viernes, 28 de agosto de 2026
LA GRAN MENTIRA
viernes, 4 de abril de 2025
MENUDO PELICULÓN
Se acaba de anunciar la creación del nuevo Museo del Cine. Al parecer el nuevo proyecto tiene como objetivo crear un centro expositivo que sirva de referencia de la actividad cinematográfica española. Para ello se ha cedido a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España el antiguo edificio del NO-DO, que según dice el comunicado del Ministerio de Cultura «será rehabilitado para su nuevo uso, permitirá la exhibición y conservación del patrimonio cinematográfico».
Pues hay tantas cosas que decir que no sabría cómo empezar. Y es que además no son buenas la mayoría. Entiendo como positivo y bien destacable que exista el propósito de crear un museo dedicado a «la preservación, compresión, valorización y celebración del patrimonio audiovisual español», que ya iba siendo hora, pero encuentro muchos claroscuros.
Empezaremos por una sucinta y básica clase de museología. Cualquier profesional del ramo conoce el clásico mantra de que los elementos constitutivos del museo son contenido, continente y público. La cosa es mucho más complicada, por supuesto, ya que cualquier disciplina evoluciona y aunque el adagio ya está superado nos viene de perlas para empezar el análisis de la propuesta presentada. Vemos así que el futuro museo parece tener edificio: el del NO-DO. Se habla de algo parecido a una colección: archivos de cineastas como Jaime de Armiñán o Iván Zulueta y hasta 70.000 negativos del noticiario propagandístico, ahora en la Filmoteca Española. Y el público, pues ya vendrá.
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| Edificio del NO-DO |
El problema radica en que estamos acostumbrados a que se hagan museos desde el tejado y Dios proveerá. Pero si bien es cierto que es habitual encontrarse anuncios como el que nos ocupa, no es frecuente que proyectos tan poco hilados provengan del Ministerio de Cultura. Mireusté, que lo haga el alcalde de Matalaspocillas en las antiguas escuelas con fondos FEDER y apoyo de la Diputación o de la Administración de la Comunidad Autónoma puede ser. Pero no es admisible que el señor ministro diga que anunciamos «el acuerdo para ceder el edificio. A partir de aquí, hay que concretar un proyecto, una museografía, ver las necesidades financiera y tomar las necesidades», o que el director de la academia de cine diga que «es un trabajo ingente, que nos va a llevar meses y años y que merece muchísimo la pena. Las ideas que tenemos sobre el futuro del museo están poco definidas, hemos empezado a hablar ahora». Al menos no lo anuncies hasta haber avanzado un poco más.
Suelo tener como referente la labor de los profesionales de museos del Ministerio de Cultura, Subdirección General de Museos mediante, y me desazona que ahora se nos coloque en la mesa un «museo de temporada». Y es que da la sensación de que este ministro ha mandado a los gregarios a lanzar el esprint electoral y que anda más preocupado de la etapa que de la general. Pues pronto empieza. En otra ocasión alabé la decisión de comenzar la descolonización de los museos españoles, y también he estado de acuerdo en el compromiso para el tratamiento ético de los restos humanos, pero este último anuncio de colaboración parece un recuelo de proyectos arrumbados exigido por la necesidad de estar en el candelero. Las expresiones «resignificar» el edificio y es «la primera piedra, como se decía en los tiempos de Franco, para hacer el Museo del Cine» dichas en la presentación solamente puedo entenderlas como butades nacidas de tal propósito o como un tosco ejercicio de márquetin.
Dicho lo anterior, creo que no tiene por qué salir mal el proyecto. Por ejemplo, nadie daba un duro en su momento por el Museo Nacional de Arquitectura y Urbanismo y ahí lo tienen; con otro nombre y quizá menos ambición pero existe. Estoy convencido que la maquinaria estatal llegará a buen puerto con el proyecto; ojalá lo veamos pronto y sirva fielmente a la misión que se le adscriba. Pero también soy firme defensor de empezar los museos por los cimientos de la planificación museal y de que se levanten de manera ordenada.
La verdad es que prensa y políticos tienen mucho de qué avergonzarse.
Los medios de comunicación por publicar en sus portadas que Madrid ha
arrebatado el proyecto a Valladolid, pues esto no es cierto de ninguna
de las maneras como se puede observar con una miradita a las hemerotecas. El ministerio lleva hablando con la Academia desde al
menos 2017, cuando ya el alcalde anterior expresaba en sendas cartas al entonces ministro popular «desde el Ayuntamiento de Valladolid quiero transmitirte nuestro interés en postular a mi ciudad como sede de dicho Museo».
Además, en buena lógica un museo nacional del cine debe estar donde se aúnan geográficamente el
Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, la sede
de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, la Filmoteca Nacional y un edificio disponible con unos
antecedentes tan potentes como los del NO-DO. Que está bien que se repartan
territorialmente las instituciones estatales pero descentralizar por
descentralizar no es buena idea.
Y los políticos de ambos lados porque ni ellos mismos se
aclaran. Ya hablé
en su día de sus propuestas electorales y allí decía que no estaban
suficientemente trabajadas y menos definidas. Estos partidos (el tercero ni
siquiera tenía programa) hablaban de una institución museística dedicada al
cine, al audiovisual y a lo interactivo. No sabemos muy bien qué querían
hacer (ellos tampoco, seguramente), pero sabemos que se quería hacer algo.
Esto es algo chocante porque da la sensación de que quienes redactan los
programas piensan que las simples reclamaciones o aspiraciones tienen
presunción de tangibilidad y que su expresión en papel sirve para que el resto
de las instituciones se den por aludidas o para que los proyectos salgan como hongos después de una tarde de lluvia. Si esto es la política actual poca
utilidad tiene.
Cierto es que el partido opositor puede jugar la baza de
que lo suyo era una propuesta y que al no haber sido agraciado con la mayoría de gobierno no tiene
responsabilidad sobre su conclusión. Incluso puede argumentarse que aunque sus gestiones
tampoco tuvieron éxito al menos han tenido la suerte de que durante su
legislatura seguía habiendo posibilidades de que el museo recalara aquí. Y sí, manifestó
apoyo a la propuesta del actual ayuntamiento, pero en la actual política a base de blancos y negros que nos regalan los munícipes electos no era de esperar que hubiera
más grises que el premioso apoyo a la moción municipal
solicitando al Gobierno de España la ubicación en Valladolid del Museo
Nacional del Cine y el Audiovisual. En definitiva, y aunque sea de manera nimia,
puede escurrir un poco el bulto.
Pero también es cierto que quien se lleva los laureles del gobierno municipal ve sus propuestas convertidas en compromisos de manera automática y que no puede pretender que basta con promover una iniciativa para que esta sea atendida; por mucho que el apoyo sea unánime. Los éxitos se fraguan mediante trabajo y si no se tienen bastantes medios se concitan voluntades. Y Valladolid tiene entre estas a la Uva, con la cátedra de cine; a la Cámara Oficial de Comercio e Industria, con sus posibilidades de financiación; a la SEMINCI, un recurso publicitario como ninguno; a la Valladolid Film Comission, una oficina destinada a favorecer proyectos audiovisuales, etc. No bastaba con promover la moción y su traslado al Ministerio de Cultura, sino que habría que haber buscado una sede (me gustaría, por cierto, saber en cuál estaban pensando), hilvanado un proyecto sólido, garantizado apoyos suficientes y quizá, solo quizá, se podría haber conseguido el proyecto. La cosa es así; puedes tener un sueño y te puedes dejar los cuernos en ese proyecto, pero aún así te puedes quedar sin él. Y aunque nada te asegura el éxito al menos hay que buscarlo pues lo único seguro es que la indolencia te acaba pintando la cara. Y esta cara quizá habría que buscarla en la concejalía competente que yo, a día de hoy, soy aún incapaz de determinar.
Pero la verdad es que ni unos ni otros han aprovechado que la cartera ministerial perteneciera a su mismo signo político cuando tuvieron la oportunidad (suponiendo que sea veraz la hipótesis de que se puede influir en un ministerio, así, tan alegremente, con media docena de visitas a la capital). Y me sume en la tristeza comprobar que mi ciudad sigue siendo así de provinciana. Claro que me gustaría tener otro museo nacional de envergadura, pero a falta de nuevos proyectos podríamos apoyar un poco más a los que ya tenemos. Claro que empieza a hartar que Madrid se vuelva a quedar con otro gran proyecto, pero para luchar contra todas las ventajas que culturalmente tiene hay que usar las armas de la iniciativa, el trabajo, el talento y la cooperación. Claro que se trata de una reivindicación histórica, pero hay momentos en los que es necesario darse cuenta de qué cosas no son posibles y avanzar. Claro que la ciudad tiene una posición relevante en la cultura española, pero no la vamos a defender con luchas intestinas que solamente resuenan en la cámara de eco de las redes sociales o sacando pecho por aparecer en el ranquin de un observatorio que cada año aparece precisamente para eso. En materia de museos, al menos, les falta calle.
