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viernes, 28 de agosto de 2026

LA GRAN MENTIRA

Sé que el título quizá no sea el más afortunado. Ni será el más oportuno, ni el más ocurrente. Pero seguramente sea el que mejor venga al caso, el que más defina la situación. Porque debajo del «oropel», como decíamos en nuestras mocedades arqueológicas, demasiadas veces encontramos poco más que un simple maderamen, un «alma» inconsistente.

La gran mentira está hecha a base de pequeños engaños. El de que los museos son absolutamente seguros; el de que se invierte lo necesario para que cumplan sus funciones; el de que el museo grande de la capital está más protegido que el de una pequeña localidad; el de que a buena parte de los responsables políticos les importa la custodia del patrimonio menos que su lealtad al partido o a sí mismos; el de que las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado cuentan con medios y personal para abarcar todas sus funciones; el de que las competencias en la materia están claras y bien definidas; el de que los museos, por sí mismos, son solución a la despoblación; y, sobre todo, el de que el problema de la seguridad de los museos es único en sí mismo y no tiene que ver con el resto de inconvenientes que les afectan. La verdad es que la custodia efectiva del patrimonio cultural exige medios inconmensurables y me temo que, secretamente, ni el ciudadano de a pie ni aquellos que reciben el «mandato» de sus votos están dispuestos a disponer más medios para la cultura. Esto último no lo podemos tolerar.

Todo viene al caso del reciente robo el Tesoro de Villena. Que no es el primero que se roba ni posiblemente sea el último, a pesar de que la realidad se harta de abofetearnos con nuevos casos de vandálicos expolios, sazonados con autocomplacencia negligente. No creo ser el único afligido ante la posibilidad de que sea fundido un elemento tan irremplazable para nuestra personalidad como país, que lo es por encima de innumerables símbolos raídos, manoseados en prédicas triunfales. Ruego desesperadamente que acabe en el avaro estudio de un coleccionista y no en el fusor de un joyero intempestivo, pero creo que este anhelo no es más que una negación para gestionar el duelo. Nos han robado una parte de lo que hace que España sea como es: diferente ante el resto de las naciones; diversa por la pluralidad de sus propias naciones; solidaria en las catástrofes y la primera en las celebraciones; un conjunto de territorios poblados por personas que pueden ser extremo filiales ante la adversidad y convertirse luego en un Caín en la plaza. Y lo peor es que ahora mismo, mientras los ladrones se ocultan esperando su ocasión, se ha iniciado un nuevo duelo a garrotazos, echando las culpas al de al lado y buscando una nueva puya con la que agotar al adversario político.

No es este lugar para analizar los motivos que impulsan a los ladrones: oportunidades descaradas de capitalización, encargos de coleccionistas, secuestros materiales a la espera de rescate, reivindicaciones, anhelos de celebridad, etc. Pero sí es lugar este para reflexionar sobre el modo en que los encargados de custodiar estos bienes afrontan su defensa y si existe en nuestro país la mejor política de protección del patrimonio cultural. Si los medios que destinamos a este propósito son suficientes y si las instituciones son realmente conscientes de lo que deben hacer. Pues es momento para presentar soluciones, temporales o permanentes, que puedan combatir este sufrimiento; este proceder que está haciendo desaparecer los ejemplos más admirables de nuestro pasado, aquello que la historia ha sublimado para que lo reconozcamos como cimiento de nuestra identidad.

No conozco las condiciones particulares de seguridad de los ejemplos citados, pero tengo algo de idea sobre seguridad en museos, gestión de presupuestos públicos, defensa del patrimonio ante el expolio y política museística. Y por ello sé ciertamente que aunque los museos son seguros también es complicado mantener los equipamientos actualizados; que no es fácil mejorar los tiempos de respuesta de las empresas de seguridad; que la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado es titánica; que el tráfico ilícito es inabarcable; que la administración de los magros presupuestos públicos suele estar más cerca de los intereses individuales que de las aspiraciones comunitarias.

