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viernes, 16 de febrero de 2024

«QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN...»

 «…y salir anunciado por la televisión». Era la pegadiza letra de una canción de los primeros años 80 que viene al pelo para introducir el tema de hoy, que no es más que la tan comentada descolonización de los museos. Sé que en este mundo acelerado en el que se todo se consume vorazmente, ya sea comida, experiencias, pasiones o noticias, nos pueda parecer que es un debate ya antiguo y olvidado. Pero como me crie en una sociedad flemática me quiero refugiar en la obstinación de considerar las cosas cuando lo crea conveniente y en dejar que las ideas se decanten durante un tiempo para emplatarlas limpias y sabrosas. Aunque aventuro que la polémica va para largo.

La letra de la canción que titula ya criticaba, de algún modo básico e ingenuo, a la sociedad consumista de entonces, sin imaginar siquiera los límites que esta sería capaz de sobrepasar y que, muchas veces a causa de prejuicios heredados y atrevidas ignorancias, llega incluso a cuestionar la constitución y gestión de las colecciones de los museos; que es en nuestro caso lo que nos preocupa. El bote de colón, en este contexto, nos sirve para presentar la insignificancia del objeto como fetiche y cómo este rasgo lo descontextualiza hasta hacer que pierda su significado en pos de una naturaleza solamente ornamental.

Por la misma época ochentera agonizaba la existencia de uno de los juguetes más vendidos del desarrollismo español, el Madelman; aquel muñeco articulado con fascinantes variedades que acabó siendo liquidado por las insaciables corrientes de la mercantilización. Entre los modelos disponibles se encontraba uno de los primeros que tuve, el «Kenia safari», en cuyo kit convivían un explorador y un porteador.  Inspirados, probablemente, en imaginarios «livingstonianos» y «tarzanianos» estos personajes eternizaban en el inconsciente infantil la figura del europeo dominante junto a la del nativo subordinado, por no decir sumiso. En defensa de la estampa hay que decir que es cierto que a la jungla tienes que ir ayudado por mano de obra y guía de la zona, del mismo modo que en el Camino de Santiago buscas que te lleve la mochila una empresa de mensajería cercana y no te traes unos sherpas al efecto y que en todo esto algo tendrían que ver Verne o Salgari. Pero, aunque estemos en un mundo globalizado donde ya no puede sorprendernos que tengamos que comprar aceite de oliva africano para vender el propio a los italianos, que estos lo etiqueten como suyo y lo vendan en EE. UU., lo que asombra es que cuarenta años después queramos mantener paradigmas de alienación y que haya que luchar desaforadamente para hacer patente la incoherencia de pretender que el pasado es inmarcesible y que este asunto hipoteque otro futuro posible.

Y pasa igual, sin ir más lejos, en las películas de Indiana Jones, donde curiosamente la participación de los indígenas sirve de algún modo como pretexto para «rescatar» magníficos artefactos que, a riesgo de que sean saqueados y hurtados a la memoria del mundo, acaban en un museo, cuando no reposan en el colapsado y apartado almacén de los secretos; eso sí, siempre ubicado en un país del blanquérrimo Occidente. Desde luego que la acción trascurría en momentos en los que estas cosas se veían como normales, por lo que el afán no está en pretender que se corrijan las ambientaciones para adaptarlas a los valores modernos. Lo que se procura, en este caso, es poner el punto de mira sobre la manera en que se construye un imaginario y reparar en que es complicado hallar argumentos a favor de la descolonización que sirvan ante quien no se preocupa de ir más allá de un universo inmediato y cómodo.

En el fondo de la cuestión de la descolonización de los museos se encuentra la misma construcción del mundo y una visión eurocéntrica de este que ansía apuntalar, a costa de un evocador pasado de conquista, una cada vez más mermada y raquítica influencia sobre la globalidad. A veintipocos años del inicio del siglo un buen número de países, los países del «tercer mundo» (adviertan otra imposición terminológica del continente nuclear), tienen derecho a ser ellos quienes interpreten su historia conforme a su pensamiento. Aquellos países con un pasado a expensas de las metrópolis occidentales, muchos de ellos ahora «emergentes», cuentan con una postura suficientemente decidida para reclamar la autoría del relato y con el convencimiento de que su historia debe ser escrita a partir de su papel protagonista y no como el resultado de la condescendencia de las comunidades que, pretendidamente, las alumbraron.

