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viernes, 8 de mayo de 2020

#EsteMuseoLoTransformamosUnidos


Cuando aún no imaginábamos el terrible golpe que la crisis de la COVID-19 iba a descargar a nuestra sociedad, durante los primeros embates de la pandemia, ya hubo tímidos intentos de prever los retos que iban a tener que afrontar los museos tras lo que se percibía como una interrupción drástica de la actividad habitual. En esa línea, yo mismo hice un intento de aportar soluciones en este blog.

En el artículo ya apuntaba una idea que quiero recuperar y ampliar, la de que siempre es buena idea convertir los problemas en oportunidades y trazar un plan que nos permita enfrentarnos a la situación. Es pronto para evaluar el impacto real de la pandemia sobre los museos, si bien ya se adivinan caídas de visitas, pérdidas ingentes de fondos para la financiación, desaparición de demasiados empleos directos e indirectos y amplias restricciones a la actividad cotidiana del museo.

Ahora quiero apuntar otras ideas que podrían orientar las acciones a adoptar tras la crisis. Algunas de ellas ya se han podido ver en otros lugares, otras provienen de mi forma de entender los museos, según lo que habéis podido ir comprobando en este blog. Es más, soy consciente de que no son válidas para todos los museos, que hay infinitas realidades museísticas y que predomina en nuestro país el museo pequeño, poco más que una sala visitable, teniendo las grandes “ballenas” una singularidad que requiere medidas diferentes. Este artículo quiere fijarse sobre todo en los los museos que siempre olvidamos porque les cuesta alzar la voz, en los “abandonados”. Y también quiere recordar a las administraciones públicas cuál ha de ser el objetivo de su gestión.

Hay tres ideas fundamentales que quiero señalar antes de nada. En primer lugar, el panorama de los museos va a cambiar drásticamente en algunos aspectos y va a tener que ser revisado en muchos otros. Los paradigmas existentes ya no nos servirán y no podemos esperar que la forma de proceder que veníamos utilizando siga teniendo validez. En segundo lugar, si hasta ahora hemos elaborado planes de contingencia para asimilar el mayor (quién sabe si peor) golpe de la crisis, que podrán  tener validez durante los primeros estadios de la vuelta a la “normalidad”, ahora es imprescindible que elaboremos un plan de subsistencia para salvar el mayor número de instituciones, empleos y recursos posibles y que permita iniciar una recuperación que impulse nuevamente a los museos como bienes esenciales para el desarrollo de la sociedad. Y en tercer lugar, pero no con menos importancia, ni ahora ni en el futuro deberemos consentir que la pandemia sirva como excusa para no aplicar una política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria; la crisis solamente puede ser utilizada como explicación para el colapso, pero no puede ser esgrimida para sostener falacias. Podremos excusar a quien se equivoca en la acción, pero no caigamos en la trampa de justificar la inoperancia. Y un bonus: como norma general no debe haber prisa por volver a abrir.

España tiene un “incontable” número de centros museísticos, la misma Comunidad de Castilla y León tiene hasta 400 a la luz de estadísticas más o menos precisas, que están esperando soluciones a múltiples problemas derivados de la crisis de la COVID-19. Así que querría de algún modo aportar ideas sobre las posibilidades existentes para que los museos inicien un camino que guíe su recuperación y que posiblemente conduzca a un cambio de rumbo en su progreso futuro. En los últimos tiempos se ha debatido internacionalmente sobre un nuevo concepto de museo; quién sabe si las acciones que inevitablemente se han de abordar no acabarán dando un vuelco al concepto.

Entre las diversas nociones que incluye la definición más ortodoxa de museo, se encuentra la de que es una institución al servicio de la sociedad y de su desarrollo. Centraros en esta idea porque es fundamental para lo que voy a decir a partir de ahora. Hasta ahora los museos se han venido quedando atrás en su labor como repositorios de memoria, destinados a desarrollar valores de justicia social y asegurar el bienestar de la comunidad, en favor de un papel como mero instrumento de creación de riqueza al servicio de una estrategia económica basada en el turismo, e incluso como lugar de ocio multifuncional e indiscriminado, como un ágora cultural, diabólicamente entendida, que sólo puede transfigurar a la institución en un centro cívico “con balcones a la calle”.

En esencia, la política museística futura no puede seguir haciendo lo de siempre a riesgo de acabar de la misma manera. Hay que entender que los museos son una herramienta de transformación que hay que recalibrar, porque ya no cuenta con la métrica que la sociedad postconfinamiento requiere, y hay que hacerlo en tres horizontes fundamentales: el museo como institución, las colecciones que custodia y los usuarios que acoge.

Para cambiar el paradigma de los museos y aplicar las políticas museísticas más adecuadas hay que contar, inevitablemente, con los propios museos. Preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué les gustaría tener, qué les preocupa. Y hay que hacerlo tanto de manera individual como a través de interlocutores sectoriales, en foros adecuados, con voluntad participativa y abierta, ejerciendo liderazgo y siendo transparente. ¿A quién corresponde esto? A las administraciones competentes, que lo deberán abordar de manera directa y a través de observatorios, consejos o reuniones sectoriales. Aportando ideas, presentando soluciones e intercambiando criterios profesionales porque ¿de qué sirve que la política pública de museos sea diseñada por quien nunca ha pisado uno? Reflexionad sobre esto.

A la par va a ser preciso que, al menos hasta que existan vacunas u otras soluciones, los museos cuenten con protocolos claros para gestionar la pandemia. Existen ya varias recomendaciones genéricas y concretas para atender las necesidades de conservación, seguridad, prevención de riesgos laborales o control de visitantes. Quizá no sea mala idea facilitar una guía de gestión a nivel estatal, o al menos autonómica, que oriente a todos los centros, e incluso habilitar canales de comunicación que sirvan para solventar dudas y analizar casuísticas y que puedan proporcionar a los museos respuestas rápidas ante contingencias.

Por ejemplo, es imperioso controlar que los edificios de los museos están preparados para afrontar la nueva realidad. Entre las cuestiones prioritarias hay que considerar aquellas que permitan que las instalaciones se adapten a las exigencias sanitarias de un lugar público; y ello pasa por suspender cualquier apoyo a proyectos museísticos nuevos. Seamos claros, lo que no ha funcionado antes no lo va a hacer ahora, y la creación de nuevos museos por sí misma no va a fortalecer la recuperación económica, no va a atraer más turistas, ni va a generar más empleos. En estos momentos hay que concentrarse en salvar lo que existe, de modo que las aventuras museísticas, incluyendo las renovaciones expositivas profundas, no deberán ser las que obtengan más recursos de lo necesario.

Y qué decir de la viabilidad de los centros museísticos, no sólo la económica destinada a cubrir los costes de producción o mantenimiento, sino su rentabilidad social y cultural. ¿Están los museos convenientemente amparados por las políticas museísticas? ¿Conocen suficientemente el marco legislativo que les afecta? ¿Existen instrumentos de planeamiento que describen la hoja de ruta más ajustada a sus intereses y, de ser así, se evalúan y se publica sus resultados? Porque a lo mejor los museos viven a espaldas de las administraciones porque en el mejor de los casos no saben quién es el interlocutor válido, que nunca se ha comunicado con ellos, o porque sospechan que no van a ser atendidos, o porque las condiciones para serlo no son lo suficientemente transparentes y sí demasiado discrecionales. O sencillamente, porque lo que se les ofrece no cubre sus necesidades reales porque con demasiada frecuencia ven que el premio gordo se lo llevan los de siempre y a ellos no les queda sino la pedrea.

