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viernes, 6 de marzo de 2026

PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA

Quienes tenemos varias décadas de memoria electoral, o una cultura política por encima de la media, somos capaces de reconocer sin dudarlo la famosa proclama de “Programa, programa y programa” que Julio Anguita defendió mientras fue coordinador general de Izquierda Unida y del PCE. Su reduplicación le permitía apuntalar el criterio de que los acuerdos políticos o posturas de gobierno debían figurar en el correspondiente programa electoral. Este documento, por lo general, debía suponer un pacto entre el candidato y los ciudadanos.

Sin embargo, en la España actual, estos documentos se redactan de manera que el cumplimiento de ese contrato moral pueda ser alterado, demorado, interpretado o sustituido a conveniencia de la «parte contratante de la primera parte», con la consecuencia de que las medidas adoptadas serán irreconocibles al final de las legislaturas. Todo ello ocurre con la connivencia de los implicados, ya que los partidos políticos hacen esa redacción consciente y los electores somos condescendientes con los incumplimientos.

Por lo general, nuestra manera de votar se limita a elegir la papeleta del color preferido y perpetuar una monolítica opción política. Si bien es cierto que hay gente que cambia de papeleta, tengo mis dudas de que en la mayoría de los casos la decisión vaya más allá de la visceralidad y me temo que no suele provenir de un análisis comparativo y crítico. He de confesar que yo peco algo de lo primero, pero también declaro que soy de los que se leen los programas de los partidos y tomo decisiones en consecuencia.


De este afán instructivo surgió en su momento la iniciativa de comparar en este blog las propuestas electorales relativas a cultura. Si buscáis hay un par de ejemplos de Valladolid y uno de Castilla y León para las elecciones de 2015. Y creo que se ha producido suficientes cambios como para lanzarme a un nuevo examen de la clave cultural para las elecciones inmediatas.

Hay que empezar diciendo que en este 2026 los problemas que encontraba hace once años para consultar los programas han desaparecido prácticamente. No solamente los partidos los publican con más o menos suficiente antelación sino que los difunden profusamente por las redes sociales. Es más, ahora existen iniciativas ciudadanas como Aldea Pucela, una comunidad vecinal online que a día de hoy cuenta con casi 6.000 miembros, que han construido un magnífico comparador de programas electorales en Castilla y León que permite explorar propuestas, comparar por temática o incluso cumplimentar un cuestionario de afinidad. La consulta está provincializada y su información se basa en las principales formaciones que se presentan que hayan publicado oficialmente un programa electoral. Mis felicitaciones a este espacio de encuentro participativo digital por hacerme fácil la búsqueda de las medidas que me interesaban para redactar esta entrada.

Pero no solo he recurrido a esta utilísima herramienta, sino que me he leído la parte cultural de cada programa. A pesar de la disparidad en cuanto a las propuestas y la dificultad para analizarlas me he podido centrar en las del PP, PSOE, VOX, UPL, PODEMOS, SORIA ¡YA! y EN COMÚN.

El concepto de cultura de los partidos es muy dispar. Para empezar, se recurre muchísimo al uso del término cultura en el sentido de conjunto de conocimientos y pauta de comportamiento, sobre todo en aquellos partidos que son, por decirlo de algún modo, más excluyentes; de este modo el vocablo sirve para imponer límites de conducta y determinar el modo en que se concibe una determinada realidad social, lo que acaba condicionando todo el corpus político. Este uso sintomático de la palabra sirve también para estrechar los límites de las propuestas y es significativo cuando se refiere, precisamente, a la propia cultura (entendida como conjunto de modos de vida, costumbres, conocimientos, desarrollo artístico, científico, industrial, etc), ya que sirve para reivindicar tradiciones, espacios, hábitos particulares o manifestaciones patrimoniales muy concretas. En definitiva, la hegemonía cultural también se disputa en el lenguaje y es extensiva a todas las facetas de la vida cotidiana.

Existe también entre los programas un conflicto entre la consideración de la cultura como bien esencial y su apreciación como factor económico. La primera opción, que he defendido aquí en repetidas ocasiones, se expresa de manera evidente en el programa de EN COMÚN al entender la «cultura como derecho y no como negocio» y se intuye en las medidas que proponen PODEMOS y el PSOE, si bien este último pone el pie en ambas orillas al considerarla también un elemento de desarrollo económico. Por su parte, el PP es más dado a incidir en este aspecto de dinamización económica (la última legislatura es prueba de ello al insistir en el binomio cultura-turismo), mientras que los partidos regionalistas optan más por el factor identitario y reivindicativo de la cultura y VOX es más dado a la inmutabilidad de la tradición, más que a la versatilidad del cambio cultural.

En cuanto a medidas generales asistimos a la paulatina desaparición de conceptos bastante superados como el IVA cultural, o el mecenazgo, que han sido sustituidos por las ayudas y/o becas vertebradoras, la ruralidad, la generación de redes, el apoyo a colectivos sensibles, la promoción artística, la accesibilidad y la digitalización. En este cambio de dirección se puede observar una alineación hacia conceptos muy presentes en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pretendiendo quizá colocar a la cultura como un cuarto pilar, a añadir a la economía, a la inclusión social y al medio ambiente. Cada una de las propuestas electorales, a excepción de la de VOX, sigue esta orientación en mayor o menor medida, quizá porque sea inevitable en una sociedad moderna que haya cambios culturales en la educación, la igualdad de género, el consumo sostenible o la justicia.

En resumen, se pueden observar cuatro bloques programáticos, por decirlo de algún modo. El de los partidos de siempre, PSOE-PP, que mantienen una dinámica de décadas, trufada de algunas nuevas ideas y una cierta indolencia anclada en el resultadismo electoral. En línea parecida se encuentran los regionalistas SORIA ¡YA! y UPL, con una dinámica igualmente veterana pero embellecida con folclore. Le sigue el tándem PODEMOS-EN COMÚN, más situados en propuestas que apuestan por políticas culturales actuales pero cuyo atrevimiento puede buscarse en la seguridad que da la falta de expectativa ganadora. Para finalizar, encontramos a VOX con su brío alternativo y marginal, conservacionista y garantista, pero estabulado en una falta de discernimiento entre lo que es cultura y lo que es tradición.

En cuanto a medidas concretas no es este lugar para extenderse. Pero a nadie sorprenderá que la gran batalla y novedad programática de estas elecciones sea la tauromaquia. El resto sobre su promoción lo echan PP y VOX. El primero al manifestar que «merece nuestro reconocimiento y atención, como elemento constitutivo de la cultura española» y concediendo apoyo a las escuelas taurinas, al circuito regional de novilladas y las novilladas a caballo, a la Biblioteca Digital Taurina y el Portal de la Tauromaquia; cierto es que ya lo hace, así que tampoco promete mucho. El segundo, VOX, apuesta también por medidas muy parecidas, eso sí con expresiones algo más imperiosas y contundentes. No decepcionan PODEMOS en este tema, al defender la «exclusión de la tauromaquia del catálogo de patrimonio cultural con el horizonte puesto en su abolición» y la eliminación o redirección de ayudas destinadas a la tauromaquia hacia políticas sociales, culturales y de bienestar animal, ni EN COMÚN al apostar por redefinir la política cultural eliminando subvenciones a la tauromaquia, para destinar estos recursos a «actividades culturales basadas en valores sociales compartidos». Por su parte al PSOE, SORIA ¡YA! y UPL se les ha debido olvidar la tauromaquia porque no figura, o yo no la he visto, en sus programas.

Para acabar, ofrezco una breve relación de mi valoración general de los programas culturales de cada partido, junto a las propuestas que me han parecido más fascinantes y una palabra clave que los define:

  • PP: su programa parece una réplica de la estructura orgánica de la consejería de cultura a la que han antepuesto palabras poco comprometedoras como apoyaremos, fomentaremos, impulsaremos, respaldaremos, favoreceremos, intensificaremos, etc. Vayan a verlo, es una epopeya de sinónimos; 1000 medidas, todas así. Quieren consolidar AR-PA a nivel europeo, lo cual es de celebrar porque ya lo estuvo y se dejó pasar. INMOVILISMO.
  • PSOE: como hemos visto se sitúa en una equidistancia entre el anquilosamiento y el afán de tocar medidas innovadoras, cosa que no suele resultar. Me sugestiona la medida de hacer salas de exposición dependientes de los museos provinciales; me encantará ver si lo consiguen. QUIEROYNOPUEDO.
  • VOX: un aquelarre de toros, coros y danzas, ferias de gastronomía y reposteros. Es un programa nacional que podría trasladarse casi sin retoques a cualquier otra región. Van a fortalecer el vínculo histórico que Castilla y León mantiene con el Museo Militar de Burgos, cuya competencia corresponde al Ministerio de Defensa; más allá de eso, la verdad, tampoco hay mucha propuesta cultural concreta. RÚSTICO.
  • UPL: muy proteccionista, se centra en la recuperación de tradiciones y valores etnográficos, pero la contrapartida es que solamente se preocupan de los leoneses. Sin que esto sea malo, restringe su electorado y manda el mensaje de una cultura excluyente más que integradora. Lo de la creación de sedes regionales de museos nacionales es hacer un bucle al bucle del nacionalismo e imposible de conseguir; miren a ver cuántas se han hecho en los últimos 50 años. SUFICIENCIA.
  • PODEMOS: a priori presenta una buena batería de iniciativas concretas de política cultural, pero en su mayor parte imposibles de conseguir a corto plazo o en una sola legislatura. Me parece un programa muy sensato. La medida que me ha llegado al corazón es la de dotar a los Departamentos de Educación y Acción Cultural de los nueve museos provinciales de partida presupuestaria y personal necesario fijo y en plantilla para que puedan ocuparse del Área de difusión y sus funciones específicas. ENSUEÑO.
  • SORIA ¡YA!: programa muy similar al de UPL muy interesante en cuanto a museos, pero el problema es que la mayoría son estatales y deben recabar el permiso del estado para todo lo que quieren hacer. La idea de que se asuma su competencia es una trampa que nadie parece querer advertir; no creo que llegue, pero todo es posible. AUTOCOMPLACENCIA.
  • EN COMÚN: me parece un poco escaso, si bien las medidas que propone parecen acertadas y destinadas a crear una estructura cultural sólida. La mejor propuesta es la definición de la cultural como derecho. Dicen expresamente que suprimirán la Fundación Siglo; ¡olé tus…! CALZÓNQUITAO.

