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jueves, 9 de noviembre de 2017

Museums are "NOT" neutral


Andaba hace días pensando en que tocaba nuevo post, en que tenía abandonado el blog. En mi caso no soy capaz de encontrar hábito de escritura sino que dependo de la aparición de ese chispazo que te dice por dónde transitar, lo cual puede hacer que encuentre inspiración dos veces en una semana o dos veces en un año. Mal asunto.

En ello estaba hasta que leí este excelente post de Lluís Alabern del que quiero rescatar la frase “El museo, las salas del museo, deben mediar para hacer de la visita un ejercicio de libertad, placer y conocimiento, para contribuir a hacer del espectador un ciudadano crítico”, y esta fascinante imagen

Foto extraída del post de Lluis Alabern

Encontré una reflexión atractiva, con la que parecía estar rotundamente de acuerdo, que suscitaba nuevas rutas para seguir cavilando y que aportaba una estampa que me atrajo profundamente. Pero sabéis que la mente es caprichosa y que a menudo parece acoger abiertamente ideas que, como chinas en el zapato, no acaban de ajustarse bien y fastidian con persistencia hasta que te obligan a descalzarte para corregir la molestia.

Había algo que chirriaba en la frase “Museums are not neutral”, algo que me inquietaba coincidiendo con algún ejemplo muy reciente de museo que ha emitido un comunicado político específico. Esto me hacía preguntarme sobre la neutralidad de la dirección de ese museo, y por la de la propia institución, ya que el comunicado parecía suplantar la representación del titular del centro o incluso de todos los empleados, y no desvelaba si la postura del museo como cabecera de un marco territorial o temático pretendía envolver a los centros que se relacionaban con él. Quiero clarificar que mis disquisiciones van dirigidas a museos públicos y que la pregunta tiene importancia porque el sostenimiento del museo es compartido por los contribuyentes y es ante ellos ante quien hay que rendir cuentas. Ya que esto es un mero ejemplo ilustrativo, no busquéis aquí un juicio a la acción concreta y menos una posición a favor o en contra de la misma. Es más, quizá mi duda sobre ella ya suponga en sí decantarse por una posición concreta, lo cual sería una clara evidencia de que la neutralidad no es cosa sencilla de negociar y de mi necesidad de iniciar el debate. No obstante, ya que no quisiera herir ninguna sensibilidad con ello, me disculpo anticipadamente.

Posiblemente no haya respuesta para la cuestión sobre si el museo debe ser neutral, al menos de manera concluyente. Como para tantas cosas, la experiencia particular de cada uno, sus principios o incluso sus intereses determinan una respuesta subjetiva que puede oscilar entre una afirmativa cautela y una impetuosa negativa, pasando por una equidistante y, en ocasiones, tibia prudencia. Eso sí, en lo que si podemos estar de acuerdo es que cualquier postura puede generar conflicto, más aún en estos tiempos en los que los ánimos se calientan con facilidad y en los que el dedo internauta es suelto y precoz, dado más al ímpetu de la víscera que a la serenidad del pensamiento. Y ni siquiera yo tengo claro al empezar lo que pienso sobre el tema así que sirva, al menos este relato, como ejercicio retórico en el que se lancen preguntas sin que debamos esperar respuesta a todas. Quizá al final las encontremos.

¿Qué significa ser neutral? Quizá habría que empezar por definir los términos en los que nos moveremos y definir la neutralidad según lo hace el diccionario (sin duda el mejor instrumento que existe para ello), como la cualidad del “que no se inclina en favor de ninguna de las partes opuestas o enfrentadas en una lucha o competición”. Suponiendo que el museo se encuentra en un escenario de confrontación, deberíamos entonces determinar si la disputa es beneficiosa para conseguir sus objetivos y si se deben poner límites a sus acciones, o al menos acordar los caminos por los que pueden discurrir. Igualmente habría que delimitar el terreno en el que nos movemos señalando si la neutralidad es una actitud que corresponde adoptar o rechazar a todos los museos, ya sean públicos o privados, o si hay que dejar su adopción al albedrío de sus dirigentes. Ya que yo concibo el museo como un lugar de experimentación y participación resulta imposible que no haya debate, así que debo rechazar la neutralidad y admitir que el museo entra en conflicto con su entorno, con las colecciones que custodia, con el público al que se dirige, y con las bases de conocimiento que le inspiran para cumplir plenamente su misión.

