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viernes, 8 de mayo de 2020

#EsteMuseoLoTransformamosUnidos


Cuando aún no imaginábamos el terrible golpe que la crisis de la COVID-19 iba a descargar a nuestra sociedad, durante los primeros embates de la pandemia, ya hubo tímidos intentos de prever los retos que iban a tener que afrontar los museos tras lo que se percibía como una interrupción drástica de la actividad habitual. En esa línea, yo mismo hice un intento de aportar soluciones en este blog.

En el artículo ya apuntaba una idea que quiero recuperar y ampliar, la de que siempre es buena idea convertir los problemas en oportunidades y trazar un plan que nos permita enfrentarnos a la situación. Es pronto para evaluar el impacto real de la pandemia sobre los museos, si bien ya se adivinan caídas de visitas, pérdidas ingentes de fondos para la financiación, desaparición de demasiados empleos directos e indirectos y amplias restricciones a la actividad cotidiana del museo.

Ahora quiero apuntar otras ideas que podrían orientar las acciones a adoptar tras la crisis. Algunas de ellas ya se han podido ver en otros lugares, otras provienen de mi forma de entender los museos, según lo que habéis podido ir comprobando en este blog. Es más, soy consciente de que no son válidas para todos los museos, que hay infinitas realidades museísticas y que predomina en nuestro país el museo pequeño, poco más que una sala visitable, teniendo las grandes “ballenas” una singularidad que requiere medidas diferentes. Este artículo quiere fijarse sobre todo en los los museos que siempre olvidamos porque les cuesta alzar la voz, en los “abandonados”. Y también quiere recordar a las administraciones públicas cuál ha de ser el objetivo de su gestión.

Hay tres ideas fundamentales que quiero señalar antes de nada. En primer lugar, el panorama de los museos va a cambiar drásticamente en algunos aspectos y va a tener que ser revisado en muchos otros. Los paradigmas existentes ya no nos servirán y no podemos esperar que la forma de proceder que veníamos utilizando siga teniendo validez. En segundo lugar, si hasta ahora hemos elaborado planes de contingencia para asimilar el mayor (quién sabe si peor) golpe de la crisis, que podrán  tener validez durante los primeros estadios de la vuelta a la “normalidad”, ahora es imprescindible que elaboremos un plan de subsistencia para salvar el mayor número de instituciones, empleos y recursos posibles y que permita iniciar una recuperación que impulse nuevamente a los museos como bienes esenciales para el desarrollo de la sociedad. Y en tercer lugar, pero no con menos importancia, ni ahora ni en el futuro deberemos consentir que la pandemia sirva como excusa para no aplicar una política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria; la crisis solamente puede ser utilizada como explicación para el colapso, pero no puede ser esgrimida para sostener falacias. Podremos excusar a quien se equivoca en la acción, pero no caigamos en la trampa de justificar la inoperancia. Y un bonus: como norma general no debe haber prisa por volver a abrir.

España tiene un “incontable” número de centros museísticos, la misma Comunidad de Castilla y León tiene hasta 400 a la luz de estadísticas más o menos precisas, que están esperando soluciones a múltiples problemas derivados de la crisis de la COVID-19. Así que querría de algún modo aportar ideas sobre las posibilidades existentes para que los museos inicien un camino que guíe su recuperación y que posiblemente conduzca a un cambio de rumbo en su progreso futuro. En los últimos tiempos se ha debatido internacionalmente sobre un nuevo concepto de museo; quién sabe si las acciones que inevitablemente se han de abordar no acabarán dando un vuelco al concepto.

Entre las diversas nociones que incluye la definición más ortodoxa de museo, se encuentra la de que es una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Centraros en esta idea porque es fundamental para lo que voy a decir a partir de ahora. Hasta ahora los museos se han venido quedando atrás en su labor como repositorios de memoria, destinados a desarrollar valores de justicia social y asegurar el bienestar de la comunidad, en favor de un papel como mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, e incluso como lugar de ocio multifuncional e indiscriminado, como un ágora cultural, diabólicamente entendida, que sólo puede transfigurar a la institución en un centro cívico “con balcones a la calle”.

