Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de febrero de 2025

RASCAYÚ EN LOS MUSEOS DEL MINISTERIO

El último charco en el que se ha metido el Ministerio de Cultura es el de la Carta de compromiso para el tratamiento ético de restos humanos en los Museos Estatales adscritos y gestionados por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura que podéis descargar aquí.

Charco digo porque el asunto tiene todos los ingredientes para ser pasto de los opinólogos profesionales que infestan las columnas de la prensa patria (infestar, por cierto, no es insulto sino la cuarta acepción de la palabra en el diccionario de la RAE). De momento no parece que los columnistas hayan advertido el verdadero y ¿oculto? potencial de esta decisión que, por otra parte, no hace sino incorporar criterios museológicos modernos a los grandes museos estatales. Pero es posible que ante el folio en blanco los escribidores acaben atacando este compromiso como una nueva imposición «woke» repleta de revisionismo y de gestos dictatoriales del progresismo. Sobre todo cuando se percaten de que este nuevo marco ético es un paso más en la descolonización de los museos por la que viene apostando el Ministerio de Cultura desde que se hizo cargo el ministro actual.

Ya escribí en su momento algo sobre esa cuestión (lo podéis consultar aquí) y entonces manifesté que la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos sino que implica la revisión de asuntos tales como las presentaciones con restos humanos. Sobre estas cuestiones los museólogos tenemos la obligación de fomentar debate, ya sea en el seno de los museos o en foros profesionales como el ICOM, lugar este en el que luego se generan los documentos comunes que guían la práctica museística. De uno de estos títulos, el Código Deontológico del ICOM, proviene este reconocimiento de los restos humanos custodiados en los museos que «deben ser tratados con respeto y dignidad, y de conformidad con los intereses y creencias de las comunidades y grupos étnicos o religiosos de origen». De aquí deviene su renovado significado no sólo como huellas biológicas sino como «vestigios de personas fallecidas que fueron separadas de su contexto funerario, sagrado o doméstico».

Esta reflexión de la comunidad museológica, y no otra, es la razón por la que ahora se presenta esta nueva visión de los restos humanos en el ámbito de las presentaciones museales. Y tiene bastante importancia porque al implicar a los museos públicos más importantes de España se establece una cierta ascendencia sobre el resto de los museos públicos, empezando por el resto de los museos estatales, gestionados fundamentalmente por las comunidades autónomas, y alcanzando a todos los que dependen de entidades locales, fundaciones públicas o incluso aquellos centros privados que reciban ayudas públicas. Evidentemente es mucho más fácil decir que hacer y la existencia de pautas adoptadas por el Ministerio de Cultura no implica que el resto de estos museos sostenidos con fondos públicos siga ese ejemplo; ni siquiera que, aun teniendo la voluntad de hacerlo, dispongan a corto y medio plazo de recursos suficientes. No obstante, las administraciones deberían plantearse la adopción de programas de reserva de restos humanos y la regulación de su presencia en los museos de financiación privada. No hay prisa para ello, pero no debería haber pausa.

Pero vayamos por partes (nunca mejor dicho) y resumamos a qué restos nos estamos refiriendo y qué implicaciones conlleva. En resumen, la Carta afecta a todos los restos físicos de la especie Homo sapiens, así como los objetos en los que se incorporaron conscientemente restos humanos, excluyendo aquellos en los que se pueda determinar razonablemente que han sido ofrecidos libremente o bien desprendidos del cuerpo sin modificar el mismo. Para concretar, el documento también señala los compromisos que se adquieren y ello atañe a un principio general de no exhibir públicamente restos humanos; a la valoración para la toma de muestras y tratamientos de conservación-restauración; a la manipulación, custodia y acceso en almacenes; a la investigación sobre los restos; y, finalmente, a la toma de imágenes. Resulta importante destacar que se deja abierta la excepcionalidad en la exposición pública para casos muy concretos; una solución que parece la gatera por la que colar la discrecionalidad que tanto nos gusta a los españoles.

Al igual que ocurre en cualquier definición existen aquí infinitas variables e interpretaciones y ello nos puede a llevar a preguntarnos qué fósiles de los yacimientos de Atapuerca entran dentro de esta categoría y cuáles quedan fuera (dejo para los expertos las disquisiciones sobre especies, subespecies y demás) y si en todos los casos se debe aplicar el mismo criterio sobre su exposición. Pero no queda la cosa ahí, porque la interrogación se extiende a todo tipo de momias y cuerpos disecados, vestigios de enterramientos, relicarios y reliquias, restos en formol, cualquier espécimen anatómico, etc. Si quieren ejemplos de cómo se tratan ahí fuera estos temas pueden acudir al recurso Regardingthe Dead. Human Remains in the British Museum o consultar HumanRemains and Museums: A Reading List.

Tumba de tégulas tardorromana de Niharra. Museo de Ávila. Foto de FLAVIVSAETIVS 
Archivo disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International.

Aunque, una vez más, España llega tarde a debatir estas cuestiones, resulta gratificante que el Ministerio de Cultura vaya incorporando los modernos criterios museísticos a la gestión de los centros de su dependencia. No faltarán las voces que señalen que no deberíamos gastar recursos en estas cuestiones menores cuando existen grandes necesidades y carencias en infraestructuras, medios y personal. Sin duda están en lo cierto a la hora de poner foco en esas insuficiencias, pero ese no es el debate en este caso. Bien está hacer lo que hay que hacer y no podemos coartar el impulso a iniciativas valiosas bajo el pretexto de una cuestión de prioridades. Cada demanda tiene su pulso, su recorrido y sus soluciones y estas solamente se pueden entender en términos de valoración técnica y de oportunidad.

A propósito de todo lo que hablamos cabe una reflexión sobre el uso actual de los restos humanos en los museos y las alternativas a su desaparición de las salas de exhibición. Los museos utilizan las colecciones para contextualizar un momento histórico o un conocimiento determinado y la relación del visitante con los objetos, ese «contacto directo», es irremplazable. Ninguna reproducción, sea cual sea el recurso técnico que la genera, puede reemplazar este vínculo, y cuando este se complementa con el acto interpretativo que facilita el museo, cuando la experiencia ante la obra permite adentrarse en el aura del objeto, se sublima una vivencia formada por emoción y exclusividad. En definitiva el bien cultural se llega a convertir en fetiche, si no lo era ya, y es precisamente ahí donde se encuentra el mayor valor que el visitante pude conceder a un objeto, ya que lo eleva a categorías distintivas, preeminentes, y lo incorpora a su propio imaginario. No es de extrañar por ello que en las salas del museo tendamos a una especie de iconolatría que nos lleva a venerar los originales por encima de las copias. Cuestión que no tendría mucha importancia a menos que nos lo indiquen expresamente, ya que dudo mucho que la mayoría del público sea capaz de distinguir entre el auténtico Cráneo número 5 y su reproducción.

Y en este mismo rumbo fetichista se encuentra la controversia de las reclamaciones patrimoniales, de las que también hemos hablado; véase aquí. Las demandas de restitución se hacen siempre sobre objetos muy concretos, y están destinadas a afianzar convicciones políticas, fundamentalmente nacionalistas, que rayan más en el sectarismo que en la formación de una identidad común. De este modo se comprende mejor que la primera reacción política a la propuesta ministerial haya venido de Canarias al manifestar los máximos responsables del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria y del Museo de la Naturaleza y Arqueología de Santa Cruz de Tenerife (un director de museo privado y un doctor en medicina experto en momias, por contextualizar) que para guardar en un almacén la momia de Erques, retirada de la exposición permanente del MAN, mejor la exponen ellos. Si a ello añadimos las expresiones "es inadmisible" o es "una ofensa para todos los canarios" emitidas por la presidenta del Cabildo de Tenerife observaremos mejor los flecos tan largos que cuelgan de la decisión del Ministerio de Cultura.

En la timba de la política cultural (siempre más política que cultural) a cada cual le toca jugar sus bazas y tener cuidado de cuándo se juega un triunfo, de cuándo se arrastra y qué cartas quedan por salir. Decir que la momia está mejor expuesta que en un almacén se puede rebatir con el argumento ya expuesto de que nadie va a saber si expones originales o copias a menos que lo digas. Pero también es cierto que si la momia tiene que ir a un museo a ser expuesta qué menos que vaya a un referente mundial en lo que se refiere a la conservación de este tipo de restos. Y a la vez, aunque el Ministerio de Cultura quisiera ceder la momia a un museo canario los términos del depósito encontrarían difícil encaje para un uso contrario al marco ético que rige tus propias colecciones. Muchas veces la suerte que tenemos es que la voluntad política oportunista y espuria choca con los criterios técnicos o encuentra trabas administrativas ineludibles.

Es evidente que es más impactante un sarcófago con muerto dentro, que las diferencias físicas entre un neandertal y un sapiens se observan mejor contraponiendo sus cráneos, que un relicario sin taba no ilustra del mismo modo la devoción por la santidad, que el concepto de vida eterna y divinización de los egipcios no se plasma igual sin la momia de Ramsés II... Todo ello es cierto, pero también es innegable que en la mayoría de las ocasiones la experiencia de la visita se puede lograr igualmente con diversos recursos que no sean los objetos originales. Por ello es plausible la iniciativa del Ministerio de Cultura; porque ha seguido las recomendaciones de los organismos internacionales en materia de museos, porque es de sentido común y porque, como dice la canción, «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver nada más».

jueves, 18 de mayo de 2023

VALLADOLID CULTURAL EN CLAVE ELECTORAL

Hace 8 años tuve el arrebato de comparar los programas electorales de los partidos que optaban a gobernar la ciudad de Valladolid. Mi ambicioso propósito era facilitar a los seguidores de este blog una herramienta que sirviera para analizar propuestas desde el punto de vista de la cultura y los museos e iniciar una tradición que aportara perspectiva a través de entradas sucesivas en cada cita electoral y que sirviera, además, como agenda para el seguimiento de la labor de gobierno y de oposición. Pronto me di cuenta de que la empresa no iba a ser fácil por la falta de costumbre de los partidos al dar difusión de los programas y por la escasa arquitectura organizativa y la ambigüedad más o menos generalizada en su redacción. Además, en la siguiente convocatoria se me echaron encima el tiempo y la pereza (quicir procrastinación) y fui yo mismo quien faltó la cita. Vuelvo a ella con la suerte, quien sabe si desgracia, de que el trabajo será más liviano pues en esta ocasión no hay convocatoria para las elecciones autonómicas.