No voy a detallar el impacto tan brutal que la crisis va a tener sobre el sector cultural pues ya se puede analizar en otros lugares. Hay muchos profesionales que han perdido su empleo y que no tienen una perspectiva clara para recuperarlo, por lo que la prioridad actual debe ser la restitución del tejido empresarial que conforman las industrias culturales y creativas y de sus profesionales, sobre todo en su ámbito local inmediato. Pienso, por ello, que las ayudas económicas a los centros museísticos deben ir dirigidas sobre todo a dotarlos de actividades culturales, con el doble propósito de que sean puntos emanadores de financiación hacia sus “proveedores” y de recuperar el hábito cultural de la población. Es más, habría que buscar la complicidad entre los museos y otros sectores culturales como bibliotecas, archivos, compañías de artes escénicas u organizaciones sociales, de modo que se generen actividades que impliquen a varios sectores.

Se trataría de articular también acciones conjuntas a partir de módulos adaptables que se puedan reaprovechar en itinerancias. Pensemos en acciones integrables de fácil traslado, pero que al mismo tiempo admitan aportaciones personalizadas para cada lugar mediante una sencilla adaptación. Y pensemos en una distribución cronológica de las actividades para mantener un tempo cultural sostenido, un reparto que torne la estacionalidad en continuidad. Ya he comentado varias veces que no entiendo por qué los museos realizan durante días determinados aquellas acciones o servicios que no hacen durante el resto del año. Entonces, ¿qué nos impide que el Día Internacional del Museo o la Noche de los Museos se conviertan en el mes de los museos, en el trimestre de los museos, en las noches de los fines de semana? ¡Qué afán de echar el resto en un día, en una semana, cuando disponemos de todo el año!

Todo ello debería poderse articular a través de un sistema sostenible y solidario de trabajo en red, donde se potencie una serie reforzada de cabeceras territoriales o temáticas que dispongan de personal cualificado suficiente para apoyar al resto de museos. No es desatinado considerar que un país como el nuestro, con una estructura administrativa territorial hiperdesarrollada  (estado central, autonomías, diputaciones y ayuntamientos), puede generar asociaciones suficientes para distribuir recursos a los museos. Es más, los museos públicos deberían asumir el papel de ser los motores de la recuperación del resto. ¿A caso un pacto global para los museos, o una conferencia sectorial específica que permita aplicar inyecciones económicas donde realmente haga falta? ¿Ayudas ágiles y flexibles que se adapten a las necesidades de cada momento? Sí, ya sé que esto es España, pero soñar no cuesta.

Uno de los soportes fundamentales del museo como institución es su personal. El futuro museo, como tantos otros lugares, tendrá que preocuparse de no ser un medio de transmisión de la COVID-19 y deberá garantizar que se trata de un centro de circulación seguro. Y ello debe empezar por asegurar la integridad de sus trabajadores, por lo que es preciso que se certifique la información relevante en materia de riesgos laborales y en protocolos sobre medidas de higiene y etiqueta; no solo no queremos que sean centros de contagio y difusión del virus, sino que deberíamos convertir los museos en lugares de difusión de buenas prácticas y en sitios para la generalización de comportamientos sociales adaptados a la nueva realidad.

Escultura de A. Einstein en el Museo de la Ciencia de Valladolid
(foto del autor el 5.05.2020)
Esta cuestión, más que nada de sentido común, es la que nos permite precisar la visión sobre el papel fundamental que juega el personal del museo como protagonista de la actividad cotidiana. ¿Por qué no aprovechamos esta oportunidad para que sean la punta de lanza de la definición del nuevo museo? En primer lugar, ya no podemos demorar más la realización de una profunda reflexión sobre si las plantillas de los centros cuentan con personal técnico y cualificado suficiente para desarrollar las funciones que les corresponden y, sobre todo, observar si sus condiciones laborales son justas y dignas. Y en segundo lugar debemos dotarlos de un entorno adecuado y de las herramientas necesarias para realizar su trabajo, dentro de las que se encontraría la formación en línea. Proveer desde instrumentos tecnológicos al servicio de la conservación de las colecciones a formación en técnicas de atención al visitante, desde pautas de seguridad y control de públicos a mejoras en los procesos documentales, desde el aprendizaje en materia de comunicación al estudio de públicos, desde la investigación en cuestiones relativas a las colecciones a la incorporación de herramientas para la enseñanza. Entre otras cosas, porque ya hemos dejado que las empresas de servicios fagociten demasiadas áreas de los museos y hemos favorecido la precariedad profesional a costa también de comprometer la dignidad de los museos.

Junto a la expositiva, una de las funciones más conocida y apreciada de los museos es la custodia del patrimonio cultural, cometido que incluye la documentación de las colecciones o las medidas de conservación que se aplican sobre ellas y la posterior transmisión de las  mismas. A ella se destinan la mayoría de los recursos del museo y prueba de ello es que en las plantillas nunca faltan conservadores y conservadores-restauradores, si bien en la mayoría de los casos estos profesionales acaban asumiendo, por deseo expreso o por necesidad, otras muchas funciones como la investigación, la documentación o la comunicación. Y ello por lo que se refiere a los museos públicos más grandes, pues en una parte importante del resto, la plantilla se reduce a un gestor que lleva la administración y representación junto a la persona que abre y atiende; y a veces menos. A nadie sorprenderá que digamos que las oportunidades laborales que ofrecen los museos son escasas e inestables.

Al ser una de los pilares básicos de la existencia de los museos, las colecciones cobran en la situación actual una relevancia sin par. Y deberíamos estar pendientes de la situación en que se encuentran. En primer lugar, porque generalmente los museos no cuentan con planes de colecciones para definir su gestión y conservación. Y en segundo lugar, porque durante la crisis de la COVID-19 se ha podido comprobar que la mayor parte de los museos carecen de planes de protección ante emergencias; tengamos en cuenta que estos no solamente deben contemplar los riesgos derivados de robos, incendios e inundaciones, sino que en el futuro también tendrán que establecer protocolos correctos para posibles procesos de desinfección. Más allá de las magras dotaciones de personal, la generalización de la formación técnica de los responsables de los centros, así como una concienciación de sus responsables, proporcionaría una mayor preocupación por las colecciones, lo que permitiría ofrecer ayudas económicas destinadas a labores relacionadas con la conservación o restauración de objetos que, a su vez, generarían nuevas oportunidades de trabajo a pequeñas empresas externas.