Pero también soy consciente de todo lo que me falta por saber y lo suficientemente prudente para no mostrarme iracundo en opiniones y, menos aún, manifestarlo en redes. He leído muchas, demasiadas, sentencias pidiendo dimisiones, auditorías de seguridad o acciones extra competenciales y me pregunto si quienes expresan diatribas se han parado a pensar. La verdad es que poco ayudan y que mejor sería que demandaran medidas de mayor profundidad y permanencia: una mejor educación patrimonial, la generalización de estructuras de seguridad consolidadas, redacción de planes de seguridad ante emergencias, definición competencial clara, o dotaciones públicas suficientes. De hecho creo que esta cuestión requiere un pacto de estado, pero en este país eso es una entelequia para cualquier aspecto de la vida.

Entrando al trapo podríamos decir que los museos tienen las mejores condiciones de seguridad posibles. Es una certeza, pero también es un pequeño artificio del lenguaje. Por supuesto que es la mejor posible, pero eso no significa que no se puedan y deban adscribir más medios a ese propósito. Y también deberíamos decir que no hay seguridad perfecta, lo que ha quedado claro a la luz de los ejemplos de Villena, Badajoz, Vix o El Louvre. Igualmente podríamos decir que existen medidas preventivas que no necesitan complementos físicos o electrónicos. Pero no os van a gustar, son costosas o sirven únicamente para un tiempo limitado. La mayor medida de seguridad es no exponer las piezas o exponer réplicas, pero eso choca radicalmente con el fetichismo de la visita y con la generación de recursos que es referente en el discurso neoliberal. Como profesional estoy convencido de ello y lo digo claramente, pero también entiendo que sean la opción más contestadas. También considero que la opinión pública puede tener la sensación de que un tesoro como el de Villena tendría que haber tenido una dotación de seguridad mejor y que hay que desterrar la idea de que nuestro patrimonio está mal protegido.


La solución no se encuentra en llevar las colecciones a museos situados en una gran capital o a cargo de un titular firme en medios y decisiones. Ni en vitrinas más o menos blindadas, un vigilante 24 horas, un acuda alarmas rápido, o un sensor bidireccional, porque todo esto lo conoce el ladrón mejor que nadie y sabe cómo neutralizarlo. La respuesta está en crear o transformar los museos con el objetivo de que sean sostenibles y ello significa que los museos sean viables desde el punto de vista ambiental, social, cultural y económico. Y para ello debemos buscar siempre la respuesta a la pregunta ¿puede el museo cumplir plenamente sus funciones? Si vemos que no puede garantizar la custodia, documentación, exhibición, investigación, difusión, etc., es el momento de aportar soluciones. El problema radica en que la pregunta hay que hacerla antes de abrir el museo, no después de posar para la foto.

Echarnos las manos a la cabeza después del daño no es una reacción lógica ante un suceso, sino que es el síntoma de un problema generalizado en la salud, y viabilidad de nuestros museos. Es curioso, además, comprobar que los más dramáticos en la queja son los que luego denostan a los profesionales de la cultura «porque de eso sabe cualquiera»; quienes rechazan más  inversión por considerarlo gasto; aquellos que objetan contra la creación nuevas plazas de empleados públicos (responsables del 75% de los museos españoles) por vaya usted a saber qué complejos; los mismos que reniegan de reclamar a cada administración que cumpla sus competencias (quizá por ser incapaces de entenderlas); o los aduladores de piteros y expoliadores que si hallaran un tesoro arqueológico en el campo se lo quedarían porque “lo encontré yo y mejor conmigo que con el Estado».

En este blog hemos hablado de muchas de estas cosas, como el peligro del impacto turístico sobre la integridad del patrimonio cultural; las abundantes reclamaciones patrimoniales que exigen la exhibición de bienes en sus lugares de origen a costa del riesgo en su seguridad y comprensión; la burbuja de museos de temporada como apuesta política irresponsable; el fetichismo que sentimos hacia las colecciones de museos; el riesgo ante desastres. En definitiva llevamos tiempo tratando múltiples aristas del mismo problema. Que una buena parte de los museos españoles no son viables, sobre todo los creados en los últimos 30 años, y que las administraciones no han sabido, querido o podido atajar la proliferación de centros creados en torno a principios patrimoniales poco consistentes, sustentados por presupuestos coyunturales y propuestas cortoplacistas.