En primer lugar, quiero celebrar que aquellas críticas que hacía en 2015 sobre la falta de difusión de los programas se hayan corregido razonablemente bien. Esta vez voy a analizar los programas de los partidos que actualmente tienen representación en el Ayuntamiento: PSOE, PP, Valladolid Toma la Palabra (que aglutina con las siglas VTLP a Izquierda Unida, Podemos, Equo y Alianza Verde), Ciudadanos y VOX. Pues bien, salvo este último partido, cuyos planteamientos no podremos valorar porque no ha publicado su programa, el resto de los partidos ha colgado sus programas de manera clara y evidente en sus webs en los primeros días de campaña y los ha difundido a través de las redes sociales. Agrada ver que en estos años hemos ganado en transparencia y en respeto a los ciudadanos, sobre todo para aquellos que nos gusta forjar opinión a partir de nuestro propio pensamiento crítico. Aunque solamente sea para afianzar posiciones o buscar críticas en lo opuesto, siempre es de valorar que exista la posibilidad de contrastar opciones.

La primera conclusión que podemos extraer es que hay una marcada contraposición entre los programas de los partidos que componen el equipo de gobierno desde 2015 -PSOE y VTLP-, frente a los de la oposición -PP, Ciudadanos y VOX-. Un somero vistazo a lo publicado nos muestra dos sesgos perceptibles en los programas: el del equipo de concejales actual, dentro de un marco progresista en el que la cultura se concibe como un bien esencial, participativo, espacio creativo de diálogo y debate, aunque bien es cierto que con alguna pincelada economicista. Y el de los munícipes de la bancada opositora, donde predomina la idea de la cultura construida sobre el mercado que busca el retorno económico en cada propuesta y donde prevalece el ocio por encima del disfrute; eso sí con alguna modulación en lo social. A ambos lados encontramos esa permeabilidad entre los bloques identitarios, provocada sobre todo por una contaminación conceptual generalizada que inventa una idea de la cultura como bien de consumo, herramienta al servicio del turismo o arma para la hegemonía cultural; estigmas que, por cierto, tantas veces hemos cuestionado en este blog.

Ejemplo evidente de esta diferenciación de actitudes y aptitudes se observa en las propuestas presentadas para el antiguo Monasterio de Santa Catalina de Siena, adquirido en esta legislatura por el Ayuntamiento y para el que debe haber unos cinco millones de euros de fondos europeos. Por un lado, el PSOE anuncia que lo convertirá en un centro cultural del vino con un hotel con capacidad para 20 habitaciones (pincelada liberal), al que añadirá un centro cívico-deportivo con piscina, gimnasio, un centro de día para mayores y un espacio para ampliar el archivo municipal (marco social); y sin que haya propuesta concreta para este espacio, VTLP, también pone el acento en posiciones de política cultural de avance social, coordinada y cohesionada. Por otro lado, el PP quiere promover un Parador Nacional tematizado en torno al vino y un gran evento bajo el nombre de Valladolid Wine Festival (cultura construida sobre el mercado), mientras que Ciudadanos habla de un espacio multiusos (modulación social).


Iglesia en Valladolid from Valladolid, España - Monasterio Santa Catalina de Siena. CC BY-SA 2.0. Created: 20 April 2018

Aquí debo decir que el proyecto para Santa Catalina de Siena es una oportunidad única para la cultura vallisoletana al disponer un espacio de más de 10.000 m2 en el centro de la ciudad. La verdad es que lo que se está anunciando parece ilusionante al combinar los usos públicos culturales y socio-deportivos junto a los usos de explotación turística y comercial, si bien chirría un poco lo de la piscina que, por otro lado, es un recurso que no existe en esta área urbana y que al parecer es muy demandado. Lo que echo de menos es que no se cree un centro museístico y es algo que asombrará en mí, poco dado a fomentar y jalear la creación inconsciente de museos. Pero creo que sería un lugar único para un museo de la ciudad, del que carece Valladolid y que no suple el recientemente creado Centro Marcelina Poncela, porque permitiría dar muestra digna a un sinfín de colecciones repartidas por otras instituciones, además de poder acoger depósitos y donaciones de particulares, y que podría articular una propuesta museística vallisoletana notable a partir de un eje constituido por el Museo Patio Herreriano, el Museo de Valladolid, el Museo Nacional de Escultura y este futurible museo, en un enclave privilegiado del casco histórico pues prácticamente todos ellos se encuentran dentro de la primera cerca medieval.

Y volviendo a análisis electoral es un poco descorazonador comprobar que, más allá de la orientación que adopta cada partido, se comprueba una diferencia determinante de esfuerzos a la hora de trabajar en los programas. Quien se tome la molestia de examinar todos los documentos verá que los del PSOE y VTLP se asientan en la confianza que da una trayectoria consolidada durante ocho años, trabajada y meditada, lo que le permite contar con una perspectiva que los lleva a presentar propuestas a futuro muy concretas y factibles y que, quizá por un proceso simbiótico, encuentra puntos de complicidad y trazos comunes; algo que deviene en unos programas precisos y ambiciosos. Por su parte, los documentos del PP y Ciudadanos se manifiestan como el resultado de una falta de bagaje reciente, a rebufo de los triunfos de sus contrarios y que muchas veces parecen ser una versión propia de lo que los otros han propuesto o el puro resultado de la idea sobrevenida, carente de reflexión y excesiva en la ocurrencia. Y lo inquietante no es eso, que podríais decirme que esta valoración es fruto de la subjetividad, sino que lo que de verdad alarma es que esta diferencia de esfuerzos ya se observaba en el análisis que hacíamos en 2015, lo cual es manifestación del interés que cada uno pone y ha puesto en el futuro de cultural de Valladolid y que califica el compromiso que se tiene respecto a los ciudadanos a gobernar.

No me quiero extender en un análisis concreto de las propuestas culturales, salvo para hablar un poco sobre museos. La verdad es que no hay demasiadas sugerencias sobre museos en los programas, más allá de generalizaciones y menciones a estas instituciones, además de alguna vuelta a proposiciones antiguas. De este modo vemos cómo el PSOE da una vuelta al Museo Patio Herreriano al quererlo conectar con grandes museos europeos, después de haber propuesto que fuera subsede del Reina Sofía, en una mención que no tiene mucho de concreta y que habría que contrastar con el proyecto del actual director. En este aspecto, no seríamos justos si no recordáramos aquí ciertas fricciones que sucedieron con la gestión de este museo. También apuesta el PSOE por un impulso al Museo de la Ciencia, algo necesario para un centro que no ha sido demasiado favorecido por las administraciones y que sin embargo es, gracias a su propio esfuerzo, uno de los referentes de la divulgación científica en Castilla y León. Es preciso recodar, asimismo, que esto ya se decía en 2015 y si bien no tenemos elementos de juicio para valorar si se ha efectuado, las sensaciones abogan por que sí se ha producido. Finaliza este partido con la aspiración de crear un Museo Nacional Interactivo y Digital de Cine, pero es una simple intención de negociar con el Ministerio de Cultura y la Academia de Cine que no especifica ni sede, ni colección, ni misión, ni financiación. Vamos, los cuatro pilares sobre los que se construye un museo.

Por su parte, como hemos indicado, VTLP y Ciudadanos hablan genéricamente de potenciar la coordinación de museos, la creación de grupos de trabajo, la captación de públicos y la mejora en su oferta cultural. Me sorprende algo la sencillez de la propuesta de VTLP para los museos y no tanto la de Ciudadanos, aunque al menos los tienen en cuenta muy a diferencia del PP que ni los menciona en su programa y que solamente los contempla en otra referencia que parece querer corregir su parquedad inicial: sin embargo, aquí la única actuación de enjundia se refiere a una medida oportunista para mencionar una instalación que nunca ha sido, y que probablemente nunca pueda ser, un museo. No debemos dejar pasar, tampoco, su idea de crear un Museo Nacional del Cine interactivo que remeda un desatinado corta y pega de lo que ya había formulado el PSOE.

Recomiendo que cada uno de ustedes se tome la molestia de leer los programas. A partir de aquí, saquen sus propias conclusiones y disfruten lo que van a votar.

miércoles, 10 de febrero de 2021

OPORTUNIDADES PARA SOBREVIVIR

Se va a cumplir un año de esta entrada en el blog. Una entrada donde apenas sabía cómo mentar la pandemia, donde ni imaginábamos que pasaríamos más de 50 días de estricto confinamiento y que nos esperaba una triste historia que no es necesario relatar por conocida y persistente. 

Creo que estamos dejando pasar lo que en su momento tomaba por una oportunidad para hacer mejores nuestros museos. Cierto es que se han ido tomado decisiones y que se ha avanzado en algunas cuestiones pero, sin embargo, no ha sido suficiente para aupar a los museos por encima del borde del agua. Si es que parece que apenas hacen pie y boquean entre saltitos para seguir respirando, lo cual no parece ser una situación deseable porque todos sabemos que al final te cansas y solo queda volver a un lugar seguro o ahogarse. En ambos casos tragas.

Asegurada la custodia y tratamiento de las colecciones de los museos, así como la protección de su personal gracias a la excelente labor de las autoridades sanitarias y el compromiso de sus dirigentes, y garantizadas unas condiciones seguras de visita sobre la base de la profesionalidad de sus trabajadores y la responsabilidad de los visitantes, hemos visto cómo en cuestión de pocos meses se ha pasado de lanzar el mensaje #LaCulturaEsSegura a cerrar los centros museísticos y otros centros culturales. Esto no ha sido así en todas partes, lo que únicamente demuestra que no existen soluciones universales contra las crisis y que los criterios de apertura o cierre de establecimientos mudan de una administración a otra o, simplemente, que sufren los embates de posturas más desafiantes que racionales y, lamentablemente, los vaivenes de la acción política o el furor arrebatado de la red social.