En esta misma línea de oportunidades empresariales, cabría facilitar nuevas maneras de interpretar y presentar sus colecciones a través de un importante esfuerzo en la documentación y digitalización que fortalezca la relación de los museos con sus visitantes, fomente la participación o incluso aumente sus ingresos y donaciones. Asimismo, se debería explorar la plena inserción de los contenidos del museo en la educación a través de plataformas en línea que complementen la asistencia de esas visitas escolares que no sabemos si podremos seguir recibiendo, o la constitución en los museos de áreas específicas para usuarios en línea, de modo que puedan participar en la nueva vida del museo a través de seminarios online, videoconferencias divulgativas, congresos virtuales, laboratorios digitales, etc... Sin buscar una sustitución de los públicos a quienes se dirigen, sino para multiplicar la oferta museal, aprendiendo de cada sector y aplicando las conclusiones a la forma en que queremos presentar el museo.


Y por fin el usuario. Llevamos años llenando artículos y documentos logísticos con el mantra de los nuevos públicos, del acercamiento del museo a otros sectores de edad y a colectivos menos propensos a visitarlo. Incluso hemos empleado ríos de tinta en determinar cómo se acerca el público al museo, con quién, a qué hora, cuántas veces, cuáles pueden ser sus intereses y si el cobro de entrada permite valorar más la visita al museo o aleja a los usuarios potenciales, con el objetivo de conocer nuestro objetivo y explorar caminos no frecuentados. Pues bien, el primer trabajo al que nos enfrentamos ahora es el de recuperar a los visitantes que tenía el museo.

Va a ser preciso garantizar que la experiencia de la visita es segura. Ya hemos hablado de las implicaciones derivadas de los apoyos educativos y comunicativos, de las medidas de higiene y etiqueta o de las interacciones físicas. Pero no debemos olvidarnos de la gestión de las admisiones, la gestión de aforos para distribuir grupos o altas densidades, la ordenación de las circulaciones para asegurar la convivencia o la modificación de horarios dirigidos a una mayor flexibilidad de la afluencia. Estamos hablando, por ejemplo, de habilitar mecanismos de reserva de la visita, disminuir los pagos en metálico mediante el pago con tarjeta o disponer ventanillas en línea, de usar mamparas para proteger al visitante y al empleado, de reducir el tamaño de los grupos y gestionar turnos, de evitar la masificación, aglomeraciones o congestiones de visitantes, de ampliar horarios en determinados momentos y reducirlos en otros, de revisar el uso y disposición de apoyos educativos y comunicativos de riesgo como hojas de sala, juegos interactivos o audioguías. Todo esto puede exigir más personal así como una inversión importante en elementos de protección y, desde luego, un profundo análisis de la viabilidad de los centros a consecuencia de las nuevas exigencias.

La medida estrella de la mayor parte de los titulares de los museos durante el confinamiento ha sido la presentación en línea de contenidos culturales, siempre con la mejor de las intenciones. Sin embargo, entre los asuntos pendientes de los museos se encuentra su falta de hiperconectividad. El futuro va a exigir una serie de posicionamientos para los que la mayoría de los museos no están preparados. Solamente los museos más grandes tienen capacidad suficiente para romper la quinta pared a través de algo imprescindible, la incorporación de una estrategia digital a la estrategia global del museo. La renovación digital de los museos no pasa por intentar adaptar al entorno digital aquellos contenidos que no fueron concebidos más que para un entorno presencial, ni pasa por inaugurar o reactivar redes sociales, ni siquiera pasa por el uso de tecnologías más o menos novedosas, creación de apps móviles, generalización de programas de gestión o bases de datos; ni se encuentra en el fascinante descubrimiento de la videollamada. La mayoría de los museos no puede afrontar una renovación digital, pues carece de determinación clara fruto de un análisis técnico, y ni sueña con los medios tecnológicos adecuados o el personal cualificado para hacerlo. Y si han hecho un esfuerzo digital durante el confinamiento ha sido para no abandonar a la sociedad en unos momentos terribles, pues sus profesionales tienen claro que se encuentran a su servicio. Es más, han sido también víctimas del espejismo del teletrabajo; es decir, la falacia de que la organización puede mantener durante algunos meses una actividad similar a la que normalmente ejerce, mediante el traslado a los domicilios de un desarrollo laboral pensado para la mesa del despacho y gracias a la aportación privativa de dispositivos y conexiones, a la vez que se pretende que se está manteniendo el aprovechamiento con el solo propósito de dar la apariencia de que todo está bajo control.

Pero la pregunta, más allá de si sabremos adaptarnos al entorno digital, está si este esfuerzo adrenalínico se mantendrá una vez superado el confinamiento. Si el ímpetu desplegado para mantener la presencia del museo en la vida del ciudadano se prolongará mientras encontramos una organización, institucional y pública en muchos casos, que apueste por la reconversión digital de los museos y que no piense que está desarrollando una cultura 2.0 porque sube contenidos a Internet.


Por último, quiero insistir en una cosa. Es importante reforzar la presencia del museo en la sociedad futura. O mejor, es imprescindible reforzar la presencia comprometida del museo en la sociedad futura. Ya he hablado en otros lugares de la no neutralidad del museo, llegando a decir que “los mecanismos para progresar deben ser promovidos por entidades comunes, por lo que el museo debe abandonar la neutralidad” para renovar la sociedad. Redundando en ello, el museo es una institución de prestigio, un lugar de experimentación, debate y participación, donde el ciudadano puede plantear preguntas y hallar respuestas comunes, donde cada ciudadano puede manifestar visiones personales. La sociedad también necesita al museo para sobreponerse a la crisis de la COVID-19 y no podemos dar la espalda a este compromiso, sin olvidar que si un museo no toma partido, probablemente ya esté tomando partido.


Hace ya tiempo hice un “pequeño ejercicio de introspección museal” en el que desgranaba aquellas cosas que deberíamos tener en cuenta para afrontar una mejora de los museos. Lo que entonces era un artificio hipotético, se revela ahora como un ejercicio inevitable de supervivencia.

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Y tú de quién eres?


Cuando has pasado varios años trabajando en las entrañas de un museo, entre las piezas y su documentación o sumergido en los recuerdos que trabajadores y visitantes tienen sobre el centro, hay una cosa que te acaba quedando muy evidente: la institución museo permanece en el tiempo, con modificaciones de dispar calado pero con una integridad transcendente. Contemplar, cien años más tarde, las fichas de catalogación que un antiguo conservador redactó para el mismo objeto que tienes delante, te hace comprender que el museo está por encima de uno mismo y por encima del resto de personas que envuelven su entorno temporal inmediato. Esta percepción es fundamental para entender la labor que tiene el museo como custodio del patrimonio cultural y responsable de su transmisión, sobre todo si el museo es público.

La colectividad ha facilitado la existencia en estos últimos de trabajadores que conjugan su capacitación técnica con un compromiso específico, inherente al puesto, y que está destinado a salvaguardar el interés común a partir de un sistema de garantías. Estos empleados públicos reúnen su formación específica, sobre la que han desarrollado un depurado criterio profesional, con una larga experiencia asentada en la práctica, en la información proporcionada por empleados precedentes, en el contacto con múltiples y variadas escenarios profesionales y en el acceso a recursos solamente disponibles en instituciones de entidad suficiente. Exactamente lo mismo que un médico, un profesor, un abogado o un ingeniero adscrito al servicio público. Ténganlo en cuenta mientras leen el resto de esta entrada.