Parece que algunos pensaban que el proyecto anhelado del museo del cine en Valladolid se iba a construir del material del que están hechos los sueños, remendando la legendaria y muy cinematográfica frase de Sam Spade. Pero la verdad es «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
miércoles, 26 de febrero de 2025
RASCAYÚ EN LOS MUSEOS DEL MINISTERIO
El último charco en el que se ha metido el Ministerio de Cultura es el de la Carta de compromiso para el tratamiento ético de restos humanos en los Museos Estatales adscritos y gestionados por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura que podéis descargar aquí.
Charco digo porque el asunto tiene todos los ingredientes
para ser pasto de los opinólogos profesionales que infestan las columnas de la
prensa patria (infestar, por cierto, no es insulto sino la cuarta acepción de
la palabra en el diccionario de la RAE). De momento no parece que los
columnistas hayan advertido el verdadero y ¿oculto? potencial de esta decisión
que, por otra parte, no hace sino incorporar criterios museológicos modernos a
los grandes museos estatales. Pero es posible que ante el folio en blanco los escribidores acaben atacando este compromiso como una nueva imposición «woke»
repleta de revisionismo y de gestos dictatoriales del progresismo. Sobre todo
cuando se percaten de que este nuevo marco ético es un paso más en la
descolonización de los museos por la que viene apostando el Ministerio de
Cultura desde que se hizo cargo el ministro actual.
Ya escribí en su momento algo sobre esa cuestión (lo podéis
consultar aquí) y entonces manifesté que la descolonización no solamente
tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos sino que implica
la revisión de asuntos tales como las presentaciones con restos humanos. Sobre
estas cuestiones los museólogos tenemos la obligación de fomentar debate, ya sea
en el seno de los museos o en foros profesionales como el ICOM, lugar este en el que
luego se generan los documentos comunes que guían la práctica museística. De
uno de estos títulos, el Código Deontológico del ICOM, proviene este reconocimiento
de los restos humanos custodiados en los museos que «deben ser tratados con
respeto y dignidad, y de conformidad con los intereses y creencias de las
comunidades y grupos étnicos o religiosos de origen». De aquí deviene su renovado
significado no sólo como huellas biológicas sino como «vestigios de personas
fallecidas que fueron separadas de su contexto funerario, sagrado o doméstico».
Esta reflexión de la comunidad museológica, y no otra, es la
razón por la que ahora se presenta esta nueva visión de los restos humanos en
el ámbito de las presentaciones museales. Y tiene bastante importancia porque al
implicar a los museos públicos más importantes de España se establece una cierta
ascendencia sobre el resto de los museos públicos, empezando por el resto
de los museos estatales, gestionados fundamentalmente por las comunidades autónomas,
y alcanzando a todos los que dependen de entidades locales, fundaciones públicas
o incluso aquellos centros privados que reciban ayudas públicas. Evidentemente es
mucho más fácil decir que hacer y la existencia de pautas adoptadas por el
Ministerio de Cultura no implica que el resto de estos museos sostenidos con
fondos públicos siga ese ejemplo; ni siquiera que, aun teniendo la voluntad de hacerlo,
dispongan a corto y medio plazo de recursos suficientes. No obstante, las
administraciones deberían plantearse la adopción de programas de reserva de restos
humanos y la regulación de su presencia en los museos de financiación privada.
No hay prisa para ello, pero no debería haber pausa.
Pero vayamos por partes (nunca mejor dicho) y resumamos a
qué restos nos estamos refiriendo y qué implicaciones conlleva. En resumen, la
Carta afecta a todos los restos físicos de la especie Homo sapiens, así como
los objetos en los que se incorporaron conscientemente restos humanos, excluyendo
aquellos en los que se pueda determinar razonablemente que han sido ofrecidos
libremente o bien desprendidos del cuerpo sin modificar el mismo. Para
concretar, el documento también señala los compromisos que se adquieren y ello
atañe a un principio general de no exhibir públicamente restos humanos; a la
valoración para la toma de muestras y tratamientos de conservación-restauración;
a la manipulación, custodia y acceso en almacenes; a la investigación sobre los
restos; y, finalmente, a la toma de imágenes. Resulta importante destacar que
se deja abierta la excepcionalidad en la exposición pública para casos muy
concretos; una solución que parece la gatera por la que colar la
discrecionalidad que tanto nos gusta a los españoles.
Al igual que ocurre en cualquier definición existen aquí infinitas variables e interpretaciones y ello nos puede a llevar a preguntarnos qué fósiles de los yacimientos de Atapuerca entran dentro de esta categoría y cuáles quedan fuera (dejo para los expertos las disquisiciones sobre especies, subespecies y demás) y si en todos los casos se debe aplicar el mismo criterio sobre su exposición. Pero no queda la cosa ahí, porque la interrogación se extiende a todo tipo de momias y cuerpos disecados, vestigios de enterramientos, relicarios y reliquias, restos en formol, cualquier espécimen anatómico, etc. Si quieren ejemplos de cómo se tratan ahí fuera estos temas pueden acudir al recurso Regardingthe Dead. Human Remains in the British Museum o consultar HumanRemains and Museums: A Reading List.
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Tumba de tégulas tardorromana de Niharra. Museo de Ávila. Foto de FLAVIVSAETIVS Archivo disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International. |
Aunque, una vez más, España llega tarde a debatir estas cuestiones, resulta gratificante que el Ministerio de Cultura vaya incorporando los modernos criterios museísticos a la gestión de los centros de su dependencia. No faltarán las voces que señalen que no deberíamos gastar recursos en estas cuestiones menores cuando existen grandes necesidades y carencias en infraestructuras, medios y personal. Sin duda están en lo cierto a la hora de poner foco en esas insuficiencias, pero ese no es el debate en este caso. Bien está hacer lo que hay que hacer y no podemos coartar el impulso a iniciativas valiosas bajo el pretexto de una cuestión de prioridades. Cada demanda tiene su pulso, su recorrido y sus soluciones y estas solamente se pueden entender en términos de valoración técnica y de oportunidad.
A propósito de todo lo que hablamos cabe una reflexión sobre el uso
actual de los restos humanos en los museos y las alternativas a su
desaparición de las salas de exhibición. Los museos utilizan las colecciones
para contextualizar un momento histórico o un conocimiento determinado y la relación
del visitante con los objetos, ese «contacto directo», es irremplazable. Ninguna
reproducción, sea cual sea el recurso técnico que la genera, puede reemplazar
este vínculo, y cuando este se complementa con el acto interpretativo que
facilita el museo, cuando la experiencia ante la obra permite adentrarse en el
aura del objeto, se sublima una vivencia formada por emoción y exclusividad. En
definitiva el bien cultural se llega a convertir en fetiche, si no lo era ya, y
es precisamente ahí donde se encuentra el mayor valor que el visitante pude
conceder a un objeto, ya que lo eleva a categorías distintivas, preeminentes, y
lo incorpora a su propio imaginario. No es de extrañar por ello que en las
salas del museo tendamos a una especie de iconolatría que nos lleva a venerar los
originales por encima de las copias. Cuestión que no tendría mucha importancia
a menos que nos lo indiquen expresamente, ya que dudo mucho que la mayoría del
público sea capaz de distinguir entre el auténtico Cráneo número 5 y su
reproducción.
Y en este mismo rumbo fetichista se encuentra la
controversia de las reclamaciones patrimoniales, de las que también hemos
hablado; véase aquí. Las demandas de restitución se hacen siempre sobre objetos
muy concretos, y están destinadas a afianzar convicciones políticas,
fundamentalmente nacionalistas, que rayan más en el sectarismo que en la formación
de una identidad común. De este modo se comprende mejor que la primera reacción
política a la propuesta ministerial haya venido de Canarias al manifestar los
máximos responsables del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria y del
Museo de la Naturaleza y Arqueología de Santa Cruz de Tenerife (un director de
museo privado y un doctor en medicina experto en momias, por contextualizar)
que para guardar en un almacén la momia de Erques, retirada de la exposición permanente
del MAN, mejor la exponen ellos. Si a ello añadimos las expresiones "es
inadmisible" o es "una ofensa para todos los canarios" emitidas
por la presidenta del Cabildo de Tenerife observaremos mejor los flecos tan
largos que cuelgan de la decisión del Ministerio de Cultura.