Particularmente no entiendo cómo se puede pensar que un museo es actualmente un lugar con alto riesgo de contagio. Suelen tener amplios espacios, los aforos están muy limitados, las medidas sanitarias (mascarilla, gel, distancia interpersonal…) son obligatorias, se siguen los protocolos apropiados y existen auxiliares de sala que controlan las circulaciones, de modo que pueden impedir la coexistencia de demasiados visitantes en una misma zona. Lo mismo pasa en lo que se refiere a los encuentros, conferencias, talleres o conciertos que alojan. ¿Entonces? ¿Por qué se cierran estos centros? Parece ser que se quiere contribuir a reducir el contacto social, pero me da la sensación de que no se ha explicado bien, ni suficientemente, que aun siendo los museos espacios seguros y donde se contemplan todas las garantías, se cierran para eliminar todo vestigio de trato interpersonal (que dicho así suena aterrador). Aunque realmente me da la sensación de que era la única operación que entrañaba un riesgo político asumible, por considerarlo limitado, y que añadía el suficiente impacto mediático como para enmascarar la ausencia de otras medidas (probablemente más previsibles). 

No entiendo tampoco que si lo que se quiere es restringir al máximo la circulación y el contacto se mantengan abiertas otras actividades sociales y se permita la interacción. No está en mi ánimo poner la mirada sobre otros sectores, que no soy de denostar la posición ajena para defender la propia, sino solamente hacer notar que mucha lógica no tiene que un visitante vea limitado su derecho a la cultura mientras se le permite rondar por otros foros en los que nadie parece estar preocupado por la seguridad del de al lado. Fiar el control del contacto social a la responsabilidad individual parece una quimera cuando vemos que esta medida es la menos responsable de todas y la más individualista.

Pero lo que realmente me tiene preocupado es ver algunos alegatos que dicen que tan “marginal” es el beneficio del cierre de los centros como el daño al sector. Creo que en el fondo de esas afirmaciones se encuentra latente la eterna consideración de la cultura, en este caso de la visita al museo, como una simple mercancía donde sus beneficios solamente se miden en términos económicos.

Si algo ha traído esta pandemia ha sido la constatación de que la cultura es un bien esencial y que sus beneficios ni son sacrificables ni se pueden colocar al final de la lista. La cultura, en sus numerosas manifestaciones, nos ha acompañado durante esta amarga procesión que transitamos entre positivos y fallecidos. En lo que llevamos de pandemia las creaciones culturales han iluminado espacios sombríos, han proporcionado entereza a las almas dolientes o han ayudado a dominar la desesperación. Pero igualmente han alegrado el espíritu y el ánimo, han generado relaciones y compromisos a través de dispositivos digitales, o incluso de balcón a terraza, y han evidenciado que la cultura se encuentra siempre cercana y que solamente puede entenderse si proviene del propio cuerpo social. Que únicamente es factible como expresión conjunta, mediante la fusión de sensibilidades y reflexiones, en un entorno libre, abierto y participativo. Así que al cierre temporal de los museos nunca se le puede considerar como algo marginal, que es lo mismo que decir que son algo secundario, accesorio o insignificante y que los daños a algo ínfimo, ínfimos son.

Otra cosa a tener en cuenta. La medida de cierre viene acompañada por la proclama de que es posible suplir la actividad presencial mediante una oferta online diversa (lo que es una redundancia porque diversas son las ofertas de los centros), gratuita (lo que de significar algo sería que quien sufre las consecuencias puede ser el sector creativo) y de calidad (estaría bueno que no lo fuera). En definitiva, un discurso grandilocuente y vacuo que elude admitir que escasea la estrategia digital y que solamente se está retrasmitiendo la actividad presencial. Que la retransmisión no sea por televisión o radio únicamente expresa que se ha ampliado el número de plataformas que permiten el acceso a la misma.

Internet está llena de estudios y valoraciones sobre cultura digital, así que no es preciso ahondar en el tema. Lo que sí parece necesario es darse cuenta de que no se debe confundir la mera trasposición en línea de una actividad presencial con crear o producir actividades digitales y considerar que una oferta digital se hace para reemplazar en lugar de para complementar. Los formatos, contenidos, plataformas, tiempos, lenguajes, públicos u objetivos no son los mismos y, además, este desconcierto implica riesgos añadidos. Entre ellos hay que destacar el riesgo de precarización de los profesionales, porque al reproducir una y otra vez las creaciones se puede restar valor a la creación y vulnerar el trabajo. A ello se puede añadir que los públicos consumidores son distintos y que su comportamiento es desconocido, como lo es la forma en que debe abordarse su comunicación y promoción; de modo que al intentar atraerlos sin criterio no conseguimos fidelizarlos y, por el contrario, podemos perder a los que ya teníamos en el ámbito presencial. Y no dejemos al margen a la siempre olvidada brecha digital, que parece que no nos queremos enterar de que no todos los ciudadanos tienen garantizado el acceso a equipamientos y de que hay muchas limitaciones en cuanto a la utilización y comprensión de los mismos. Y si además pretendemos limitar la evaluación de estos desempeños a las magras cifras de usuarios, estaremos haciendo una evaluación incompleta, lo que es ineficaz, ineficiente y quizá inservible para los propósitos públicos, y que solamente satisface al juicio lisonjero de la prensa.

En definitiva, si queremos ponernos un poco al día es preciso que los museos empiecen a crear nuevos contenidos para la nueva comunidad digital y eso no se hace a base de estacazos de streaming. Y para ello no es menos importante proporcionar nuevas estructuras de trabajo porque, no nos engañemos, la pretendida explosión de actividad digital deviene en la mayoría de los casos de la emergencia coyuntural de distraer recursos de otras áreas o competencias, o de una impuesta consigna de trabajo que devolverá a los centros a sus cauces habituales en cuanto acaben las restricciones de turno a la movilidad. “Las gallinas que entran por las que salen” es también una verdad absoluta en los museos.

No nos engañemos, el paisaje actual de los museos evoca al resultante del impacto de una bomba nuclear, de un tsunami, de un terremoto violento. Cuando museos públicos cierran o no alcanzan los ingresos suficientes para sostener su actividad, cuando solamente retienen el 30 por ciento de sus visitantes, cuando solamente nos fijamos en los grandes ballenas para hacer categorías de las excepciones y abandonamos al débil, cuando la carrera por la supervivencia se intuye a costa de otros, es necesario que nos demos cuenta de que esta crisis no es un paréntesis que permita volver a casilla en la que te encontrabas antes de empezar. Sobre todo porque, precisamente, el concepto actual de museo ya se encontraba en cuestión cuando la COVID-19 no había aparecido. Ahora ya no bastan planes de contingencia sino que estamos a expensas de que se aplique la política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria que ya se ha demandado otras veces.

Por supuesto no nos sirve el aforismo de que no hay que hacer mudanza en tiempos de tribulación, sino que es precisamente ésta la que nos empuja a transformar el museo. Y en esa ocupación debemos centrarnos y arriesgarnos, salvo que queramos ser el siervo que enterró el talento.

lunes, 19 de octubre de 2020

¡NO HIJA, NO! Es injerencia, no censura

Hace unos años (2016) advertí en este mismo blog sobre la deplorable situación que atravesaba el Museo Patio Herreriano el cual, escribía entonces, había caído “sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid” para convertirse “en pasto de pendencias políticas”.

Hay que reconocer que el paso de los años ha logrado poner de acuerdo a todos los grupos políticos. La pena es que se han conciliado para permitir, por acción u omisión, una nueva injerencia en el museo por vía de la imposición en sus salas de una muestra de Cristóbal Gabarrón. Si no están al día de la polémica y quieren acercarse a ella lean la admirable investigación de Elena Vozmediano.

Efectivamente, todos están de acuerdo en la jugarreta. Por una parte se encuentran los que pertenecen al equipo de gobierno: los unos, prietas las filas bajo el palio del talante sin osar importunar al cabecilla, y los otros, compañeros de viaje que saben que no conviene moverse demasiado en la foto de otro. Por otro lado, en el tendido diestro no son de abrir mucho los armarios para que no se vean los propios esqueletos, y a ellos se suman los que no se arriman por no saber si más arriba están de acuerdo y los que no saben si cargar al oír la palabra cultura.

No voy a calificar la obra de Gabarrón porque no entiendo de arte contemporáneo. La diferencia con otros es que yo lo reconozco y me fío de quienes se dedican a ello, que son muchos y valiosos, empezando por los propios artistas. Pero por si alguien no conoce al autor pueden encontrar cosas sobre él en esta valoración de Juan José Santos Mateo.

Hoy me dirijo al lector porque, desde el Ayuntamiento de Valladolid, la persona competente en la cosa (“competente” en el sentido de ostentar competencias y “la cosa” en el doble sentido de asunto y engendro) se ha manifestado en la prensa local. Y lo ha hecho para decir que quienes hablan de injerencia no son más que censores, procedentes del entorno del director del museo, que atacan la libertad de gestión municipal amparada por la legalidad y avalada por las urnas. Es decir, la triste y eterna historia de la legitimidad y del cheque en blanco electoral, con los toques afrutados del victimismo.

Yo, que no soy del entorno del director ni mucho menos sospechoso de querer sacar provecho político de esto, querría rechazar estos planteamientos con el respaldo de muchos años entre vitrinas, almacenes y burocracias museales, donde he visto tanta arbitrariedad que ya es difícil sorprenderme. No obstante, siempre he intentado mantener una posición independiente que he manifestado cuando me ha parecido (aunque me hayan hecho poco caso), del mismo modo que he procurado aplicar mi concepción del museo en todos los planes, textos, normas, reuniones o parlamentos en los que he participado. Habrá quien sepa distinguir esa huella en esos documentos y, aunque no sea relevante y esté al albur de los políticos que envician lo que tocan, al menos ahí queda y espero que algún día dé frutos.