La política museística debe asentarse, entre otras cuestiones, en la custodia y transmisión de los bienes patrimoniales; en la recuperación de manifestaciones culturales y la protección ante el riesgo; en la apuesta por el servicio al ciudadano y la especialización profesional; en el apoyo a la investigación, difusión y divulgación. Y no es que lo diga yo, sino que lo expresan la mayoría de las normas, ya sean estatales o autonómicas. Cualquier «fenómeno» museístico que no se encuentre dentro de estos parámetros está destinado al fracaso, sobre todo en lo que se refiere a la misión que debe cumplir. No podemos permanecer al vaivén de acordarnos de los riesgos asociados a su gestión cuando vemos la catástrofe en la prensa del día (incendios, robos, inundaciones, plagas, masificaciones, etc.) y asombrarnos ante el siguiente caso de expolio. Y tiro porque me toca.

Recupero con parecidas palabras algo que ya dije en este blog. Parece que olvidamos el grave daño para nuestra identidad (se han perdido colecciones insustituibles), el desolador impacto para nuestra autoestima como comunidad (¿qué imagen damos al mundo si no podemos conservar nuestro patrimonio?), las profundas carencias de disfrute y aprendizaje por las visitas que ya no se podrán hacer (si no se recupera el tesoro), la devaluación de la herencia patrimonial que dejamos a nuestros sucesores o el importante impacto en términos económicos.

Para evitarlo hagamos un pacto. Hagamos piña. Nuestros museos son seguros.

jueves, 11 de marzo de 2021

ALGUNAS ANALOGÍAS CONFUSAS

Ya sabéis que me gusta la precisión en el lenguaje. Quizá sea manifestación inocua de mis manías compulsivas, acaso cosa de mi carácter cartesiano, tal vez muestra vehemente de ese ensoberbecimiento tan natural en mí. O simplemente una sublimación de semejantes defectos que resulta en una afición por emplear diccionarios de consulta, de uso o de sinónimos, y que tiene como consecuencia el que tarde más de lo normal en rematar mis escritos.

Ser impreciso al usar la lengua resulta ineficaz pues fragiliza los códigos de transmisión y distorsiona el mensaje. Del mismo modo muestra pobreza de recursos comunicativos o pereza para usar la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar e incluso conlleva peligros.

Está claro que cada uno usa las palabras del modo en que cree que mejor van a explicar sus razonamientos y por ello hay tantas formas de decir las cosas como autores. Pero es también evidente que detrás de la elección de un vocabulario determinado, y de la selección de figuras retóricas, existe un trasfondo que muestra lo que se piensa de las cosas. Nuestra interpretación de las mismas se forma a partir de experiencias, conocimientos y procesos críticos que generan las ideas que rigen nuestras acciones de modo que, si partimos de supuestos desacertados, o desde prejuicios y falsos planteamientos, podemos llegar a entender las cosas de modo diferente a cómo son en realidad.

He observado que el relato periodístico sobre todo, pero también de las administraciones públicas, muestra a veces un concepto del patrimonio cultural bastante alejado de la realidad, por lo general incompleto y sesgado, demasiado pendiente del valor mercantil de los objetos y que deja al margen su relevancia como herencia o como conjunto de rasgos que se transmiten y que configuran nuestra identidad cultural. Y creo que es posible que la confusión derive del uso de la palabra “patrimonio” que, para bien o para mal, solemos tener más asociada a bienes y riquezas. También es probable que si generalizáramos la palabra “herencia” o, mejor, “legado” nos acercaríamos más a interpretaciones más relacionadas con la identidad, la continuidad o la creatividad y que eso nos llevaría a considerarlo como algo propio, común y activo. A lo mejor por eso los ingleses usan la palabra heritage en lugar de patrimony.