Estos primeros párrafos, cargados de conceptos incontrovertibles, son solamente el antecedente de la cuestión sobre la que hoy reflexiono. Me propongo lanzar el debate sobre las reclamaciones patrimoniales, sobre lo que muchas veces se llaman restituciones o devoluciones pero que en el fondo parecen tentativas de incautación al amparo de argumentos de ventaja política, con reivindicaciones populistas y grandes dosis de oportunismo. Estas demandas suelen estar manejadas por políticos mediocres y, por lo general, sumamente irresponsables.

Una precisión. No se trata de ponerse a favor de unos casos u otros, ni de defender posturas de parte, ni siquiera de hacer referencia a casos concretos por todos conocidos. Tampoco entra a valorar si los bienes han sido robados, incautados, comprados mediante engaños, vendidos (i)legalmente, regalados, entregados como hallazgo arqueológico o adquiridos en subasta. Es decir, esto no va de los documentos del Archivo de Salamanca, ni de los frescos de Sijena, ni de la Dama de Elche, ni de la Cruz de Peñalba, ni de los mármoles del Partenón, … O sí, a lo mejor sí va de eso.

Con recurrente frecuencia se genera debate sobre aquellos objetos pertenecientes al patrimonio cultural que se hallan fuera de su entorno original. Más allá de las dificultades que muchas veces existen para determinar con claridad cuál es éste (se manejan razonamientos como la geografía, el concepto, la propiedad, la trayectoria histórica, los derechos sobrevenidos, la herencia), solemos encontrar argumentos identitarios para justificar demandas de retorno y ni siquiera en este punto podemos aportar un término claro para designar a la solicitud (¿restitución, devolución, reposición, restauración…?). Lo que sí parece ser paradigma es que tras la mayoría de estas demandas se encuentra un componente aglutinador, teñido de identidad cultural pero que en realidad se acerca más al nacionalismo. La diferencia en este caso está, a mi juicio, en que el nacionalismo necesita fetiches para apuntalar su doctrina política, manteniendo una actitud profundamente exclusivista, mientras que la identidad cultural es un conjunto de percepciones individuales que puede utilizar símbolos para consolidar el sentimiento de pertenencia, pero utilizándolos como elemento integrador y sin necesidad de generar un culto al objeto.

La civilización vence a la barbarie (casi siempre)
Me gusta pensar que el museo se construye gracias al esfuerzo comunitario en las sociedades en las que se encuentran. El museo crece y evoluciona gracias a las aportaciones de sus visitantes, el empeño de sus trabajadores, la contribución de donantes y depositarios, el trabajo de los investigadores y, como no, el impulso político de personas a las que concedemos atribuciones para que gestionen y defiendan nuestros activos. Lamentablemente cometemos muchas veces el error de dar esos poderes a quienes no son capaces de administrarlos en beneficio del interés general; peor aún, somos capaces de tener la suficiente desidia como para permitir que algunos políticos confundan la defensa de nuestros intereses con la de los propios, ya sean individuales o grupales. De ahí que muchas veces por mediocridad, ignorancia o simple pereza, se acabe recurriendo a fáciles postulados reduccionistas que buscan rentas inmediatas y por tanto huecas.

Y esto nos lleva de vuelta a los empleados públicos. Ya les dije que los tuvieran en cuenta. El respaldo ciudadano a un político no puede ser aval, y menos argumento, para justificar acciones a las que les falta reflexión, del mismo modo que no puede servir para purgarlas en caso de que se violenten consideraciones técnicas para disimular carencias políticas. En concreto, en los casos de reclamaciones de objetos patrimoniales convendría atender con mayor respeto los criterios técnicos, que están amparados siempre por el rigor de un marco legal y muchas veces por la plasticidad del sentido común.

Naturalmente los criterios técnicos no son absolutos y la mayor o menor incidencia sobre un determinado factor puede decantar una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que esos objetos en discordia tienen su propia historia y en ella se encuentra gran parte de su significado. Arrancarlos del museo en que se encuentran, y enviarlos a un nuevo destino poco meditado y oportunista, podría ser un grave error pues su comprensión actual depende, en gran medida de la manera en que se presentan en el museo, del mismo modo que otros objetos se explican gracias a los vínculos interpretativos que un discurso museológico ha facilitado entre ellos. No pueden quedar al margen otros factores de gran importancia, como la existencia de un acceso más amplio a la investigación o al disfrute sensorial del objeto, ni tampoco de la capacidad de custodia, en ocasiones discutible en los nuevos destinos propuestos.

En conclusión, me gustaría evidenciar la frecuente falta de reflexión en la toma de decisiones políticas sobre esta cuestión y en cómo la obcecación partidista se encuentra tras muchas de las demandas de retorno. Y recordar al respecto que habrá que tener cautela, pues no debemos olvidar que la aceptación de ciertas demandas puede ser tomada como una invitación para elevar nuevas reivindicaciones. En caso de duda, la mejor decisión se basará siempre en la comunicación fluida dentro de los órganos de decisión, en una información transparente y en la búsqueda del consenso. Y deberá ser técnica.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Bitácoras de AR&PA 2016


En ocasiones tienes la oportunidad de abordar proyectos que te atraen y que piensas que podrían suponer un pequeño progreso para el entorno inmediato en que desarrollas tu vida profesional.

La reunión de blogueros que celebramos el otro día en el marco de la Bienal AR&PA 2016 es uno de estos casos. Ya es frecuente que los blogueros sean invitados a eventos culturales con el objetivo de replicar su difusión (si queréis conocer algunas experiencias os lo cuenta Clara Merín). También existen ejemplos de experiencias editoriales colaborativas, acompañadas o no de foros de participación (ARCO Bloggers). No cabe sino agradecer a los que nos precedieron la puesta en marcha de experiencias de este tipo y su generosidad al dar difusión de las mismas.

Consuelo (Mariché) Escribano (@consuelosescriba) y yo mismo (@jl_hoyas) quisimos incorporar esta práctica, cuyo éxito se ha comprobado, durante la celebración de la Bienal. El propósito publicado en la convocatoria era el "encuentro con especialistas relacionados con la protección y transmisión del patrimonio cultural a través de canales 2.0 […] por la importancia que empiezan a asumir las bitácoras personales o profesionales a la hora de utilizar dinámicas de comunicación y participación en la red, y por su potencial como herramientas de conocimiento y activación del patrimonio cultural”. Añadamos que los perfiles de los blog seleccionados siguen diversas ópticas como las ciencias sociales, la educación, los jóvenes, la perspectiva de género, los viajes culturales o las nuevas tecnologías, entre otras.

Un segundo propósito, no menos importante, era el de insertar una pequeña cuña socialmedia en la difusión de labor de conservación y transmisión del patrimonio cultural que realizan las administraciones públicas, en este caso la Junta de Castilla y León, para activar otros canales de participación y colaboración, más dinámicos y posiblemente más frescos.

La respuesta de los participantes ha sido inestimable, tanto por su generosidad al acudir a la convocatoria sin reparos (es justo mencionar que todos han venido a sus propias expensas), como por su capacidad para aportar solidariamente sus conocimientos y por disculpar gentilmente los pequeños errores y desajustes que siempre se producen. También ha sido excelente la confianza que ha depositado en nosotros la organización de la Bienal AR&PA para desarrollar la actividad, un apoyo que se hizo patente con la presencia del Director General de Patrimonio Cultural en la inauguración del encuentro y que ha venido acompañada de una difusión que nunca hubiéramos imaginado; bienvenida sea.