Cierto es que ni el libelo concejil ni mi apología museal pasarán a la posteridad. El primero porque se perderá en el tiempo como páginas de hemeroteca y el segundo porque sólo es un ejercicio para mi propio solaz. De hecho, las obras y acciones de un sencillo concejal o de un mero ciudadano no tienen más trascendencia que la ofuscación generada por el deslumbramiento que otorga el poder temporal de un par de legislaturas. Si ni siquiera la memoria de un notable concejal, ministro y presidente del Consejo de Ministros está libre de la damnatio memoriae ¡cómo no lo van a estar las acciones de un jugueteo consistorial de provincias!

A mi parecer la munícipe ha cometido el error, o el atrevimiento por desconocimiento, de confundir crítica con censura, que la segunda es más un ejercicio del poder que del pueblo. A lo mejor lo hace por estar acostumbrada a palmas y refrendos en despachos, antesalas, agrupaciones o inserciones en regaladas rotativas, de modo que cree advertir un ataque en lo que no es más que un ejercicio ciudadano de protesta y una exigencia de rendición de cuentas, los cuales se pueden y deben hacer en el momento en que los hechos suceden, sin esperar a convocatorias electorales. Cuando, además, la crítica es razonada y en ella convergen las principales asociaciones nacionales relacionadas con el arte contemporáneo, artistas de prestigio, críticos de arte, profesionales de museos, los propios miembros del jurado que seleccionó al actual director y variados agentes de la cultura, lo menos que se puede hacer es tratar de razonar dónde se encuentra el problema, en lugar de agitar el látigo de la arrogancia y exhibir capacidades que no se tienen. 

Pues sí, la muestra de Gabarrón en el Museo Patio Herreriano es una injerencia. Y puede que no lo sea porque se quiera imponer una exposición, ni tampoco por la trayectoria del artista en cuestión, sino que lo es por el simple hecho de haber obligado a levantar una exposición para colocar otra, lo cual ha atentado gravemente a la autonomía programática del director, ha ultrajado gravemente al prestigio y a la obra de Eva Lootz y ha despreciado la confianza que los votantes concedieron a la propuesta ofrecida por su partido. En veinticinco años de profesión solamente me he tropezado con dos personas que quisieran adelantar la clausura de una exposición: a la primera se le pudo hacer entrar en razón con los sencillos argumentos de que las exposiciones no se cierran anticipadamente, en todo caso se prorrogan, y de que la prensa no iba a amparar tamaña tropelía. Lamentablemente la deriva moderna nos ha traído a un escenario en que un responsable político no dispone de asesores que le expliquen cómo hacer las cosas (o peor, que los ignore) y en el que la prensa no solamente no observa un papel vigilante de las buenas prácticas en las instituciones, sino que es cómplice de sus diatribas inconscientes. Sí, señores, nuestros políticos antes temían a la prensa. Qué habrán hecho unos y otros para que ya no sea así.

Pero no solamente es una injerencia, sino que es un rosario de menosprecios: a Eva Lootz, como he dicho; a los artistas que carecen de patrocinadores políticos y no pueden exponer en los museos más que a través de los criterios técnicos de sus programadores; a los ciudadanos que han confiado en su programa y en la aplicación de buenas prácticas ajenas a antojos políticos; al jurado que seleccionó al director y que con su decisión respaldó el proyecto curatorial y que de haber sabido que iba a ser intervenido quizá habría declinado su participación; al propio director y a su autonomía de gestión, sin más; al programa electoral municipal de su partido que quería hacer del Patio Herreriano un museo de referencia europeo (¿referente en amputar exposiciones e imponer programaciones?); y a la gestión eficaz de una institución pública, que presupuesta actividades para un período concreto para luego cerrarlas anticipadamente (¿acaso hemos gastado de más sin motivo?).

Foto Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons

No deja de sorprenderme la intrepidez de pergeñar una exposición en un museo a base de amalgamar a unos ofertantes externos, un área administrativa municipal, una fundación a la que solamente se recuerda por una turbadora espantada en la ciudad y un comisario universitario,  y que se empotre en la programación de “un museo de referencia europeo” bajo los argumentos del mejor servicio a los intereses de la ciudad; eso sí, sin asomo de informes técnicos al respecto, que ya que nos ponemos no parecen existir. Me maravilla porque siempre he pensado que los intereses ciudadanos se sirven facilitando presupuestos dignos a las instituciones, dotándolas de personal suficiente y adecuado, evaluando la gestión con indicadores cualitativos más allá de meras estadísticas de visitas, garantizando la independencia y autonomía de sus directivos, siendo transparentes en todas las decisiones que se toman, ganándose la confianza de sus usuarios y, en el caso de los museos, permitiendo que cumplían su misión. Y la misión del museo no es, por supuesto, acoger cumbres internacionales, actividades culturales aleatorias y ajenas a su plan museológico, ser un museo multifuncional, o pretender que sea un centro cívico con chorreras. La actividad ajena que alberga un museo es un complemento, una manera de equilibrar presupuestos o de habilitarlo como espacio de encuentro y atracción para conseguir otros objetivos. El evento es siempre un medio, nunca un propósito porque, de otro modo, el museo no es más que un matadero cultural, como decía G.H. Rivière. Alguien que sí ha dejado huella en la posteridad.

No conozco a Javier Hontoria, ni sabía de su existencia antes de verlo en los papeles, y desde luego no envidio el trago por el que debe pasar. No voy a ser yo quien sugiera lo que debería hacer, pues si se va puede parecer que deja el problema a otra persona que luego empezaría cuestionada su labor y quedarse puede ser visto como una claudicación; en ambos casos pierde el Museo Patio Herreriano, pero cualquier cosa que haga bien estará. Como yo mismo no sé qué haría, solamente quiero manifestarle mi apoyo como colega de profesión y como empleado público. Va a necesitar en el futuro mucha presencia de ánimo para convencer a futuros artistas de que el centro es capaz de mantener sus compromisos, mucho esfuerzo para convencer al sector privado de que sus posibles inversiones tendrán el retorno pactado y al margen de intromisiones, de que el Museo Patio Herreriano no se va a usar como un bonito telón de fondo para fotografías de ediles, incluso para que la Colección de Arte Contemporáneo…, bueno, dejémoslo ahí. Mucha energía para convencer de que lo que ahora se hace es una anécdota en lugar de una práctica habitual y para persuadir de que esta última época, que nacía bien auspiciada con un comodato renovado y una dirección elegida bajo un concurso público al amparo de las buenas prácticas, no es un nuevo episodio de un museo que ha acabado siendo una patata caliente que se ha ido traspasando de mano en mano a través de las legislaturas.  

Una cosa. ¿Se imaginan al Meadows Museum de Dallas llamando para adelantar la salida de los Berruguetes con un “se los devuelvo, que tengo un plan mejor y quiero hacer sitio”? 

Pero qué sabré yo de esto, que no me han elegido legítimamente ni asumo responsabilidades por ciencia infusa.

viernes, 8 de mayo de 2020

#EsteMuseoLoTransformamosUnidos


Cuando aún no imaginábamos el terrible golpe que la crisis de la COVID-19 iba a descargar a nuestra sociedad, durante los primeros embates de la pandemia, ya hubo tímidos intentos de prever los retos que iban a tener que afrontar los museos tras lo que se percibía como una interrupción drástica de la actividad habitual. En esa línea, yo mismo hice un intento de aportar soluciones en este blog.

En el artículo ya apuntaba una idea que quiero recuperar y ampliar, la de que siempre es buena idea convertir los problemas en oportunidades y trazar un plan que nos permita enfrentarnos a la situación. Es pronto para evaluar el impacto real de la pandemia sobre los museos, si bien ya se adivinan caídas de visitas, pérdidas ingentes de fondos para la financiación, desaparición de demasiados empleos directos e indirectos y amplias restricciones a la actividad cotidiana del museo.

Ahora quiero apuntar otras ideas que podrían orientar las acciones a adoptar tras la crisis. Algunas de ellas ya se han podido ver en otros lugares, otras provienen de mi forma de entender los museos, según lo que habéis podido ir comprobando en este blog. Es más, soy consciente de que no son válidas para todos los museos, que hay infinitas realidades museísticas y que predomina en nuestro país el museo pequeño, poco más que una sala visitable, teniendo las grandes “ballenas” una singularidad que requiere medidas diferentes. Este artículo quiere fijarse sobre todo en los los museos que siempre olvidamos porque les cuesta alzar la voz, en los “abandonados”. Y también quiere recordar a las administraciones públicas cuál ha de ser el objetivo de su gestión.

Hay tres ideas fundamentales que quiero señalar antes de nada. En primer lugar, el panorama de los museos va a cambiar drásticamente en algunos aspectos y va a tener que ser revisado en muchos otros. Los paradigmas existentes ya no nos servirán y no podemos esperar que la forma de proceder que veníamos utilizando siga teniendo validez. En segundo lugar, si hasta ahora hemos elaborado planes de contingencia para asimilar el mayor (quién sabe si peor) golpe de la crisis, que podrán  tener validez durante los primeros estadios de la vuelta a la “normalidad”, ahora es imprescindible que elaboremos un plan de subsistencia para salvar el mayor número de instituciones, empleos y recursos posibles y que permita iniciar una recuperación que impulse nuevamente a los museos como bienes esenciales para el desarrollo de la sociedad. Y en tercer lugar, pero no con menos importancia, ni ahora ni en el futuro deberemos consentir que la pandemia sirva como excusa para no aplicar una política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria; la crisis solamente puede ser utilizada como explicación para el colapso, pero no puede ser esgrimida para sostener falacias. Podremos excusar a quien se equivoca en la acción, pero no caigamos en la trampa de justificar la inoperancia. Y un bonus: como norma general no debe haber prisa por volver a abrir.

España tiene un “incontable” número de centros museísticos, la misma Comunidad de Castilla y León tiene hasta 400 a la luz de estadísticas más o menos precisas, que están esperando soluciones a múltiples problemas derivados de la crisis de la COVID-19. Así que querría de algún modo aportar ideas sobre las posibilidades existentes para que los museos inicien un camino que guíe su recuperación y que posiblemente conduzca a un cambio de rumbo en su progreso futuro. En los últimos tiempos se ha debatido internacionalmente sobre un nuevo concepto de museo; quién sabe si las acciones que inevitablemente se han de abordar no acabarán dando un vuelco al concepto.