En esencia, la política museística futura no puede seguir haciendo lo de siempre a riesgo de acabar de la misma manera. Hay que entender que los museos son una herramienta de transformación que hay que recalibrar, porque ya no cuenta con la métrica que la sociedad postconfinamiento requiere, y hay que hacerlo en tres horizontes fundamentales: el museo como institución, las colecciones que custodia y los usuarios que acoge.

Para cambiar el paradigma de los museos y aplicar las políticas museísticas más adecuadas hay que contar, inevitablemente, con los propios museos. Preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué les gustaría tener, qué les preocupa. Y hay que hacerlo tanto de manera individual como a través de interlocutores sectoriales, en foros adecuados, con voluntad participativa y abierta, ejerciendo liderazgo y siendo transparente. ¿A quién corresponde esto? A las administraciones competentes, que lo deberán abordar de manera directa y a través de observatorios, consejos o reuniones sectoriales. Aportando ideas, presentando soluciones e intercambiando criterios profesionales porque ¿de qué sirve que la política pública de museos sea diseñada por quien nunca ha pisado uno? Reflexionad sobre esto.

A la par va a ser preciso que, al menos hasta que existan vacunas u otras soluciones, los museos cuenten con protocolos claros para gestionar la pandemia. Existen ya varias recomendaciones genéricas y concretas para atender las necesidades de conservación, seguridad, prevención de riesgos laborales o control de visitantes. Quizá no sea mala idea facilitar una guía de gestión a nivel estatal, o al menos autonómica, que oriente a todos los centros, e incluso habilitar canales de comunicación que sirvan para solventar dudas y analizar casuísticas y que puedan proporcionar a los museos respuestas rápidas ante contingencias.

Por ejemplo, es imperioso controlar que los edificios de los museos están preparados para afrontar la nueva realidad. Entre las cuestiones prioritarias hay que considerar aquellas que permitan que las instalaciones se adapten a las exigencias sanitarias de un lugar público; y ello pasa por suspender cualquier apoyo a proyectos museísticos nuevos. Seamos claros, lo que no ha funcionado antes no lo va a hacer ahora, y la creación de nuevos museos por sí misma no va a fortalecer la recuperación económica, no va a atraer más turistas, ni va a generar más empleos. En estos momentos hay que concentrarse en salvar lo que existe, de modo que las aventuras museísticas, incluyendo las renovaciones expositivas profundas, no deberán ser las que obtengan más recursos de lo necesario.

Y qué decir de la viabilidad de los centros museísticos, no sólo la económica destinada a cubrir los costes de producción o mantenimiento, sino su rentabilidad social y cultural. ¿Están los museos convenientemente amparados por las políticas museísticas? ¿Conocen suficientemente el marco legislativo que les afecta? ¿Existen instrumentos de planeamiento que describen la hoja de ruta más ajustada a sus intereses y, de ser así, se evalúan y se publica sus resultados? Porque a lo mejor los museos viven a espaldas de las administraciones porque en el mejor de los casos no saben quién es el interlocutor válido, que nunca se ha comunicado con ellos, o porque sospechan que no van a ser atendidos, o porque las condiciones para serlo no son lo suficientemente transparentes y sí demasiado discrecionales. O sencillamente, porque lo que se les ofrece no cubre sus necesidades reales porque con demasiada frecuencia ven que el premio gordo se lo llevan los de siempre y a ellos no les queda sino la pedrea.

