si la letra cincelada en su manual de historia, amarillento por el sobeteo y la idolatría, fuera más importante que la historia real; un vademécum más valioso que el inevitable compromiso del conservador de museos de presentar la memoria desde puntos de vista poliédricos. Pues bien, para rebatir su verborrea fácil, insensata e impensada, solamente podemos usar procesos que duden de las verdades absolutas y que nos permitan analizar y evaluar nuestros razonamientos para generar así el armazón idóneo de un contexto auténtico e irrefutable. La verdad es que, en esta batalla, que no ha de ser solo del museólogo sino de todos, es fácil entrever en el opuesto el temor a la pérdida de una conciencia dominante y excluyente que se alimenta de rancios símbolos, endogamias y homogamias, antagonismos, maniqueísmos, purezas de condición (por no decir de raza) y un avaricioso afán por el poder y el dinero. El interés de aquellos cuyos bolsillos están forrados de tela de bandera.



Feminismo anticolonial desde el sur: la desobediencia visual de Mujeres Creando - Scientific Figure on ResearchGate. Available from: https://www.researchgate.net/figure/Figura-6-Figurita-de-la-Ekeka-Feminista_fig3_376938957 [accessed 16 Feb, 2024]
 Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional

Pero volvamos a lo que realmente significa descolonizar los museos tras haber dibujado los motivos por los que se ataca tan ferozmente esta intención. De las carencias que tienen las comunidades para narrar sus orígenes y devenires, de este injusto escenario, ya se han dado cuenta los museólogos desde hace tiempo pues tenemos la costumbre, afortunada o desdichada, de cuestionarnos hasta el mismo concepto de museo casi desde el mismo momento en que acordamos uno. Y en ese intercambio epistemológico, que se produce entre comunidades de todo el mundo, se ha advertido la posición dominante de la museología Europa y Norteamericana sobre las del resto de continentes, de modo que se producen factores de corrección mediante la generalización de instrumentos que cuestionan la propia disciplina de la museología en cuanto a cuestiones como la descolonización. Por suerte, en la reciprocidad de inquietudes que se plantean en el seno de la comunidad museal se encuentra la razón de la preocupación actual de los museos del mundo por abrir el debate de la descolonización.

Pero las herramientas disponibles, como la guía realizada por Museums Association, son meros mecanismos técnicos que pueden servir para enfrentarnos responsablemente a la cuestión de que, en muchos casos, atesoramos colecciones que pertenecen a otra comunidad, en el sentido de que son hacedores aunque no titulares. Y para llegar hasta allí tendremos que afrontar todas las fases del duelo, que al fin y al cabo es lo que esto es: la pérdida irremediable de otras glorias e incluso del honor. Ahora mismo nos encontramos en las fases de negación e ira ante la «desfachatez» de los museos, y de otras instituciones sensatas, de siquiera cuestionar la legitimidad (que no legalidad) de la reivindicación. Luego llegará la negociación con sus juegos de trileros, extorsiones y compensaciones, pero es muy probable que todo termine en aceptación tras la correspondiente depresión. Miren si no cómo se está desarrollando el tema en otros países.

No vayamos, sin embargo, a caer en la trampa del presentismo y del simplismo. Existen muchas colecciones en los museos que están en ellos mediante procedimientos que eran decididamente legales en su momento histórico (producción de un estado constituido legalmente, regalo, compra, intercambio, etc.) pero también hay muchos casos de colecciones saqueadas, expolios y engaños que deben analizarse detenidamente. Lo que proponemos los museos y museólogos es que se examinen las situaciones existentes, que se reconozcan las realidades de cada caso y que ello conlleve, si acaso, la adopción de medidas que contribuyan a que las colecciones de los museos se encuentren en el lugar que deben. Esto no significa que haya que restituir cada objeto, desde luego, pero no vamos a poder eludir la obstinación de la realidad durante mucho tiempo, por lo que es preciso que impulsemos el ejercicio de valorar la probidad de las reclamaciones; y en la cuestión de la descoloniación en España ya vamos por detrás, para variar, del resto de democracias de nuestro ámbito.

Y tampoco nos quedemos envarados en la mera restitución o no porque la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos, ya que implica una revisión profunda de asuntos tales como el uso del lenguaje y la simbología, de las relaciones entre los objetos y sus procedencias, de las historias ocultas u ocultadas, del reconocimiento de la diversidad o del idioma, de las presentaciones con restos humanos o del tratamiento del género, raza o condición en la presentación museística. Así de complejo es esto y sin haber rascado apenas la superficie.

Los museólogos debemos rechazar los ataques de aquellos que aún no se han dado cuenta de que el museo ya no está centrado en objetos, sino que lo está en personas; y en esta aspiración somos la vanguardia que ha de orientar la línea política de las instituciones culturales. Sed resistentes, pues ante aquellos que quieren imponernos la terquedad de la historia áulica vamos a tener que responder a menudo con la magnífica frase de I am so fucking thankful that you are here to explain my job to me.