Entre las diversas nociones que incluye la definición más ortodoxa de museo, se encuentra la de que es una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Centraros en esta idea porque es fundamental para lo que voy a decir a partir de ahora. Hasta ahora los museos se han venido quedando atrás en su labor como repositorios de memoria, destinados a desarrollar valores de justicia social y asegurar el bienestar de la comunidad, en favor de un papel como mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, e incluso como lugar de ocio multifuncional e indiscriminado, como un ágora cultural, diabólicamente entendida, que sólo puede transfigurar a la institución en un centro cívico “con balcones a la calle”.

En esencia, la política museística futura no puede seguir haciendo lo de siempre a riesgo de acabar de la misma manera. Hay que entender que los museos son una herramienta de transformación que hay que recalibrar, porque ya no cuenta con la métrica que la sociedad postconfinamiento requiere, y hay que hacerlo en tres horizontes fundamentales: el museo como institución, las colecciones que custodia y los usuarios que acoge.

Para cambiar el paradigma de los museos y aplicar las políticas museísticas más adecuadas hay que contar, inevitablemente, con los propios museos. Preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué les gustaría tener, qué les preocupa. Y hay que hacerlo tanto de manera individual como a través de interlocutores sectoriales, en foros adecuados, con voluntad participativa y abierta, ejerciendo liderazgo y siendo transparente. ¿A quién corresponde esto? A las administraciones competentes, que lo deberán abordar de manera directa y a través de observatorios, consejos o reuniones sectoriales. Aportando ideas, presentando soluciones e intercambiando criterios profesionales porque ¿de qué sirve que la política pública de museos sea diseñada por quien nunca ha pisado uno? Reflexionad sobre esto.

A la par va a ser preciso que, al menos hasta que existan vacunas u otras soluciones, los museos cuenten con protocolos claros para gestionar la pandemia. Existen ya varias recomendaciones genéricas y concretas para atender las necesidades de conservación, seguridad, prevención de riesgos laborales o control de visitantes. Quizá no sea mala idea facilitar una guía de gestión a nivel estatal, o al menos autonómica, que oriente a todos los centros, e incluso habilitar canales de comunicación que sirvan para solventar dudas y analizar casuísticas y que puedan proporcionar a los museos respuestas rápidas ante contingencias.

Por ejemplo, es imperioso controlar que los edificios de los museos están preparados para afrontar la nueva realidad. Entre las cuestiones prioritarias hay que considerar aquellas que permitan que las instalaciones se adapten a las exigencias sanitarias de un lugar público; y ello pasa por suspender cualquier apoyo a proyectos museísticos nuevos. Seamos claros, lo que no ha funcionado antes no lo va a hacer ahora, y la creación de nuevos museos por sí misma no va a fortalecer la recuperación económica, no va a atraer más turistas, ni va a generar más empleos. En estos momentos hay que concentrarse en salvar lo que existe, de modo que las aventuras museísticas, incluyendo las renovaciones expositivas profundas, no deberán ser las que obtengan más recursos de lo necesario.

Y qué decir de la viabilidad de los centros museísticos, no sólo la económica destinada a cubrir los costes de producción o mantenimiento, sino su rentabilidad social y cultural. ¿Están los museos convenientemente amparados por las políticas museísticas? ¿Conocen suficientemente el marco legislativo que les afecta? ¿Existen instrumentos de planeamiento que describen la hoja de ruta más ajustada a sus intereses y, de ser así, se evalúan y se publica sus resultados? Porque a lo mejor los museos viven a espaldas de las administraciones porque en el mejor de los casos no saben quién es el interlocutor válido, que nunca se ha comunicado con ellos, o porque sospechan que no van a ser atendidos, o porque las condiciones para serlo no son lo suficientemente transparentes y sí demasiado discrecionales. O sencillamente, porque lo que se les ofrece no cubre sus necesidades reales porque con demasiada frecuencia ven que el premio gordo se lo llevan los de siempre y a ellos no les queda sino la pedrea.

No voy a detallar el impacto tan brutal que la crisis va a tener sobre el sector cultural pues ya se puede analizar en otros lugares. Hay muchos profesionales que han perdido su empleo y que no tienen una perspectiva clara para recuperarlo, por lo que la prioridad actual debe ser la restitución del tejido empresarial que conforman las industrias culturales y creativas y de sus profesionales, sobre todo en su ámbito local inmediato. Pienso, por ello, que las ayudas económicas a los centros museísticos deben ir dirigidas sobre todo a dotarlos de actividades culturales, con el doble propósito de que sean puntos emanadores de financiación hacia sus “proveedores” y de recuperar el hábito cultural de la población. Es más, habría que buscar la complicidad entre los museos y otros sectores culturales como bibliotecas, archivos, compañías de artes escénicas u organizaciones sociales, de modo que se generen actividades que impliquen a varios sectores.

Se trataría de articular también acciones conjuntas a partir de módulos adaptables que se puedan reaprovechar en itinerancias. Pensemos en acciones integrables de fácil traslado, pero que al mismo tiempo admitan aportaciones personalizadas para cada lugar mediante una sencilla adaptación. Y pensemos en una distribución cronológica de las actividades para mantener un tempo cultural sostenido, un reparto que torne la estacionalidad en continuidad. Ya he comentado varias veces que no entiendo por qué los museos realizan durante días determinados aquellas acciones o servicios que no hacen durante el resto del año. Entonces, ¿qué nos impide que el Día Internacional del Museo o la Noche de los Museos se conviertan en el mes de los museos, en el trimestre de los museos, en las noches de los fines de semana? ¡Qué afán de echar el resto en un día, en una semana, cuando disponemos de todo el año!

Todo ello debería poderse articular a través de un sistema sostenible y solidario de trabajo en red, donde se potencie una serie reforzada de cabeceras territoriales o temáticas que dispongan de personal cualificado suficiente para apoyar al resto de museos. No es desatinado considerar que un país como el nuestro, con una estructura administrativa territorial hiperdesarrollada  (estado central, autonomías, diputaciones y ayuntamientos), puede generar asociaciones suficientes para distribuir recursos a los museos. Es más, los museos públicos deberían asumir el papel de ser los motores de la recuperación del resto. ¿A caso un pacto global para los museos, o una conferencia sectorial específica que permita aplicar inyecciones económicas donde realmente haga falta? ¿Ayudas ágiles y flexibles que se adapten a las necesidades de cada momento? Sí, ya sé que esto es España, pero soñar no cuesta.

Uno de los soportes fundamentales del museo como institución es su personal. El futuro museo, como tantos otros lugares, tendrá que preocuparse de no ser un medio de transmisión de la COVID-19 y deberá garantizar que se trata de un centro de circulación seguro. Y ello debe empezar por asegurar la integridad de sus trabajadores, por lo que es preciso que se certifique la información relevante en materia de riesgos laborales y en protocolos sobre medidas de higiene y etiqueta; no solo no queremos que sean centros de contagio y difusión del virus, sino que deberíamos convertir los museos en lugares de difusión de buenas prácticas y en sitios para la generalización de comportamientos sociales adaptados a la nueva realidad.

Escultura de A. Einstein en el Museo de la Ciencia de Valladolid
(foto del autor el 5.05.2020)
Esta cuestión, más que nada de sentido común, es la que nos permite precisar la visión sobre el papel fundamental que juega el personal del museo como protagonista de la actividad cotidiana. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad para que sean la punta de lanza de la definición del nuevo museo? En primer lugar, ya no podemos demorar más la realización de una profunda reflexión sobre si las plantillas de los centros cuentan con personal técnico y cualificado suficiente para desarrollar las funciones que les corresponden y, sobre todo, observar si sus condiciones laborales son justas y dignas. Y en segundo lugar debemos dotarlos de un entorno adecuado y de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, dentro de las que se encontraría la formación en línea. Proveer desde instrumentos tecnológicos al servicio de la conservación de las colecciones a formación en técnicas de atención al visitante, desde pautas de seguridad y control de públicos a mejoras en los procesos documentales, desde el aprendizaje en materia de comunicación al estudio de públicos, desde la investigación en cuestiones relativas a las colecciones a la incorporación de herramientas para la enseñanza. Entre otras cosas, porque ya hemos dejado que las empresas de servicios fagociten demasiadas áreas de los museos y hemos favorecido la precariedad profesional a costa también de comprometer la dignidad de los museos.

Junto a la expositiva, una de las funciones más conocida y apreciada de los museos es la custodia del patrimonio cultural, cometido que incluye la documentación de las colecciones o las medidas de conservación que se aplican sobre ellas y la posterior transmisión de las  mismas. A ella se destinan la mayoría de los recursos del museo y prueba de ello es que en las plantillas nunca faltan conservadores y conservadores-restauradores, si bien en la mayoría de los casos estos profesionales acaban asumiendo, por deseo expreso o por necesidad, otras muchas funciones como la investigación, la documentación o la comunicación. Y ello por lo que se refiere a los museos públicos más grandes, pues en una parte importante del resto, la plantilla se reduce a un gestor que lleva la administración y representación junto a la persona que abre y atiende; y a veces menos. A nadie sorprenderá que digamos que las oportunidades laborales que ofrecen los museos son escasas e inestables.

Al ser una de los pilares básicos de la existencia de los museos, las colecciones cobran en la situación actual una relevancia sin par. Y deberíamos estar pendientes de la situación en que se encuentran. En primer lugar, porque generalmente los museos no cuentan con planes de colecciones para definir su gestión y conservación. Y en segundo lugar, porque durante la crisis de la COVID-19 se ha podido comprobar que la mayor parte de los museos carecen de planes de protección ante emergencias; tengamos en cuenta que estos no solamente deben contemplar los riesgos derivados de robos, incendios e inundaciones, sino que en el futuro también tendrán que establecer protocolos correctos para posibles procesos de desinfección. Más allá de las magras dotaciones de personal, la generalización de la formación técnica de los responsables de los centros, así como una concienciación de sus responsables, proporcionaría una mayor preocupación por las colecciones, lo que permitiría ofrecer ayudas económicas destinadas a labores relacionadas con la conservación o restauración de objetos que, a su vez, generarían nuevas oportunidades de trabajo a pequeñas empresas externas.