En la timba de la política cultural (siempre más política
que cultural) a cada cual le toca jugar sus bazas y tener cuidado de cuándo se juega un triunfo, de cuándo se arrastra y qué cartas quedan por salir. Decir que la momia
está mejor expuesta que en un almacén se puede rebatir con el argumento ya
expuesto de que nadie va a saber si expones originales o copias a menos que lo digas. Pero
también es cierto que si la momia tiene que ir a un museo a ser expuesta qué
menos que vaya a un referente mundial en lo que se refiere a la conservación de
este tipo de restos. Y a la vez, aunque el Ministerio de Cultura quisiera ceder
la momia a un museo canario los términos del depósito encontrarían difícil encaje para un uso contrario al marco ético que rige tus propias
colecciones. Muchas veces la suerte que tenemos es que la voluntad política oportunista
y espuria choca con los criterios técnicos o encuentra trabas administrativas ineludibles.
Es evidente que es más impactante un sarcófago con muerto
dentro, que las diferencias físicas entre un neandertal y un sapiens se
observan mejor contraponiendo sus cráneos, que un relicario sin taba no ilustra
del mismo modo la devoción por la santidad, que el concepto de vida eterna y
divinización de los egipcios no se plasma igual sin la momia de Ramsés II... Todo
ello es cierto, pero también es innegable que en la mayoría de las ocasiones
la experiencia de la visita se puede lograr igualmente con diversos recursos
que no sean los objetos originales. Por ello es plausible la iniciativa del Ministerio
de Cultura; porque ha seguido las recomendaciones de los organismos
internacionales en materia de museos, porque es de sentido común y porque, como
dice la canción, «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver
nada más».
viernes, 16 de febrero de 2024
«QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN...»
«…y salir anunciado por la televisión». Era la pegadiza letra de una canción de los primeros años 80 que viene al pelo para introducir el tema de hoy, que no es más que la tan comentada descolonización de los museos. Sé que en este mundo acelerado en el que se todo se consume vorazmente, ya sea comida, experiencias, pasiones o noticias, nos pueda parecer que es un debate ya antiguo y olvidado. Pero como me crie en una sociedad flemática me quiero refugiar en la obstinación de considerar las cosas cuando lo crea conveniente y en dejar que las ideas se decanten durante un tiempo para emplatarlas limpias y sabrosas. Aunque aventuro que la polémica va para largo.
La letra de la canción que titula ya criticaba, de algún modo básico e ingenuo, a la sociedad consumista de entonces, sin imaginar siquiera los límites que esta sería capaz de sobrepasar y que, muchas veces a causa de prejuicios heredados y atrevidas ignorancias, llega incluso a cuestionar la constitución y gestión de las colecciones de los museos; que es en nuestro caso lo que nos preocupa. El bote de colón, en este contexto, nos sirve para presentar la insignificancia del objeto como fetiche y cómo este rasgo lo descontextualiza hasta hacer que pierda su significado en pos de una naturaleza solamente ornamental.
Por la misma época ochentera agonizaba la existencia de uno
de los juguetes más vendidos del desarrollismo español, el Madelman; aquel
muñeco articulado con fascinantes variedades que acabó siendo liquidado por las
insaciables corrientes de la mercantilización. Entre los modelos disponibles se
encontraba uno de los primeros que tuve, el «Kenia safari», en cuyo kit
convivían un explorador y un porteador.
Inspirados, probablemente, en imaginarios «livingstonianos» y
«tarzanianos» estos personajes eternizaban en el inconsciente infantil la
figura del europeo dominante junto a la del nativo subordinado, por no decir
sumiso. En defensa de la estampa hay que decir que es cierto que a la jungla
tienes que ir ayudado por mano de obra y guía de la zona, del mismo modo que en
el Camino de Santiago buscas que te lleve la mochila una empresa de mensajería
cercana y no te traes unos sherpas al efecto y que en todo esto algo tendrían
que ver Verne o Salgari. Pero, aunque estemos en un mundo globalizado donde ya
no puede sorprendernos que tengamos que comprar aceite de oliva africano para vender
el propio a los italianos, que estos lo etiqueten como suyo y lo vendan en EE.
UU., lo que asombra es que cuarenta años después queramos mantener paradigmas
de alienación y que haya que luchar desaforadamente para hacer patente la
incoherencia de pretender que el pasado es inmarcesible y que este asunto
hipoteque otro futuro posible.
Y pasa igual, sin ir más lejos, en las películas de Indiana
Jones, donde curiosamente la participación de los indígenas sirve de algún modo
como pretexto para «rescatar» magníficos artefactos que, a riesgo de que sean
saqueados y hurtados a la memoria del mundo, acaban en un museo, cuando no reposan
en el colapsado y apartado almacén de los secretos; eso sí, siempre ubicado en un país del blanquérrimo Occidente. Desde luego que la acción trascurría en
momentos en los que estas cosas se veían como normales, por lo que el afán no
está en pretender que se corrijan las ambientaciones para adaptarlas a los
valores modernos. Lo que se procura, en este caso, es poner el punto de mira sobre
la manera en que se construye un imaginario y reparar en que es complicado hallar
argumentos a favor de la descolonización que sirvan ante quien no se preocupa de
ir más allá de un universo inmediato y cómodo.
En el fondo de la cuestión de la descolonización de los
museos se encuentra la misma construcción del mundo y una visión eurocéntrica de
este que ansía apuntalar, a costa de un evocador pasado de conquista, una cada vez
más mermada y raquítica influencia sobre la globalidad. A veintipocos años del
inicio del siglo un buen número de países, los países del «tercer mundo» (adviertan
otra imposición terminológica del continente nuclear), tienen derecho a ser
ellos quienes interpreten su historia conforme a su pensamiento. Aquellos
países con un pasado a expensas de las metrópolis occidentales, muchos de ellos
ahora «emergentes», cuentan con una postura suficientemente decidida para
reclamar la autoría del relato y con el convencimiento de que su historia debe
ser escrita a partir de su papel protagonista y no como el resultado de la
condescendencia de las comunidades que, pretendidamente, las alumbraron.
Pero el gran problema que encuentran estas comunidades es
que la construcción de su identidad está horadada y minada por los grandes
vacíos que hallan a la hora de ilustrar y documentar a uno de los instrumentos
que mejor sirve a estos propósitos: la institución museo. Y dentro de esta, la
herramienta más significativa con que cuenta para constituir una comunicación
intelectual y emocional con el visitante: la colección. Y les duele viajar a
las grandes capitales europeas, a los santasanctorums de la museología, y
encontrar las posesiones de sus ancestros muchas veces con apenas referencias, desposeídos
de un contexto, presentados más como trofeos que como piezas de un constructo
social e histórico y despojados del significado que se les dio al crearlos. Y únicamente porque la presentación expositiva
no tiene en cuenta su trascendencia en el seno de una comunidad concreta.
Pero lo peor de la controversia sobre la descolonización es advertir
el curioso fenómeno que se produce actualmente en esta sociedad vertiginosa de
la que ya hablábamos cada vez que se roza, aunque sea, cualquier pilar de la
identidad. Y no es más que el furibundo rechazo que se ha generado ante lo que
algunos consideran una descapitalización de los museos, un revisionismo a
merced de la dictadura progre, acomplejado y embadurnado de presentismo y, si
me apuran, un atentado a la identidad judeocristiana, liberal e incluso
androcéntrica.
Y en esta pelea, más suya que de la gran mayoría de la
sociedad, es interesante que para defender esta postura anti-descolonizadora se
acuda siempre a la opinión de politólogos, divulgadores, historiadores,
tertulianos y prescriptores de diverso pelaje, «expertos», opinólogos en
general, a quienes hemos dejado que invadan todo el universo cultural. ¿Todo?