No voy a detallar el impacto tan brutal que la crisis va a tener sobre el sector cultural pues ya se puede analizar en otros lugares. Hay muchos profesionales que han perdido su empleo y que no tienen una perspectiva clara para recuperarlo, por lo que la prioridad actual debe ser la restitución del tejido empresarial que conforman las industrias culturales y creativas y de sus profesionales, sobre todo en su ámbito local inmediato. Pienso, por ello, que las ayudas económicas a los centros museísticos deben ir dirigidas sobre todo a dotarlos de actividades culturales, con el doble propósito de que sean puntos emanadores de financiación hacia sus “proveedores” y de recuperar el hábito cultural de la población. Es más, habría que buscar la complicidad entre los museos y otros sectores culturales como bibliotecas, archivos, compañías de artes escénicas u organizaciones sociales, de modo que se generen actividades que impliquen a varios sectores.

Se trataría de articular también acciones conjuntas a partir de módulos adaptables que se puedan reaprovechar en itinerancias. Pensemos en acciones integrables de fácil traslado, pero que al mismo tiempo admitan aportaciones personalizadas para cada lugar mediante una sencilla adaptación. Y pensemos en una distribución cronológica de las actividades para mantener un tempo cultural sostenido, un reparto que torne la estacionalidad en continuidad. Ya he comentado varias veces que no entiendo por qué los museos realizan durante días determinados aquellas acciones o servicios que no hacen durante el resto del año. Entonces, ¿qué nos impide que el Día Internacional del Museo o la Noche de los Museos se conviertan en el mes de los museos, en el trimestre de los museos, en las noches de los fines de semana? ¡Qué afán de echar el resto en un día, en una semana, cuando disponemos de todo el año!

Todo ello debería poderse articular a través de un sistema sostenible y solidario de trabajo en red, donde se potencie una serie reforzada de cabeceras territoriales o temáticas que dispongan de personal cualificado suficiente para apoyar al resto de museos. No es desatinado considerar que un país como el nuestro, con una estructura administrativa territorial hiperdesarrollada  (estado central, autonomías, diputaciones y ayuntamientos), puede generar asociaciones suficientes para distribuir recursos a los museos. Es más, los museos públicos deberían asumir el papel de ser los motores de la recuperación del resto. ¿A caso un pacto global para los museos, o una conferencia sectorial específica que permita aplicar inyecciones económicas donde realmente haga falta? ¿Ayudas ágiles y flexibles que se adapten a las necesidades de cada momento? Sí, ya sé que esto es España, pero soñar no cuesta.

Uno de los soportes fundamentales del museo como institución es su personal. El futuro museo, como tantos otros lugares, tendrá que preocuparse de no ser un medio de transmisión de la COVID-19 y deberá garantizar que se trata de un centro de circulación seguro. Y ello debe empezar por asegurar la integridad de sus trabajadores, por lo que es preciso que se certifique la información relevante en materia de riesgos laborales y en protocolos sobre medidas de higiene y etiqueta; no solo no queremos que sean centros de contagio y difusión del virus, sino que deberíamos convertir los museos en lugares de difusión de buenas prácticas y en sitios para la generalización de comportamientos sociales adaptados a la nueva realidad.

Escultura de A. Einstein en el Museo de la Ciencia de Valladolid
(foto del autor el 5.05.2020)
Esta cuestión, más que nada de sentido común, es la que nos permite precisar la visión sobre el papel fundamental que juega el personal del museo como protagonista de la actividad cotidiana. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad para que sean la punta de lanza de la definición del nuevo museo? En primer lugar, ya no podemos demorar más la realización de una profunda reflexión sobre si las plantillas de los centros cuentan con personal técnico y cualificado suficiente para desarrollar las funciones que les corresponden y, sobre todo, observar si sus condiciones laborales son justas y dignas. Y en segundo lugar debemos dotarlos de un entorno adecuado y de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, dentro de las que se encontraría la formación en línea. Proveer desde instrumentos tecnológicos al servicio de la conservación de las colecciones a formación en técnicas de atención al visitante, desde pautas de seguridad y control de públicos a mejoras en los procesos documentales, desde el aprendizaje en materia de comunicación al estudio de públicos, desde la investigación en cuestiones relativas a las colecciones a la incorporación de herramientas para la enseñanza. Entre otras cosas, porque ya hemos dejado que las empresas de servicios fagociten demasiadas áreas de los museos y hemos favorecido la precariedad profesional a costa también de comprometer la dignidad de los museos.