En esta misma línea de oportunidades empresariales, cabría facilitar nuevas maneras de interpretar y presentar sus colecciones a través de un importante esfuerzo en la documentación y digitalización que fortalezca la relación de los museos con sus visitantes, fomente la participación o incluso aumente sus ingresos y donaciones. Asimismo, se debería explorar la plena inserción de los contenidos del museo en la educación a través de plataformas en línea que complementen la asistencia de esas visitas escolares que no sabemos si podremos seguir recibiendo, o la constitución en los museos de áreas específicas para usuarios en línea, de modo que puedan participar en la nueva vida del museo a través de seminarios online, videoconferencias divulgativas, congresos virtuales, laboratorios digitales, etc... Sin buscar una sustitución de los públicos a quienes se dirigen, sino para multiplicar la oferta museal, aprendiendo de cada sector y aplicando las conclusiones a la forma en que queremos presentar el museo.


Y por fin el usuario. Llevamos años llenando artículos y documentos logísticos con el mantra de los nuevos públicos, del acercamiento del museo a otros sectores de edad y a colectivos menos propensos a visitarlo. Incluso hemos empleado ríos de tinta en determinar cómo se acerca el público al museo, con quién, a qué hora, cuántas veces, cuáles pueden ser sus intereses y si el cobro de entrada permite valorar más la visita al museo o aleja a los usuarios potenciales, con el objetivo de conocer nuestro objetivo y explorar caminos no frecuentados. Pues bien, el primer trabajo al que nos enfrentamos ahora es el de recuperar a los visitantes que tenía el museo.

Va a ser preciso garantizar que la experiencia de la visita es segura. Ya hemos hablado de las implicaciones derivadas de los apoyos educativos y comunicativos, de las medidas de higiene y etiqueta o de las interacciones físicas. Pero no debemos olvidarnos de la gestión de las admisiones, la gestión de aforos para distribuir grupos o altas densidades, la ordenación de las circulaciones para asegurar la convivencia o la modificación de horarios dirigidos a una mayor flexibilidad de la afluencia. Estamos hablando, por ejemplo, de habilitar mecanismos de reserva de la visita, disminuir los pagos en metálico mediante el pago con tarjeta o disponer ventanillas en línea, de usar mamparas para proteger al visitante y al empleado, de reducir el tamaño de los grupos y gestionar turnos, de evitar la masificación, aglomeraciones o congestiones de visitantes, de ampliar horarios en determinados momentos y reducirlos en otros, de revisar el uso y disposición de apoyos educativos y comunicativos de riesgo como hojas de sala, juegos interactivos o audioguías. Todo esto puede exigir más personal así como una inversión importante en elementos de protección y, desde luego, un profundo análisis de la viabilidad de los centros a consecuencia de las nuevas exigencias.

La medida estrella de la mayor parte de los titulares de los museos durante el confinamiento ha sido la presentación en línea de contenidos culturales, siempre con la mejor de las intenciones. Sin embargo, entre los asuntos pendientes de los museos se encuentra su falta de hiperconectividad. El futuro va a exigir una serie de posicionamientos para los que la mayoría de los museos no están preparados. Solamente los museos más grandes tienen capacidad suficiente para romper la quinta pared a través de algo imprescindible, la incorporación de una estrategia digital a la estrategia global del museo. La renovación digital de los museos no pasa por intentar adaptar al entorno digital aquellos contenidos que no fueron concebidos más que para un entorno presencial, ni pasa por inaugurar o reactivar redes sociales, ni siquiera pasa por el uso de tecnologías más o menos novedosas, creación de apps móviles, generalización de programas de gestión o bases de datos; ni se encuentra en el fascinante descubrimiento de la videollamada. La mayoría de los museos no puede afrontar una renovación digital, pues carece de determinación clara fruto de un análisis técnico, y ni sueña con los medios tecnológicos adecuados o el personal cualificado para hacerlo. Y si han hecho un esfuerzo digital durante el confinamiento ha sido para no abandonar a la sociedad en unos momentos terribles, pues sus profesionales tienen claro que se encuentran a su servicio. Es más, han sido también víctimas del espejismo del teletrabajo; es decir, la falacia de que la organización puede mantener durante algunos meses una actividad similar a la que normalmente ejerce, mediante el traslado a los domicilios de un desarrollo laboral pensado para la mesa del despacho y gracias a la aportación privativa de dispositivos y conexiones, a la vez que se pretende que se está manteniendo el aprovechamiento con el solo propósito de dar la apariencia de que todo está bajo control.

Pero la pregunta, más allá de si sabremos adaptarnos al entorno digital, está si este esfuerzo adrenalínico se mantendrá una vez superado el confinamiento. Si el ímpetu desplegado para mantener la presencia del museo en la vida del ciudadano se prolongará mientras encontramos una organización, institucional y pública en muchos casos, que apueste por la reconversión digital de los museos y que no piense que está desarrollando una cultura 2.0 porque sube contenidos a Internet.


Por último, quiero insistir en una cosa. Es importante reforzar la presencia del museo en la sociedad futura. O mejor, es imprescindible reforzar la presencia comprometida del museo en la sociedad futura. Ya he hablado en otros lugares de la no neutralidad del museo, llegando a decir que “los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad” para renovar la sociedad. Redundando en ello, el museo es una institución de prestigio, un lugar de experimentación, debate y participación, donde el ciudadano puede plantear preguntas y hallar respuestas comunes, donde cada ciudadano puede manifestar visiones personales. La sociedad también necesita al museo para sobreponerse a la crisis de la COVID-19 y no podemos dar la espalda a este compromiso, sin olvidar que si un museo no toma partido, probablemente ya esté tomando partido.


Hace ya tiempo hice un “pequeño ejercicio de introspección museal” en el que desgranaba aquellas cosas que deberíamos tener en cuenta para afrontar una mejora de los museos. Lo que entonces era un artificio hipotético, se revela ahora como un ejercicio inevitable de supervivencia.

martes, 4 de septiembre de 2018

Cuando un museo se quema, algo suyo se quema


Desde que empecé en la arqueología, y luego en mi trabajo como conservador, he pasado largas horas inspeccionando fichas de objetos e inventarios, fotografías, negativos, piezas singulares o almacenes. También he limpiado y siglado miles de fragmentos de cerámica, etiquetado monedas, fotografiado esculturas, dimensionando cuadros y marcos o cumplimentando registros informáticos.

La documentación es una de las actividades importantes y necesarias que comportan el día a día del trabajo en el museo. Se puede abordar con mayor o menos entusiasmo, pero realizarla a mí siempre me ha generado una profunda satisfacción. Más allá del tedio que a veces supone, siempre he entendido que formalizarla es expresión incontestable del compromiso del museo con su público: el custodiar un determinado acervo cultural y garantizar su transmisión. Por eso, he encontrado muchas veces agrado en anotar un número, en matizar una fecha, en asociar una imagen a un texto o en registrar un nombre. Se trata de una labor en la que he hallado muchas veces el rastro de hombres y mujeres que han hecho antes lo mismo que yo y que contribuye a que me sienta más cerca de la memoria cultural de la sociedad. Esa sensación de que trabajo para un bien común hace que sea más feliz y por ello enterarme de la pavorosa tragedia que ha asolado el Museo Nacional de Brasil no puede generarme más que congoja por los brasileños y pena por sus trabajadores.

Hace unos días pensaba en que los medios de comunicación se pueblan en verano de noticias sobre museos que se limitan a desgranar las habituales cifras descarnadas y que éstas, sin ser indicadoras de nada, al menos servían para destapar alguna vergüenza. Lamentablemente, en el caso brasileño parece que se ha llegado a destiempo de destaparlas. Los titulares de los principales medios de comunicación se han estado centrando en los millones de objetos quemados, como si no fuera una gran pérdida la desaparición de uno solo de esos objetos. Y parecen olvidar el grave daño para la identidad de la sociedad brasileña (se han perdido colecciones insustituibles), el desolador impacto para su autoestima como comunidad (¿qué imagen damos al mundo si no podemos conservar nuestro patrimonio?), las profundas carencias de disfrute y aprendizaje por las visitas que ya no se podrán hacer (al menos hasta que el museo esté reconstruido, eso sí nunca en iguales condiciones) o el importante impacto que se sufrirá en términos económicos.


Da la sensación, algo que llevo tiempo apreciando, que solamente concebimos el patrimonio cultural por sus cifras, habiéndonos acostumbrado además a contar por arrobas, y que somos incapaces de valorar algo si no va acompañado por una métrica que nos facilite la comprensión. Seguramente existe tanta culpa en nuestra despreocupación como en la interesada visión que los políticos transmiten sobre su gestión. Ellos han conseguido hacernos creer que un incremento porcentual de algo es garantía de que lo hacen bien y nosotros lo hemos aceptado porque es más cómodo que ejercitar el análisis crítico. Somos meros devoradores de titulares, de tuits, de posts, sin que nos lleguen a interesar las fuentes, los textos elaborados o las opiniones (a favor o en contra) de otros. Así que hemos caído en la trampa de forjar nuestro criterio a partir de consignas publicitarias, lo cual dice muy poco de nosotros pues denota lo fácilmente manipulables que somos. Y nuestras lagunas impiden que entendamos que la protección del patrimonio es una cuestión esencial que nos incumbe a todos.

¿Acaso es por eso que no lleguemos a entender en su verdadera dimensión lo que está pasando estos días en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando? Aún no está claro dónde está el origen de los daños y a quién corresponden las competencias para solucionarlo, pero lo que es evidente es que nadie quiere tomar decisiones y todos tratan de endosarle el muerto a otro. Y mientras tanto, solamente la insistencia de un determinado periodista y el apoyo de muchos profesionales y amantes del patrimonio para dar difusión del hecho por las redes sociales han conseguido que se haya producido una tímida repercusión que permita pensar en que pueda haber un adecuado desenlace.