Diógenes Laercio expresó que «La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad». A las próximas elecciones ¿iremos adornados o seremos refugiados?

jueves, 18 de mayo de 2023

VALLADOLID CULTURAL EN CLAVE ELECTORAL

Hace 8 años tuve el arrebato de comparar los programas electorales de los partidos que optaban a gobernar la ciudad de Valladolid. Mi ambicioso propósito era facilitar a los seguidores de este blog una herramienta que sirviera para analizar propuestas desde el punto de vista de la cultura y los museos e iniciar una tradición que aportara perspectiva a través de entradas sucesivas en cada cita electoral y que sirviera, además, como agenda para el seguimiento de la labor de gobierno y de oposición. Pronto me di cuenta de que la empresa no iba a ser fácil por la falta de costumbre de los partidos al dar difusión de los programas y por la escasa arquitectura organizativa y la ambigüedad más o menos generalizada en su redacción. Además, en la siguiente convocatoria se me echaron encima el tiempo y la pereza (quicir procrastinación) y fui yo mismo quien faltó la cita. Vuelvo a ella con la suerte, quien sabe si desgracia, de que el trabajo será más liviano pues en esta ocasión no hay convocatoria para las elecciones autonómicas.

En primer lugar, quiero celebrar que aquellas críticas que hacía en 2015 sobre la falta de difusión de los programas se hayan corregido razonablemente bien. Esta vez voy a analizar los programas de los partidos que actualmente tienen representación en el Ayuntamiento: PSOE, PP, Valladolid Toma la Palabra (que aglutina con las siglas VTLP a Izquierda Unida, Podemos, Equo y Alianza Verde), Ciudadanos y VOX. Pues bien, salvo este último partido, cuyos planteamientos no podremos valorar porque no ha publicado su programa, el resto de los partidos ha colgado sus programas de manera clara y evidente en sus webs en los primeros días de campaña y los ha difundido a través de las redes sociales. Agrada ver que en estos años hemos ganado en transparencia y en respeto a los ciudadanos, sobre todo para aquellos que nos gusta forjar opinión a partir de nuestro propio pensamiento crítico. Aunque solamente sea para afianzar posiciones o buscar críticas en lo opuesto, siempre es de valorar que exista la posibilidad de contrastar opciones.

La primera conclusión que podemos extraer es que hay una marcada contraposición entre los programas de los partidos que componen el equipo de gobierno desde 2015 -PSOE y VTLP-, frente a los de la oposición -PP, Ciudadanos y VOX-. Un somero vistazo a lo publicado nos muestra dos sesgos perceptibles en los programas: el del equipo de concejales actual, dentro de un marco progresista en el que la cultura se concibe como un bien esencial, participativo, espacio creativo de diálogo y debate, aunque bien es cierto que con alguna pincelada economicista. Y el de los munícipes de la bancada opositora, donde predomina la idea de la cultura construida sobre el mercado que busca el retorno económico en cada propuesta y donde prevalece el ocio por encima del disfrute; eso sí con alguna modulación en lo social. A ambos lados encontramos esa permeabilidad entre los bloques identitarios, provocada sobre todo por una contaminación conceptual generalizada que inventa una idea de la cultura como bien de consumo, herramienta al servicio del turismo o arma para la hegemonía cultural; estigmas que, por cierto, tantas veces hemos cuestionado en este blog.

Ejemplo evidente de esta diferenciación de actitudes y aptitudes se observa en las propuestas presentadas para el antiguo Monasterio de Santa Catalina de Siena, adquirido en esta legislatura por el Ayuntamiento y para el que debe haber unos cinco millones de euros de fondos europeos. Por un lado, el PSOE anuncia que lo convertirá en un centro cultural del vino con un hotel con capacidad para 20 habitaciones (pincelada liberal), al que añadirá un centro cívico-deportivo con piscina, gimnasio, un centro de día para mayores y un espacio para ampliar el archivo municipal (marco social); y sin que haya propuesta concreta para este espacio, VTLP, también pone el acento en posiciones de política cultural de avance social, coordinada y cohesionada. Por otro lado, el PP quiere promover un Parador Nacional tematizado en torno al vino y un gran evento bajo el nombre de Valladolid Wine Festival (cultura construida sobre el mercado), mientras que Ciudadanos habla de un espacio multiusos (modulación social).


Iglesia en Valladolid from Valladolid, España - Monasterio Santa Catalina de Siena. CC BY-SA 2.0. Created: 20 April 2018

Aquí debo decir que el proyecto para Santa Catalina de Siena es una oportunidad única para la cultura vallisoletana al disponer un espacio de más de 10.000 m2 en el centro de la ciudad. La verdad es que lo que se está anunciando parece ilusionante al combinar los usos públicos culturales y socio-deportivos junto a los usos de explotación turística y comercial, si bien chirría un poco lo de la piscina que, por otro lado, es un recurso que no existe en esta área urbana y que al parecer es muy demandado. Lo que echo de menos es que no se cree un centro museístico y es algo que asombrará en mí, poco dado a fomentar y jalear la creación inconsciente de museos. Pero creo que sería un lugar único para un museo de la ciudad, del que carece Valladolid y que no suple el recientemente creado Centro Marcelina Poncela, porque permitiría dar muestra digna a un sinfín de colecciones repartidas por otras instituciones, además de poder acoger depósitos y donaciones de particulares, y que podría articular una propuesta museística vallisoletana notable a partir de un eje constituido por el Museo Patio Herreriano, el Museo de Valladolid, el Museo Nacional de Escultura y este futurible museo, en un enclave privilegiado del casco histórico pues prácticamente todos ellos se encuentran dentro de la primera cerca medieval.

Y volviendo a análisis electoral es un poco descorazonador comprobar que, más allá de la orientación que adopta cada partido, se comprueba una diferencia determinante de esfuerzos a la hora de trabajar en los programas. Quien se tome la molestia de examinar todos los documentos verá que los del PSOE y VTLP se asientan en la confianza que da una trayectoria consolidada durante ocho años, trabajada y meditada, lo que le permite contar con una perspectiva que los lleva a presentar propuestas a futuro muy concretas y factibles y que, quizá por un proceso simbiótico, encuentra puntos de complicidad y trazos comunes; algo que deviene en unos programas precisos y ambiciosos. Por su parte, los documentos del PP y Ciudadanos se manifiestan como el resultado de una falta de bagaje reciente, a rebufo de los triunfos de sus contrarios y que muchas veces parecen ser una versión propia de lo que los otros han propuesto o el puro resultado de la idea sobrevenida, carente de reflexión y excesiva en la ocurrencia. Y lo inquietante no es eso, que podríais decirme que esta valoración es fruto de la subjetividad, sino que lo que de verdad alarma es que esta diferencia de esfuerzos ya se observaba en el análisis que hacíamos en 2015, lo cual es manifestación del interés que cada uno pone y ha puesto en el futuro de cultural de Valladolid y que califica el compromiso que se tiene respecto a los ciudadanos a gobernar.

No me quiero extender en un análisis concreto de las propuestas culturales, salvo para hablar un poco sobre museos. La verdad es que no hay demasiadas sugerencias sobre museos en los programas, más allá de generalizaciones y menciones a estas instituciones, además de alguna vuelta a proposiciones antiguas. De este modo vemos cómo el PSOE da una vuelta al Museo Patio Herreriano al quererlo conectar con grandes museos europeos, después de haber propuesto que fuera subsede del Reina Sofía, en una mención que no tiene mucho de concreta y que habría que contrastar con el proyecto del actual director. En este aspecto, no seríamos justos si no recordáramos aquí ciertas fricciones que sucedieron con la gestión de este museo. También apuesta el PSOE por un impulso al Museo de la Ciencia, algo necesario para un centro que no ha sido demasiado favorecido por las administraciones y que sin embargo es, gracias a su propio esfuerzo, uno de los referentes de la divulgación científica en Castilla y León. Es preciso recodar, asimismo, que esto ya se decía en 2015 y si bien no tenemos elementos de juicio para valorar si se ha efectuado, las sensaciones abogan por que sí se ha producido. Finaliza este partido con la aspiración de crear un Museo Nacional Interactivo y Digital de Cine, pero es una simple intención de negociar con el Ministerio de Cultura y la Academia de Cine que no especifica ni sede, ni colección, ni misión, ni financiación. Vamos, los cuatro pilares sobre los que se construye un museo.

Por su parte, como hemos indicado, VTLP y Ciudadanos hablan genéricamente de potenciar la coordinación de museos, la creación de grupos de trabajo, la captación de públicos y la mejora en su oferta cultural. Me sorprende algo la sencillez de la propuesta de VTLP para los museos y no tanto la de Ciudadanos, aunque al menos los tienen en cuenta muy a diferencia del PP que ni los menciona en su programa y que solamente los contempla en otra referencia que parece querer corregir su parquedad inicial: sin embargo, aquí la única actuación de enjundia se refiere a una medida oportunista para mencionar una instalación que nunca ha sido, y que probablemente nunca pueda ser, un museo. No debemos dejar pasar, tampoco, su idea de crear un Museo Nacional del Cine interactivo que remeda un desatinado corta y pega de lo que ya había formulado el PSOE.

Recomiendo que cada uno de ustedes se tome la molestia de leer los programas. A partir de aquí, saquen sus propias conclusiones y disfruten lo que van a votar.

viernes, 3 de marzo de 2023

VOCACIONALMENTE HABLANDO

El trabajo es ese quehacer humano tan controvertido que nos sirve tanto para financiar nuestras necesidades como para realizarnos personalmente y es tan ansiado y denostado que muchas veces no sabemos si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar. No dudo que cada cual tiene más o menos claro por qué trabaja, ya sea porque no queda más remedio, porque algo hay que hacer o incluso porque se disfruta haciéndolo; que de todo hay en la vida. Eso suponiendo que tengamos acceso a un trabajo en condiciones dignas de ejecución y de contrapartida económica pues, desgraciadamente, no es una opción que siempre se pueda elegir.

La mayoría de las personas aspiramos a tener un trabajo y, si tenemos la fortuna suficiente, muchas veces responde a las ilusiones que nos fuimos creando en nuestros años mozos. Cuando todas las circunstancias se conjugan de manera excepcionalmente favorable conseguimos trabajos que nos satisfacen personalmente y que cubren nuestras expectativas, lo que es una gran suerte porque, al fin y al cabo, gran parte de nuestra vida consciente (y un poco de la inconsciente) la dedicamos a la actividad laboral.