Foto de famila bloguera de @AliciaVillarP para @bienalarpa

En nuestro caso se optó por la celebración de una visita privada en el primer día de la Feria AR&PA y de un encuentro con los blogueros el último día de la misma. Para concretar la dinámica de trabajo señalaré que el encuentro se activó mediante la presentación de cada uno de los blogs, seguida de una breve intervención de los blogueros, para pasar a una participación general, en formato de tertulia, que tuvo interesantes e incluso divertidas aportaciones. El arranque de éstas se facilitó a través de la pregunta ¿sirven vuestros blogs para escuchar y responder, o solamente para transmitir vuestro mensaje?, que dio paso a la pregunta más directa de ¿por qué difundís el patrimonio a través de este canal? La coyuntura vino a enlazar nuevas preguntas y matices que añadir a aquellas, en un delicioso ejercicio de participación, opinión, respeto y grandeza que alargaron la charla durante dos horas. El resumen de lo tratado puede ser el siguiente:
  • No hay un patrón en cuanto al seguimiento que hacen los blogueros de sus entradas. Los hay que saben cuántas personas los visitan junto a otros que no lo miran y que ni les preocupa. Eso sí, todos agradecen la realimentación y atienden quejas y sugerencias; ello les ayuda a mejorar e incluso a orientar sus ediciones. No obstante, alguna opinión externa manifestó la tendencia del bloguero a escribir para sí mismo sin esperar, o incluso desear, que se generen opiniones sobre los trabajos. 
  • El amor por el patrimonio cultural y su difusión parece un sentimiento común, y en muchas ocasiones ha nacido en la infancia gracias a que proceden de familias en que ese sentimiento se ha fomentado. Los blogueros comparten su opinión en una acción sobre todo desinteresada que responde a la necesidad de darla a conocer.
  • Un planteamiento que flotaba continuamente en las intervenciones es el de “educar al lector”. Los blogs tienen una profunda vocación educativa y procuran el uso de instrumentos didácticos e interpretativos, de modo que el seguidor aprenda a mirar el patrimonio cultural, a conservarlo y a transmitirlo. En esta línea se produjeron dos intervenciones del público: la primera para valorar el esfuerzo de los blogs, pero interesándose en alguna manera de certificar la calidad de sus contenidos para su uso educativo y la segunda para apreciar el éxito de la iniciativa “AR&PA en Familia” como medio para infundir el valor del patrimonio cultural en el ciudadano desde edades tempranas.
  • También se estableció debate sobre la conveniencia de contar con prescriptores culturales. Se ofreció la pregunta ¿por qué hay tan pocos famosos que recomienden el disfrute cultural o que hagan publicidad de recursos del patrimonio cultural? ¿No sería positivo que actores, deportistas, políticos…, invitaran a sus seguidores a visitar museos, teatros o bibliotecas? Y (añado yo según mi percepción) ¿por qué los escritores, artistas o actores no recomiendan las actividades culturales más allá de sus propias creaciones o de las que corresponden a su sector?
  • Y la juventud. José Miguel Travieso intervino casi al final para celebrar la mocedad de gran parte de los blogueros convocados. Es una buena noticia que la difusión del patrimonio cultural tenga continuidad en las generaciones que llegan.
Pues bien, hecho el relato, sólo queda repetir mi profundo agradecimiento a los participantes, a los asistentes, y fundamentalmente a Mariché por su capacidad de convocatoria y organización. El éxito de la jornada es sobre todo mérito suyo. Confío en que haya más jornadas como esta y que los blogs culturales vayan adquiriendo más presencia en la programación de eventos de este tipo.

Vuestros comentarios se esperan aquí debajo ;)

jueves, 2 de julio de 2015

Si tomáramos en serio a los museos


En esta época de mudanza, antes de aventurarnos en otro incierto intervalo ejecutivo, me parece bueno hacer un pequeño ejercicio de introspección museal. Lo represento mediante un artificio conceptual en el que imagino cauces para afrontar una hipotética mejora de los museos. ;) 

Las frases empiezan con un “Si tomáramos en serio a los museos…

  • Facilitaríamos la declaración de su misión.
  • Promoveríamos la existencia de planes museológicos.
  • Colaboraríamos con sus titulares.
  • Pediríamos consejo a sus profesionales.
  • Solicitaríamos opinión a sus usuarios (y sabríamos quiénes son).
  • Exploraríamos lo que otros actores (administraciones, universidades, empresas, asociaciones…) pueden aportar.
  • Fomentaríamos su gestión sostenible.
  • Potenciaríamos la investigación.
  • Compartiríamos conocimientos.
  • Impulsaríamos su difusión.
  • Lucharíamos por incrementar su papel en la educación.
  • Aprovecharíamos el trabajo en redes y la cultura colaborativa.
  • Formaríamos a su personal.
  • Solucionaríamos su retraso tecnológico.
  • Desarrollaríamos las normas que los gobiernan.
  • Cumpliríamos los planes de desempeño.
  • Evaluaríamos nuestras acciones mediante indicadores y no mediante estadísticas.
  • Y pondríamos al frente de esta labor a equipos profesionales y comprometidos”.

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. [Marcos 16:15]


Photo by CarlosIRT (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons

miércoles, 15 de abril de 2015

Museos de temporada


Los primeros meses de cada cuatro años son época de museos, del mismo modo que hay época de setas o temporada de berros. Si me apuran, podría decir que me parece que también es momento de tarugos, pero eso es una senda por la que es mejor no continuar.

Es habitual ver en la prensa una multiplicación de noticias sobre museos que hablan de inauguraciones, reaperturas, presentación de programaciones, balances, cifras comparativas y, muchos, muchos proyectos de futuro. Todas ellas como anticipo de un inminente paso por las urnas y producto de la avidez del político por exhibir trofeillos culturales y por significar su profunda preocupación por la vida cultural del reducto geográfico por el que culebrea. No faltan siquiera los llamamientos para ayudar a museos en horas bajas, las peticiones de depósitos de fondos o los requerimientos para la colaboración, sobre todo económica; en este caso porque cualquiera sabe que ahora es el mejor momento para el mercadeo. Las más de las noticias son esa suerte de publirreportajes que publican esa prensa cuya publicidad se sufraga con dinero público, y las menos son esas críticas u opiniones que no interesa publicar ni gusta leer, como pasa siempre que se hace notar que el emperador desfila desnudo.

España también sufre por encima de sus posibilidades en materia de museos. No hace mucho Santos Mateos recordaba la frase de Vicent Todolí:  “ningún museo en el planeta -ninguno- gana dinero [...] todos pierden. Y no ganan dinero porque tampoco es su objetivo”. Aceptando la mayor (y sin entrar a detalle y debate), que no tengan como objetivo ganar dinero no es excusa para que lo pierdan o lo despilfarren, sobre todo si lo hacen por mala o nula planificación, por una orgiástica concatenación de planteamientos que parecen no tener padre, pero que a muchos aprovechan. Se trata siempre de proyectos que vienen siempre de arriba abajo, de los que se pergeñan en bares o saraos, y que carecen de la mínima base para proporcionar estabilidad al centro museístico que se pretende crear. Como decían por ahí “a las ocurrencias hay que procurar matarlas de pequeñas, pues si las dejas crecer te acaban devorando”.