¿Queremos o no un museo neutral? Uno tiende a pensar que en el mero terreno de la cotidianidad, el museo debería ser neutral para quedar al margen de posturas partidistas, porque ello nos proporciona cierta seguridad y confort y la tranquilidad de saber que quedan instituciones comunes alejadas del conflicto y la manipulación; despolitizadas, en definitiva. Pero, por otro lado, esto supondría restringir de algún modo el concepto que tenemos de museo y mantenerlo únicamente en el terreno de la convivencia de la sociedad, perdiendo la oportunidad de utilizar sus capacidades como instrumento para el desarrollo de esta. En tales condiciones contaríamos con un museo incompleto, y su neutralidad o parcialidad solamente serviría a determinados intereses, que tenderían a ser los de todos en el caso de los públicos, o los de unos pocos en el caso de los privados. Así que concluyo que la neutralidad del museo no reside tanto en una simple intervención o participación en los asuntos públicos, como en la manera en la que observa esos asuntos y la respuesta que aporta. Y que es por ello por lo que no deberíamos desear un museo neutral.

¿Puede ser el museo (no) neutral a conveniencia? Ante esto, es posible que razonáramos la presencia de opciones, digamos de compromiso, como la que defendería un museo institucionalmente neutral, pero que pudiera no serlo en su discurso, adaptándose entonces a las necesidades de objetivos concretos más o menos permanentes. Pero esto no sería útil, pues para conseguir un museo de este tipo habría de carecer de misión, lo cual desvirtuaría su existencia y lo sometería a intereses inmediatos. Tampoco sería de mucha utilidad la existencia de una institución que no quisiera ser neutral, pero con un discurso que pretendiera ser imparcial, lo que podría situarnos ante una entidad manipulable. En ambos casos el museo acabaría instrumentalizado y su existencia dejaría de servir a los intereses de la sociedad, por lo que se puede concluir que la neutralidad o no del museo depende más de su independencia que de quién se encuentre detrás de su presupuesto. Es más, si un museo es independiente es posible que acabe siendo no neutral porque podrá tomar partido sin reservas por opciones concretas, o al menos ofrecer la posibilidad de configurar discursos contrapuestos. En este caso, opino que la conveniencia del museo debe encontrarse en la adopción de posturas no neutrales.

¿Nos hace falta un museo no neutral? La respuesta parece intuirse ya en los párrafos anteriores. Podemos añadir que vivimos en sociedad y hemos dispuesto múltiples espacios de encuentro no neutrales como la plaza, la iglesia, el colegio, el puesto de trabajo, la junta vecinal… Así que, si estos espacios son lugares para tomar partido por las cosas que nos afectan ¿por qué habría de ser neutral el museo? Si los ciudadanos tienen derecho a intervenir en la vida pública y el museo es un lugar donde se integran algunos de los bienes esenciales del ciudadano, seguramente debamos interpretar que el museo es un lugar idóneo para crear un movimiento comunitario que sea capaz de renovar la sociedad. Y es que el museo puede estimular el pensamiento crítico, puede acercarse a los problemas desde diferentes o novedosos puntos de vista y lo va a hacer sobre la base de su propio prestigio como institución, a partir de su solvencia técnica y teniendo en cuenta que los valores que se utilizan se encuentran en transformación permanente. Naturalmente, la presentación de estas cuestiones va a estar sometida a posiciones subjetivas, pues el museo lo componen personas tanto a la hora de presentar el mensaje por parte del profesional como en la percepción del usuario. Todo planteamiento en el museo toma partido por algo, siempre hay más alternativas, así que al escoger una de ellas se orienta el discurso por un camino concreto que tendrá unas consecuencias más o menos deseadas. En definitiva, nos hacen falta museos no neutrales que medien para conseguir un diálogo crítico que nos aproxime a verdades. De otro modo el museo será un simple instrumento de propaganda.