Pero el gran problema que encuentran estas comunidades es que la construcción de su identidad está horadada y minada por los grandes vacíos que hallan a la hora de ilustrar y documentar a uno de los instrumentos que mejor sirve a estos propósitos: la institución museo. Y dentro de esta, la herramienta más significativa con que cuenta para constituir una comunicación intelectual y emocional con el visitante: la colección. Y les duele viajar a las grandes capitales europeas, a los santasanctorums de la museología, y encontrar las posesiones de sus ancestros muchas veces con apenas referencias, desposeídos de un contexto, presentados más como trofeos que como piezas de un constructo social e histórico y despojados del significado que se les dio al crearlos. Y únicamente porque la presentación expositiva no tiene en cuenta su trascendencia en el seno de una comunidad concreta.

Pero lo peor de la controversia sobre la descolonización es advertir el curioso fenómeno que se produce actualmente en esta sociedad vertiginosa de la que ya hablábamos cada vez que se roza, aunque sea, cualquier pilar de la identidad. Y no es más que el furibundo rechazo que se ha generado ante lo que algunos consideran una descapitalización de los museos, un revisionismo a merced de la dictadura progre, acomplejado y embadurnado de presentismo y, si me apuran, un atentado a la identidad judeocristiana, liberal e incluso androcéntrica.

Y en esta pelea, más suya que de la gran mayoría de la sociedad, es interesante que para defender esta postura anti-descolonizadora se acuda siempre a la opinión de politólogos, divulgadores, historiadores, tertulianos y prescriptores de diverso pelaje, «expertos», opinólogos en general, a quienes hemos dejado que invadan todo el universo cultural. ¿Todo? ¡No! En este panorama aún nos queda una pequeña aldea poblada por irreductibles museólogos que resisten contra la imposición de la hegemonía cultural y quien solamente les queda el recurso de acudir al tan poco común, desgraciadamente, ejercicio del pensamiento crítico. Fíjense, iba a hacer el chiste al decir unos «museógalos», pero finalmente lo descarté por no tener demasiada gracia y para eludir una proximidad inoportuna con algunos padres de la museología, galos también, que en cierto modo fueron reos, perpetradores más bien, de esta arquitectura europea del lenguaje museológico. Es inevitable que, como muchas veces pasa, las deslumbrantes luces de su esfuerzo por los museos hayan producido las duras, oscuras y afiladas sombras que ahora toca combatir.

Pero no vayan a pensar que los museólogos estamos interesados en mantener guerras culturales con el resto de la humanidad. Precisamente los museos son instituciones de prestigio en cuyo seno procuramos fomentar debates sobre el pasado y el presente, sobre el lugar de donde venimos y hacia dónde queremos ir; y siempre con espíritu de concordia. En este mismo blog ya se ha hablado de que los museos no son neutrales y, sin que ello signifique que deban ser beligerantes, lo que no podemos es seguir amparando discursos que perpetúen la exclusión, la sumisión a ideologías dominantes o la subordinación a una historia monolítica en la que se privilegie un único punto de vista. En definitiva, sigue siendo necesario recordar que el no adoptar postura es, precisamente, elegir una (la de no participar), de modo que esta aséptica y no comprometida neutralidad suprime el conflicto y esquiva la capacidad de la sociedad para avanzar.

Llevo tiempo diciendo que la misión de los museos es hacer felices a los ciudadanos y evidentemente no se puede ejercer dicho cometido cuando se pretende que nuestros museos se empeñen en evitar preguntas incómodas. Interrogarse sobre si estamos contando nuestra historia como parte equivalente de un todo o si necesitamos construirla a partir del mantenimiento de rehenes (las colecciones); sobre si el discurso que queremos es el de la sala de trofeos o el gabinete de curiosidades en lugar del que surge de una asamblea ciudadana como manifestación de la independencia comunitaria; o sobre si lo que queremos que nos identifique es una relación afectuosa y enriquecedora entre colectividades o el enfrentamiento excluyente entre oponentes. La elección es únicamente nuestra.