¡No! En este panorama aún nos queda una pequeña aldea poblada por irreductibles
museólogos que resisten contra la imposición de la hegemonía cultural y quien
solamente les queda el recurso de acudir al tan poco común, desgraciadamente,
ejercicio del pensamiento crítico. Fíjense, iba a hacer el chiste al decir unos
«museógalos», pero finalmente lo descarté por no tener demasiada gracia y para
eludir una proximidad inoportuna con algunos padres de la museología, galos
también, que en cierto modo fueron reos, perpetradores más bien, de esta arquitectura
europea del lenguaje museológico. Es inevitable que, como muchas veces pasa,
las deslumbrantes luces de su esfuerzo por los museos hayan producido las duras,
oscuras y afiladas sombras que ahora toca combatir.
Pero no vayan a pensar que los museólogos estamos
interesados en mantener guerras culturales con el resto de la humanidad.
Precisamente los museos son instituciones de prestigio en cuyo seno procuramos
fomentar debates sobre el pasado y el presente, sobre el lugar de donde venimos
y hacia dónde queremos ir; y siempre con espíritu de concordia. En este mismo
blog ya se ha hablado de que los
museos no son neutrales y, sin que ello signifique que deban ser
beligerantes, lo que no podemos es seguir amparando discursos que perpetúen la
exclusión, la sumisión a ideologías dominantes o la subordinación a una
historia monolítica en la que se privilegie un único punto de vista. En
definitiva, sigue siendo necesario recordar que el no adoptar postura es,
precisamente, elegir una (la de no participar), de modo que esta aséptica y no
comprometida neutralidad suprime el conflicto y esquiva la capacidad de la
sociedad para avanzar.
Llevo tiempo diciendo que la misión de los museos es hacer
felices a los ciudadanos y evidentemente no se puede ejercer dicho cometido cuando se pretende que nuestros museos se empeñen en evitar preguntas incómodas. Interrogarse sobre
si estamos contando nuestra historia como parte equivalente de un
todo o si necesitamos construirla a partir del mantenimiento de rehenes (las
colecciones); sobre si el discurso que queremos es el de la sala de trofeos o
el gabinete de curiosidades en lugar del que surge de una asamblea ciudadana como
manifestación de la independencia comunitaria; o sobre si lo que queremos que nos
identifique es una relación afectuosa y enriquecedora entre colectividades o el
enfrentamiento excluyente entre oponentes. La elección es únicamente nuestra.
Cuestionarnos esto es lo que nos diferencia a los museólogos
de la mayor parte de los opinólogos; los de sentencia virulenta, los que temen
que queramos atentar contra la historiografía y les cambiemos las reglas, como
si la letra cincelada en su manual de historia, amarillento por el sobeteo y la
idolatría, fuera más importante que la historia real; un vademécum más valioso que el inevitable
compromiso del conservador de museos de presentar la memoria desde puntos de
vista poliédricos. Pues bien, para rebatir su verborrea fácil, insensata e
impensada, solamente podemos usar procesos que duden de las verdades absolutas y
que nos permitan analizar y evaluar nuestros razonamientos para generar así el
armazón idóneo de un contexto auténtico e irrefutable. La verdad es que, en
esta batalla, que no ha de ser solo del museólogo sino de todos, es fácil
entrever en el opuesto el temor a la pérdida de una conciencia dominante y
excluyente que se alimenta de rancios símbolos, endogamias y homogamias,
antagonismos, maniqueísmos, purezas de condición (por no decir de raza) y un avaricioso
afán por el poder y el dinero. El interés de aquellos cuyos bolsillos están
forrados de tela de bandera.
Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional
Pero volvamos a lo que realmente significa descolonizar los museos tras haber dibujado los motivos por los que se ataca tan ferozmente esta intención. De las carencias que tienen las comunidades para narrar sus orígenes y devenires, de este injusto escenario, ya se han dado cuenta los museólogos desde hace tiempo pues tenemos la costumbre, afortunada o desdichada, de cuestionarnos hasta el mismo concepto de museo casi desde el mismo momento en que acordamos uno. Y en ese intercambio epistemológico, que se produce entre comunidades de todo el mundo, se ha advertido la posición dominante de la museología Europa y Norteamericana sobre las del resto de continentes, de modo que se producen factores de corrección mediante la generalización de instrumentos que cuestionan la propia disciplina de la museología en cuanto a cuestiones como la descolonización. Por suerte, en la reciprocidad de inquietudes que se plantean en el seno de la comunidad museal se encuentra la razón de la preocupación actual de los museos del mundo por abrir el debate de la descolonización.
Pero las herramientas disponibles, como la guía
realizada por Museums Association, son meros mecanismos técnicos que
pueden servir para enfrentarnos responsablemente a la cuestión de que, en
muchos casos, atesoramos colecciones que pertenecen a otra comunidad, en el
sentido de que son hacedores aunque no titulares. Y para llegar hasta allí
tendremos que afrontar todas las fases del duelo, que al fin y al cabo es lo
que esto es: la pérdida irremediable de otras glorias e incluso del honor.
Ahora mismo nos encontramos en las fases de negación e ira ante la «desfachatez» de los museos, y de otras instituciones sensatas, de siquiera cuestionar la
legitimidad (que no legalidad) de la reivindicación. Luego llegará la
negociación con sus juegos de trileros, extorsiones y compensaciones, pero es
muy probable que todo termine en aceptación tras la correspondiente depresión.
Miren si no cómo se está desarrollando el tema en otros países.
No vayamos, sin embargo, a caer en la trampa del presentismo
y del simplismo. Existen muchas colecciones en los museos que están en ellos
mediante procedimientos que eran decididamente legales en su momento histórico
(producción de un estado constituido legalmente, regalo, compra, intercambio, etc.)
pero también hay muchos casos de colecciones saqueadas, expolios y engaños que
deben analizarse detenidamente. Lo que proponemos los museos y museólogos es que
se examinen las situaciones existentes, que se reconozcan las realidades de
cada caso y que ello conlleve, si acaso, la adopción de medidas que contribuyan
a que las colecciones de los museos se encuentren en el lugar que deben. Esto
no significa que haya que restituir cada objeto, desde luego, pero no vamos a
poder eludir la obstinación de la realidad durante mucho tiempo, por lo que es
preciso que impulsemos el ejercicio de valorar la probidad de las
reclamaciones; y en la cuestión de la descoloniación en España ya vamos por detrás, para variar, del resto de
democracias de nuestro ámbito.
Y tampoco nos quedemos envarados en la mera restitución o no porque la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos, ya que implica una revisión profunda de asuntos tales como el uso del lenguaje y la simbología, de las relaciones entre los objetos y sus procedencias, de las historias ocultas u ocultadas, del reconocimiento de la diversidad o del idioma, de las presentaciones con restos humanos o del tratamiento del género, raza o condición en la presentación museística. Así de complejo es esto y sin haber rascado apenas la superficie.
Los museólogos debemos rechazar los ataques de aquellos que aún no se han dado cuenta de que el museo ya no está centrado en objetos, sino que lo está en personas; y en esta aspiración somos la vanguardia que ha de orientar la línea política de las instituciones culturales. Sed resistentes, pues ante aquellos que quieren imponernos la terquedad de la historia áulica vamos a tener que responder a menudo con la magnífica frase de I am so fucking thankful that you are here to explain my job to me.
jueves, 18 de mayo de 2023
VALLADOLID CULTURAL EN CLAVE ELECTORAL
Hace 8 años tuve el arrebato de comparar los programas electorales de los partidos que optaban a gobernar la ciudad de Valladolid. Mi ambicioso propósito era facilitar a los seguidores de este blog una herramienta que sirviera para analizar propuestas desde el punto de vista de la cultura y los museos e iniciar una tradición que aportara perspectiva a través de entradas sucesivas en cada cita electoral y que sirviera, además, como agenda para el seguimiento de la labor de gobierno y de oposición. Pronto me di cuenta de que la empresa no iba a ser fácil por la falta de costumbre de los partidos al dar difusión de los programas y por la escasa arquitectura organizativa y la ambigüedad más o menos generalizada en su redacción. Además, en la siguiente convocatoria se me echaron encima el tiempo y la pereza (quicir procrastinación) y fui yo mismo quien faltó la cita. Vuelvo a ella con la suerte, quien sabe si desgracia, de que el trabajo será más liviano pues en esta ocasión no hay convocatoria para las elecciones autonómicas.