Todo ello nos lleva a preguntarnos si los bienes patrimoniales se conservan en condiciones seguras y cuál debe ser la participación de cada sector para garantizar el derecho a disfrutarlos y compartirlos, así como el deber de transferirlos a nuestros herederos.

Nada es simple. La seguridad de los bienes descansa en múltiples factores, bien definidos, pero que normalmente no se concretan de la manera más adecuada. De poco sirve que exista una regulación normativa apropiada si esta no se aplica o no es conocida por parte de quien debe cumplirla. No me vale aludir al axioma de que hay que cumplir la ley aunque no se conozca si la administración responsable no adopta medidas para sancionar el incumplimiento; dejando aparte que muchas veces se adolece de falta de campañas informativas o de sensibilización. Así que tampoco es asumible la postura de muchos titulares de bienes que argumentan esa falta de información para eludir su responsabilidad o que adoptan un bien calculado distanciamiento para argumentar que el patrimonio es común y común ha de ser su mantenimiento. Intelligenti pauca.

Que no se nos olvide que hemos delegado la ejecución de esta labor conjunta para salvaguardar el patrimonio en determinados individuos que han adquirido un compromiso con la ciudadanía; y que los nombramos cada cierto tiempo y tenemos la potestad de removerlos si no lo cumplen. Así que si deciden aplicar recortes, si no ejecutan los presupuestos, si no inspeccionan los bienes, si no se ponen de acuerdo entre ellos para adoptar soluciones, si priman determinadas acciones sobre otras, si desvisten unos santos para vestir a otros, si confían en que nunca pasa nada… ¡hasta que pasa, y con qué consecuencias!, deberíamos hacerles saber que no estamos dispuestos a consentir desmanes o caprichos y que sus errores tienen consecuencias.

Es tranquilizador saber que los grandes museos tienen muy bien definidos sus planes de emergencia (lo que no quita para que un museo deba actualizarlos para evitar sorpresas). Pero, ¿qué ocurre con el resto? ¿En qué grado cuentan con plan de seguridad los museos españoles? ¿Y los de Castilla y León? ¿Cómo gestionan los riesgos y emergencias? ¿Recursos como este de la Dirección General de Patrimonio Cultural se dan a conocer y se generalizan? Más aún, ¿cuántos museos cuentan con plan museológico? ¿Cómo es la formación de los trabajadores? ¿Y la de los agentes que participan en los siniestros? ¿Por qué nos lanzamos a apoyar nuevos proyectos de museos si ni siquiera tenemos claro si los existentes están en las condiciones que deberían estar? ¿La política museística es determinante en este aspecto? ¿Qué se ha hecho en los últimos años? ¿Destinamos a la conservación del patrimonio cultural los recursos suficientes y, si no lo hacemos, cuál es el motivo?

Si empezamos a hacernos estas preguntas, si nos atrevemos a expresarlas en alto y si demandamos respuestas a quien debe darlas, quizá estemos más cerca de evitar desastres como el de Brasil o el de la Real Academia de Bellas Artes.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Museums are "NOT" neutral


Andaba hace días pensando en que tocaba nuevo post, en que tenía abandonado el blog. En mi caso no soy capaz de encontrar hábito de escritura sino que dependo de la aparición de ese chispazo que te dice por dónde transitar, lo cual puede hacer que encuentre inspiración dos veces en una semana o dos veces en un año. Mal asunto.

En ello estaba hasta que leí este excelente post de Lluís Alabern del que quiero rescatar la frase “El museo, las salas del museo, deben mediar para hacer de la visita un ejercicio de libertad, placer y conocimiento, para contribuir a hacer del espectador un ciudadano crítico”, y esta fascinante imagen

Foto extraída del post de Lluis Alabern

Encontré una reflexión atractiva, con la que parecía estar rotundamente de acuerdo, que suscitaba nuevas rutas para seguir cavilando y que aportaba una estampa que me atrajo profundamente. Pero sabéis que la mente es caprichosa y que a menudo parece acoger abiertamente ideas que, como chinas en el zapato, no acaban de ajustarse bien y fastidian con persistencia hasta que te obligan a descalzarte para corregir la molestia.

Había algo que chirriaba en la frase “Museums are not neutral”, algo que me inquietaba coincidiendo con algún ejemplo muy reciente de museo que ha emitido un comunicado político específico. Esto me hacía preguntarme sobre la neutralidad de la dirección de ese museo, y por la de la propia institución, ya que el comunicado parecía suplantar la representación del titular del centro o incluso de todos los empleados, y no desvelaba si la postura del museo como cabecera de un marco territorial o temático pretendía envolver a los centros que se relacionaban con él. Quiero clarificar que mis disquisiciones van dirigidas a museos públicos y que la pregunta tiene importancia porque el sostenimiento del museo es compartido por los contribuyentes y es ante ellos ante quien hay que rendir cuentas. Ya que esto es un mero ejemplo ilustrativo, no busquéis aquí un juicio a la acción concreta y menos una posición a favor o en contra de la misma. Es más, quizá mi duda sobre ella ya suponga en sí decantarse por una posición concreta, lo cual sería una clara evidencia de que la neutralidad no es cosa sencilla de negociar y de mi necesidad de iniciar el debate. No obstante, ya que no quisiera herir ninguna sensibilidad con ello, me disculpo anticipadamente.

Posiblemente no haya respuesta para la cuestión sobre si el museo debe ser neutral, al menos de manera concluyente. Como para tantas cosas, la experiencia particular de cada uno, sus principios o incluso sus intereses determinan una respuesta subjetiva que puede oscilar entre una afirmativa cautela y una impetuosa negativa, pasando por una equidistante y, en ocasiones, tibia prudencia. Eso sí, en lo que si podemos estar de acuerdo es que cualquier postura puede generar conflicto, más aún en estos tiempos en los que los ánimos se calientan con facilidad y en los que el dedo internauta es suelto y precoz, dado más al ímpetu de la víscera que a la serenidad del pensamiento. Y ni siquiera yo tengo claro al empezar lo que pienso sobre el tema así que sirva, al menos este relato, como ejercicio retórico en el que se lancen preguntas sin que debamos esperar respuesta a todas. Quizá al final las encontremos.

¿Qué significa ser neutral? Quizá habría que empezar por definir los términos en los que nos moveremos y definir la neutralidad según lo hace el diccionario (sin duda el mejor instrumento que existe para ello), como la cualidad del “que no se inclina en favor de ninguna de las partes opuestas o enfrentadas en una lucha o competición”. Suponiendo que el museo se encuentra en un escenario de confrontación, deberíamos entonces determinar si la disputa es beneficiosa para conseguir sus objetivos y si se deben poner límites a sus acciones, o al menos acordar los caminos por los que pueden discurrir. Igualmente habría que delimitar el terreno en el que nos movemos señalando si la neutralidad es una actitud que corresponde adoptar o rechazar a todos los museos, ya sean públicos o privados, o si hay que dejar su adopción al albedrío de sus dirigentes. Ya que yo concibo el museo como un lugar de experimentación y participación resulta imposible que no haya debate, así que debo rechazar la neutralidad y admitir que el museo entra en conflicto con su entorno, con las colecciones que custodia, con el público al que se dirige, y con las bases de conocimiento que le inspiran para cumplir plenamente su misión.

¿Queremos o no un museo neutral? Uno tiende a pensar que en el mero terreno de la cotidianidad, el museo debería ser neutral para quedar al margen de posturas partidistas, porque ello nos proporciona cierta seguridad y confort y la tranquilidad de saber que quedan instituciones comunes alejadas del conflicto y la manipulación; despolitizadas, en definitiva. Pero, por otro lado, esto supondría restringir de algún modo el concepto que tenemos de museo y mantenerlo únicamente en el terreno de la convivencia de la sociedad, perdiendo la oportunidad de utilizar sus capacidades como instrumento para el desarrollo de esta. En tales condiciones contaríamos con un museo incompleto, y su neutralidad o parcialidad solamente serviría a determinados intereses, que tenderían a ser los de todos en el caso de los públicos, o los de unos pocos en el caso de los privados. Así que concluyo que la neutralidad del museo no reside tanto en una simple intervención o participación en los asuntos públicos, como en la manera en la que observa esos asuntos y la respuesta que aporta. Y que es por ello por lo que no deberíamos desear un museo neutral.

¿Puede ser el museo (no) neutral a conveniencia? Ante esto, es posible que razonáramos la presencia de opciones, digamos de compromiso, como la que defendería un museo institucionalmente neutral, pero que pudiera no serlo en su discurso, adaptándose entonces a las necesidades de objetivos concretos más o menos permanentes. Pero esto no sería útil, pues para conseguir un museo de este tipo habría de carecer de misión, lo cual desvirtuaría su existencia y lo sometería a intereses inmediatos. Tampoco sería de mucha utilidad la existencia de una institución que no quisiera ser neutral, pero con un discurso que pretendiera ser imparcial, lo que podría situarnos ante una entidad manipulable. En ambos casos el museo acabaría instrumentalizado y su existencia dejaría de servir a los intereses de la sociedad, por lo que se puede concluir que la neutralidad o no del museo depende más de su independencia que de quién se encuentre detrás de su presupuesto. Es más, si un museo es independiente es posible que acabe siendo no neutral porque podrá tomar partido sin reservas por opciones concretas, o al menos ofrecer la posibilidad de configurar discursos contrapuestos. En este caso, opino que la conveniencia del museo debe encontrarse en la adopción de posturas no neutrales.