Foto procedente de Encuentros Playgrounds. Isidro López-Aparicio. La Casa Tomasa. MNCARS

¿Estamos preparados para un museo no neutral? Llegados a este punto, quizá debamos plantearnos si somos capaces de aceptar un museo no neutral; algunos dirían comprometido. Por plantear ejemplos concretos, si para incitar a la reflexión el museo decidiera informar y debatir sobre cuestiones actuales, candentes, sensibles, como la desigualdad salarial, las migraciones, las nacionalidades, la dicotomía entre cultura y tradición, la educación, la relación entre religión y sociedad, el nivel de la pobreza, la memoria histórica, los límites del humor, o incluso el modelo de estado… ¿Dejaría insensible a la sociedad? ¿Se entendería? ¿Estamos realmente preparados para abrir debates de este tipo en el museo? ¿Estarían dispuestos los museos públicos a abordar tales cuestiones, es más se les permitiría? ¿Entraría la censura al terreno de juego? ¿Estaríamos dispuestos a ocultar piezas del museo para no generar conflicto? En virtud de las respuestas podrá cada cual saber si se encuentra preparado para aceptar un museo no neutral. 

Por último. ¿Cómo gestionar la no neutralidad? Bueno, aquí no nos sorprenderemos si planteamos que la base de la acción no neutral del museo reside en su misión, es decir en la definición previa de la razón por la que existe, de los objetivos que pretende cumplir y del motivo por el que lo que hace. En esta tesitura ¿sería simplista tratar de asociar la no neutralidad del museo con el sentido común? ¿Sería posible apelar solamente a la objetividad de quien gobierna el museo? O ambas cosas son interpretables y hemos de buscar valores que podamos aceptar como más ecuánimes y universales. ¿Y cuáles serían estos? Yo, si tuviera que plantear los cimientos de un museo no neutral, tengo claro que acudiría al consenso (para lo cual debería aceptar la colaboración solidaria de múltiples agentes), a la tolerancia (para lo que debería aprender a admitir cualquier idea ajena, incluso contraria), al respeto (mediante el cual observaría la dignidad de los aportes que voy a utilizar), a la independencia (gracias a la que evitaría considerar cualquier injerencia que se me presentara), a la empatía (con la que trataría de ponerme en el lugar de los destinatarios de mi mensaje para identificar sus expectativas), a la transparencia (pues no tendría, ni querría tener, nada que ocultar), a la mediación (para revelar o modular significados que pueden contribuir a desarrollar la sociedad), y también a las sensaciones (para facilitar el disfrute y la retención de conocimientos). Seguramente me dejo muchos. Estás invitado a contribuir con los tuyos.


Para concluir. La neutralidad suprime el conflicto y ello restringe nuestra capacidad de avanzar, y en este contexto considero que los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad si alguna vez la tuvo.

martes, 6 de junio de 2017

Sobre el binomio museos y turismo. Te lo digo desde el escepticismo


Recientemente se ha publicado en redes sociales una reseña relativa al programa cultural de Susana Díaz de cara a las primarias de su partido. Un análisis interesante sobre lo que dice el programa lo tenéis en este artículo, donde se dice algo que comparto: “El mal de Susana Díaz está muy extendido en la política y la sociedad: la cultura no importa, es algo accesorio en el mejor de los casos. Se afianza la idea de que solo es eficiente el beneficio”. Y ello me permite reflexionar sobre el asunto de los museos y el turismo y, en definitiva, sobre la mercantilización de la cultura.

La cosa parece venir de la generalización de los recursos culturales como un segmento específico del mercado turístico, igual que se promocionan la naturaleza, la lengua o los negocios como destinos específicos. Siempre en relación con los nuevos intereses de la sociedad, que demanda estas experiencias como fundamento o complemento de sus viajes como efecto, entre otros factores, de la democratización cultural, la educación patrimonial o la generalización del ocio como derecho básico. Sé que esta explicación es reduccionista pero creo que sirve a los propósitos de entrar en materia.

En el marco de esta dinámica de oferta y demanda del producto cultural, la visita al museo se presenta como una simple mercancía, sometida a los flujos económicos, a las variaciones del mercado y del consumo y a las exigencias del marketing. Evidentemente su posición en este ámbito no puede evitar que se convierta en un factor de desarrollo económico y es en este punto, en la selección subjetiva de esta característica concreta del museo, en el que la política (muchas veces arrogante en su ignorancia y liberal en su beneficio) fabrica la idea de que el museo es un mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, y en ese horizonte se enmarca el binomio entre museos y turismo que tantas confusiones genera. Una asociación tan forzada como esa tendencia organizativa que, por motivos de eficacia administrativa, hace que la cultura se asocie con otros ámbitos con los que tiene puntos de contacto como la educación, el deporte, el bienestar social o el turismo.