En primer lugar, quiero celebrar que aquellas críticas que hacía
en 2015 sobre la falta de difusión de los programas se hayan corregido
razonablemente bien. Esta vez voy a analizar los programas de los partidos que actualmente
tienen representación en el Ayuntamiento: PSOE,
PP,
Valladolid
Toma la Palabra (que aglutina con las siglas VTLP a Izquierda Unida,
Podemos, Equo y Alianza Verde), Ciudadanos
y VOX. Pues bien, salvo este último partido, cuyos planteamientos no podremos
valorar porque no ha publicado su programa, el resto de los partidos ha colgado
sus programas de manera clara y evidente en sus webs en los primeros días de
campaña y los ha difundido a través de las redes sociales. Agrada ver que en
estos años hemos ganado en transparencia y en respeto a los ciudadanos, sobre
todo para aquellos que nos gusta forjar opinión a partir de nuestro propio
pensamiento crítico. Aunque solamente sea para afianzar posiciones o buscar
críticas en lo opuesto, siempre es de valorar que exista la posibilidad de
contrastar opciones.
La primera conclusión que podemos extraer es que hay una
marcada contraposición entre los programas de los partidos que componen el equipo
de gobierno desde 2015 -PSOE y VTLP-, frente a los de la oposición -PP,
Ciudadanos y VOX-. Un somero vistazo a lo publicado nos muestra dos sesgos
perceptibles en los programas: el del equipo de
concejales actual, dentro de un marco progresista en el que la cultura se concibe
como un bien esencial, participativo, espacio creativo de diálogo y debate,
aunque bien es cierto que con alguna pincelada economicista. Y el de los
munícipes de la bancada opositora, donde predomina la idea de la cultura
construida sobre el mercado que busca el retorno económico en cada propuesta y donde
prevalece el ocio por encima del disfrute; eso sí con alguna modulación en lo
social. A ambos lados encontramos esa permeabilidad entre los bloques
identitarios, provocada sobre todo por una contaminación conceptual generalizada
que inventa una idea de la cultura como bien de consumo, herramienta al
servicio del turismo o arma para la hegemonía cultural; estigmas que, por
cierto, tantas veces hemos cuestionado en este blog.
Ejemplo evidente de esta diferenciación de actitudes y aptitudes se observa en las propuestas presentadas para el antiguo Monasterio de Santa Catalina de Siena, adquirido en esta legislatura por el Ayuntamiento y para el que debe haber unos cinco millones de euros de fondos europeos. Por un lado, el PSOE anuncia que lo convertirá en un centro cultural del vino con un hotel con capacidad para 20 habitaciones (pincelada liberal), al que añadirá un centro cívico-deportivo con piscina, gimnasio, un centro de día para mayores y un espacio para ampliar el archivo municipal (marco social); y sin que haya propuesta concreta para este espacio, VTLP, también pone el acento en posiciones de política cultural de avance social, coordinada y cohesionada. Por otro lado, el PP quiere promover un Parador Nacional tematizado en torno al vino y un gran evento bajo el nombre de Valladolid Wine Festival (cultura construida sobre el mercado), mientras que Ciudadanos habla de un espacio multiusos (modulación social).
Y volviendo a análisis electoral es un poco descorazonador comprobar que, más allá de la orientación que adopta cada partido, se comprueba una diferencia determinante de esfuerzos a la hora de trabajar en los programas. Quien se tome la molestia de examinar todos los documentos verá que los del PSOE y VTLP se asientan en la confianza que da una trayectoria consolidada durante ocho años, trabajada y meditada, lo que le permite contar con una perspectiva que los lleva a presentar propuestas a futuro muy concretas y factibles y que, quizá por un proceso simbiótico, encuentra puntos de complicidad y trazos comunes; algo que deviene en unos programas precisos y ambiciosos. Por su parte, los documentos del PP y Ciudadanos se manifiestan como el resultado de una falta de bagaje reciente, a rebufo de los triunfos de sus contrarios y que muchas veces parecen ser una versión propia de lo que los otros han propuesto o el puro resultado de la idea sobrevenida, carente de reflexión y excesiva en la ocurrencia. Y lo inquietante no es eso, que podríais decirme que esta valoración es fruto de la subjetividad, sino que lo que de verdad alarma es que esta diferencia de esfuerzos ya se observaba en el análisis que hacíamos en 2015, lo cual es manifestación del interés que cada uno pone y ha puesto en el futuro de cultural de Valladolid y que califica el compromiso que se tiene respecto a los ciudadanos a gobernar.
No me quiero extender en un análisis concreto de las propuestas
culturales, salvo para hablar un poco sobre museos. La verdad es que no hay
demasiadas sugerencias sobre museos en los programas, más allá de generalizaciones y menciones a
estas instituciones, además de alguna vuelta a proposiciones antiguas. De este
modo vemos cómo el PSOE da una vuelta al Museo Patio Herreriano al quererlo
conectar con grandes museos europeos, después de haber propuesto que fuera
subsede del Reina Sofía, en una mención que no tiene mucho de concreta y que
habría que contrastar con el proyecto del actual director. En este aspecto, no
seríamos justos si no recordáramos aquí ciertas
fricciones que sucedieron con la gestión de este museo. También apuesta el
PSOE por un impulso al Museo de la Ciencia, algo necesario para un centro que
no ha sido demasiado favorecido por las administraciones y que sin embargo es,
gracias a su propio esfuerzo, uno de los referentes de la divulgación
científica en Castilla y León. Es preciso recodar, asimismo, que esto ya se
decía en 2015 y si bien no tenemos elementos de juicio para valorar si se ha efectuado,
las sensaciones abogan por que sí se ha producido. Finaliza este partido con la
aspiración de crear un Museo Nacional Interactivo y Digital de Cine, pero es
una simple intención de negociar con el Ministerio de Cultura y la Academia de
Cine que no especifica ni sede, ni colección, ni misión, ni financiación.
Vamos, los cuatro pilares sobre los que se construye un museo.
Por su parte, como hemos indicado, VTLP y Ciudadanos hablan genéricamente de potenciar la coordinación de museos, la creación de grupos de trabajo, la captación de públicos y la mejora en su oferta cultural. Me sorprende algo la sencillez de la propuesta de VTLP para los museos y no tanto la de Ciudadanos, aunque al menos los tienen en cuenta muy a diferencia del PP que ni los menciona en su programa y que solamente los contempla en otra referencia que parece querer corregir su parquedad inicial: sin embargo, aquí la única actuación de enjundia se refiere a una medida oportunista para mencionar una instalación que nunca ha sido, y que probablemente nunca pueda ser, un museo. No debemos dejar pasar, tampoco, su idea de crear un Museo Nacional del Cine interactivo que remeda un desatinado corta y pega de lo que ya había formulado el PSOE.
Recomiendo que cada uno de ustedes se tome la molestia de leer los programas. A partir de aquí, saquen sus propias conclusiones y disfruten lo que van a votar.
jueves, 11 de marzo de 2021
ALGUNAS ANALOGÍAS CONFUSAS
Ya sabéis que me gusta la precisión en el lenguaje. Quizá sea manifestación inocua de mis manías compulsivas, acaso cosa de mi carácter cartesiano, tal vez muestra vehemente de ese ensoberbecimiento tan natural en mí. O simplemente una sublimación de semejantes defectos que resulta en una afición por emplear diccionarios de consulta, de uso o de sinónimos, y que tiene como consecuencia el que tarde más de lo normal en rematar mis escritos.
Ser impreciso al usar la lengua resulta ineficaz pues fragiliza los códigos de transmisión y distorsiona el mensaje. Del mismo modo muestra pobreza de recursos comunicativos o pereza para usar la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar e incluso conlleva peligros.
Está claro que cada uno usa las palabras del modo en que cree que mejor van a explicar sus razonamientos y por ello hay tantas formas de decir las cosas como autores. Pero es también evidente que detrás de la elección de un vocabulario determinado, y de la selección de figuras retóricas, existe un trasfondo que muestra lo que se piensa de las cosas. Nuestra interpretación de las mismas se forma a partir de experiencias, conocimientos y procesos críticos que generan las ideas que rigen nuestras acciones de modo que, si partimos de supuestos desacertados, o desde prejuicios y falsos planteamientos, podemos llegar a entender las cosas de modo diferente a cómo son en realidad.