Si con el correr de los años hemos accedido a una formación concreta y hemos acabado ejerciendo profesionalmente el oficio para el que nos educamos, es muy posible que podamos ser encajados entre aquellas personas que trabajan de manera vocacional. Pertenecer a esa extraordinaria categoría es, normalmente, sinónimo de que el trabajo va a comportar unos índices extremos de calidad, pues en el resultado de nuestros afanes se podrá encontrar eficacia, eficiencia, compromiso, productividad, creatividad, perspectiva…, y muchos otros galardones de los que carecen los trabajos chapuceros, toscos, imperfectos y mentirosos.

La vocación es más meritoria, si acaso, cuando se aplica a los trabajos públicos, ya que en aquellas acciones que benefician a muchos es donde se encuentra la posibilidad de conseguir grandes logros y, al observar una preocupación máxima por el bien común, donde desarrollar entornos sociales sólidos y pujantes. Como todo ello contribuye al progreso y al bienestar, los trabajadores públicos que ejercen por vocación, y que suelen poseer una importante vocación de servicio, han de ser valorados como elementos indispensables de la arquitectura de una sociedad avanzada. Que lo sean o no es una cuestión para tratar en otro momento.

Personalmente mi vocación siempre fue la memoria del hombre. Con seis o siete años descubrí fascinado que existía algo anterior a la Historia que alguien había categorizado en Edad de Piedra, Edad de Bronce y Edad de Hierro. Desde ese día tuve claro que mi futuro se encontraría en el estudio, descubrimiento y qué se yo lo qué del hombre y su paso por el planeta. Y con el devenir de los años acabé estudiando Arqueología para acabar dedicándome, por esas cosas de la vida, a los museos desde una administración pública. Y he de decir que, gracias a otras influencias ambientales, he procurado aplicar a mi capacidad profesional todos esos valores de mi personalidad que catalizan mis aptitudes: responsabilidad, lealtad, respeto, honestidad o justicia entre otros. Añado también que en todos estos años me he encontrado muchas personas con semejantes aptitudes, en este caso en el ámbito de la cultura, y puedo afirmar tambien que no se encuentran únicamente en aquellos oficios que solemos considerar como puramente vocacionales como la medicina, la educación, la cultura o la seguridad, sino que son frecuentes en personas que trabajan en la pura y dura administración de las cosas y las gentes.


Aunque, por desgracia, entre nosotros también podemos encontrar a otras personas cuya única vocación es consigo mismas. Da igual cuál sea su oficio original o cómo se haya desarrollado su trayectoria que siempre encuentran la mejor manera de lograr el beneficio propio. Suelen ser muy hábiles, sibilinos, narcisistas, amantes de lisonjas, las ocurrencias, el reparto discrecional y el conchabe, y tienen un punto de sociopatía que les empuja con todo y sobre todos para alcanzar sus objetivos gracias a su falta de empatía, escrúpulo y remordimiento. Si hace falta son mercenarios, sobre todo de sí mismos, y si tienen que usurpar el oficio de otro no encuentran problema pues consideran oportuno todo movimiento que les mantenga cerca de sus propósitos. Como tampoco son constantes, van y vienen porque han abdicado del esfuerzo que conlleva el compromiso, son líderes de la mediocridad inoperante y maestros del artificio y del oropel.

La mayoría de estas personas son encuadrables en dos categorías: los tontos y los malos. Y aquí es donde siempre topamos con el eterno dilema de quién es peor, si aquel que no sabe lo que hace por ignorancia o el que hace las cosas perversamente. Particularmente creo que los tontos son más peligrosos por la sencilla razón de que son impredecibles, mientras que a los malos se les ve venir. El malo es muchas cosas, pero de entre ellas la más reseñable es que es cobarde, por lo que puede ser relativamente fácil de contrarrestar; cuando sabes de lo que es capaz puedes aplicar contramedidas y, sabiendo que es espantadizo, rechazarlo con cierto éxito. Pero el tonto es ignorante, incauto, errático e inesperado, de modo que no sabes cómo actuar contra ellos y las consecuencias de sus actos pueden ser desastrosas; quizá sea por ello que los malos utilizan a los tontos, pues son manipulables, enfermizamente obedientes y tan compulsivamente serviles que les sirven bien para esconder sus miedos y alcanzar sus deseos mediante el método del ruina montium. Apenas quiero pensar en que haya tontos maliciosos o malos atontados, pues sería regodeo o vicio de sufrimiento; tortura masoquista sin más. Pero veo tanto de ello a mi alrededor que, si no fuera por la suerte que tengo de dormir excelentemente, contaría mis sueños por pesadillas.

Mis amigas, mis amigos, mis amigues (esta expresión es para los ofendibles) saben que empecé este año deseándoles felicidad y recordando que la civilización siempre vence a la barbarie. En estos tiempos de tribulación me gustaría enfocar las diferencias entre una y otra, como información de servicio y por si no se han parado a distinguirlas;  o por si tienen oxidado el pensamiento crítico, que es cosa frágil que no conviene tener a la intemperie si no se va a usar. La barbarie la hallamos fácilmente en aquellos que priman el beneficio ante el servicio, se encuentra también entre los que enarbolan la bandera de la hegemonía cultural, aparece con frecuencia entre los que confunden la fe con la idolatría, y pretenden hacer de ambas la norma común que someta la sociedad de todos, y es muy común en aquellos que no distinguen entre cultura y tradición, llegando a jalear el maltrato y la ofensa a la memoria hasta el punto de cuestionar y agredir los derechos que tanto cuesta adquirir.

Por su parte, la civilización se halla entre los desinteresados, los que buscan la concordia y respetan la diversidad, o en los que admiran la razón y aman la ciencia y es modelo habitual de conducta para aquellos que dignifican la custodia y trasmisión del patrimonio común y los valores universales. Así de sencilla y abrumadoramente contundente es la civilización. Tan absoluta que se comunica mediante acciones y no por medio de lenguas.

En definitiva, la barbarie y la civilización son la compañía que elegiste al elegir vocación: tú o todos.  Si eres de los primeros, la mala noticia es que siempre te recordaremos según tu elección; la buena es que estás a tiempo de cambiar.

jueves, 11 de marzo de 2021

ALGUNAS ANALOGÍAS CONFUSAS

Ya sabéis que me gusta la precisión en el lenguaje. Quizá sea manifestación inocua de mis manías compulsivas, acaso cosa de mi carácter cartesiano, tal vez muestra vehemente de ese ensoberbecimiento tan natural en mí. O simplemente una sublimación de semejantes defectos que resulta en una afición por emplear diccionarios de consulta, de uso o de sinónimos, y que tiene como consecuencia el que tarde más de lo normal en rematar mis escritos.

Ser impreciso al usar la lengua resulta ineficaz pues fragiliza los códigos de transmisión y distorsiona el mensaje. Del mismo modo muestra pobreza de recursos comunicativos o pereza para usar la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar e incluso conlleva peligros.

Está claro que cada uno usa las palabras del modo en que cree que mejor van a explicar sus razonamientos y por ello hay tantas formas de decir las cosas como autores. Pero es también evidente que detrás de la elección de un vocabulario determinado, y de la selección de figuras retóricas, existe un trasfondo que muestra lo que se piensa de las cosas. Nuestra interpretación de las mismas se forma a partir de experiencias, conocimientos y procesos críticos que generan las ideas que rigen nuestras acciones de modo que, si partimos de supuestos desacertados, o desde prejuicios y falsos planteamientos, podemos llegar a entender las cosas de modo diferente a cómo son en realidad.

He observado que el relato periodístico sobre todo, pero también de las administraciones públicas, muestra a veces un concepto del patrimonio cultural bastante alejado de la realidad, por lo general incompleto y sesgado, demasiado pendiente del valor mercantil de los objetos y que deja al margen su relevancia como herencia o como conjunto de rasgos que se transmiten y que configuran nuestra identidad cultural. Y creo que es posible que la confusión derive del uso de la palabra “patrimonio” que, para bien o para mal, solemos tener más asociada a bienes y riquezas. También es probable que si generalizáramos la palabra “herencia” o, mejor, “legado” nos acercaríamos más a interpretaciones más relacionadas con la identidad, la continuidad o la creatividad y que eso nos llevaría a considerarlo como algo propio, común y activo. A lo mejor por eso los ingleses usan la palabra heritage en lugar de patrimony.

Por eso me desconsuelan una serie de voces que tradicionalmente se suelen vincular a las prácticas relacionadas con el patrimonio cultural y, en concreto, a los museos, la arqueología y el arte. Y como ya expresé en otra ocasión, más por divertimento que por crítica (que también la había), a veces son prueba de un desconocimiento, sensacionalismo o presuntuosidad que, al pretender hacer más llana la comprensión del mensaje “sacrifica las virtudes propias de los bienes a costa de conseguir una valorización imperfecta”.

Entre estas expresiones se encuentra la célebre “museos vivos” o “dar vida a los museos”, un recurso retórico que representa la intención de estimular la acción de alguno de estos centros y que puede vincularse a una estrategia para impulsar sus entornos inmediatos, ya sea social, cultural o económicamente. El error al usar la expresión se encuentra en que si hay que vivificar un museo es porque entendamos que estaba muerto o porque creamos que estas instituciones lo están habitualmente y eso es una obsesión que está tan arraigada en la mayoría de la ciudadanía como en un altísimo porcentaje de aquellos a los que les corresponden las competencias de los museos. “Museos vivos” es una frase que también se utiliza para camuflar períodos de indolencia institucional, para desmarcarse de responsabilidades previas o para ostentar una ilusoria imagen de renovación. Posiblemente gran culpa de estos usos provengan de un mal entendimiento, inconexo y descontextualizado, del famoso manifiesto de Marinetti en el que se abogaba por una transformación radical a partir de la destrucción del pasado. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo en qué acabo su deriva ideológica, es posible que articular discursos a partir de su dibujo de los museos como cementerios del arte no sea la mejor de las opiniones.

Relacionada con esta última idea se encuentra la de pensar en los museos como lugares de almacenamiento sin medida, centros de acumulación de objetos polvorientos y de cajas apiladas en equilibrio precario. A este esbozo han contribuido tanto la imagen de cierto arqueólogo que busca arcas para reservarlas luego en el olvido burocrático, como la del conservador abstraído que solamente cuenta con tiempo para el estudio y la investigación, apenas preocupado por si los objetos se presentan como deben. Parece claro que el museo y sus profesionales no hacemos suficiente para arrinconar estos arquetipos, e incluso diría que hay quien los fomenta porque “si la gente no viene al museo tampoco la vas a obligar”. En definitiva, la imagen del museo como una necrópolis desatendida se soluciona explicando lo que se hace en el museo y por qué se hace, es decir, explicando su misión y, por supuesto, abriendo de algún modo los almacenes como hizo recientemente, con tan buen acierto, el Museo Nacional de Escultura con su exposición “Almacén. El lugar de los invisibles”.