Foto tesoro del Museo de Zamora, extraída de http://www.museoscastillayleon.jcyl.es/

Llevo un tiempo observando la casuística en Castilla y León (que, supongo, no difiere mucho de la de otros lugares)  y, a falta de una reflexión más profunda como la que Manel Miró reflejaba acertadamente aquí, la sistematización de una inmensa mayoría de los centros es siempre la misma:
  • La apertura del centro museístico no depende tanto del número de habitantes de la población en la que se asienta como de la existencia de un contenido que, con mayor, menor o inexistente coherencia, justifique el museo. En muchas ocasiones se produce en poblaciones que han perdido pujanza económica por la desaparición de la fuente tradicional de ingresos (actividades agropecuarias, pequeña industria, explotaciones...).
  • Con relación a esto, el contenido que “arma” el proyecto puede ser material o inmaterial; todo vale. Desde la existencia de modos tradicionales de producción (tejidos, alimentos y cántaros variados lo más habitual) hasta la existencia de una colección relacionada directamente con el patrimonio cultural (santos, celebridades de todo pelo y casas donde vivió…), pasando por la disponibilidad de fondos procedentes de un coleccionista (radios, coches antiguos y sus variantes se llevan mucho esta temporada) o de un artista (estos son muy peligrosos por su ególatra insistencia y su ascendencia sobre las autoridades), y sin olvidar los centros de interpretación de algo.
  • El continente será un edificio recuperado o a recuperar: siempre, y digo bien siempre, gracias a fondos públicos europeos (PRODER, FEDER…) y dotado gracias también a más fondos (FSE). No olvidemos fondos regionales, ni provinciales.Una falta crónica de planteamientos museológicos previos, a veces ni siquiera profesionales, resueltos generalmente por empresas no especializadas con museografías más vistosas y pseudotecnológicas que efectivas.
  • Compartición del espacio del museo con otras dependencias municipales (turismo, biblioteca, centro cívico) y actividad cultural acorde.Presentación a la prensa, eso sí, muy cuidada pero muchas veces con escasa repercusión debido a la rápida sustitución de las noticias en los medios digitales. Este impacto menor se intenta corregir mediante la asistencia a todo tipo de convocatorias y ferias turísticas y patrimoniales, o mediante la presencia en las inauguraciones de políticos o famosos de medio pelo.
  • Y lo que es peor y muy común: existencia de presupuesto para la puesta en marcha pero sin estabilidad presupuestaria ni plan de viabilidad, entendido éste como el documento que debe describir los recursos necesarios para poner en marcha el centro museístico, y los costes de producción o mantenimiento de su funcionamiento y fines, así como su rentabilidad social y cultural (art. 22.1 de la Ley de Centros Museísticos de Castilla y León). 

¿Y por qué hay quien llega de manera tan fácil a la conclusión de que hay lo que necesita el pueblo es un museo? Los argumentos son sencillos:
  • El museo supone,en una mediana población, la guinda en la labor cultural de sus responsables políticos. Como institución prestigiosa su creación es incontestable y sirve como elemento propagandístico de primer nivel, tanto de cara a sus conciudadanos como ante los compañeretes del partido.
  • Asimismo, la creación del museo se identifica con la identidad de la población. Se trata de exacerbar una especie de micronacionalismo localista que utiliza al centro como referente de la comunidad, con la intención de aglutinar a la ciudadanía y presentar a los visitantes foráneos los logros pasados y la proyección a la que aspira la colectividad.
  • El centro será un pilar de la recuperación económica de la zona sobre la base de la atracción turística, partiendo de la creación de un recurso patrimonial que genere visitas y, en consecuencia, puestos de trabajo e ingresos económicos. Sin embargo este modelo es muchas veces falaz, pues el recurso inicia su recorrido desde cero y el arranque suele agotar la mayor parte de las fuerzas con las que se contaba. Ni que decir tiene que el número de puestos de trabajo creado es escaso, sin profesionalizar y precario, y que la inyección económica suele ser menor que la prevista. Es más, el museo puede ser capaz de corroer el presupuesto del municipio.
  • El museo acaba demostrando escasa capacidad de atracción, siempre menor de la prevista (museos que esperan 30000 mil visitantes en su primer año de vida venden como exitazo la llegada de apenas 5000 ¿qué esperaban? y dan botes de alegría por un centenar de personas en algún período vacacional). Como mucho añade valor a la oferta cultural de la localidad, pero como su oferta es poco más que el nuevo museo entramos en una espiral que no lleva a buen término. 
  • La aventura no suele tener consecuencias políticas. Los votantes suelen ser benévolos con estas iniciativas pues la localidad adquiere cierta visibilidad, se perciben visitantes y algún impacto económico. Sin embargo, nadie osa auditar los resultados del museo, existe escasa transparencia en la gestión y, cuando existe, se basa en la difusión de noticias cuantitativo/comparativas del número de visitantes en las que se trata a las estadísticas como si fueran indicadores. Lo peor es que a veces se reincide en el error.
Foto By Brocken Inaglory. The image was edited by user:Alvesgaspar (Own work) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)], via Wikimedia Commons
¿Hay alguna manera de atajar esta burbuja, o de mitigar sus estragos al menos? Veamos:
  • La voluntad de crear un nuevo centro museístico debe partir de una prolongada reflexión sobre su oportunidad y viabilidad que derive en una seria planificación. Para ello es imprescindible la participación de profesionales en la definición de la misión del futuro museo y en la posterior redacción del plan museológico. 
  • Más allá de colaboraciones económicas (no soy partidario de subvenciones) el apoyo de las administraciones autonómicas debería centrarse en colaboraciones técnicas y en el desarrollo de herramientas que permitan una mejora funcional en los centros y su gestión sostenible. 
  • En consonancia con lo anterior cabría demandar una mayor cualificación profesional, bien a partir de la participación de personal capacitado, bien a partir de la mejora del existente gracias a cursos de formación, o bien ambas cosas.
  • Fomento del trabajo bajo criterios de transversalidad y cooperación entre instituciones y centros, y estimulación de una cultura de actuación en red con la generalización de órganos comunes y participación responsable.
  • Transparencia como criterio básico de cualquier actuación. 

Evidentemente hay ejemplos significativos de museos con una trayectoria impecable y, seguramente, son más los museos bien gestionados que cumplen su misión que los proyectos museísticos que fracasan. Sin embargo sospecho que estos últimos son más de los que la sociedad puede permitirse y que si rascamos un poco la superficie encontraremos aún más. No debemos conformarnos con esta situación y para ello seguramente sea bueno iniciar un debate. Eso sí ¿dónde? y ¿quién?

miércoles, 25 de junio de 2014

Solo no puedo. Con amigos sí. #MuseosPro


Lo bueno que tiene #MuseosPro es que los temas y su orden están bien planteados y de este modo los debates de cada jueves acaban apuntando hacia la siguiente convocatoria. Ello permite que se siga una argumentación coherente y que se esbocen cuestiones que pueden responderse en los siguientes posts.