He observado que el relato periodístico sobre todo, pero también de las administraciones públicas, muestra a veces un concepto del patrimonio cultural bastante alejado de la realidad, por lo general incompleto y sesgado, demasiado pendiente del valor mercantil de los objetos y que deja al margen su relevancia como herencia o como conjunto de rasgos que se transmiten y que configuran nuestra identidad cultural. Y creo que es posible que la confusión derive del uso de la palabra “patrimonio” que, para bien o para mal, solemos tener más asociada a bienes y riquezas. También es probable que si generalizáramos la palabra “herencia” o, mejor, “legado” nos acercaríamos más a interpretaciones más relacionadas con la identidad, la continuidad o la creatividad y que eso nos llevaría a considerarlo como algo propio, común y activo. A lo mejor por eso los ingleses usan la palabra heritage en lugar de patrimony.
Por eso me desconsuelan una serie de voces que tradicionalmente se suelen vincular a las prácticas relacionadas con el patrimonio cultural y, en concreto, a los museos, la arqueología y el arte. Y como ya expresé en otra ocasión, más por divertimento que por crítica (que también la había), a veces son prueba de un desconocimiento, sensacionalismo o presuntuosidad que, al pretender hacer más llana la comprensión del mensaje “sacrifica las virtudes propias de los bienes a costa de conseguir una valorización imperfecta”.
Entre estas expresiones se encuentra la célebre “museos vivos” o “dar vida a los museos”, un recurso retórico que representa la intención de estimular la acción de alguno de estos centros y que puede vincularse a una estrategia para impulsar sus entornos inmediatos, ya sea social, cultural o económicamente. El error al usar la expresión se encuentra en que si hay que vivificar un museo es porque entendamos que estaba muerto o porque creamos que estas instituciones lo están habitualmente y eso es una obsesión que está tan arraigada en la mayoría de la ciudadanía como en un altísimo porcentaje de aquellos a los que les corresponden las competencias de los museos. “Museos vivos” es una frase que también se utiliza para camuflar períodos de indolencia institucional, para desmarcarse de responsabilidades previas o para ostentar una ilusoria imagen de renovación. Posiblemente gran culpa de estos usos provengan de un mal entendimiento, inconexo y descontextualizado, del famoso manifiesto de Marinetti en el que se abogaba por una transformación radical a partir de la destrucción del pasado. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo en qué acabo su deriva ideológica, es posible que articular discursos a partir de su dibujo de los museos como cementerios del arte no sea la mejor de las opiniones.
Relacionada con esta última idea se encuentra la de pensar en los museos como lugares de almacenamiento sin medida, centros de acumulación de objetos polvorientos y de cajas apiladas en equilibrio precario. A este esbozo han contribuido tanto la imagen de cierto arqueólogo que busca arcas para reservarlas luego en el olvido burocrático, como la del conservador abstraído que solamente cuenta con tiempo para el estudio y la investigación, apenas preocupado por si los objetos se presentan como deben. Parece claro que el museo y sus profesionales no hacemos suficiente para arrinconar estos arquetipos, e incluso diría que hay quien los fomenta porque “si la gente no viene al museo tampoco la vas a obligar”. En definitiva, la imagen del museo como una necrópolis desatendida se soluciona explicando lo que se hace en el museo y por qué se hace, es decir, explicando su misión y, por supuesto, abriendo de algún modo los almacenes como hizo recientemente, con tan buen acierto, el Museo Nacional de Escultura con su exposición “Almacén. El lugar de los invisibles”.
Entroncando también con este imaginario se encuentra igualmente el uso tan extendido de la palabra “tesoro”, que suele venir acompañado de vocablos como “atesoramiento”, “joya”, “secreto”, “botín” o “trofeo” y de expresiones como “amasar”, “acopiar” o “caja fuerte” que pueden servir todas ellas para ilustrar una imagen del museo entendido como un sagrario para depositar las excelsas muestras de un patrimonio cultural, considerado éste como símbolo de una determinada cosmovisión. Y que, apelando a la pasión más que a la razón, se acerca tanto a los nacionalismos excluyentes que, bajo la falsa apariencia de la identidad, se constituye en elemento divisorio más que en factor de integración. “Lo tengo yo hablado con todo el pueblo. Pregunte, pregunte por ahí, si quiere”.
La literatura museal siempre ha tenido como antecedentes de los museos, entre otros, a los tesoros de las iglesias medievales, pensados para albergar objetos con valor económico o simbólico, a las colecciones reales, para el disfrute personal y muestra de estatus, o a las acumulaciones de los eruditos renacentistas, como repositorio humanista para el conocimiento del mundo. Sin duda son magníficos ejemplos de cómo se fueron configurando las colecciones de objetos en el pasado, pero actualmente no podemos equiparar estas taxonomías a los que significan los museos hoy en día. Las instituciones museísticas actuales buscan su camino como lugares de acción social y participación humana, de modo que percibirlos como meros relicarios envía un mensaje reprochable. Los ciudadanos hemos confiado su custodia a instituciones y profesionales y si su labor se limita a la acumulación de objetos sin compartirla (ya sea por interés monetario, de prestigio o científico) tendemos a sospechar que en el acaparamiento existe la intención de medrar beneficio en la escasez o en la exclusión. De modo que, detrás del uso de estos términos puede acechar la imperdonable idea de que los museos guardan para sí los bienes culturales que a todos pertenecen y que esto se hace porque no todos somos merecedores de su disfrute o porque se quiere reservar (esta voluntad no tiene por qué ser consciente) para una élite cultural que suele serlo también en lo social. Incluso podría verse un interés en monopolizar conocimientos que, mediante el sacrificio de la transparencia y del acceso universal, resulta en una manipulación del mensaje y en una represión de derechos.
Junto a todo lo anterior también se encuentra uno de los usos del lenguaje que más me fascina. El que ofrece experiencias museísticas bajo la divisa de que son un lujo al alcance del usuario; así, como si fueran alhajas en su estuche (que un poco sí lo son, pero por otros motivos). Naturalmente quedo sobrecogido por estos modos, no diré que sorprendido sin embargo, porque creo que un museo es cualquier cosa menos un lujo. Llevamos más de doscientos años intentando precisar lo que es un museo, sin que hayamos conseguido tener clara una definición del mismo, pero si en una cosa estamos de acuerdo es en que los museos garantizan el acceso universal a la cultura y a los bienes públicos, por lo que son instituciones no excluyentes y asequibles; al menos coincidimos en ello un número importante de quienes estamos pendientes del asunto.
Asociar a los museos con el lujo es un pensamiento tan tosco como los ya vistos respecto a los tesoros y suele ir también acompañado de frases donde el término museo viene acompañado por otros tan turbadores como “esconder” u “ocultar”. A veces, disimulados entre las líneas de actuación de las políticas públicas, o de los escritos de la prensa, podemos encontrar estos mensajes equívocos que provienen de concepciones exclusivistas de la cultura, nacidas en el ánimo de quien está acostumbrado a poseerla con ánimo hegemónico o cuajadas en el desprecio de quien nunca la ha tenido como un valor prioritario. Que cada cual se interesa por lo que le parece, faltaría, pero eso no significa que haya que obstaculizar los afanes del prójimo.
En resumen. Estamos tan sumergidos en una idea de la cultura construida sobre el mercado, en que toda manifestación o expresión debe generar un retorno económico y en la preeminencia del ocio por encima del disfrute, que hemos terminado por considerar la visita al museo como un bien de consumo, un gasto que solo sabemos valorar en términos monetizables. Y ello en perjuicio de considerarla una inversión en nuestros derechos, un bien esencial al que accedemos de manera participativa, donde nos encontramos para establecer diálogos, proponer debates para entendernos y entender el mundo o donde desarrollar la creatividad. Un lugar al que acudimos a pensar, vivir, disfrutar, luchar, amar, conocer, ayudar, curarnos, unir, estar, ser… Y eso nunca ha estado lejos de nuestro alcance ni debe encontrarse más allá de los medios que un ciudadano corriente tiene para conseguir las cosas. Así que pensar en los museos como un lujo supone pensar en ellos desde la exclusividad, desde la élite cultural, desde una posición de confrontación entre el visitante y el usuario. Y esto es alarmante si sucede porque quienes tenemos la responsabilidad directa de su custodia y transmisión sintamos que nuestro papel es imprescindible en el proceso interpretativo, en lugar de vernos como mediadores.
Mi humilde recomendación es que os quedéis con el afán de usar el lenguaje con precisión, que a lo mejor no hecho más que mostrar mis propios recelos y he creído ver prejuicios donde no había más que florituras narrativas.
miércoles, 10 de febrero de 2021
OPORTUNIDADES PARA SOBREVIVIR
Se va a cumplir un año de esta entrada en el blog. Una entrada donde apenas sabía cómo mentar la pandemia, donde ni imaginábamos que pasaríamos más de 50 días de estricto confinamiento y que nos esperaba una triste historia que no es necesario relatar por conocida y persistente.