Junto a la expositiva, una de las funciones más conocida y apreciada de los museos es la custodia del patrimonio cultural, cometido que incluye la documentación de las colecciones o las medidas de conservación que se aplican sobre ellas y la posterior transmisión de las  mismas. A ella se destinan la mayoría de los recursos del museo y prueba de ello es que en las plantillas nunca faltan conservadores y conservadores-restauradores, si bien en la mayoría de los casos estos profesionales acaban asumiendo, por deseo expreso o por necesidad, otras muchas funciones como la investigación, la documentación o la comunicación. Y ello por lo que se refiere a los museos públicos más grandes, pues en una parte importante del resto, la plantilla se reduce a un gestor que lleva la administración y representación junto a la persona que abre y atiende; y a veces menos. A nadie sorprenderá que digamos que las oportunidades laborales que ofrecen los museos son escasas e inestables.

Al ser una de los pilares básicos de la existencia de los museos, las colecciones cobran en la situación actual una relevancia sin par. Y deberíamos estar pendientes de la situación en que se encuentran. En primer lugar, porque generalmente los museos no cuentan con planes de colecciones para definir su gestión y conservación. Y en segundo lugar, porque durante la crisis de la COVID-19 se ha podido comprobar que la mayor parte de los museos carecen de planes de protección ante emergencias; tengamos en cuenta que estos no solamente deben contemplar los riesgos derivados de robos, incendios e inundaciones, sino que en el futuro también tendrán que establecer protocolos correctos para posibles procesos de desinfección. Más allá de las magras dotaciones de personal, la generalización de la formación técnica de los responsables de los centros, así como una concienciación de sus responsables, proporcionaría una mayor preocupación por las colecciones, lo que permitiría ofrecer ayudas económicas destinadas a labores relacionadas con la conservación o restauración de objetos que, a su vez, generarían nuevas oportunidades de trabajo a pequeñas empresas externas.

En esta misma línea de oportunidades empresariales, cabría facilitar nuevas maneras de interpretar y presentar sus colecciones a través de un importante esfuerzo en la documentación y digitalización que fortalezca la relación de los museos con sus visitantes, fomente la participación o incluso aumente sus ingresos y donaciones. Asimismo, se debería explorar la plena inserción de los contenidos del museo en la educación a través de plataformas en línea que complementen la asistencia de esas visitas escolares que no sabemos si podremos seguir recibiendo, o la constitución en los museos de áreas específicas para usuarios en línea, de modo que puedan participar en la nueva vida del museo a través de seminarios online, videoconferencias divulgativas, congresos virtuales, laboratorios digitales, etc... Sin buscar una sustitución de los públicos a quienes se dirigen, sino para multiplicar la oferta museal, aprendiendo de cada sector y aplicando las conclusiones a la forma en que queremos presentar el museo.


Y por fin el usuario. Llevamos años llenando artículos y documentos logísticos con el mantra de los nuevos públicos, del acercamiento del museo a otros sectores de edad y a colectivos menos propensos a visitarlo. Incluso hemos empleado ríos de tinta en determinar cómo se acerca el público al museo, con quién, a qué hora, cuántas veces, cuáles pueden ser sus intereses y si el cobro de entrada permite valorar más la visita al museo o aleja a los usuarios potenciales, con el objetivo de conocer nuestro objetivo y explorar caminos no frecuentados. Pues bien, el primer trabajo al que nos enfrentamos ahora es el de recuperar a los visitantes que tenía el museo.