Entroncando también con este imaginario se encuentra igualmente el uso tan extendido de la palabra “tesoro”, que suele venir acompañado de vocablos como “atesoramiento”, “joya”, “secreto”, “botín” o “trofeo” y de expresiones como “amasar”, “acopiar” o “caja fuerte” que pueden servir todas ellas para ilustrar una imagen del museo entendido como un sagrario para depositar las excelsas muestras de un patrimonio cultural, considerado éste como símbolo de una determinada cosmovisión. Y que, apelando a la pasión más que a la razón, se acerca tanto a los nacionalismos excluyentes que, bajo la falsa apariencia de la identidad, se constituye en elemento divisorio más que en factor de integración. “Lo tengo yo hablado con todo el pueblo. Pregunte, pregunte por ahí, si quiere”.

La literatura museal siempre ha tenido como antecedentes de los museos, entre otros, a los tesoros de las iglesias medievales, pensados para albergar objetos con valor económico o simbólico, a las colecciones reales, para el disfrute personal y muestra de estatus, o a las acumulaciones de los eruditos renacentistas, como repositorio humanista para el conocimiento del mundo. Sin duda son magníficos ejemplos de cómo se fueron configurando las colecciones de objetos en el pasado, pero actualmente no podemos equiparar estas taxonomías a los que significan los museos hoy en día. Las instituciones museísticas actuales buscan su camino como lugares de acción social y participación humana, de modo que percibirlos como meros relicarios envía un mensaje reprochable. Los ciudadanos hemos confiado su custodia a instituciones y profesionales y si su labor se limita a la acumulación de objetos sin compartirla (ya sea por interés monetario, de prestigio o científico) tendemos a sospechar que en el acaparamiento existe la intención de medrar beneficio en la escasez o en la exclusión. De modo que, detrás del uso de estos términos puede acechar la imperdonable idea de que los museos guardan para sí los bienes culturales que a todos pertenecen y que esto se hace porque no todos somos merecedores de su disfrute o porque se quiere reservar (esta voluntad no tiene por qué ser consciente) para una élite cultural que suele serlo también en lo social. Incluso podría verse un interés en monopolizar conocimientos que, mediante el sacrificio de la transparencia y del acceso universal, resulta en una manipulación del mensaje y en una represión de derechos.

Junto a todo lo anterior también se encuentra uno de los usos del lenguaje que más me fascina. El que ofrece experiencias museísticas bajo la divisa de que son un lujo al alcance del usuario; así, como si fueran alhajas en su estuche (que un poco sí lo son, pero por otros motivos). Naturalmente quedo sobrecogido por estos modos, no diré que sorprendido sin embargo, porque creo que un museo es cualquier cosa menos un lujo. Llevamos más de doscientos años intentando precisar lo que es un museo, sin que hayamos conseguido tener clara una definición del mismo, pero si en una cosa estamos de acuerdo es en que los museos garantizan el acceso universal a la cultura y a los bienes públicos, por lo que son instituciones no excluyentes y asequibles; al menos coincidimos en ello un número importante de quienes estamos pendientes del asunto. 

Asociar a los museos con el lujo es un pensamiento tan tosco como los ya vistos respecto a los tesoros y suele ir también acompañado de frases donde el término museo viene acompañado por otros tan turbadores como “esconder” u “ocultar”. A veces, disimulados entre las líneas de actuación de las políticas públicas, o de los escritos de la prensa, podemos encontrar estos mensajes equívocos que provienen de concepciones exclusivistas de la cultura, nacidas en el ánimo de quien está acostumbrado a poseerla con ánimo hegemónico o cuajadas en el desprecio de quien nunca la ha tenido como un valor prioritario. Que cada cual se interesa por lo que le parece, faltaría, pero eso no significa que haya que obstaculizar los afanes del prójimo.

En resumen. Estamos tan sumergidos en una idea de la cultura construida sobre el mercado, en que toda manifestación o expresión debe generar un retorno económico y en la preeminencia del ocio por encima del disfrute, que hemos terminado por considerar la visita al museo como un bien de consumo, un gasto que solo sabemos valorar en términos monetizables. Y ello en perjuicio de considerarla una inversión en nuestros derechos, un bien esencial al que accedemos de manera participativa, donde nos encontramos para establecer diálogos, proponer debates para entendernos y entender el mundo o donde desarrollar la creatividad. Un lugar al que acudimos a pensar, vivir, disfrutar, luchar, amar, conocer, ayudar, curarnos, unir, estar, ser… Y eso nunca ha estado lejos de nuestro alcance ni debe encontrarse más allá de los medios que un ciudadano corriente tiene para conseguir las cosas. Así que pensar en los museos como un lujo supone pensar en ellos desde la exclusividad, desde la élite cultural, desde una posición de confrontación entre el visitante y el usuario. Y esto es alarmante si sucede porque quienes tenemos la responsabilidad directa de su custodia y transmisión sintamos que nuestro papel es imprescindible en el proceso interpretativo, en lugar de vernos como mediadores.

Mi humilde recomendación es que os quedéis con el afán de usar el lenguaje con precisión, que a lo mejor no hecho más que mostrar mis propios recelos y he creído ver prejuicios donde no había más que florituras narrativas.

miércoles, 10 de febrero de 2021

OPORTUNIDADES PARA SOBREVIVIR

Se va a cumplir un año de esta entrada en el blog. Una entrada donde apenas sabía cómo mentar la pandemia, donde ni imaginábamos que pasaríamos más de 50 días de estricto confinamiento y que nos esperaba una triste historia que no es necesario relatar por conocida y persistente. 

Creo que estamos dejando pasar lo que en su momento tomaba por una oportunidad para hacer mejores nuestros museos. Cierto es que se han ido tomado decisiones y que se ha avanzado en algunas cuestiones pero, sin embargo, no ha sido suficiente para aupar a los museos por encima del borde del agua. Si es que parece que apenas hacen pie y boquean entre saltitos para seguir respirando, lo cual no parece ser una situación deseable porque todos sabemos que al final te cansas y solo queda volver a un lugar seguro o ahogarse. En ambos casos tragas.

Asegurada la custodia y tratamiento de las colecciones de los museos, así como la protección de su personal gracias a la excelente labor de las autoridades sanitarias y el compromiso de sus dirigentes, y garantizadas unas condiciones seguras de visita sobre la base de la profesionalidad de sus trabajadores y la responsabilidad de los visitantes, hemos visto cómo en cuestión de pocos meses se ha pasado de lanzar el mensaje #LaCulturaEsSegura a cerrar los centros museísticos y otros centros culturales. Esto no ha sido así en todas partes, lo que únicamente demuestra que no existen soluciones universales contra las crisis y que los criterios de apertura o cierre de establecimientos mudan de una administración a otra o, simplemente, que sufren los embates de posturas más desafiantes que racionales y, lamentablemente, los vaivenes de la acción política o el furor arrebatado de la red social.

Particularmente no entiendo cómo se puede pensar que un museo es actualmente un lugar con alto riesgo de contagio. Suelen tener amplios espacios, los aforos están muy limitados, las medidas sanitarias (mascarilla, gel, distancia interpersonal…) son obligatorias, se siguen los protocolos apropiados y existen auxiliares de sala que controlan las circulaciones, de modo que pueden impedir la coexistencia de demasiados visitantes en una misma zona. Lo mismo pasa en lo que se refiere a los encuentros, conferencias, talleres o conciertos que alojan. ¿Entonces? ¿Por qué se cierran estos centros? Parece ser que se quiere contribuir a reducir el contacto social, pero me da la sensación de que no se ha explicado bien, ni suficientemente, que aun siendo los museos espacios seguros y donde se contemplan todas las garantías, se cierran para eliminar todo vestigio de trato interpersonal (que dicho así suena aterrador). Aunque realmente me da la sensación de que era la única operación que entrañaba un riesgo político asumible, por considerarlo limitado, y que añadía el suficiente impacto mediático como para enmascarar la ausencia de otras medidas (probablemente más previsibles). 

No entiendo tampoco que si lo que se quiere es restringir al máximo la circulación y el contacto se mantengan abiertas otras actividades sociales y se permita la interacción. No está en mi ánimo poner la mirada sobre otros sectores, que no soy de denostar la posición ajena para defender la propia, sino solamente hacer notar que mucha lógica no tiene que un visitante vea limitado su derecho a la cultura mientras se le permite rondar por otros foros en los que nadie parece estar preocupado por la seguridad del de al lado. Fiar el control del contacto social a la responsabilidad individual parece una quimera cuando vemos que esta medida es la menos responsable de todas y la más individualista.

Pero lo que realmente me tiene preocupado es ver algunos alegatos que dicen que tan “marginal” es el beneficio del cierre de los centros como el daño al sector. Creo que en el fondo de esas afirmaciones se encuentra latente la eterna consideración de la cultura, en este caso de la visita al museo, como una simple mercancía donde sus beneficios solamente se miden en términos económicos.

Si algo ha traído esta pandemia ha sido la constatación de que la cultura es un bien esencial y que sus beneficios ni son sacrificables ni se pueden colocar al final de la lista. La cultura, en sus numerosas manifestaciones, nos ha acompañado durante esta amarga procesión que transitamos entre positivos y fallecidos. En lo que llevamos de pandemia las creaciones culturales han iluminado espacios sombríos, han proporcionado entereza a las almas dolientes o han ayudado a dominar la desesperación. Pero igualmente han alegrado el espíritu y el ánimo, han generado relaciones y compromisos a través de dispositivos digitales, o incluso de balcón a terraza, y han evidenciado que la cultura se encuentra siempre cercana y que solamente puede entenderse si proviene del propio cuerpo social. Que únicamente es factible como expresión conjunta, mediante la fusión de sensibilidades y reflexiones, en un entorno libre, abierto y participativo. Así que al cierre temporal de los museos nunca se le puede considerar como algo marginal, que es lo mismo que decir que son algo secundario, accesorio o insignificante y que los daños a algo ínfimo, ínfimos son.