Creo que estamos dejando pasar lo que en su momento tomaba por una oportunidad para hacer mejores nuestros museos. Cierto es que se han ido tomado decisiones y que se ha avanzado en algunas cuestiones pero, sin embargo, no ha sido suficiente para aupar a los museos por encima del borde del agua. Si es que parece que apenas hacen pie y boquean entre saltitos para seguir respirando, lo cual no parece ser una situación deseable porque todos sabemos que al final te cansas y solo queda volver a un lugar seguro o ahogarse. En ambos casos tragas.
Asegurada la custodia y tratamiento de las colecciones de los museos, así como la protección de su personal gracias a la excelente labor de las autoridades sanitarias y el compromiso de sus dirigentes, y garantizadas unas condiciones seguras de visita sobre la base de la profesionalidad de sus trabajadores y la responsabilidad de los visitantes, hemos visto cómo en cuestión de pocos meses se ha pasado de lanzar el mensaje #LaCulturaEsSegura a cerrar los centros museísticos y otros centros culturales. Esto no ha sido así en todas partes, lo que únicamente demuestra que no existen soluciones universales contra las crisis y que los criterios de apertura o cierre de establecimientos mudan de una administración a otra o, simplemente, que sufren los embates de posturas más desafiantes que racionales y, lamentablemente, los vaivenes de la acción política o el furor arrebatado de la red social.
Particularmente no entiendo cómo se puede pensar que un museo es actualmente un lugar con alto riesgo de contagio. Suelen tener amplios espacios, los aforos están muy limitados, las medidas sanitarias (mascarilla, gel, distancia interpersonal…) son obligatorias, se siguen los protocolos apropiados y existen auxiliares de sala que controlan las circulaciones, de modo que pueden impedir la coexistencia de demasiados visitantes en una misma zona. Lo mismo pasa en lo que se refiere a los encuentros, conferencias, talleres o conciertos que alojan. ¿Entonces? ¿Por qué se cierran estos centros? Parece ser que se quiere contribuir a reducir el contacto social, pero me da la sensación de que no se ha explicado bien, ni suficientemente, que aun siendo los museos espacios seguros y donde se contemplan todas las garantías, se cierran para eliminar todo vestigio de trato interpersonal (que dicho así suena aterrador). Aunque realmente me da la sensación de que era la única operación que entrañaba un riesgo político asumible, por considerarlo limitado, y que añadía el suficiente impacto mediático como para enmascarar la ausencia de otras medidas (probablemente más previsibles).
No entiendo tampoco que si lo que se quiere es restringir al máximo la circulación y el contacto se mantengan abiertas otras actividades sociales y se permita la interacción. No está en mi ánimo poner la mirada sobre otros sectores, que no soy de denostar la posición ajena para defender la propia, sino solamente hacer notar que mucha lógica no tiene que un visitante vea limitado su derecho a la cultura mientras se le permite rondar por otros foros en los que nadie parece estar preocupado por la seguridad del de al lado. Fiar el control del contacto social a la responsabilidad individual parece una quimera cuando vemos que esta medida es la menos responsable de todas y la más individualista.
Pero lo que realmente me tiene preocupado es ver algunos alegatos que dicen que tan “marginal” es el beneficio del cierre de los centros como el daño al sector. Creo que en el fondo de esas afirmaciones se encuentra latente la eterna consideración de la cultura, en este caso de la visita al museo, como una simple mercancía donde sus beneficios solamente se miden en términos económicos.Si algo ha traído esta pandemia ha sido la constatación de que la cultura es un bien esencial y que sus beneficios ni son sacrificables ni se pueden colocar al final de la lista. La cultura, en sus numerosas manifestaciones, nos ha acompañado durante esta amarga procesión que transitamos entre positivos y fallecidos. En lo que llevamos de pandemia las creaciones culturales han iluminado espacios sombríos, han proporcionado entereza a las almas dolientes o han ayudado a dominar la desesperación. Pero igualmente han alegrado el espíritu y el ánimo, han generado relaciones y compromisos a través de dispositivos digitales, o incluso de balcón a terraza, y han evidenciado que la cultura se encuentra siempre cercana y que solamente puede entenderse si proviene del propio cuerpo social. Que únicamente es factible como expresión conjunta, mediante la fusión de sensibilidades y reflexiones, en un entorno libre, abierto y participativo. Así que al cierre temporal de los museos nunca se le puede considerar como algo marginal, que es lo mismo que decir que son algo secundario, accesorio o insignificante y que los daños a algo ínfimo, ínfimos son.
Otra cosa a tener en cuenta. La medida de cierre viene acompañada por la proclama de que es posible suplir la actividad presencial mediante una oferta online diversa (lo que es una redundancia porque diversas son las ofertas de los centros), gratuita (lo que de significar algo sería que quien sufre las consecuencias puede ser el sector creativo) y de calidad (estaría bueno que no lo fuera). En definitiva, un discurso grandilocuente y vacuo que elude admitir que escasea la estrategia digital y que solamente se está retrasmitiendo la actividad presencial. Que la retransmisión no sea por televisión o radio únicamente expresa que se ha ampliado el número de plataformas que permiten el acceso a la misma.
Internet está llena de estudios y valoraciones sobre cultura digital, así que no es preciso ahondar en el tema. Lo que sí parece necesario es darse cuenta de que no se debe confundir la mera trasposición en línea de una actividad presencial con crear o producir actividades digitales y considerar que una oferta digital se hace para reemplazar en lugar de para complementar. Los formatos, contenidos, plataformas, tiempos, lenguajes, públicos u objetivos no son los mismos y, además, este desconcierto implica riesgos añadidos. Entre ellos hay que destacar el riesgo de precarización de los profesionales, porque al reproducir una y otra vez las creaciones se puede restar valor a la creación y vulnerar el trabajo. A ello se puede añadir que los públicos consumidores son distintos y que su comportamiento es desconocido, como lo es la forma en que debe abordarse su comunicación y promoción; de modo que al intentar atraerlos sin criterio no conseguimos fidelizarlos y, por el contrario, podemos perder a los que ya teníamos en el ámbito presencial. Y no dejemos al margen a la siempre olvidada brecha digital, que parece que no nos queremos enterar de que no todos los ciudadanos tienen garantizado el acceso a equipamientos y de que hay muchas limitaciones en cuanto a la utilización y comprensión de los mismos. Y si además pretendemos limitar la evaluación de estos desempeños a las magras cifras de usuarios, estaremos haciendo una evaluación incompleta, lo que es ineficaz, ineficiente y quizá inservible para los propósitos públicos, y que solamente satisface al juicio lisonjero de la prensa.
En definitiva, si queremos ponernos un poco al día es preciso que los museos empiecen a crear nuevos contenidos para la nueva comunidad digital y eso no se hace a base de estacazos de streaming. Y para ello no es menos importante proporcionar nuevas estructuras de trabajo porque, no nos engañemos, la pretendida explosión de actividad digital deviene en la mayoría de los casos de la emergencia coyuntural de distraer recursos de otras áreas o competencias, o de una impuesta consigna de trabajo que devolverá a los centros a sus cauces habituales en cuanto acaben las restricciones de turno a la movilidad. “Las gallinas que entran por las que salen” es también una verdad absoluta en los museos.
No nos engañemos, el paisaje actual de los museos evoca al resultante del impacto de una bomba nuclear, de un tsunami, de un terremoto violento. Cuando museos públicos cierran o no alcanzan los ingresos suficientes para sostener su actividad, cuando solamente retienen el 30 por ciento de sus visitantes, cuando solamente nos fijamos en los grandes ballenas para hacer categorías de las excepciones y abandonamos al débil, cuando la carrera por la supervivencia se intuye a costa de otros, es necesario que nos demos cuenta de que esta crisis no es un paréntesis que permita volver a casilla en la que te encontrabas antes de empezar. Sobre todo porque, precisamente, el concepto actual de museo ya se encontraba en cuestión cuando la COVID-19 no había aparecido. Ahora ya no bastan planes de contingencia sino que estamos a expensas de que se aplique la política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria que ya se ha demandado otras veces.