Va a ser preciso garantizar que la experiencia de la visita es segura. Ya hemos hablado de las implicaciones derivadas de los apoyos educativos y comunicativos, de las medidas de higiene y etiqueta o de las interacciones físicas. Pero no debemos olvidarnos de la gestión de las admisiones, la gestión de aforos para distribuir grupos o altas densidades, la ordenación de las circulaciones para asegurar la convivencia o la modificación de horarios dirigidos a una mayor flexibilidad de la afluencia. Estamos hablando, por ejemplo, de habilitar mecanismos de reserva de la visita, disminuir los pagos en metálico mediante el pago con tarjeta o disponer ventanillas en línea, de usar mamparas para proteger al visitante y al empleado, de reducir el tamaño de los grupos y gestionar turnos, de evitar la masificación, aglomeraciones o congestiones de visitantes, de ampliar horarios en determinados momentos y reducirlos en otros, de revisar el uso y disposición de apoyos educativos y comunicativos de riesgo como hojas de sala, juegos interactivos o audioguías. Todo esto puede exigir más personal así como una inversión importante en elementos de protección y, desde luego, un profundo análisis de la viabilidad de los centros a consecuencia de las nuevas exigencias.

La medida estrella de la mayor parte de los titulares de los museos durante el confinamiento ha sido la presentación en línea de contenidos culturales, siempre con la mejor de las intenciones. Sin embargo, entre los asuntos pendientes de los museos se encuentra su falta de hiperconectividad. El futuro va a exigir una serie de posicionamientos para los que la mayoría de los museos no están preparados. Solamente los museos más grandes tienen capacidad suficiente para romper la quinta pared a través de algo imprescindible, la incorporación de una estrategia digital a la estrategia global del museo. La renovación digital de los museos no pasa por intentar adaptar al entorno digital aquellos contenidos que no fueron concebidos más que para un entorno presencial, ni pasa por inaugurar o reactivar redes sociales, ni siquiera pasa por el uso de tecnologías más o menos novedosas, creación de apps móviles, generalización de programas de gestión o bases de datos; ni se encuentra en el fascinante descubrimiento de la videollamada. La mayoría de los museos no puede afrontar una renovación digital, pues carece de determinación clara fruto de un análisis técnico, y ni sueña con los medios tecnológicos adecuados o el personal cualificado para hacerlo. Y si han hecho un esfuerzo digital durante el confinamiento ha sido para no abandonar a la sociedad en unos momentos terribles, pues sus profesionales tienen claro que se encuentran a su servicio. Es más, han sido también víctimas del espejismo del teletrabajo; es decir, la falacia de que la organización puede mantener durante algunos meses una actividad similar a la que normalmente ejerce, mediante el traslado a los domicilios de un desarrollo laboral pensado para la mesa del despacho y gracias a la aportación privativa de dispositivos y conexiones, a la vez que se pretende que se está manteniendo el aprovechamiento con el solo propósito de dar la apariencia de que todo está bajo control.

Pero la pregunta, más allá de si sabremos adaptarnos al entorno digital, está si este esfuerzo adrenalínico se mantendrá una vez superado el confinamiento. Si el ímpetu desplegado para mantener la presencia del museo en la vida del ciudadano se prolongará mientras encontramos una organización, institucional y pública en muchos casos, que apueste por la reconversión digital de los museos y que no piense que está desarrollando una cultura 2.0 porque sube contenidos a Internet.


Por último, quiero insistir en una cosa. Es importante reforzar la presencia del museo en la sociedad futura. O mejor, es imprescindible reforzar la presencia comprometida del museo en la sociedad futura. Ya he hablado en otros lugares de la no neutralidad del museo, llegando a decir que “los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad” para renovar la sociedad. Redundando en ello, el museo es una institución de prestigio, un lugar de experimentación, debate y participación, donde el ciudadano puede plantear preguntas y hallar respuestas comunes, donde cada ciudadano puede manifestar visiones personales. La sociedad también necesita al museo para sobreponerse a la crisis de la COVID-19 y no podemos dar la espalda a este compromiso, sin olvidar que si un museo no toma partido, probablemente ya esté tomando partido.