Cuestionarnos esto es lo que nos diferencia a los museólogos de la mayor parte de los opinólogos; los de sentencia virulenta, los que temen que queramos atentar contra la historiografía y les cambiemos las reglas, como si la letra cincelada en su manual de historia, amarillento por el sobeteo y la idolatría, fuera más importante que la historia real; un vademécum más valioso que el inevitable compromiso del conservador de museos de presentar la memoria desde puntos de vista poliédricos. Pues bien, para rebatir su verborrea fácil, insensata e impensada, solamente podemos usar procesos que duden de las verdades absolutas y que nos permitan analizar y evaluar nuestros razonamientos para generar así el armazón idóneo de un contexto auténtico e irrefutable. La verdad es que, en esta batalla, que no ha de ser solo del museólogo sino de todos, es fácil entrever en el opuesto el temor a la pérdida de una conciencia dominante y excluyente que se alimenta de rancios símbolos, endogamias y homogamias, antagonismos, maniqueísmos, purezas de condición (por no decir de raza) y un avaricioso afán por el poder y el dinero. El interés de aquellos cuyos bolsillos están forrados de tela de bandera.



Feminismo anticolonial desde el sur: la desobediencia visual de Mujeres Creando - Scientific Figure on ResearchGate. Available from: https://www.researchgate.net/figure/Figura-6-Figurita-de-la-Ekeka-Feminista_fig3_376938957 [accessed 16 Feb, 2024]
 Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional

Pero volvamos a lo que realmente significa descolonizar los museos tras haber dibujado los motivos por los que se ataca tan ferozmente esta intención. De las carencias que tienen las comunidades para narrar sus orígenes y devenires, de este injusto escenario, ya se han dado cuenta los museólogos desde hace tiempo pues tenemos la costumbre, afortunada o desdichada, de cuestionarnos hasta el mismo concepto de museo casi desde el mismo momento en que acordamos uno. Y en ese intercambio epistemológico, que se produce entre comunidades de todo el mundo, se ha advertido la posición dominante de la museología Europa y Norteamericana sobre las del resto de continentes, de modo que se producen factores de corrección mediante la generalización de instrumentos que cuestionan la propia disciplina de la museología en cuanto a cuestiones como la descolonización. Por suerte, en la reciprocidad de inquietudes que se plantean en el seno de la comunidad museal se encuentra la razón de la preocupación actual de los museos del mundo por abrir el debate de la descolonización.

Pero las herramientas disponibles, como la guía realizada por Museums Association, son meros mecanismos técnicos que pueden servir para enfrentarnos responsablemente a la cuestión de que, en muchos casos, atesoramos colecciones que pertenecen a otra comunidad, en el sentido de que son hacedores aunque no titulares. Y para llegar hasta allí tendremos que afrontar todas las fases del duelo, que al fin y al cabo es lo que esto es: la pérdida irremediable de otras glorias e incluso del honor. Ahora mismo nos encontramos en las fases de negación e ira ante la «desfachatez» de los museos, y de otras instituciones sensatas, de siquiera cuestionar la legitimidad (que no legalidad) de la reivindicación. Luego llegará la negociación con sus juegos de trileros, extorsiones y compensaciones, pero es muy probable que todo termine en aceptación tras la correspondiente depresión. Miren si no cómo se está desarrollando el tema en otros países.

No vayamos, sin embargo, a caer en la trampa del presentismo y del simplismo. Existen muchas colecciones en los museos que están en ellos mediante procedimientos que eran decididamente legales en su momento histórico (producción de un estado constituido legalmente, regalo, compra, intercambio, etc.) pero también hay muchos casos de colecciones saqueadas, expolios y engaños que deben analizarse detenidamente. Lo que proponemos los museos y museólogos es que se examinen las situaciones existentes, que se reconozcan las realidades de cada caso y que ello conlleve, si acaso, la adopción de medidas que contribuyan a que las colecciones de los museos se encuentren en el lugar que deben. Esto no significa que haya que restituir cada objeto, desde luego, pero no vamos a poder eludir la obstinación de la realidad durante mucho tiempo, por lo que es preciso que impulsemos el ejercicio de valorar la probidad de las reclamaciones; y en la cuestión de la descoloniación en España ya vamos por detrás, para variar, del resto de democracias de nuestro ámbito.