Otra cosa a tener en cuenta. La medida de cierre viene acompañada por la proclama de que es posible suplir la actividad presencial mediante una oferta online diversa (lo que es una redundancia porque diversas son las ofertas de los centros), gratuita (lo que de significar algo sería que quien sufre las consecuencias puede ser el sector creativo) y de calidad (estaría bueno que no lo fuera). En definitiva, un discurso grandilocuente y vacuo que elude admitir que escasea la estrategia digital y que solamente se está retrasmitiendo la actividad presencial. Que la retransmisión no sea por televisión o radio únicamente expresa que se ha ampliado el número de plataformas que permiten el acceso a la misma.

Internet está llena de estudios y valoraciones sobre cultura digital, así que no es preciso ahondar en el tema. Lo que sí parece necesario es darse cuenta de que no se debe confundir la mera trasposición en línea de una actividad presencial con crear o producir actividades digitales y considerar que una oferta digital se hace para reemplazar en lugar de para complementar. Los formatos, contenidos, plataformas, tiempos, lenguajes, públicos u objetivos no son los mismos y, además, este desconcierto implica riesgos añadidos. Entre ellos hay que destacar el riesgo de precarización de los profesionales, porque al reproducir una y otra vez las creaciones se puede restar valor a la creación y vulnerar el trabajo. A ello se puede añadir que los públicos consumidores son distintos y que su comportamiento es desconocido, como lo es la forma en que debe abordarse su comunicación y promoción; de modo que al intentar atraerlos sin criterio no conseguimos fidelizarlos y, por el contrario, podemos perder a los que ya teníamos en el ámbito presencial. Y no dejemos al margen a la siempre olvidada brecha digital, que parece que no nos queremos enterar de que no todos los ciudadanos tienen garantizado el acceso a equipamientos y de que hay muchas limitaciones en cuanto a la utilización y comprensión de los mismos. Y si además pretendemos limitar la evaluación de estos desempeños a las magras cifras de usuarios, estaremos haciendo una evaluación incompleta, lo que es ineficaz, ineficiente y quizá inservible para los propósitos públicos, y que solamente satisface al juicio lisonjero de la prensa.

En definitiva, si queremos ponernos un poco al día es preciso que los museos empiecen a crear nuevos contenidos para la nueva comunidad digital y eso no se hace a base de estacazos de streaming. Y para ello no es menos importante proporcionar nuevas estructuras de trabajo porque, no nos engañemos, la pretendida explosión de actividad digital deviene en la mayoría de los casos de la emergencia coyuntural de distraer recursos de otras áreas o competencias, o de una impuesta consigna de trabajo que devolverá a los centros a sus cauces habituales en cuanto acaben las restricciones de turno a la movilidad. “Las gallinas que entran por las que salen” es también una verdad absoluta en los museos.

No nos engañemos, el paisaje actual de los museos evoca al resultante del impacto de una bomba nuclear, de un tsunami, de un terremoto violento. Cuando museos públicos cierran o no alcanzan los ingresos suficientes para sostener su actividad, cuando solamente retienen el 30 por ciento de sus visitantes, cuando solamente nos fijamos en los grandes ballenas para hacer categorías de las excepciones y abandonamos al débil, cuando la carrera por la supervivencia se intuye a costa de otros, es necesario que nos demos cuenta de que esta crisis no es un paréntesis que permita volver a casilla en la que te encontrabas antes de empezar. Sobre todo porque, precisamente, el concepto actual de museo ya se encontraba en cuestión cuando la COVID-19 no había aparecido. Ahora ya no bastan planes de contingencia sino que estamos a expensas de que se aplique la política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria que ya se ha demandado otras veces.

Por supuesto no nos sirve el aforismo de que no hay que hacer mudanza en tiempos de tribulación, sino que es precisamente ésta la que nos empuja a transformar el museo. Y en esa ocupación debemos centrarnos y arriesgarnos, salvo que queramos ser el siervo que enterró el talento.

lunes, 19 de octubre de 2020

¡NO HIJA, NO! Es injerencia, no censura

Hace unos años (2016) advertí en este mismo blog sobre la deplorable situación que atravesaba el Museo Patio Herreriano el cual, escribía entonces, había caído “sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid” para convertirse “en pasto de pendencias políticas”.

Hay que reconocer que el paso de los años ha logrado poner de acuerdo a todos los grupos políticos. La pena es que se han conciliado para permitir, por acción u omisión, una nueva injerencia en el museo por vía de la imposición en sus salas de una muestra de Cristóbal Gabarrón. Si no están al día de la polémica y quieren acercarse a ella lean la admirable investigación de Elena Vozmediano.

Efectivamente, todos están de acuerdo en la jugarreta. Por una parte se encuentran los que pertenecen al equipo de gobierno: los unos, prietas las filas bajo el palio del talante sin osar importunar al cabecilla, y los otros, compañeros de viaje que saben que no conviene moverse demasiado en la foto de otro. Por otro lado, en el tendido diestro no son de abrir mucho los armarios para que no se vean los propios esqueletos, y a ellos se suman los que no se arriman por no saber si más arriba están de acuerdo y los que no saben si cargar al oír la palabra cultura.

No voy a calificar la obra de Gabarrón porque no entiendo de arte contemporáneo. La diferencia con otros es que yo lo reconozco y me fío de quienes se dedican a ello, que son muchos y valiosos, empezando por los propios artistas. Pero por si alguien no conoce al autor pueden encontrar cosas sobre él en esta valoración de Juan José Santos Mateo.

Hoy me dirijo al lector porque, desde el Ayuntamiento de Valladolid, la persona competente en la cosa (“competente” en el sentido de ostentar competencias y “la cosa” en el doble sentido de asunto y engendro) se ha manifestado en la prensa local. Y lo ha hecho para decir que quienes hablan de injerencia no son más que censores, procedentes del entorno del director del museo, que atacan la libertad de gestión municipal amparada por la legalidad y avalada por las urnas. Es decir, la triste y eterna historia de la legitimidad y del cheque en blanco electoral, con los toques afrutados del victimismo.

Yo, que no soy del entorno del director ni mucho menos sospechoso de querer sacar provecho político de esto, querría rechazar estos planteamientos con el respaldo de muchos años entre vitrinas, almacenes y burocracias museales, donde he visto tanta arbitrariedad que ya es difícil sorprenderme. No obstante, siempre he intentado mantener una posición independiente que he manifestado cuando me ha parecido (aunque me hayan hecho poco caso), del mismo modo que he procurado aplicar mi concepción del museo en todos los planes, textos, normas, reuniones o parlamentos en los que he participado. Habrá quien sepa distinguir esa huella en esos documentos y, aunque no sea relevante y esté al albur de los políticos que envician lo que tocan, al menos ahí queda y espero que algún día dé frutos.

Cierto es que ni el libelo concejil ni mi apología museal pasarán a la posteridad. El primero porque se perderá en el tiempo como páginas de hemeroteca y el segundo porque sólo es un ejercicio para mi propio solaz. De hecho, las obras y acciones de un sencillo concejal o de un mero ciudadano no tienen más trascendencia que la ofuscación generada por el deslumbramiento que otorga el poder temporal de un par de legislaturas. Si ni siquiera la memoria de un notable concejal, ministro y presidente del Consejo de Ministros está libre de la damnatio memoriae ¡cómo no lo van a estar las acciones de un jugueteo consistorial de provincias!

A mi parecer la munícipe ha cometido el error, o el atrevimiento por desconocimiento, de confundir crítica con censura, que la segunda es más un ejercicio del poder que del pueblo. A lo mejor lo hace por estar acostumbrada a palmas y refrendos en despachos, antesalas, agrupaciones o inserciones en regaladas rotativas, de modo que cree advertir un ataque en lo que no es más que un ejercicio ciudadano de protesta y una exigencia de rendición de cuentas, los cuales se pueden y deben hacer en el momento en que los hechos suceden, sin esperar a convocatorias electorales. Cuando, además, la crítica es razonada y en ella convergen las principales asociaciones nacionales relacionadas con el arte contemporáneo, artistas de prestigio, críticos de arte, profesionales de museos, los propios miembros del jurado que seleccionó al actual director y variados agentes de la cultura, lo menos que se puede hacer es tratar de razonar dónde se encuentra el problema, en lugar de agitar el látigo de la arrogancia y exhibir capacidades que no se tienen. 

Pues sí, la muestra de Gabarrón en el Museo Patio Herreriano es una injerencia. Y puede que no lo sea porque se quiera imponer una exposición, ni tampoco por la trayectoria del artista en cuestión, sino que lo es por el simple hecho de haber obligado a levantar una exposición para colocar otra, lo cual ha atentado gravemente a la autonomía programática del director, ha ultrajado gravemente al prestigio y a la obra de Eva Lootz y ha despreciado la confianza que los votantes concedieron a la propuesta ofrecida por su partido. En veinticinco años de profesión solamente me he tropezado con dos personas que quisieran adelantar la clausura de una exposición: a la primera se le pudo hacer entrar en razón con los sencillos argumentos de que las exposiciones no se cierran anticipadamente, en todo caso se prorrogan, y de que la prensa no iba a amparar tamaña tropelía. Lamentablemente la deriva moderna nos ha traído a un escenario en que un responsable político no dispone de asesores que le expliquen cómo hacer las cosas (o peor, que los ignore) y en el que la prensa no solamente no observa un papel vigilante de las buenas prácticas en las instituciones, sino que es cómplice de sus diatribas inconscientes. Sí, señores, nuestros políticos antes temían a la prensa. Qué habrán hecho unos y otros para que ya no sea así.

Pero no solamente es una injerencia, sino que es un rosario de menosprecios: a Eva Lootz, como he dicho; a los artistas que carecen de patrocinadores políticos y no pueden exponer en los museos más que a través de los criterios técnicos de sus programadores; a los ciudadanos que han confiado en su programa y en la aplicación de buenas prácticas ajenas a antojos políticos; al jurado que seleccionó al director y que con su decisión respaldó el proyecto curatorial y que de haber sabido que iba a ser intervenido quizá habría declinado su participación; al propio director y a su autonomía de gestión, sin más; al programa electoral municipal de su partido que quería hacer del Patio Herreriano un museo de referencia europeo (¿referente en amputar exposiciones e imponer programaciones?); y a la gestión eficaz de una institución pública, que presupuesta actividades para un período concreto para luego cerrarlas anticipadamente (¿acaso hemos gastado de más sin motivo?).