Si me preguntan sería más partidario de unir el turismo con la industria o el deporte con la sanidad, e incluso haría transversal la educación y el bienestar social; pero dejaría la cultura en una estructura independiente sin dudarlo. Probablemente estas uniones respondan a apreciaciones ideológicas, muy personales, que nos permiten adivinar el concepto que se tiene de la cultura en cada momento y lugar. No obstante, la apreciación de quién une qué la dejo a vuestra subjetividad.


Foto de pixabay CC0 Public Domain
A partir de nociones de este tipo, que olvidan que el museo tiene misiones concretas y funciones complejas, se propone una visión del museo que lo concibe meramente como un espacio escénico, como un espectáculo de relleno, como un factor accesorio al servicio de intereses economicistas. En esta escenificación vale todo, desde el abandono de la misión del museo en favor de la programación hasta la falta de planificación previa a su creación.

Estos planteamientos se construyen a menudo sobre falacias recurrentes que se inspiran en términos como retorno, interculturalidad, o regeneración urbana y que tienen como referente al célebre efecto Guggenheim. Sin embargo, la voluntad detrás de los proyectos creados a imagen de este efecto no se apercibe de que lo que responde a una opción política concreta, en un momento y lugar determinados, con un producto en el marco de actuaciones de mayor espectro y que tiene buenos resultados, no sirve para todos los casos y muchas veces solamente tiene éxito en el imaginario mediático, sin estudios que apoyen el análisis. Es evidente que no existe interés por estudiar científicamente la cuestión y que el rendimiento buscado se encuentra solamente en las fotos y titulares en prensa, en proporcionar mensajes sencillos que sugieren buena gestión y excelentes resultados futuros. Naturalmente nadie cuestiona estos o aquellos, ya sea el medio periodístico que los reproduce literalmente, ya sea el receptor del mensaje quien los jalea o denosta con pulcra adhesión a su propia ideología.

Un ejemplo de lo que expongo se observa a menor nivel en el producto turístico que surge en cada nueva campaña, como las aperturas extraordinarias de monumentos, las rutas temáticas o las tarjetas turísticas. Los hay de muchos tipos y no dudo de que respondan a necesidades concretas detectadas mediante análisis, que se han planificado cuidadosamente y que suponen un esfuerzo organizativo importante. Pero su eficacia me genera muchas dudas porque siempre se realiza un gran derroche de energía para presentarlas y para demostrar los ingentes recursos utilizados para ponerlas en marcha, pero nunca se centran en la publicación de sus resultados efectivos y sus comparativas en el tiempo. ¿O habéis visto vosotros cifras de usuarios de tarjetas y rutas turísticas, o el número de personas que entran en los monumentos y todo ello comparado con otros períodos? Llevo tiempo pendiente de estas cosas y yo no las suelo ver.

La justificación a esta forma de actuar se nos explica por la necesidad de ofrecer productos culturales en el mercado turístico, aprovechando la demanda que se genera sobre ellos. De este modo, se dice, estamos fortaleciendo una economía que contribuirá a financiar la custodia y mantenimiento del patrimonio cultural. Pero lo que en teoría es una opción magnífica acaba quedándose en nada en la práctica, porque no es habitual que los ingresos derivados del turismo cultural repercutan directamente sobre los activos patrimoniales en los que se encuentran. Y esto es porque en el caso de los bienes dependientes de administraciones públicas no existen garantía de que se destine el ingreso al mismo bien, y en el caso de los bienes privados los ingresos apenas sirven para asegurar la apertura del bien, debiendo recurrir a otras fuentes (nuevamente públicas en muchos casos) para mantener en buen estado el monumento. Me dirán que al final y al cabo, la afluencia de turistas y los retornos económicos acaban repercutiendo sobre el bien y su entorno. De acuerdo, pero sería mejor que esta cuestión se garantizara de una vez por todas y que la anhelada ley de mecenazgo fuera efectiva en lugar de ser un animal mitológico.

Otra de las cuestiones que suelen plantearse en esta concepción del museo como foco de atracción turística es la idea, firmemente defendida, de que los museos generan un importante desarrollo económico local y regional que conlleva retornos importantes en forma de empleos, valorización y recuperación del entorno geográfico inmediato, mejora de los servicios esenciales y elemento de cohesión territorial. La verdad, parecen demasiadas responsabilidades para el museo, una institución pequeña y la mayor parte de las veces pobremente dotada. Hablando en términos generales es curioso que el museo, a pesar de que sea siempre deficitario en personal, poco dotado instrumental y tecnológicamente, que destina pocos medios a la mejora formativa y a la diversidad profesional y que presta poca atención a sus públicos y a la experiencia de la visita, sea un agente tan importante como para generar múltiples puestos de trabajo, transformar el ámbito en el que se inserta, prestar servicios públicos de calidad y reducir problemas de desarraigo y despoblación.