Hace ya tiempo hice un “pequeño ejercicio de introspección museal” en el que desgranaba aquellas cosas que deberíamos tener en cuenta para afrontar una mejora de los museos. Lo que entonces era un artificio hipotético, se revela ahora como un ejercicio inevitable de supervivencia.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Visitar museos públicos, del derecho al repago


Hace unos años, cuando se empezaron a anunciar medidas contra infracciones de derechos de propiedad intelectual para combatir las inicuas descargas de contenidos culturales, se llegó a oír la frase ¿qué pasa, que ahora tenemos que pagar por escuchar música? La expresión pretendía defender la libre distribución y reproducción de las obras frente al deseo legítimo de autores y distribuidores de proteger la explotación de sus creaciones. Una cosa interesante de esta cuestión, aún no resuelta, es que se ha tratado de abordar mediante la adaptación de la oferta de contenidos a los hábitos de consumo y a unos precios razonables; por ejemplo, cierta afamada aplicación de reproducción de música transmitida en directo cuenta con un servicio gratuito y otro mejorado que se reciben cuando se quiere, donde se quiere, con formato multiplataforma, permiten la creación y compartición de listas de reproducción, etc…

Ahora yo quiero hacer una analogía, algo tramposa quizá, y ante el anuncio de que la administración de cierta comunidad autónoma va a cobrar en los museos que gestiona exclamo ¿qué pasa, que ahora vamos a tener que pagar por ir a un museo público? El contraste en la analogía se encuentra en que estos museos no son un negocio, los bienes que se muestran son de dominio público y el rendimiento esperado no debe ser crematístico, sino sociocultural. Y si la contrapartida al incipiente pago fuera que en unos años estos museos proveerán de un servicio adecuado a los intereses del público sería bienvenida, aunque para ello debería contar por ejemplo con una gran oferta de actividad, plena de conectividad, con contenidos de acceso virtual, multiplataforma y personalizados, con listas de piezas y recorridos preferidos, con tarifas a la carta pensadas para cada usuario…

Por lo que a mí respecta, además de que no creo que vaya a ver a corto plazo ese catálogo de servicios prémium, opino que los museos públicos deben ser gratuitos, como ya he expuesto anteriormente en este mismo blog. Por si alguien se quiere ahorrar la visita al artículo se lo resumo en esta frase que allí se lee: "[…] porque ya pagamos unos impuestos que deben destinarse a sufragar esos costes. Porque lo que custodian esos museos es patrimonio cultural que debe ser universalmente accesible, porque en ese ámbito su acceso básico debe ser gratuito y porque de no hacerlo así estaremos poniendo barreras a su transmisión plena”. Y para terminar con este punto recordaré que también pienso que sí se debe pagar por otro tipo de servicios, como ciertos programas educativos, de promoción, de difusión, así como por el uso o cesión de los espacios públicos siempre que sean acordes a la misión del centro, y también por los servicios comerciales o culturales, y demás.

En esta ocasión no vengo a recordar lo que ya he dicho sino a valorar el argumento que ha servido para justificar el cobro de la entrada y que no es otro que destinar los fondos recaudados a "mantener en perfecto estado de revista el patrimonio […], que requiere no uno, sino tres presupuestos autonómicos".

Más allá de la marcial expresión, que a mi parecer aporta un regusto añejo como pretendiendo que el patrimonio es algo inmutable que solamente interesa para ser contemplado con ferviente admiración, creo que tenemos un problema en cuanto a la transmisión a la ciudadanía de un mensaje, extemporáneo y contraproducente, que manifiesta que la custodia y difusión del patrimonio cultural es una carga. Y que incluso sugiere que los impuestos que pagamos o son insuficientes o están mal gestionados y administrados por sus responsables.

El acceso a la cultura es tan esencial como el acceso a la sanidad o la educación y en nuestro país hemos conseguido desarrollar un modelo de estado que provee esos servicios para el cumplimiento pleno de los derechos sociales de sus habitantes. Lamentablemente, la eficacia en la gestión de esos servicios se viene degradando paulatinamente (crisis, ineficacia, corrupción…) y, en lugar de buscar soluciones para solventarla, nuestros respetados representantes políticos insisten en utilizar la manipulación ideológica, el manejo político y la utilización del patrimonio para beneficiar intereses espurios, de manera que la degradación en los servicios se convierte en la excusa mediocre que les permite sostener medidas que se fundamentan en complejos, cuando no prejuicios.