Y tampoco nos quedemos envarados en la mera restitución o no porque la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos, ya que implica una revisión profunda de asuntos tales como el uso del lenguaje y la simbología, de las relaciones entre los objetos y sus procedencias, de las historias ocultas u ocultadas, del reconocimiento de la diversidad o del idioma, de las presentaciones con restos humanos o del tratamiento del género, raza o condición en la presentación museística. Así de complejo es esto y sin haber rascado apenas la superficie.

Los museólogos debemos rechazar los ataques de aquellos que aún no se han dado cuenta de que el museo ya no está centrado en objetos, sino que lo está en personas; y en esta aspiración somos la vanguardia que ha de orientar la línea política de las instituciones culturales. Sed resistentes, pues ante aquellos que quieren imponernos la terquedad de la historia áulica vamos a tener que responder a menudo con la magnífica frase de I am so fucking thankful that you are here to explain my job to me.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Museums are "NOT" neutral


Andaba hace días pensando en que tocaba nuevo post, en que tenía abandonado el blog. En mi caso no soy capaz de encontrar hábito de escritura sino que dependo de la aparición de ese chispazo que te dice por dónde transitar, lo cual puede hacer que encuentre inspiración dos veces en una semana o dos veces en un año. Mal asunto.

En ello estaba hasta que leí este excelente post de Lluís Alabern del que quiero rescatar la frase “El museo, las salas del museo, deben mediar para hacer de la visita un ejercicio de libertad, placer y conocimiento, para contribuir a hacer del espectador un ciudadano crítico”, y esta fascinante imagen

Foto extraída del post de Lluis Alabern

Encontré una reflexión atractiva, con la que parecía estar rotundamente de acuerdo, que suscitaba nuevas rutas para seguir cavilando y que aportaba una estampa que me atrajo profundamente. Pero sabéis que la mente es caprichosa y que a menudo parece acoger abiertamente ideas que, como chinas en el zapato, no acaban de ajustarse bien y fastidian con persistencia hasta que te obligan a descalzarte para corregir la molestia.

Había algo que chirriaba en la frase “Museums are not neutral”, algo que me inquietaba coincidiendo con algún ejemplo muy reciente de museo que ha emitido un comunicado político específico. Esto me hacía preguntarme sobre la neutralidad de la dirección de ese museo, y por la de la propia institución, ya que el comunicado parecía suplantar la representación del titular del centro o incluso de todos los empleados, y no desvelaba si la postura del museo como cabecera de un marco territorial o temático pretendía envolver a los centros que se relacionaban con él. Quiero clarificar que mis disquisiciones van dirigidas a museos públicos y que la pregunta tiene importancia porque el sostenimiento del museo es compartido por los contribuyentes y es ante ellos ante quien hay que rendir cuentas. Ya que esto es un mero ejemplo ilustrativo, no busquéis aquí un juicio a la acción concreta y menos una posición a favor o en contra de la misma. Es más, quizá mi duda sobre ella ya suponga en sí decantarse por una posición concreta, lo cual sería una clara evidencia de que la neutralidad no es cosa sencilla de negociar y de mi necesidad de iniciar el debate. No obstante, ya que no quisiera herir ninguna sensibilidad con ello, me disculpo anticipadamente.

Posiblemente no haya respuesta para la cuestión sobre si el museo debe ser neutral, al menos de manera concluyente. Como para tantas cosas, la experiencia particular de cada uno, sus principios o incluso sus intereses determinan una respuesta subjetiva que puede oscilar entre una afirmativa cautela y una impetuosa negativa, pasando por una equidistante y, en ocasiones, tibia prudencia. Eso sí, en lo que si podemos estar de acuerdo es que cualquier postura puede generar conflicto, más aún en estos tiempos en los que los ánimos se calientan con facilidad y en los que el dedo internauta es suelto y precoz, dado más al ímpetu de la víscera que a la serenidad del pensamiento. Y ni siquiera yo tengo claro al empezar lo que pienso sobre el tema así que sirva, al menos este relato, como ejercicio retórico en el que se lancen preguntas sin que debamos esperar respuesta a todas. Quizá al final las encontremos.