Particularmente me cuesta ver esta potencialidad económica en mi entorno inmediato; y no será porque no tenga suficientes ejemplos de museo a mi alcance. Sin embargo aprecio una gran vulnerabilidad en estas instituciones culturales, consideradas como un recurso económico antes que un activo social y viéndose destinadas a producir servicios culturales dirigidos a un uso finalista, a una satisfacción inmediata de las necesidades de ocio entre destinos. Al adoptarse esta derrota en detrimento de la colectividad, de la pluralidad cultural, de la participación ciudadana, de la creación, evitando incentivar la reflexión sobre la propia identidad patrimonial, se posibilita la existencia y creación de instituciones endebles, carentes de misión y con falsos fundamentos. Espectáculos efímeros que no sirven a la sociedad para ser siervos sociales.

No puede negarse que el turismo es un factor básico para el desarrollo económico y con una importancia vital en términos de producto interior bruto, pero tampoco puede soslayarse la importancia del museo en la construcción y desarrollo de la cultura. Inevitablemente debemos tratar de conjugar dos cosas: el papel del museo en una cultura concebida como bien social, necesario para aumentar el bienestar y formar la sensibilidad, para la creación y mejora de la personalidad, tanto individual como colectiva, y su dimensión como herramienta de transformación social por un lado; y las posibilidades que brinda el turismo como factor de desarrollo económico, canal de circulación de ideas y conocimiento, y posibilitador de experiencias culturales y de vivencias por el otro. Si de todo esto nos quedamos con una sola cosa, si únicamente centramos el esfuerzo en el interés cortoplacista, en producir bienes de consumo que desaparecen más deprisa de lo que se crean, estaremos sacrificando tanto herencia como futuro y eludiendo nuestra responsabilidad con el bien común y la mejora social.

Por si queréis reflexionar un poco añado un extracto interesante de la Carta Internacional sobre Turismo Cultural. La Gestión del Turismo en los sitios con Patrimonio Significativo (1999), adoptada por ICOMOS en la 12ª Asamblea General en México:

“El Turismo excesivo o mal gestionado con cortedad de miras, así como el turismo considerado como simple crecimiento, pueden poner en peligro la naturaleza física del Patrimonio natural y cultural, su integridad y sus características identificativas”.

jueves, 2 de julio de 2015

Si tomáramos en serio a los museos


En esta época de mudanza, antes de aventurarnos en otro incierto intervalo ejecutivo, me parece bueno hacer un pequeño ejercicio de introspección museal. Lo represento mediante un artificio conceptual en el que imagino cauces para afrontar una hipotética mejora de los museos. ;) 

Las frases empiezan con un “Si tomáramos en serio a los museos…

  • Facilitaríamos la declaración de su misión.
  • Promoveríamos la existencia de planes museológicos.
  • Colaboraríamos con sus titulares.
  • Pediríamos consejo a sus profesionales.
  • Solicitaríamos opinión a sus usuarios (y sabríamos quiénes son).
  • Exploraríamos lo que otros actores (administraciones, universidades, empresas, asociaciones…) pueden aportar.
  • Fomentaríamos su gestión sostenible.
  • Potenciaríamos la investigación.
  • Compartiríamos conocimientos.
  • Impulsaríamos su difusión.
  • Lucharíamos por incrementar su papel en la educación.
  • Aprovecharíamos el trabajo en redes y la cultura colaborativa.
  • Formaríamos a su personal.
  • Solucionaríamos su retraso tecnológico.
  • Desarrollaríamos las normas que los gobiernan.
  • Cumpliríamos los planes de desempeño.
  • Evaluaríamos nuestras acciones mediante indicadores y no mediante estadísticas.
  • Y pondríamos al frente de esta labor a equipos profesionales y comprometidos”.

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. [Marcos 16:15]


Photo by CarlosIRT (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons

miércoles, 22 de abril de 2015

¿Museos multifuncionales?