¿Nos hace falta un museo no neutral? La respuesta parece intuirse ya en los párrafos anteriores. Podemos añadir que vivimos en sociedad y hemos dispuesto múltiples espacios de encuentro no neutrales como la plaza, la iglesia, el colegio, el puesto de trabajo, la junta vecinal… Así que, si estos espacios son lugares para tomar partido por las cosas que nos afectan ¿por qué habría de ser neutral el museo? Si los ciudadanos tienen derecho a intervenir en la vida pública y el museo es un lugar donde se integran algunos de los bienes esenciales del ciudadano, seguramente debamos interpretar que el museo es un lugar idóneo para crear un movimiento comunitario que sea capaz de renovar la sociedad. Y es que el museo puede estimular el pensamiento crítico, puede acercarse a los problemas desde diferentes o novedosos puntos de vista y lo va a hacer sobre la base de su propio prestigio como institución, a partir de su solvencia técnica y teniendo en cuenta que los valores que se utilizan se encuentran en transformación permanente. Naturalmente, la presentación de estas cuestiones va a estar sometida a posiciones subjetivas, pues el museo lo componen personas tanto a la hora de presentar el mensaje por parte del profesional como en la percepción del usuario. Todo planteamiento en el museo toma partido por algo, siempre hay más alternativas, así que al escoger una de ellas se orienta el discurso por un camino concreto que tendrá unas consecuencias más o menos deseadas. En definitiva, nos hacen falta museos no neutrales que medien para conseguir un diálogo crítico que nos aproxime a verdades. De otro modo el museo será un simple instrumento de propaganda.

Foto procedente de Encuentros Playgrounds. Isidro López-Aparicio. La Casa Tomasa. MNCARS

¿Estamos preparados para un museo no neutral? Llegados a este punto, quizá debamos plantearnos si somos capaces de aceptar un museo no neutral; algunos dirían comprometido. Por plantear ejemplos concretos, si para incitar a la reflexión el museo decidiera informar y debatir sobre cuestiones actuales, candentes, sensibles, como la desigualdad salarial, las migraciones, las nacionalidades, la dicotomía entre cultura y tradición, la educación, la relación entre religión y sociedad, el nivel de la pobreza, la memoria histórica, los límites del humor, o incluso el modelo de estado… ¿Dejaría insensible a la sociedad? ¿Se entendería? ¿Estamos realmente preparados para abrir debates de este tipo en el museo? ¿Estarían dispuestos los museos públicos a abordar tales cuestiones, es más se les permitiría? ¿Entraría la censura al terreno de juego? ¿Estaríamos dispuestos a ocultar piezas del museo para no generar conflicto? En virtud de las respuestas podrá cada cual saber si se encuentra preparado para aceptar un museo no neutral. 

Por último. ¿Cómo gestionar la no neutralidad? Bueno, aquí no nos sorprenderemos si planteamos que la base de la acción no neutral del museo reside en su misión, es decir en la definición previa de la razón por la que existe, de los objetivos que pretende cumplir y del motivo por el que lo que hace. En esta tesitura ¿sería simplista tratar de asociar la no neutralidad del museo con el sentido común? ¿Sería posible apelar solamente a la objetividad de quien gobierna el museo? O ambas cosas son interpretables y hemos de buscar valores que podamos aceptar como más ecuánimes y universales. ¿Y cuáles serían estos? Yo, si tuviera que plantear los cimientos de un museo no neutral, tengo claro que acudiría al consenso (para lo cual debería aceptar la colaboración solidaria de múltiples agentes), a la tolerancia (para lo que debería aprender a admitir cualquier idea ajena, incluso contraria), al respeto (mediante el cual observaría la dignidad de los aportes que voy a utilizar), a la independencia (gracias a la que evitaría considerar cualquier injerencia que se me presentara), a la empatía (con la que trataría de ponerme en el lugar de los destinatarios de mi mensaje para identificar sus expectativas), a la transparencia (pues no tendría, ni querría tener, nada que ocultar), a la mediación (para revelar o modular significados que pueden contribuir a desarrollar la sociedad), y también a las sensaciones (para facilitar el disfrute y la retención de conocimientos). Seguramente me dejo muchos. Estás invitado a contribuir con los tuyos.


Para concluir. La neutralidad suprime el conflicto y ello restringe nuestra capacidad de avanzar, y en este contexto considero que los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad si alguna vez la tuvo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Y tú de quién eres?


Cuando has pasado varios años trabajando en las entrañas de un museo, entre las piezas y su documentación o sumergido en los recuerdos que trabajadores y visitantes tienen sobre el centro, hay una cosa que te acaba quedando muy evidente: la institución museo permanece en el tiempo, con modificaciones de dispar calado pero con una integridad transcendente. Contemplar, cien años más tarde, las fichas de catalogación que un antiguo conservador redactó para el mismo objeto que tienes delante, te hace comprender que el museo está por encima de uno mismo y por encima del resto de personas que envuelven su entorno temporal inmediato. Esta percepción es fundamental para entender la labor que tiene el museo como custodio del patrimonio cultural y responsable de su transmisión, sobre todo si el museo es público.

La colectividad ha facilitado la existencia en estos últimos de trabajadores que conjugan su capacitación técnica con un compromiso específico, inherente al puesto, y que está destinado a salvaguardar el interés común a partir de un sistema de garantías. Estos empleados públicos reúnen su formación específica, sobre la que han desarrollado un depurado criterio profesional, con una larga experiencia asentada en la práctica, en la información proporcionada por empleados precedentes, en el contacto con múltiples y variadas escenarios profesionales y en el acceso a recursos solamente disponibles en instituciones de entidad suficiente. Exactamente lo mismo que un médico, un profesor, un abogado o un ingeniero adscrito al servicio público. Ténganlo en cuenta mientras leen el resto de esta entrada.

Estos primeros párrafos, cargados de conceptos incontrovertibles, son solamente el antecedente de la cuestión sobre la que hoy reflexiono. Me propongo lanzar el debate sobre las reclamaciones patrimoniales, sobre lo que muchas veces se llaman restituciones o devoluciones pero que en el fondo parecen tentativas de incautación al amparo de argumentos de ventaja política, con reivindicaciones populistas y grandes dosis de oportunismo. Estas demandas suelen estar manejadas por políticos mediocres y, por lo general, sumamente irresponsables.

Una precisión. No se trata de ponerse a favor de unos casos u otros, ni de defender posturas de parte, ni siquiera de hacer referencia a casos concretos por todos conocidos. Tampoco entra a valorar si los bienes han sido robados, incautados, comprados mediante engaños, vendidos (i)legalmente, regalados, entregados como hallazgo arqueológico o adquiridos en subasta. Es decir, esto no va de los documentos del Archivo de Salamanca, ni de los frescos de Sijena, ni de la Dama de Elche, ni de la Cruz de Peñalba, ni de los mármoles del Partenón, … O sí, a lo mejor sí va de eso.

Con recurrente frecuencia se genera debate sobre aquellos objetos pertenecientes al patrimonio cultural que se hallan fuera de su entorno original. Más allá de las dificultades que muchas veces existen para determinar con claridad cuál es éste (se manejan razonamientos como la geografía, el concepto, la propiedad, la trayectoria histórica, los derechos sobrevenidos, la herencia), solemos encontrar argumentos identitarios para justificar demandas de retorno y ni siquiera en este punto podemos aportar un término claro para designar a la solicitud (¿restitución, devolución, reposición, restauración…?). Lo que sí parece ser paradigma es que tras la mayoría de estas demandas se encuentra un componente aglutinador, teñido de identidad cultural pero que en realidad se acerca más al nacionalismo. La diferencia en este caso está, a mi juicio, en que el nacionalismo necesita fetiches para apuntalar su doctrina política, manteniendo una actitud profundamente exclusivista, mientras que la identidad cultural es un conjunto de percepciones individuales que puede utilizar símbolos para consolidar el sentimiento de pertenencia, pero utilizándolos como elemento integrador y sin necesidad de generar un culto al objeto.

La civilización vence a la barbarie (casi siempre)
Me gusta pensar que el museo se construye gracias al esfuerzo comunitario en las sociedades en las que se encuentran. El museo crece y evoluciona gracias a las aportaciones de sus visitantes, el empeño de sus trabajadores, la contribución de donantes y depositarios, el trabajo de los investigadores y, como no, el impulso político de personas a las que concedemos atribuciones para que gestionen y defiendan nuestros activos. Lamentablemente cometemos muchas veces el error de dar esos poderes a quienes no son capaces de administrarlos en beneficio del interés general; peor aún, somos capaces de tener la suficiente desidia como para permitir que algunos políticos confundan la defensa de nuestros intereses con la de los propios, ya sean individuales o grupales. De ahí que muchas veces por mediocridad, ignorancia o simple pereza, se acabe recurriendo a fáciles postulados reduccionistas que buscan rentas inmediatas y por tanto huecas.

Y esto nos lleva de vuelta a los empleados públicos. Ya les dije que los tuvieran en cuenta. El respaldo ciudadano a un político no puede ser aval, y menos argumento, para justificar acciones a las que les falta reflexión, del mismo modo que no puede servir para purgarlas en caso de que se violenten consideraciones técnicas para disimular carencias políticas. En concreto, en los casos de reclamaciones de objetos patrimoniales convendría atender con mayor respeto los criterios técnicos, que están amparados siempre por el rigor de un marco legal y muchas veces por la plasticidad del sentido común.

Naturalmente los criterios técnicos no son absolutos y la mayor o menor incidencia sobre un determinado factor puede decantar una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que esos objetos en discordia tienen su propia historia y en ella se encuentra gran parte de su significado. Arrancarlos del museo en que se encuentran, y enviarlos a un nuevo destino poco meditado y oportunista, podría ser un grave error pues su comprensión actual depende, en gran medida de la manera en que se presentan en el museo, del mismo modo que otros objetos se explican gracias a los vínculos interpretativos que un discurso museológico ha facilitado entre ellos. No pueden quedar al margen otros factores de gran importancia, como la existencia de un acceso más amplio a la investigación o al disfrute sensorial del objeto, ni tampoco de la capacidad de custodia, en ocasiones discutible en los nuevos destinos propuestos.

En conclusión, me gustaría evidenciar la frecuente falta de reflexión en la toma de decisiones políticas sobre esta cuestión y en cómo la obcecación partidista se encuentra tras muchas de las demandas de retorno. Y recordar al respecto que habrá que tener cautela, pues no debemos olvidar que la aceptación de ciertas demandas puede ser tomada como una invitación para elevar nuevas reivindicaciones. En caso de duda, la mejor decisión se basará siempre en la comunicación fluida dentro de los órganos de decisión, en una información transparente y en la búsqueda del consenso. Y deberá ser técnica.