Foto Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons

No deja de sorprenderme la intrepidez de pergeñar una exposición en un museo a base de amalgamar a unos ofertantes externos, un área administrativa municipal, una fundación a la que solamente se recuerda por una turbadora espantada en la ciudad y un comisario universitario,  y que se empotre en la programación de “un museo de referencia europeo” bajo los argumentos del mejor servicio a los intereses de la ciudad; eso sí, sin asomo de informes técnicos al respecto, que ya que nos ponemos no parecen existir. Me maravilla porque siempre he pensado que los intereses ciudadanos se sirven facilitando presupuestos dignos a las instituciones, dotándolas de personal suficiente y adecuado, evaluando la gestión con indicadores cualitativos más allá de meras estadísticas de visitas, garantizando la independencia y autonomía de sus directivos, siendo transparentes en todas las decisiones que se toman, ganándose la confianza de sus usuarios y, en el caso de los museos, permitiendo que cumplían su misión. Y la misión del museo no es, por supuesto, acoger cumbres internacionales, actividades culturales aleatorias y ajenas a su plan museológico, ser un museo multifuncional, o pretender que sea un centro cívico con chorreras. La actividad ajena que alberga un museo es un complemento, una manera de equilibrar presupuestos o de habilitarlo como espacio de encuentro y atracción para conseguir otros objetivos. El evento es siempre un medio, nunca un propósito porque, de otro modo, el museo no es más que un matadero cultural, como decía G.H. Rivière. Alguien que sí ha dejado huella en la posteridad.

No conozco a Javier Hontoria, ni sabía de su existencia antes de verlo en los papeles, y desde luego no envidio el trago por el que debe pasar. No voy a ser yo quien sugiera lo que debería hacer, pues si se va puede parecer que deja el problema a otra persona que luego empezaría cuestionada su labor y quedarse puede ser visto como una claudicación; en ambos casos pierde el Museo Patio Herreriano, pero cualquier cosa que haga bien estará. Como yo mismo no sé qué haría, solamente quiero manifestarle mi apoyo como colega de profesión y como empleado público. Va a necesitar en el futuro mucha presencia de ánimo para convencer a futuros artistas de que el centro es capaz de mantener sus compromisos, mucho esfuerzo para convencer al sector privado de que sus posibles inversiones tendrán el retorno pactado y al margen de intromisiones, de que el Museo Patio Herreriano no se va a usar como un bonito telón de fondo para fotografías de ediles, incluso para que la Colección de Arte Contemporáneo…, bueno, dejémoslo ahí. Mucha energía para convencer de que lo que ahora se hace es una anécdota en lugar de una práctica habitual y para persuadir de que esta última época, que nacía bien auspiciada con un comodato renovado y una dirección elegida bajo un concurso público al amparo de las buenas prácticas, no es un nuevo episodio de un museo que ha acabado siendo una patata caliente que se ha ido traspasando de mano en mano a través de las legislaturas.  

Una cosa. ¿Se imaginan al Meadows Museum de Dallas llamando para adelantar la salida de los Berruguetes con un “se los devuelvo, que tengo un plan mejor y quiero hacer sitio”? 

Pero qué sabré yo de esto, que no me han elegido legítimamente ni asumo responsabilidades por ciencia infusa.

viernes, 8 de mayo de 2020

#EsteMuseoLoTransformamosUnidos


Cuando aún no imaginábamos el terrible golpe que la crisis de la COVID-19 iba a descargar a nuestra sociedad, durante los primeros embates de la pandemia, ya hubo tímidos intentos de prever los retos que iban a tener que afrontar los museos tras lo que se percibía como una interrupción drástica de la actividad habitual. En esa línea, yo mismo hice un intento de aportar soluciones en este blog.

En el artículo ya apuntaba una idea que quiero recuperar y ampliar, la de que siempre es buena idea convertir los problemas en oportunidades y trazar un plan que nos permita enfrentarnos a la situación. Es pronto para evaluar el impacto real de la pandemia sobre los museos, si bien ya se adivinan caídas de visitas, pérdidas ingentes de fondos para la financiación, desaparición de demasiados empleos directos e indirectos y amplias restricciones a la actividad cotidiana del museo.

Ahora quiero apuntar otras ideas que podrían orientar las acciones a adoptar tras la crisis. Algunas de ellas ya se han podido ver en otros lugares, otras provienen de mi forma de entender los museos, según lo que habéis podido ir comprobando en este blog. Es más, soy consciente de que no son válidas para todos los museos, que hay infinitas realidades museísticas y que predomina en nuestro país el museo pequeño, poco más que una sala visitable, teniendo las grandes “ballenas” una singularidad que requiere medidas diferentes. Este artículo quiere fijarse sobre todo en los los museos que siempre olvidamos porque les cuesta alzar la voz, en los “abandonados”. Y también quiere recordar a las administraciones públicas cuál ha de ser el objetivo de su gestión.

Hay tres ideas fundamentales que quiero señalar antes de nada. En primer lugar, el panorama de los museos va a cambiar drásticamente en algunos aspectos y va a tener que ser revisado en muchos otros. Los paradigmas existentes ya no nos servirán y no podemos esperar que la forma de proceder que veníamos utilizando siga teniendo validez. En segundo lugar, si hasta ahora hemos elaborado planes de contingencia para asimilar el mayor (quién sabe si peor) golpe de la crisis, que podrán  tener validez durante los primeros estadios de la vuelta a la “normalidad”, ahora es imprescindible que elaboremos un plan de subsistencia para salvar el mayor número de instituciones, empleos y recursos posibles y que permita iniciar una recuperación que impulse nuevamente a los museos como bienes esenciales para el desarrollo de la sociedad. Y en tercer lugar, pero no con menos importancia, ni ahora ni en el futuro deberemos consentir que la pandemia sirva como excusa para no aplicar una política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria; la crisis solamente puede ser utilizada como explicación para el colapso, pero no puede ser esgrimida para sostener falacias. Podremos excusar a quien se equivoca en la acción, pero no caigamos en la trampa de justificar la inoperancia. Y un bonus: como norma general no debe haber prisa por volver a abrir.

España tiene un “incontable” número de centros museísticos, la misma Comunidad de Castilla y León tiene hasta 400 a la luz de estadísticas más o menos precisas, que están esperando soluciones a múltiples problemas derivados de la crisis de la COVID-19. Así que querría de algún modo aportar ideas sobre las posibilidades existentes para que los museos inicien un camino que guíe su recuperación y que posiblemente conduzca a un cambio de rumbo en su progreso futuro. En los últimos tiempos se ha debatido internacionalmente sobre un nuevo concepto de museo; quién sabe si las acciones que inevitablemente se han de abordar no acabarán dando un vuelco al concepto.

Entre las diversas nociones que incluye la definición más ortodoxa de museo, se encuentra la de que es una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Centraros en esta idea porque es fundamental para lo que voy a decir a partir de ahora. Hasta ahora los museos se han venido quedando atrás en su labor como repositorios de memoria, destinados a desarrollar valores de justicia social y asegurar el bienestar de la comunidad, en favor de un papel como mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, e incluso como lugar de ocio multifuncional e indiscriminado, como un ágora cultural, diabólicamente entendida, que sólo puede transfigurar a la institución en un centro cívico “con balcones a la calle”.

En esencia, la política museística futura no puede seguir haciendo lo de siempre a riesgo de acabar de la misma manera. Hay que entender que los museos son una herramienta de transformación que hay que recalibrar, porque ya no cuenta con la métrica que la sociedad postconfinamiento requiere, y hay que hacerlo en tres horizontes fundamentales: el museo como institución, las colecciones que custodia y los usuarios que acoge.

Para cambiar el paradigma de los museos y aplicar las políticas museísticas más adecuadas hay que contar, inevitablemente, con los propios museos. Preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué les gustaría tener, qué les preocupa. Y hay que hacerlo tanto de manera individual como a través de interlocutores sectoriales, en foros adecuados, con voluntad participativa y abierta, ejerciendo liderazgo y siendo transparente. ¿A quién corresponde esto? A las administraciones competentes, que lo deberán abordar de manera directa y a través de observatorios, consejos o reuniones sectoriales. Aportando ideas, presentando soluciones e intercambiando criterios profesionales porque ¿de qué sirve que la política pública de museos sea diseñada por quien nunca ha pisado uno? Reflexionad sobre esto.

A la par va a ser preciso que, al menos hasta que existan vacunas u otras soluciones, los museos cuenten con protocolos claros para gestionar la pandemia. Existen ya varias recomendaciones genéricas y concretas para atender las necesidades de conservación, seguridad, prevención de riesgos laborales o control de visitantes. Quizá no sea mala idea facilitar una guía de gestión a nivel estatal, o al menos autonómica, que oriente a todos los centros, e incluso habilitar canales de comunicación que sirvan para solventar dudas y analizar casuísticas y que puedan proporcionar a los museos respuestas rápidas ante contingencias.

Por ejemplo, es imperioso controlar que los edificios de los museos están preparados para afrontar la nueva realidad. Entre las cuestiones prioritarias hay que considerar aquellas que permitan que las instalaciones se adapten a las exigencias sanitarias de un lugar público; y ello pasa por suspender cualquier apoyo a proyectos museísticos nuevos. Seamos claros, lo que no ha funcionado antes no lo va a hacer ahora, y la creación de nuevos museos por sí misma no va a fortalecer la recuperación económica, no va a atraer más turistas, ni va a generar más empleos. En estos momentos hay que concentrarse en salvar lo que existe, de modo que las aventuras museísticas, incluyendo las renovaciones expositivas profundas, no deberán ser las que obtengan más recursos de lo necesario.

Y qué decir de la viabilidad de los centros museísticos, no sólo la económica destinada a cubrir los costes de producción o mantenimiento, sino su rentabilidad social y cultural. ¿Están los museos convenientemente amparados por las políticas museísticas? ¿Conocen suficientemente el marco legislativo que les afecta? ¿Existen instrumentos de planeamiento que describen la hoja de ruta más ajustada a sus intereses y, de ser así, se evalúan y se publica sus resultados? Porque a lo mejor los museos viven a espaldas de las administraciones porque en el mejor de los casos no saben quién es el interlocutor válido, que nunca se ha comunicado con ellos, o porque sospechan que no van a ser atendidos, o porque las condiciones para serlo no son lo suficientemente transparentes y sí demasiado discrecionales. O sencillamente, porque lo que se les ofrece no cubre sus necesidades reales porque con demasiada frecuencia ven que el premio gordo se lo llevan los de siempre y a ellos no les queda sino la pedrea.