Hoy toca hablar de cómo los profesionales y las empresas independientes colaboran con los museos. La impresión que tienen muchos profesionales, tanto nuevos como ya curtidos, es que los encargos se adjudican a dedo y que apenas hay control, favoreciéndose a determinadas empresas por diversos medios (que serían largos de relacionar aquí y que cualquiera que trabaje en, o para, las administraciones públicas conoce).

Pues bien, la mala noticia es que esto es una cuestión de raíz, que se encuentra en lo más profundo de nuestra sociedad y que debe arreglarse a nivel estructural. Los instrumentos de gestión y sus normas, suelen ser lógicos, razonables y justos, pero si no lo son quienes las aplican hay vías para evidenciarlo.

La situación se complica pues empieza a generalizarse la costumbre de contratar a empresas de servicios que optan a los contratos y contra las que no pueden competir otras empresas más pequeñas o los autónomos. ¿Por qué? Pues porque cuentan con una infraestructura empresarial que les permite reducir costes, a veces también contactos, y pueden ofrecer ofertas más ventajosas para la Administración; lo cual sabemos que es el principal criterio de adjudicación. La consecuencia es que, conseguido el contrato, acudirán al mercado en busca de los más preparados, más listos y “más dóciles” (perdón por la expresión), y les pagarán poco más que un subsidio. Vamos, como en las películas norteamericanas de estibadores.

Frente a la situación se postula la labor beneficiosa que pueden realizar colegios y asociaciones profesionales. Considero que son muy útiles en lo referente a la definición de una deontología profesional, o de buenas prácticas de gestión, y también como foros de crítica constructiva o elementos de impulso y asesoramiento para quienes se inician en la profesión. Así mismo son instrumentos adecuados para ejercer un seguimiento y control del ejercicio profesional, llegando al extremo de poder constituirse en interesados para la denuncia de malas prácticas.


Aun así, también tienen defectos. En mi opinión, por un lado se encuentran los de aquellas asociaciones de profesionales orientadas fundamentalmente a defender los intereses de trabajadores de museos, preferentemente en lo relativo a derechos laborales, oportunidades de formación, fomento de relaciones entre personas o entidades o búsqueda de bonificaciones en la visita. Suelen tener una trayectoria y un prestigio consolidado pero su mayor riesgo es caer en una autocomplacencia lampedusiana.

Y por otra observo los de las agrupaciones de profesionales que tratan de facilitar y mejorar las relaciones de sus miembros entre sí y con los diversos agentes que participan en la gestión del museo. Su labor tiene a priori un carácter más independiente, pero tienen el peligro de depender en exceso de los impulsos personales y puntuales de sus representantes; en ocasiones esta subordinación es perjudicial pues, al convertirse aquellos en interlocutores directos con las administraciones públicas, que es donde de momento suele estar el dinero, la labor de la asociación puede acabar siendo desactivada por la vía de la subvención o del trato preferente.

En definitiva, si este tipo de asociaciones alcanzan a disponer mecanismos idóneos de renovación y ajuste, si adoptamos mayor grado de compromiso con ellas para que en el futuro adquieran la relevancia suficiente como para convertirse en canales de participación social en los museos, es posible que consigamos resolver los problemas sobre definición de la profesión, formación y contratación sobre los que hemos venido opinando.


"Colaboración originalmente redactada para la iniciativa #MuseosPro". En este enlace puedes verla, y en este otro se explica qué es #MuseosPro.

miércoles, 18 de junio de 2014

Un pacto sobre política museística. #MuseosPRO


Tras haber debatido en #MuseosPro sobre los perfiles profesionales y sobre su formación, llegamos al necesario punto de analizar las oportunidades laborales que en la actualidad encuentran quienes aspiran a trabajar en un museo.

A priori da la sensación de que son muy escasas, pero por el contrario hay miles de museos en España y muchos de ellos se han abierto en los últimos tiempos (para muestra, en torno al 28% de los museos se han creado desde el año 2000, según la Estadística de Museos y Colecciones Museográficas2012; aunque es un recuento que hay que tomar con cautela).

Entonces ¿cómo están accediendo los profesionales a los puestos de trabajo que se están generando? ¿Y lo están haciendo a los puestos para los que están cualificados? Es más ¿el intrusismo, que lo hay, es una constante o es una cuestión accidental? Y por otra parte ¿se da la difusión suficiente a las ofertas de trabajo en museos públicos?

La apreciación desde fuera se resume en la frase de “quien tiene padrino se bautiza” y en que es prácticamente imposible encontrar trabajo en un museo, al menos de técnico. También se habla de que las convocatorias de empleo en los museos públicos son mínimas, en ocasiones están bajo la sospecha de amaño y hace tiempo que no se realizan; de que, basándose en el criterio de la mejor oferta, la asistencia se suele conceder a una empresa de servicios que precariza el empleo; y de que la visita se deje en manos de personas sin cualificación. Todo ello acaba convirtiendo la asistencia al museo en una mera cuestión de procesado de usuarios. Y el caso de los museos privados no es muy diferente, salvo por la cuestión de que el titular del museo tiene libre capacidad de contratar y de establecer criterios de acceso profesional.

Luego está la cuestión de la rigidez que se atribuye a los empleados públicos en los museos, cargados de años, falta de iniciativa  y obsolescencia. Reconociendo que en parte es cierto, realmente no son tantos los facultativos que hay en comparación con el número de museos que existen, y a menudo son la única barrera que hay ante la arbitrariedad de los políticos que van y vienen. Además, por lo general están dedicados a cumplir una labor de custodia patrimonial de las colecciones que hipoteca la realización de actividades más abiertas al público. La conclusión es clara: si levantas la manta para tapar la cabeza dejas los pies al descubierto.

Y por otra parte encontramos a una amplia y diversa generación de profesionales, muy cualificados, que solamente pueden optar a contrataciones temporales, formativas o de inferior categoría, cuando no se les empuja a darse de alta como autónomos. Todo ello en una suerte de gran farsa laboral que muchas veces termina en la nefastamente denominada “movilidad exterior” o en el abandono de la vocación. El emperador está, efectivamente, desnudo.

 “El Tríptico de la Última Cena”, del Museo de Segovia. Estudios técnicos.
Foto procedente del Portal de Museos de Castilla y León.

 
El debate sobre esta estructura laboral, nada diferente a la de otros sectores, nos revela que no sólo no están definidos los perfiles profesionales ni está trazada de manera homogénea la formación, sino que tampoco hay una política museística clara que apueste por definir las plantillas de los museos, exija su concreción y observancia la a través de la generalización de planes museológicos y códigos de buenas prácticas, y fomente el uso de medios de colaboración y redistribución de recursos a través del trabajo en red.

La iniciativa de un pacto concluyente y audaz sobre política museística que delimite hacia dónde queremos llevar a nuestros museos, debe ser encabezada por las Administraciones Públicas siguiendo criterios de transparencia y contando con la participación de los ciudadanos y con la colaboración de los profesionales, ya sea a nivel individual u organizados en colegios o asociaciones.