Por eso me desconsuelan una serie de voces que tradicionalmente se suelen vincular a las prácticas relacionadas con el patrimonio cultural y, en concreto, a los museos, la arqueología y el arte. Y como ya expresé en otra ocasión, más por divertimento que por crítica (que también la había), a veces son prueba de un desconocimiento, sensacionalismo o presuntuosidad que, al pretender hacer más llana la comprensión del mensaje “sacrifica las virtudes propias de los bienes a costa de conseguir una valorización imperfecta”.

Entre estas expresiones se encuentra la célebre “museos vivos” o “dar vida a los museos”, un recurso retórico que representa la intención de estimular la acción de alguno de estos centros y que puede vincularse a una estrategia para impulsar sus entornos inmediatos, ya sea social, cultural o económicamente. El error al usar la expresión se encuentra en que si hay que vivificar un museo es porque entendamos que estaba muerto o porque creamos que estas instituciones lo están habitualmente y eso es una obsesión que está tan arraigada en la mayoría de la ciudadanía como en un altísimo porcentaje de aquellos a los que les corresponden las competencias de los museos. “Museos vivos” es una frase que también se utiliza para camuflar períodos de indolencia institucional, para desmarcarse de responsabilidades previas o para ostentar una ilusoria imagen de renovación. Posiblemente gran culpa de estos usos provengan de un mal entendimiento, inconexo y descontextualizado, del famoso manifiesto de Marinetti en el que se abogaba por una transformación radical a partir de la destrucción del pasado. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo en qué acabo su deriva ideológica, es posible que articular discursos a partir de su dibujo de los museos como cementerios del arte no sea la mejor de las opiniones.

Relacionada con esta última idea se encuentra la de pensar en los museos como lugares de almacenamiento sin medida, centros de acumulación de objetos polvorientos y de cajas apiladas en equilibrio precario. A este esbozo han contribuido tanto la imagen de cierto arqueólogo que busca arcas para reservarlas luego en el olvido burocrático, como la del conservador abstraído que solamente cuenta con tiempo para el estudio y la investigación, apenas preocupado por si los objetos se presentan como deben. Parece claro que el museo y sus profesionales no hacemos suficiente para arrinconar estos arquetipos, e incluso diría que hay quien los fomenta porque “si la gente no viene al museo tampoco la vas a obligar”. En definitiva, la imagen del museo como una necrópolis desatendida se soluciona explicando lo que se hace en el museo y por qué se hace, es decir, explicando su misión y, por supuesto, abriendo de algún modo los almacenes como hizo recientemente, con tan buen acierto, el Museo Nacional de Escultura con su exposición “Almacén. El lugar de los invisibles”.

Entroncando también con este imaginario se encuentra igualmente el uso tan extendido de la palabra “tesoro”, que suele venir acompañado de vocablos como “atesoramiento”, “joya”, “secreto”, “botín” o “trofeo” y de expresiones como “amasar”, “acopiar” o “caja fuerte” que pueden servir todas ellas para ilustrar una imagen del museo entendido como un sagrario para depositar las excelsas muestras de un patrimonio cultural, considerado éste como símbolo de una determinada cosmovisión. Y que, apelando a la pasión más que a la razón, se acerca tanto a los nacionalismos excluyentes que, bajo la falsa apariencia de la identidad, se constituye en elemento divisorio más que en factor de integración. “Lo tengo yo hablado con todo el pueblo. Pregunte, pregunte por ahí, si quiere”.