No voy a detallar el impacto tan brutal que la crisis va a tener sobre el sector cultural pues ya se puede analizar en otros lugares. Hay muchos profesionales que han perdido su empleo y que no tienen una perspectiva clara para recuperarlo, por lo que la prioridad actual debe ser la restitución del tejido empresarial que conforman las industrias culturales y creativas y de sus profesionales, sobre todo en su ámbito local inmediato. Pienso, por ello, que las ayudas económicas a los centros museísticos deben ir dirigidas sobre todo a dotarlos de actividades culturales, con el doble propósito de que sean puntos emanadores de financiación hacia sus “proveedores” y de recuperar el hábito cultural de la población. Es más, habría que buscar la complicidad entre los museos y otros sectores culturales como bibliotecas, archivos, compañías de artes escénicas u organizaciones sociales, de modo que se generen actividades que impliquen a varios sectores.

Se trataría de articular también acciones conjuntas a partir de módulos adaptables que se puedan reaprovechar en itinerancias. Pensemos en acciones integrables de fácil traslado, pero que al mismo tiempo admitan aportaciones personalizadas para cada lugar mediante una sencilla adaptación. Y pensemos en una distribución cronológica de las actividades para mantener un tempo cultural sostenido, un reparto que torne la estacionalidad en continuidad. Ya he comentado varias veces que no entiendo por qué los museos realizan durante días determinados aquellas acciones o servicios que no hacen durante el resto del año. Entonces, ¿qué nos impide que el Día Internacional del Museo o la Noche de los Museos se conviertan en el mes de los museos, en el trimestre de los museos, en las noches de los fines de semana? ¡Qué afán de echar el resto en un día, en una semana, cuando disponemos de todo el año!

Todo ello debería poderse articular a través de un sistema sostenible y solidario de trabajo en red, donde se potencie una serie reforzada de cabeceras territoriales o temáticas que dispongan de personal cualificado suficiente para apoyar al resto de museos. No es desatinado considerar que un país como el nuestro, con una estructura administrativa territorial hiperdesarrollada  (estado central, autonomías, diputaciones y ayuntamientos), puede generar asociaciones suficientes para distribuir recursos a los museos. Es más, los museos públicos deberían asumir el papel de ser los motores de la recuperación del resto. ¿A caso un pacto global para los museos, o una conferencia sectorial específica que permita aplicar inyecciones económicas donde realmente haga falta? ¿Ayudas ágiles y flexibles que se adapten a las necesidades de cada momento? Sí, ya sé que esto es España, pero soñar no cuesta.

Uno de los soportes fundamentales del museo como institución es su personal. El futuro museo, como tantos otros lugares, tendrá que preocuparse de no ser un medio de transmisión de la COVID-19 y deberá garantizar que se trata de un centro de circulación seguro. Y ello debe empezar por asegurar la integridad de sus trabajadores, por lo que es preciso que se certifique la información relevante en materia de riesgos laborales y en protocolos sobre medidas de higiene y etiqueta; no solo no queremos que sean centros de contagio y difusión del virus, sino que deberíamos convertir los museos en lugares de difusión de buenas prácticas y en sitios para la generalización de comportamientos sociales adaptados a la nueva realidad.

Escultura de A. Einstein en el Museo de la Ciencia de Valladolid
(foto del autor el 5.05.2020)
Esta cuestión, más que nada de sentido común, es la que nos permite precisar la visión sobre el papel fundamental que juega el personal del museo como protagonista de la actividad cotidiana. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad para que sean la punta de lanza de la definición del nuevo museo? En primer lugar, ya no podemos demorar más la realización de una profunda reflexión sobre si las plantillas de los centros cuentan con personal técnico y cualificado suficiente para desarrollar las funciones que les corresponden y, sobre todo, observar si sus condiciones laborales son justas y dignas. Y en segundo lugar debemos dotarlos de un entorno adecuado y de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, dentro de las que se encontraría la formación en línea. Proveer desde instrumentos tecnológicos al servicio de la conservación de las colecciones a formación en técnicas de atención al visitante, desde pautas de seguridad y control de públicos a mejoras en los procesos documentales, desde el aprendizaje en materia de comunicación al estudio de públicos, desde la investigación en cuestiones relativas a las colecciones a la incorporación de herramientas para la enseñanza. Entre otras cosas, porque ya hemos dejado que las empresas de servicios fagociten demasiadas áreas de los museos y hemos favorecido la precariedad profesional a costa también de comprometer la dignidad de los museos.

Junto a la expositiva, una de las funciones más conocida y apreciada de los museos es la custodia del patrimonio cultural, cometido que incluye la documentación de las colecciones o las medidas de conservación que se aplican sobre ellas y la posterior transmisión de las  mismas. A ella se destinan la mayoría de los recursos del museo y prueba de ello es que en las plantillas nunca faltan conservadores y conservadores-restauradores, si bien en la mayoría de los casos estos profesionales acaban asumiendo, por deseo expreso o por necesidad, otras muchas funciones como la investigación, la documentación o la comunicación. Y ello por lo que se refiere a los museos públicos más grandes, pues en una parte importante del resto, la plantilla se reduce a un gestor que lleva la administración y representación junto a la persona que abre y atiende; y a veces menos. A nadie sorprenderá que digamos que las oportunidades laborales que ofrecen los museos son escasas e inestables.

Al ser una de los pilares básicos de la existencia de los museos, las colecciones cobran en la situación actual una relevancia sin par. Y deberíamos estar pendientes de la situación en que se encuentran. En primer lugar, porque generalmente los museos no cuentan con planes de colecciones para definir su gestión y conservación. Y en segundo lugar, porque durante la crisis de la COVID-19 se ha podido comprobar que la mayor parte de los museos carecen de planes de protección ante emergencias; tengamos en cuenta que estos no solamente deben contemplar los riesgos derivados de robos, incendios e inundaciones, sino que en el futuro también tendrán que establecer protocolos correctos para posibles procesos de desinfección. Más allá de las magras dotaciones de personal, la generalización de la formación técnica de los responsables de los centros, así como una concienciación de sus responsables, proporcionaría una mayor preocupación por las colecciones, lo que permitiría ofrecer ayudas económicas destinadas a labores relacionadas con la conservación o restauración de objetos que, a su vez, generarían nuevas oportunidades de trabajo a pequeñas empresas externas.

En esta misma línea de oportunidades empresariales, cabría facilitar nuevas maneras de interpretar y presentar sus colecciones a través de un importante esfuerzo en la documentación y digitalización que fortalezca la relación de los museos con sus visitantes, fomente la participación o incluso aumente sus ingresos y donaciones. Asimismo, se debería explorar la plena inserción de los contenidos del museo en la educación a través de plataformas en línea que complementen la asistencia de esas visitas escolares que no sabemos si podremos seguir recibiendo, o la constitución en los museos de áreas específicas para usuarios en línea, de modo que puedan participar en la nueva vida del museo a través de seminarios online, videoconferencias divulgativas, congresos virtuales, laboratorios digitales, etc... Sin buscar una sustitución de los públicos a quienes se dirigen, sino para multiplicar la oferta museal, aprendiendo de cada sector y aplicando las conclusiones a la forma en que queremos presentar el museo.


Y por fin el usuario. Llevamos años llenando artículos y documentos logísticos con el mantra de los nuevos públicos, del acercamiento del museo a otros sectores de edad y a colectivos menos propensos a visitarlo. Incluso hemos empleado ríos de tinta en determinar cómo se acerca el público al museo, con quién, a qué hora, cuántas veces, cuáles pueden ser sus intereses y si el cobro de entrada permite valorar más la visita al museo o aleja a los usuarios potenciales, con el objetivo de conocer nuestro objetivo y explorar caminos no frecuentados. Pues bien, el primer trabajo al que nos enfrentamos ahora es el de recuperar a los visitantes que tenía el museo.

Va a ser preciso garantizar que la experiencia de la visita es segura. Ya hemos hablado de las implicaciones derivadas de los apoyos educativos y comunicativos, de las medidas de higiene y etiqueta o de las interacciones físicas. Pero no debemos olvidarnos de la gestión de las admisiones, la gestión de aforos para distribuir grupos o altas densidades, la ordenación de las circulaciones para asegurar la convivencia o la modificación de horarios dirigidos a una mayor flexibilidad de la afluencia. Estamos hablando, por ejemplo, de habilitar mecanismos de reserva de la visita, disminuir los pagos en metálico mediante el pago con tarjeta o disponer ventanillas en línea, de usar mamparas para proteger al visitante y al empleado, de reducir el tamaño de los grupos y gestionar turnos, de evitar la masificación, aglomeraciones o congestiones de visitantes, de ampliar horarios en determinados momentos y reducirlos en otros, de revisar el uso y disposición de apoyos educativos y comunicativos de riesgo como hojas de sala, juegos interactivos o audioguías. Todo esto puede exigir más personal así como una inversión importante en elementos de protección y, desde luego, un profundo análisis de la viabilidad de los centros a consecuencia de las nuevas exigencias.

La medida estrella de la mayor parte de los titulares de los museos durante el confinamiento ha sido la presentación en línea de contenidos culturales, siempre con la mejor de las intenciones. Sin embargo, entre los asuntos pendientes de los museos se encuentra su falta de hiperconectividad. El futuro va a exigir una serie de posicionamientos para los que la mayoría de los museos no están preparados. Solamente los museos más grandes tienen capacidad suficiente para romper la quinta pared a través de algo imprescindible, la incorporación de una estrategia digital a la estrategia global del museo. La renovación digital de los museos no pasa por intentar adaptar al entorno digital aquellos contenidos que no fueron concebidos más que para un entorno presencial, ni pasa por inaugurar o reactivar redes sociales, ni siquiera pasa por el uso de tecnologías más o menos novedosas, creación de apps móviles, generalización de programas de gestión o bases de datos; ni se encuentra en el fascinante descubrimiento de la videollamada. La mayoría de los museos no puede afrontar una renovación digital, pues carece de determinación clara fruto de un análisis técnico, y ni sueña con los medios tecnológicos adecuados o el personal cualificado para hacerlo. Y si han hecho un esfuerzo digital durante el confinamiento ha sido para no abandonar a la sociedad en unos momentos terribles, pues sus profesionales tienen claro que se encuentran a su servicio. Es más, han sido también víctimas del espejismo del teletrabajo; es decir, la falacia de que la organización puede mantener durante algunos meses una actividad similar a la que normalmente ejerce, mediante el traslado a los domicilios de un desarrollo laboral pensado para la mesa del despacho y gracias a la aportación privativa de dispositivos y conexiones, a la vez que se pretende que se está manteniendo el aprovechamiento con el solo propósito de dar la apariencia de que todo está bajo control.