"Colaboración originalmente redactada para la iniciativa #MuseosPro". En este enlace puedes verla, y en este otro se explica qué es #MuseosPro.

martes, 10 de junio de 2014

Formación y ejercicio de la profesión museal. Un desencuentro. #MuseosPRO


La verdad es que ando algo desactualizado en lo relativo a las ofertas formativas para profesionales de museos. Ya sabéis que soy de la vieja escuela, de los licenciados en arte o arqueología que ingresaron en un museo público por oposición. Eran tiempos diferentes donde nuestras biblias eran el libro aquel de la teoría, la praxis y la utopía, las revistas del ICOM y “La muséologie selons…”.

Las cosas han mejorado mucho en cuanto a la variedad y calidad de la oferta. No es necesario incidir demasiado en cómo se ha generalizado el conocimiento y ha mejorado el acceso a la información, que ahora se transmite y debate en un proceso participativo desconocido hasta ahora, ni en el gran número de oportunidades para la formación, mucho más accesible y por tanto universal. Tampoco hace falta insistir en la conveniencia de la formación continua o en el gran componente práctico de muchos itinerarios formativos.

También resulta más fácil abordar la cuestión después del primer debate de #MuseosPRO, pues ya hemos ido trazando las líneas por donde discurren nuestras inquietudes. Y en este sentido me veo obligado a insistir en que en el caldo museístico español se cuecen, en un altísimo porcentaje, centros museísticos cuyo presupuesto es muy bajo, que solamente disponen de una persona al cargo y muchas veces con escasa formación cuando no es siquiera apropiada. Teorizar sobre la formación ideal del profesional del museo está bien, pero creo que está mejor analizar soluciones que traten de mejorar la situación actual.


Así que, dejando al margen otra cuestión importante como es la que tiene que ver con la competencia en materia museística que tienen las administraciones autonómicas y las responsabilidades que derivan de ellas, entiendo que el punto de mira debe ponerse no tanto en saber cómo es la oferta formativa existente, sino en qué grado se están aplicando esos conocimientos al trabajo en los museos. ¿Están formados los responsables o trabajadores de la mayoría de los museos?, o al revés ¿los profesionales formados están trabajando en los museos?

Creo que la realidad de muchos museos españoles no es consecuencia de la crisis económica, si bien quizá se haya visto agravada por ella. Así que siendo conscientes de que hay mucho intrusismo en la profesión museal, ¿cómo debemos enfrentarnos a ello? Podemos exigir que los museos contraten a profesionales cualificados, o podemos cualificar a los profesionales que ya están en los museos. O podemos hacer ambas cosas.

No tengo la respuesta, pero creo que lo sensato sería adoptar ambas posturas. La primera a través de la labor de colectivos profesionales organizados (que ya existen y funcionan) y mediante una exigencia militante por parte de los usuarios de los museos (no olvidemos, por ejemplo, que además de profesionales somos usuarios y que tenemos criterio autorizado para demandar profesionalidad a las instituciones).
La segunda mediante la generalización de iniciativas formativas inclusivas que faciliten la cualificación a los responsables de museos (van a continuar al frente de los mismos, así que por qué no “abducirlos”, museísticamente hablando), y el aprovechamiento del trabajo en red como medio para mejorar el cumplimiento de las funciones de los museos.

Quizá estas propuestas sean provocadoras porque la primera conclusión que se extrae de ellas es: ¿cómo integrar a todos los profesionales, ampliamente formados, que optan a trabajar en un museo?


Quizá podamos añadir luz a eso en el próximo debate de #MuseosPro dedicado a la contratación.


"Colaboración originalmente redactada para la iniciativa #MuseosPro". En este enlace puedes verla, y en este otro se explica qué es #MuseosPro.

martes, 3 de junio de 2014

#MuseosPRO: otras propuestas para nuevas necesidades


Provengo de una concepción del profesional de museos que no ha variado demasiado desde el Real Decreto de 1867 donde se creaba, dentro del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, la Sección de Anticuarios, configurándolos como «conservadores peritos en el difícil arte de clasificar, interrogar e interpretar el testimonio, mudo, pero tan luminoso como irrecusable, que prestan las medallas y monedas, los monumentos y los objetos de la industria y del arte de los tiempos que pasaron». Una idea del profesional de museos propia de un mundo eminentemente académico, en el que había pocos museos, generalmente públicos, y en los que prácticamente sólo existía ese perfil. Hasta hace relativamente poco tiempo no hemos empezado a tomar conciencia en España de que las funciones del museo deben ser ejercidas según criterios profesionales: aun así muchos museos públicos sobreviven con la figura del conservador-Leonardo y los privados han adoptado su propio y particular aparato profesional. Así que nadie ha necesitado, y pocos han demandado, que se definan los perfiles y las competencias profesionales en los museos. Y es que a lo mejor no interesa pues de la indefinición se nutren el intrusismo y la discrecionalidad.

Museo de León en 1934 (foto procedente del Portal de Museos de Castilla y León. Autor Winocio).

Aceptamos entonces que las funciones de los museos deben abordarse con rigor profesional, nacido de la formación, de la experiencia o de ambas. Si bien esto parece cierto en cuanto a los grandes museos, no es una dinámica habitual en muchos de los demás museos pues todos conocemos sobrados casos que demuestran que lo ideal no suele concordar con lo real.  Y aunque los titulares de los centros tuvieran interiorizadas estas necesidades ¿podrían asumir todos los centros plantillas tales como para tener cubiertas todas las funciones con la firmeza deseable? Solamente en Castilla y León se calcula que hay más de 400 museos, y subiendo; muchos de ellos se mantienen con cifras de visitas anuales que a duras penas sobrepasan las 2.000. De modo que suponiendo que cobren una entrada media ¿pensamos que sus ingresos serán suficientes para sostener sus gastos corrientes y de personal, no digamos los de actividad? ¿Con esos recursos es posible que cuenten con profesionales adecuados? Y en ese caso ¿qué perfil es el preferible? Tenemos muchas opciones: conservador, pedagogo, historiador, gestor cultural, economista, dinamizador... ¿Cuál escogemos?

La propia supervivencia de los museos va a depender en el futuro del modo en que afronten la incorporación de profesionales, del calado de su formación, de la experiencia que se exija y de cómo sean los incrementos en las plantillas. Para ello tal vez sea útil disponer de las siguientes herramientas:
  • la adopción por parte de los titulares de los centros de un modelo de trabajo colaborativo en red, y en redes, algo ya inevitable hoy en día.
  • la configuración de ofertas individuales o confederadas de profesionales que puedan prestar multi/pluri-servicios a los museos y que permitan a éstos la adquisición de productos (administrativos, técnicos, científicos, de asesoría…) en función de sus necesidades.
  • la firme definición y promoción de las figuras de alumnos en prácticas, becarios y voluntarios como medio para garantizar su participación en la construcción del museo.
Seguro que a ti se te ocurren otras. Eso sí, recuerda que el respeto es un principio que solamente es estimable si es recíproco.


"Colaboración originalmente redactada para la iniciativa #MuseosPro". En este enlace puedes verla, y en este otro se explica qué es #MuseosPro.