Por supuesto no nos sirve el aforismo de que no hay que hacer mudanza en tiempos de tribulación, sino que es precisamente ésta la que nos empuja a transformar el museo. Y en esa ocupación debemos centrarnos y arriesgarnos, salvo que queramos ser el siervo que enterró el talento.
lunes, 19 de octubre de 2020
¡NO HIJA, NO! Es injerencia, no censura
Hace unos años (2016) advertí en este mismo blog sobre la deplorable situación que atravesaba el Museo Patio Herreriano el cual, escribía entonces, había caído “sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid” para convertirse “en pasto de pendencias políticas”.
Hay que reconocer que el paso de los años ha logrado poner de acuerdo a todos los grupos políticos. La pena es que se han conciliado para permitir, por acción u omisión, una nueva injerencia en el museo por vía de la imposición en sus salas de una muestra de Cristóbal Gabarrón. Si no están al día de la polémica y quieren acercarse a ella lean la admirable investigación de Elena Vozmediano.
Efectivamente, todos están de acuerdo en la jugarreta. Por una parte se encuentran los que pertenecen al equipo de gobierno: los unos, prietas las filas bajo el palio del talante sin osar importunar al cabecilla, y los otros, compañeros de viaje que saben que no conviene moverse demasiado en la foto de otro. Por otro lado, en el tendido diestro no son de abrir mucho los armarios para que no se vean los propios esqueletos, y a ellos se suman los que no se arriman por no saber si más arriba están de acuerdo y los que no saben si cargar al oír la palabra cultura.
No voy a calificar la obra de Gabarrón porque no entiendo de arte contemporáneo. La diferencia con otros es que yo lo reconozco y me fío de quienes se dedican a ello, que son muchos y valiosos, empezando por los propios artistas. Pero por si alguien no conoce al autor pueden encontrar cosas sobre él en esta valoración de Juan José Santos Mateo.
Hoy me dirijo al lector porque, desde el Ayuntamiento de Valladolid, la persona competente en la cosa (“competente” en el sentido de ostentar competencias y “la cosa” en el doble sentido de asunto y engendro) se ha manifestado en la prensa local. Y lo ha hecho para decir que quienes hablan de injerencia no son más que censores, procedentes del entorno del director del museo, que atacan la libertad de gestión municipal amparada por la legalidad y avalada por las urnas. Es decir, la triste y eterna historia de la legitimidad y del cheque en blanco electoral, con los toques afrutados del victimismo.
Yo, que no soy del entorno del director ni mucho menos sospechoso de querer sacar provecho político de esto, querría rechazar estos planteamientos con el respaldo de muchos años entre vitrinas, almacenes y burocracias museales, donde he visto tanta arbitrariedad que ya es difícil sorprenderme. No obstante, siempre he intentado mantener una posición independiente que he manifestado cuando me ha parecido (aunque me hayan hecho poco caso), del mismo modo que he procurado aplicar mi concepción del museo en todos los planes, textos, normas, reuniones o parlamentos en los que he participado. Habrá quien sepa distinguir esa huella en esos documentos y, aunque no sea relevante y esté al albur de los políticos que envician lo que tocan, al menos ahí queda y espero que algún día dé frutos.
Cierto es que ni el libelo concejil ni mi apología museal pasarán a la posteridad. El primero porque se perderá en el tiempo como páginas de hemeroteca y el segundo porque sólo es un ejercicio para mi propio solaz. De hecho, las obras y acciones de un sencillo concejal o de un mero ciudadano no tienen más trascendencia que la ofuscación generada por el deslumbramiento que otorga el poder temporal de un par de legislaturas. Si ni siquiera la memoria de un notable concejal, ministro y presidente del Consejo de Ministros está libre de la damnatio memoriae ¡cómo no lo van a estar las acciones de un jugueteo consistorial de provincias!
A mi parecer la munícipe ha cometido el error, o el atrevimiento por desconocimiento, de confundir crítica con censura, que la segunda es más un ejercicio del poder que del pueblo. A lo mejor lo hace por estar acostumbrada a palmas y refrendos en despachos, antesalas, agrupaciones o inserciones en regaladas rotativas, de modo que cree advertir un ataque en lo que no es más que un ejercicio ciudadano de protesta y una exigencia de rendición de cuentas, los cuales se pueden y deben hacer en el momento en que los hechos suceden, sin esperar a convocatorias electorales. Cuando, además, la crítica es razonada y en ella convergen las principales asociaciones nacionales relacionadas con el arte contemporáneo, artistas de prestigio, críticos de arte, profesionales de museos, los propios miembros del jurado que seleccionó al actual director y variados agentes de la cultura, lo menos que se puede hacer es tratar de razonar dónde se encuentra el problema, en lugar de agitar el látigo de la arrogancia y exhibir capacidades que no se tienen.
Pues sí, la muestra de Gabarrón en el Museo Patio Herreriano es una injerencia. Y puede que no lo sea porque se quiera imponer una exposición, ni tampoco por la trayectoria del artista en cuestión, sino que lo es por el simple hecho de haber obligado a levantar una exposición para colocar otra, lo cual ha atentado gravemente a la autonomía programática del director, ha ultrajado gravemente al prestigio y a la obra de Eva Lootz y ha despreciado la confianza que los votantes concedieron a la propuesta ofrecida por su partido. En veinticinco años de profesión solamente me he tropezado con dos personas que quisieran adelantar la clausura de una exposición: a la primera se le pudo hacer entrar en razón con los sencillos argumentos de que las exposiciones no se cierran anticipadamente, en todo caso se prorrogan, y de que la prensa no iba a amparar tamaña tropelía. Lamentablemente la deriva moderna nos ha traído a un escenario en que un responsable político no dispone de asesores que le expliquen cómo hacer las cosas (o peor, que los ignore) y en el que la prensa no solamente no observa un papel vigilante de las buenas prácticas en las instituciones, sino que es cómplice de sus diatribas inconscientes. Sí, señores, nuestros políticos antes temían a la prensa. Qué habrán hecho unos y otros para que ya no sea así.
Pero no solamente es una injerencia, sino que es un rosario de menosprecios: a Eva Lootz, como he dicho; a los artistas que carecen de patrocinadores políticos y no pueden exponer en los museos más que a través de los criterios técnicos de sus programadores; a los ciudadanos que han confiado en su programa y en la aplicación de buenas prácticas ajenas a antojos políticos; al jurado que seleccionó al director y que con su decisión respaldó el proyecto curatorial y que de haber sabido que iba a ser intervenido quizá habría declinado su participación; al propio director y a su autonomía de gestión, sin más; al programa electoral municipal de su partido que quería hacer del Patio Herreriano un museo de referencia europeo (¿referente en amputar exposiciones e imponer programaciones?); y a la gestión eficaz de una institución pública, que presupuesta actividades para un período concreto para luego cerrarlas anticipadamente (¿acaso hemos gastado de más sin motivo?).
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Foto Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons
No conozco a Javier Hontoria, ni sabía de su existencia antes de verlo en los papeles, y desde luego no envidio el trago por el que debe pasar. No voy a ser yo quien sugiera lo que debería hacer, pues si se va puede parecer que deja el problema a otra persona que luego empezaría cuestionada su labor y quedarse puede ser visto como una claudicación; en ambos casos pierde el Museo Patio Herreriano, pero cualquier cosa que haga bien estará. Como yo mismo no sé qué haría, solamente quiero manifestarle mi apoyo como colega de profesión y como empleado público. Va a necesitar en el futuro mucha presencia de ánimo para convencer a futuros artistas de que el centro es capaz de mantener sus compromisos, mucho esfuerzo para convencer al sector privado de que sus posibles inversiones tendrán el retorno pactado y al margen de intromisiones, de que el Museo Patio Herreriano no se va a usar como un bonito telón de fondo para fotografías de ediles, incluso para que la Colección de Arte Contemporáneo…, bueno, dejémoslo ahí. Mucha energía para convencer de que lo que ahora se hace es una anécdota en lugar de una práctica habitual y para persuadir de que esta última época, que nacía bien auspiciada con un comodato renovado y una dirección elegida bajo un concurso público al amparo de las buenas prácticas, no es un nuevo episodio de un museo que ha acabado siendo una patata caliente que se ha ido traspasando de mano en mano a través de las legislaturas.
Una cosa. ¿Se imaginan al Meadows Museum de Dallas llamando para adelantar la salida de los Berruguetes con un “se los devuelvo, que tengo un plan mejor y quiero hacer sitio”?
Pero qué sabré yo de esto, que no me han elegido legítimamente ni asumo responsabilidades por ciencia infusa.




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