Resulta evidente que estas instituciones culturales, así como sus profesionales, únicamente pueden cumplir su función desde un punto de vista centrado en el beneficio al ciudadano, y para ello es necesario que el museo disponga de una reputación consistente. El ascendiente sobre el usuario del museo, el que les permite afrontar su misión, solamente se puede hacer si se les prestigia a través de una dotación suficiente de medios y recursos. Es indudable, entonces, que la tarea del titular de un museo público está en fraguar el mensaje de que su misión constituye un derecho ciudadano y en proporcionar una labor educativa y de concienciación que se inicie en la infancia y que se fomente en foros de participación social.

Esto que acabamos de plantear, que no es más que una apelación a una labor común orientada a crear una sociedad crítica y una ciudadanía que valore sus activos, se condensa en la afirmación de que la cultura no es una mera explotación económica de recursos, ni mucho menos un gasto. Sin embargo, quienes anuncian el cobro de la entrada en los museos públicos con el argumento de que los ingresos se destinarán a una mejor custodia del patrimonio y que ello contribuirá a un desarrollo de la economía, están lanzando el mensaje de que los bienes patrimoniales solamente pueden entenderse si son rentables. Es más, si tratan de explicarlo de esta manera quizá es porque no se atreven a imponer el cobro y a la vez pagar el peaje mediático que supone decirnos a la cara que quieren aplicar liberalismo a la gestión de bienes públicos. Y eso es lo que más rechazo causa, que intentan sortear la responsabilidad de la recaudación a través de la proyección de un relato que saben (¿o no?) que es injusto.

Foto Alejandro Linares Garcia

Cabría conceder la duda de que han valorado el cobro de la entrada en el marco de un estudio serio sobre su oportunidad y que las conclusiones extraídas son las que les impulsan a adoptar la medida. Tiendo a pensar que no es el caso porque, de ser así, parecería lógico que para explicar/justificar la decisión hubieran expuesto las alternativas o los condicionantes que han tenido en cuenta. Si no lo han hecho, aquí les podemos proporcionar algunas cuestiones que, de haberse contemplado, quizá les hubieran llevado a repensar su intención:

  • Se ha manifestado que la medida supone claramente un incremento de los ingresos por entradas. En el caso mencionado se pasará de 300 mil a 7 millones de euros (al parecer brutos), lo cual sería una aportación extraordinaria indudablemente importante. Pero ¿merece la pena arriesgarse a un descenso de visitas y a comprometer la reputación de los museos para ingresar esa cantidad? Posiblemente no, porque los ingresos por entradas en estos museos se rigen por el sistema de caja única; o lo que es lo mismo que tanto lo que entra como lo que sale se centraliza en una tesorería única, a quien corresponde la gestión de los recursos. En definitiva, no hay garantía de que en los presupuestos anuales se añadirán los ingresos del año precedente, a pesar de que se ha mencionado que existe tal compromiso por parte de los responsables de la Hacienda. Esto está por ver, así que cabe dejar su juicio en suspenso, aunque no perderé la oportunidad de decir que el incremento de ingresos tendría mayor alcance si el esfuerzo se dirigiera a conseguir esos millones mediante otras vías como el patrocinio o el mecenazgo. De hecho seguramente se conseguiría mucho más dinero.
  • No está del todo claro que exista una relación directa entre pago de entrada y descenso de visitantes, o entre la gratuidad y el ascenso de visitantes. Lo que se recomienda es que las medidas a adoptar, sobre todo cuando son un cambio drástico, deben ser explicadas a la ciudadanía de manera adecuada. El propósito, que no es más que hacer un ejercicio de transparencia y pedagogía del uso de medios públicos es, si cabe, más importante cuando se van a gravar servicios que antes eran gratuitos (porque, evidentemente, es más fácil explicar la súbita gratuidad que lo contrario). Está claro que se debe explicar convenientemente y esto no se ha hecho. Y menos aún se ha explicado cuál va a ser el destino concreto del dinero.
  • Por otro lado, empezar a cobrar por la entrada debería considerarse una oportunidad para mejorar el servicio al usuario, lo que implica la adopción de un sistema moderno de venta de entradas, con compra por Internet, posibilidad de reservas, control de accesos, etc… Para conseguirlo se puede hacer a través de una concesión empresarial, que de algún modo debe detraer su beneficio del importe de la entrada, o endosar la gestión al personal existente, lo que implica costes en formación y encajar la nueva ocupación en las labores inherentes al puesto; en ambos casos hay que asumir una nueva infraestructura técnica cuyo valor también debe amortizarse a partir de los ingresos. La conclusión es ¿realmente se recogerán los millones señalados, o se trata de una cifra computada antes de gastos?
  • Se ha dicho que el gasto se destinará a la conservación del patrimonio. Sabemos que la función que más recursos requiere a los museos provinciales es la conservación de los fondos, lo que conlleva que otras funciones como la documentación, investigación y difusión adquieran un peso importante en la carga cotidiana de las actividades de estos centros; y parece ser que estos son los gastos que se van a cubrir con los nuevos ingresos. Naturalmente la pregunta que surge es ¿si ya sufrago esta custodia a través de los impuestos, debo considerar este nuevo cobro como un “copago”? Es más ¿el cobro en los museos públicos es un nuevo impuesto al usuario? Algunos ven en estas iniciativas un repago que ayuda a desmontar el estado del bienestar, aunque también podemos verlo como una gestión poco eficaz que renuncia a incorporar fórmulas idóneas para hacer sostenible la custodia patrimonial y que van desde la eficiencia al ahorro, pasando por la inversión en tecnología y, nuevamente, la educación temprana o la concienciación ciudadana. Nada de eso parece verse aquí.
  • Pero hay más. La función que afecta de manera más visible a los usuarios es la relativa a la exposición de los fondos, por la relación directa con el  público. No obstante, la función expositiva, la relativa a la exhibición pública permanente, ordenada de manera científica y accesible, supone un impacto de menor trascendencia en lo que se refiere al consumo de recursos materiales y humanos, pues su coste puede observarse en términos de relación entre inversión y perdurabilidad. Así que la pregunta se debe centrar en si no sería más adecuado que lo ingresado se utilizara en renovar o mantener la exposición, o en añadir valor a la acción cultural.
Con lo sencillo que hubiera sido declarar que el cobro de entrada en los museos públicos, partiendo de una situación de acceso universalmente gratuito, no era sino una manera de cubrir el coste operativo en lo servicios. En su lugar, tratan de ocultar que quieren enjugar un posible impacto mediático negativo anunciado la medida como el resultado de una obligación patrimonial perentoria, sin darse cuenta de que el uso más justo de ese dinero es destinarlo a costear mejores servicios en los museos.

El quid de la cuestión está esto último. La justificación para cobrar la entrada en los museos públicos debería ser que el dinero recaudado servirá para mejorar la experiencia de la visita, para incorporar nuevas tecnologías, para mejorar la difusión de las colecciones y de los centros, para la transformación digital, para optimizar la conectividad y la investigación compartida, para el avance de la organización y la mejora del trabajo y los trabajadores, para fomentar la accesibilidad y el conocimiento de públicos, o incluso para mejorar la evaluación de las políticas culturales.

Mi preocupación está en que cunda el ejemplo y otras administraciones públicas orienten sus políticas a gravar el acceso a la cultura. Parece que cuanto más tratan los museos de avanzar más parece que haya fuerzas que quieran detener su progreso, quizá porque intuyen que son una poderosa herramienta de cambio positivo. Y lo hacen ofreciendo soluciones simplistas a problemas que solamente existen en sus mentes prejuiciosas.

No nos conformemos.