¿Qué significa ser neutral? Quizá habría que empezar por definir los términos en los que nos moveremos y definir la neutralidad según lo hace el diccionario (sin duda el mejor instrumento que existe para ello), como la cualidad del “que no se inclina en favor de ninguna de las partes opuestas o enfrentadas en una lucha o competición”. Suponiendo que el museo se encuentra en un escenario de confrontación, deberíamos entonces determinar si la disputa es beneficiosa para conseguir sus objetivos y si se deben poner límites a sus acciones, o al menos acordar los caminos por los que pueden discurrir. Igualmente habría que delimitar el terreno en el que nos movemos señalando si la neutralidad es una actitud que corresponde adoptar o rechazar a todos los museos, ya sean públicos o privados, o si hay que dejar su adopción al albedrío de sus dirigentes. Ya que yo concibo el museo como un lugar de experimentación y participación resulta imposible que no haya debate, así que debo rechazar la neutralidad y admitir que el museo entra en conflicto con su entorno, con las colecciones que custodia, con el público al que se dirige, y con las bases de conocimiento que le inspiran para cumplir plenamente su misión.

¿Queremos o no un museo neutral? Uno tiende a pensar que en el mero terreno de la cotidianidad, el museo debería ser neutral para quedar al margen de posturas partidistas, porque ello nos proporciona cierta seguridad y confort y la tranquilidad de saber que quedan instituciones comunes alejadas del conflicto y la manipulación; despolitizadas, en definitiva. Pero, por otro lado, esto supondría restringir de algún modo el concepto que tenemos de museo y mantenerlo únicamente en el terreno de la convivencia de la sociedad, perdiendo la oportunidad de utilizar sus capacidades como instrumento para el desarrollo de esta. En tales condiciones contaríamos con un museo incompleto, y su neutralidad o parcialidad solamente serviría a determinados intereses, que tenderían a ser los de todos en el caso de los públicos, o los de unos pocos en el caso de los privados. Así que concluyo que la neutralidad del museo no reside tanto en una simple intervención o participación en los asuntos públicos, como en la manera en la que observa esos asuntos y la respuesta que aporta. Y que es por ello por lo que no deberíamos desear un museo neutral.

¿Puede ser el museo (no) neutral a conveniencia? Ante esto, es posible que razonáramos la presencia de opciones, digamos de compromiso, como la que defendería un museo institucionalmente neutral, pero que pudiera no serlo en su discurso, adaptándose entonces a las necesidades de objetivos concretos más o menos permanentes. Pero esto no sería útil, pues para conseguir un museo de este tipo habría de carecer de misión, lo cual desvirtuaría su existencia y lo sometería a intereses inmediatos. Tampoco sería de mucha utilidad la existencia de una institución que no quisiera ser neutral, pero con un discurso que pretendiera ser imparcial, lo que podría situarnos ante una entidad manipulable. En ambos casos el museo acabaría instrumentalizado y su existencia dejaría de servir a los intereses de la sociedad, por lo que se puede concluir que la neutralidad o no del museo depende más de su independencia que de quién se encuentre detrás de su presupuesto. Es más, si un museo es independiente es posible que acabe siendo no neutral porque podrá tomar partido sin reservas por opciones concretas, o al menos ofrecer la posibilidad de configurar discursos contrapuestos. En este caso, opino que la conveniencia del museo debe encontrarse en la adopción de posturas no neutrales.