Hay museos que parecen tener clara su misión, aunque solamente sea de manera intuitiva o por costumbre de hacer las cosas de determinada manera, la cual por azar resultó ser correcta, y hay museos que ni siquiera saben que se puede tener una misión. A veces los museos ni siquiera participaron en la configuración de su misión, por llamar de algún modo al hálito que inspiró su creación, pues ésta les vino impuesta por la habitual conjunción de intereses y ocurrencias que tantos museos ha creado en los últimos tiempos.
Esta indefinición, en lo que a la misión se refiere, parece una situación en la que muchos museos parecen encontrarse cómodos pues corren el riesgo de que, al plantearse para qué existen, se den cuenta de que nunca debieron haber sido creados o, lo que es peor, que quizá no tenga sentido que sigan existiendo. Plantear la mera cuestión de la continuidad de algunos museos parecería una postura iconoclasta si no fuera por la necesidad de hacer un esfuerzo de reflexión que asegurara la subsistencia de estos proyectos; muchos de ellos escasamente sostenibles o carentes de trasfondo.
La carencia de una misión, que señale para qué existe, hace que muchos museos desarrollen actividades destinadas al público que no parece que tengan relación con ella, al menos con la que entiendo que debería serles propia; y esto es cada vez más frecuente en determinados casos. A veces estas actividades son esporádicas, lo cual es beneficioso para la imagen y el propósito del museo pues proporciona frescura, variedad y complemento a una programación valiosa. Pero otras veces esas actividades se tornan en extemporáneas por la obstinación de sus responsables en mantener una oferta en su entorno; esta insistencia muchas veces se reduce a imitar modelos que han tenido éxito en otros lugares. Y ya sabemos que las copias nunca pueden sustituir a los originales, ni la acumulación de eventos convertirse en programación cultural.
Este planteamiento me parece inadecuado pues con él los los museos solamente recurren a un modo rápido y facilón de mejorar sus estadísticas, en un modelo de trabajo que simplemente deriva en autoengaño, ya que tiende a identificar el éxito en la concurrencia con un aval de la actividad por parte del público; ¿les suena esta interpretación? Es, ciertamente, propia de políticos.
Nos hemos acostumbrado a mantener que si una actividad congrega mucha gente está claro que el evento es atractivo y que podremos repetirlo una y otra vez mientras mantenga ese éxito. Pero claro, la trampa se encuentra en creer que la gestión del centro es acertada si solamente la analizamos desde el punto de vista cuantitativo y la justificamos en función de una pretendida difusión y promoción del centro. La falacia, en este caso, está en pretender que una mejor difusión y conocimiento del museo reside en la mera presencia mediática; el caso reciente de la pista de pádel en el anfiteatro de Mérida es ejemplo de ésto e ilustra muy bien en este caso sin tener que señalar casos similares en museos. Que los hay en abundancia.
Unir deporte con museos, cocina y alimentos con museos, conciertos con museos, libros con museos, ciencia con museos, bailes con museos, tratar de explicar la historia con clics, con plastilinas o maquetas sin aportar un discurso expositivo adecuado, destinar los espacios del museo a recolectar fiestas de cumpleaños y eventos parecidos, etc…, puede ser válido y recomendable si tiene que ver con la misión y los contenidos del museo. Pero desvirtúa y vacía el contenido del centro cuando responde a intereses espurios del titular o del director, cuando se compite por el público en un mercado de ocio que es tangencial al museo y cuando, sencillamente, se hace sin aportar nada a la experiencia como un recurso para llenar las salas. Es más, supone una competencia con otros espacios en la que el museo no debería entrar, a riesgo de perder terreno propio.
Foto @jl_hoyas

En la actualidad muchos museos adolecen de horror vacui en su calendario de actividades y en sus cifras de resultados. Las soluciones que algunos adoptan nos hace temer que, cualquier día, nos demos cuenta de que el museo que apreciamos se ha convertido en un centro cívico (en el sentido que normalmente le atribuimos), en un centro multifuncional donde se diluyen sus funciones. Y esto no tendría por qué ser malo donde haya un déficit de infraestructuras culturales, pero es una postura que genera escaso beneficio en lugares donde el “evento” se entiende como un objetivo final, en lugar de ser uno de los medios utilizados para alcanzarlo.
La cuestión está en saber si esta situación se debe a una falta de recursos o si se debe a un déficit de gestión o de competencia profesional. Si los museos desconocen cuál es su misión tendríamos que reclamar que se empeñen en definirla.