Pero la pregunta, más allá de si sabremos adaptarnos al entorno digital, está si este esfuerzo adrenalínico se mantendrá una vez superado el confinamiento. Si el ímpetu desplegado para mantener la presencia del museo en la vida del ciudadano se prolongará mientras encontramos una organización, institucional y pública en muchos casos, que apueste por la reconversión digital de los museos y que no piense que está desarrollando una cultura 2.0 porque sube contenidos a Internet.


Por último, quiero insistir en una cosa. Es importante reforzar la presencia del museo en la sociedad futura. O mejor, es imprescindible reforzar la presencia comprometida del museo en la sociedad futura. Ya he hablado en otros lugares de la no neutralidad del museo, llegando a decir que “los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad” para renovar la sociedad. Redundando en ello, el museo es una institución de prestigio, un lugar de experimentación, debate y participación, donde el ciudadano puede plantear preguntas y hallar respuestas comunes, donde cada ciudadano puede manifestar visiones personales. La sociedad también necesita al museo para sobreponerse a la crisis de la COVID-19 y no podemos dar la espalda a este compromiso, sin olvidar que si un museo no toma partido, probablemente ya esté tomando partido.


Hace ya tiempo hice un “pequeño ejercicio de introspección museal” en el que desgranaba aquellas cosas que deberíamos tener en cuenta para afrontar una mejora de los museos. Lo que entonces era un artificio hipotético, se revela ahora como un ejercicio inevitable de supervivencia.

martes, 6 de junio de 2017

Sobre el binomio museos y turismo. Te lo digo desde el escepticismo


Recientemente se ha publicado en redes sociales una reseña relativa al programa cultural de Susana Díaz de cara a las primarias de su partido. Un análisis interesante sobre lo que dice el programa lo tenéis en este artículo, donde se dice algo que comparto: “El mal de Susana Díaz está muy extendido en la política y la sociedad: la cultura no importa, es algo accesorio en el mejor de los casos. Se afianza la idea de que solo es eficiente el beneficio”. Y ello me permite reflexionar sobre el asunto de los museos y el turismo y, en definitiva, sobre la mercantilización de la cultura.

La cosa parece venir de la generalización de los recursos culturales como un segmento específico del mercado turístico, igual que se promocionan la naturaleza, la lengua o los negocios como destinos específicos. Siempre en relación con los nuevos intereses de la sociedad, que demanda estas experiencias como fundamento o complemento de sus viajes como efecto, entre otros factores, de la democratización cultural, la educación patrimonial o la generalización del ocio como derecho básico. Sé que esta explicación es reduccionista pero creo que sirve a los propósitos de entrar en materia.

En el marco de esta dinámica de oferta y demanda del producto cultural, la visita al museo se presenta como una simple mercancía, sometida a los flujos económicos, a las variaciones del mercado y del consumo y a las exigencias del marketing. Evidentemente su posición en este ámbito no puede evitar que se convierta en un factor de desarrollo económico y es en este punto, en la selección subjetiva de esta característica concreta del museo, en el que la política (muchas veces arrogante en su ignorancia y liberal en su beneficio) fabrica la idea de que el museo es un mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, y en ese horizonte se enmarca el binomio entre museos y turismo que tantas confusiones genera. Una asociación tan forzada como esa tendencia organizativa que, por motivos de eficacia administrativa, hace que la cultura se asocie con otros ámbitos con los que tiene puntos de contacto como la educación, el deporte, el bienestar social o el turismo.

Si me preguntan sería más partidario de unir el turismo con la industria o el deporte con la sanidad, e incluso haría transversal la educación y el bienestar social; pero dejaría la cultura en una estructura independiente sin dudarlo. Probablemente estas uniones respondan a apreciaciones ideológicas, muy personales, que nos permiten adivinar el concepto que se tiene de la cultura en cada momento y lugar. No obstante, la apreciación de quién une qué la dejo a vuestra subjetividad.


Foto de pixabay CC0 Public Domain
A partir de nociones de este tipo, que olvidan que el museo tiene misiones concretas y funciones complejas, se propone una visión del museo que lo concibe meramente como un espacio escénico, como un espectáculo de relleno, como un factor accesorio al servicio de intereses economicistas. En esta escenificación vale todo, desde el abandono de la misión del museo en favor de la programación hasta la falta de planificación previa a su creación.

Estos planteamientos se construyen a menudo sobre falacias recurrentes que se inspiran en términos como retorno, interculturalidad, o regeneración urbana y que tienen como referente al célebre efecto Guggenheim. Sin embargo, la voluntad detrás de los proyectos creados a imagen de este efecto no se apercibe de que lo que responde a una opción política concreta, en un momento y lugar determinados, con un producto en el marco de actuaciones de mayor espectro y que tiene buenos resultados, no sirve para todos los casos y muchas veces solamente tiene éxito en el imaginario mediático, sin estudios que apoyen el análisis. Es evidente que no existe interés por estudiar científicamente la cuestión y que el rendimiento buscado se encuentra solamente en las fotos y titulares en prensa, en proporcionar mensajes sencillos que sugieren buena gestión y excelentes resultados futuros. Naturalmente nadie cuestiona estos o aquellos, ya sea el medio periodístico que los reproduce literalmente, ya sea el receptor del mensaje quien los jalea o denosta con pulcra adhesión a su propia ideología.

Un ejemplo de lo que expongo se observa a menor nivel en el producto turístico que surge en cada nueva campaña, como las aperturas extraordinarias de monumentos, las rutas temáticas o las tarjetas turísticas. Los hay de muchos tipos y no dudo de que respondan a necesidades concretas detectadas mediante análisis, que se han planificado cuidadosamente y que suponen un esfuerzo organizativo importante. Pero su eficacia me genera muchas dudas porque siempre se realiza un gran derroche de energía para presentarlas y para demostrar los ingentes recursos utilizados para ponerlas en marcha, pero nunca se centran en la publicación de sus resultados efectivos y sus comparativas en el tiempo. ¿O habéis visto vosotros cifras de usuarios de tarjetas y rutas turísticas, o el número de personas que entran en los monumentos y todo ello comparado con otros períodos? Llevo tiempo pendiente de estas cosas y yo no las suelo ver.

La justificación a esta forma de actuar se nos explica por la necesidad de ofrecer productos culturales en el mercado turístico, aprovechando la demanda que se genera sobre ellos. De este modo, se dice, estamos fortaleciendo una economía que contribuirá a financiar la custodia y mantenimiento del patrimonio cultural. Pero lo que en teoría es una opción magnífica acaba quedándose en nada en la práctica, porque no es habitual que los ingresos derivados del turismo cultural repercutan directamente sobre los activos patrimoniales en los que se encuentran. Y esto es porque en el caso de los bienes dependientes de administraciones públicas no existen garantía de que se destine el ingreso al mismo bien, y en el caso de los bienes privados los ingresos apenas sirven para asegurar la apertura del bien, debiendo recurrir a otras fuentes (nuevamente públicas en muchos casos) para mantener en buen estado el monumento. Me dirán que al final y al cabo, la afluencia de turistas y los retornos económicos acaban repercutiendo sobre el bien y su entorno. De acuerdo, pero sería mejor que esta cuestión se garantizara de una vez por todas y que la anhelada ley de mecenazgo fuera efectiva en lugar de ser un animal mitológico.

Otra de las cuestiones que suelen plantearse en esta concepción del museo como foco de atracción turística es la idea, firmemente defendida, de que los museos generan un importante desarrollo económico local y regional que conlleva retornos importantes en forma de empleos, valorización y recuperación del entorno geográfico inmediato, mejora de los servicios esenciales y elemento de cohesión territorial. La verdad, parecen demasiadas responsabilidades para el museo, una institución pequeña y la mayor parte de las veces pobremente dotada. Hablando en términos generales es curioso que el museo, a pesar de que sea siempre deficitario en personal, poco dotado instrumental y tecnológicamente, que destina pocos medios a la mejora formativa y a la diversidad profesional y que presta poca atención a sus públicos y a la experiencia de la visita, sea un agente tan importante como para generar múltiples puestos de trabajo, transformar el ámbito en el que se inserta, prestar servicios públicos de calidad y reducir problemas de desarraigo y despoblación.

Particularmente me cuesta ver esta potencialidad económica en mi entorno inmediato; y no será porque no tenga suficientes ejemplos de museo a mi alcance. Sin embargo aprecio una gran vulnerabilidad en estas instituciones culturales, consideradas como un recurso económico antes que un activo social y viéndose destinadas a producir servicios culturales dirigidos a un uso finalista, a una satisfacción inmediata de las necesidades de ocio entre destinos. Al adoptarse esta derrota en detrimento de la colectividad, de la pluralidad cultural, de la participación ciudadana, de la creación, evitando incentivar la reflexión sobre la propia identidad patrimonial, se posibilita la existencia y creación de instituciones endebles, carentes de misión y con falsos fundamentos. Espectáculos efímeros que no sirven a la sociedad para ser siervos sociales.

No puede negarse que el turismo es un factor básico para el desarrollo económico y con una importancia vital en términos de producto interior bruto, pero tampoco puede soslayarse la importancia del museo en la construcción y desarrollo de la cultura. Inevitablemente debemos tratar de conjugar dos cosas: el papel del museo en una cultura concebida como bien social, necesario para aumentar el bienestar y formar la sensibilidad, para la creación y mejora de la personalidad, tanto individual como colectiva, y su dimensión como herramienta de transformación social por un lado; y las posibilidades que brinda el turismo como factor de desarrollo económico, canal de circulación de ideas y conocimiento, y posibilitador de experiencias culturales y de vivencias por el otro. Si de todo esto nos quedamos con una sola cosa, si únicamente centramos el esfuerzo en el interés cortoplacista, en producir bienes de consumo que desaparecen más deprisa de lo que se crean, estaremos sacrificando tanto herencia como futuro y eludiendo nuestra responsabilidad con el bien común y la mejora social.

Por si queréis reflexionar un poco añado un extracto interesante de la Carta Internacional sobre Turismo Cultural. La Gestión del Turismo en los sitios con Patrimonio Significativo (1999), adoptada por ICOMOS en la 12ª Asamblea General en México:

“El Turismo excesivo o mal gestionado con cortedad de miras, así como el turismo considerado como simple crecimiento, pueden poner en peligro la naturaleza física del Patrimonio natural y cultural, su integridad y sus características identificativas”.