¿Nos hace falta un museo no neutral? La respuesta parece intuirse ya en los párrafos anteriores. Podemos añadir que vivimos en sociedad y hemos dispuesto múltiples espacios de encuentro no neutrales como la plaza, la iglesia, el colegio, el puesto de trabajo, la junta vecinal… Así que, si estos espacios son lugares para tomar partido por las cosas que nos afectan ¿por qué habría de ser neutral el museo? Si los ciudadanos tienen derecho a intervenir en la vida pública y el museo es un lugar donde se integran algunos de los bienes esenciales del ciudadano, seguramente debamos interpretar que el museo es un lugar idóneo para crear un movimiento comunitario que sea capaz de renovar la sociedad. Y es que el museo puede estimular el pensamiento crítico, puede acercarse a los problemas desde diferentes o novedosos puntos de vista y lo va a hacer sobre la base de su propio prestigio como institución, a partir de su solvencia técnica y teniendo en cuenta que los valores que se utilizan se encuentran en transformación permanente. Naturalmente, la presentación de estas cuestiones va a estar sometida a posiciones subjetivas, pues el museo lo componen personas tanto a la hora de presentar el mensaje por parte del profesional como en la percepción del usuario. Todo planteamiento en el museo toma partido por algo, siempre hay más alternativas, así que al escoger una de ellas se orienta el discurso por un camino concreto que tendrá unas consecuencias más o menos deseadas. En definitiva, nos hacen falta museos no neutrales que medien para conseguir un diálogo crítico que nos aproxime a verdades. De otro modo el museo será un simple instrumento de propaganda.

Foto procedente de Encuentros Playgrounds. Isidro López-Aparicio. La Casa Tomasa. MNCARS

¿Estamos preparados para un museo no neutral? Llegados a este punto, quizá debamos plantearnos si somos capaces de aceptar un museo no neutral; algunos dirían comprometido. Por plantear ejemplos concretos, si para incitar a la reflexión el museo decidiera informar y debatir sobre cuestiones actuales, candentes, sensibles, como la desigualdad salarial, las migraciones, las nacionalidades, la dicotomía entre cultura y tradición, la educación, la relación entre religión y sociedad, el nivel de la pobreza, la memoria histórica, los límites del humor, o incluso el modelo de estado… ¿Dejaría insensible a la sociedad? ¿Se entendería? ¿Estamos realmente preparados para abrir debates de este tipo en el museo? ¿Estarían dispuestos los museos públicos a abordar tales cuestiones, es más se les permitiría? ¿Entraría la censura al terreno de juego? ¿Estaríamos dispuestos a ocultar piezas del museo para no generar conflicto? En virtud de las respuestas podrá cada cual saber si se encuentra preparado para aceptar un museo no neutral. 

Por último. ¿Cómo gestionar la no neutralidad? Bueno, aquí no nos sorprenderemos si planteamos que la base de la acción no neutral del museo reside en su misión, es decir en la definición previa de la razón por la que existe, de los objetivos que pretende cumplir y del motivo por el que lo que hace. En esta tesitura ¿sería simplista tratar de asociar la no neutralidad del museo con el sentido común? ¿Sería posible apelar solamente a la objetividad de quien gobierna el museo? O ambas cosas son interpretables y hemos de buscar valores que podamos aceptar como más ecuánimes y universales. ¿Y cuáles serían estos? Yo, si tuviera que plantear los cimientos de un museo no neutral, tengo claro que acudiría al consenso (para lo cual debería aceptar la colaboración solidaria de múltiples agentes), a la tolerancia (para lo que debería aprender a admitir cualquier idea ajena, incluso contraria), al respeto (mediante el cual observaría la dignidad de los aportes que voy a utilizar), a la independencia (gracias a la que evitaría considerar cualquier injerencia que se me presentara), a la empatía (con la que trataría de ponerme en el lugar de los destinatarios de mi mensaje para identificar sus expectativas), a la transparencia (pues no tendría, ni querría tener, nada que ocultar), a la mediación (para revelar o modular significados que pueden contribuir a desarrollar la sociedad), y también a las sensaciones (para facilitar el disfrute y la retención de conocimientos). Seguramente me dejo muchos. Estás invitado a contribuir con los tuyos.


Para concluir. La neutralidad suprime el conflicto y ello restringe nuestra capacidad de avanzar, y en este contexto considero que los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad si alguna vez la tuvo.