La literatura museal siempre ha tenido como antecedentes de los museos, entre otros, a los tesoros de las iglesias medievales, pensados para albergar objetos con valor económico o simbólico, a las colecciones reales, para el disfrute personal y muestra de estatus, o a las acumulaciones de los eruditos renacentistas, como repositorio humanista para el conocimiento del mundo. Sin duda son magníficos ejemplos de cómo se fueron configurando las colecciones de objetos en el pasado, pero actualmente no podemos equiparar estas taxonomías a los que significan los museos hoy en día. Las instituciones museísticas actuales buscan su camino como lugares de acción social y participación humana, de modo que percibirlos como meros relicarios envía un mensaje reprochable. Los ciudadanos hemos confiado su custodia a instituciones y profesionales y si su labor se limita a la acumulación de objetos sin compartirla (ya sea por interés monetario, de prestigio o científico) tendemos a sospechar que en el acaparamiento existe la intención de medrar beneficio en la escasez o en la exclusión. De modo que, detrás del uso de estos términos puede acechar la imperdonable idea de que los museos guardan para sí los bienes culturales que a todos pertenecen y que esto se hace porque no todos somos merecedores de su disfrute o porque se quiere reservar (esta voluntad no tiene por qué ser consciente) para una élite cultural que suele serlo también en lo social. Incluso podría verse un interés en monopolizar conocimientos que, mediante el sacrificio de la transparencia y del acceso universal, resulta en una manipulación del mensaje y en una represión de derechos.

Junto a todo lo anterior también se encuentra uno de los usos del lenguaje que más me fascina. El que ofrece experiencias museísticas bajo la divisa de que son un lujo al alcance del usuario; así, como si fueran alhajas en su estuche (que un poco sí lo son, pero por otros motivos). Naturalmente quedo sobrecogido por estos modos, no diré que sorprendido sin embargo, porque creo que un museo es cualquier cosa menos un lujo. Llevamos más de doscientos años intentando precisar lo que es un museo, sin que hayamos conseguido tener clara una definición del mismo, pero si en una cosa estamos de acuerdo es en que los museos garantizan el acceso universal a la cultura y a los bienes públicos, por lo que son instituciones no excluyentes y asequibles; al menos coincidimos en ello un número importante de quienes estamos pendientes del asunto. 

Asociar a los museos con el lujo es un pensamiento tan tosco como los ya vistos respecto a los tesoros y suele ir también acompañado de frases donde el término museo viene acompañado por otros tan turbadores como “esconder” u “ocultar”. A veces, disimulados entre las líneas de actuación de las políticas públicas, o de los escritos de la prensa, podemos encontrar estos mensajes equívocos que provienen de concepciones exclusivistas de la cultura, nacidas en el ánimo de quien está acostumbrado a poseerla con ánimo hegemónico o cuajadas en el desprecio de quien nunca la ha tenido como un valor prioritario. Que cada cual se interesa por lo que le parece, faltaría, pero eso no significa que haya que obstaculizar los afanes del prójimo.

En resumen. Estamos tan sumergidos en una idea de la cultura construida sobre el mercado, en que toda manifestación o expresión debe generar un retorno económico y en la preeminencia del ocio por encima del disfrute, que hemos terminado por considerar la visita al museo como un bien de consumo, un gasto que solo sabemos valorar en términos monetizables. Y ello en perjuicio de considerarla una inversión en nuestros derechos, un bien esencial al que accedemos de manera participativa, donde nos encontramos para establecer diálogos, proponer debates para entendernos y entender el mundo o donde desarrollar la creatividad. Un lugar al que acudimos a pensar, vivir, disfrutar, luchar, amar, conocer, ayudar, curarnos, unir, estar, ser… Y eso nunca ha estado lejos de nuestro alcance ni debe encontrarse más allá de los medios que un ciudadano corriente tiene para conseguir las cosas. Así que pensar en los museos como un lujo supone pensar en ellos desde la exclusividad, desde la élite cultural, desde una posición de confrontación entre el visitante y el usuario. Y esto es alarmante si sucede porque quienes tenemos la responsabilidad directa de su custodia y transmisión sintamos que nuestro papel es imprescindible en el proceso interpretativo, en lugar de vernos como mediadores.

Mi humilde recomendación es que os quedéis con el afán de usar el lenguaje con precisión, que a lo mejor no hecho más que mostrar mis propios recelos y he creído ver prejuicios donde no había más que florituras narrativas.