martes, 3 de junio de 2014

#MuseosPRO: otras propuestas para nuevas necesidades


Provengo de una concepción del profesional de museos que no ha variado demasiado desde el Real Decreto de 1867 donde se creaba, dentro del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, la Sección de Anticuarios, configurándolos como «conservadores peritos en el difícil arte de clasificar, interrogar e interpretar el testimonio, mudo, pero tan luminoso como irrecusable, que prestan las medallas y monedas, los monumentos y los objetos de la industria y del arte de los tiempos que pasaron». Una idea del profesional de museos propia de un mundo eminentemente académico, en el que había pocos museos, generalmente públicos, y en los que prácticamente sólo existía ese perfil. Hasta hace relativamente poco tiempo no hemos empezado a tomar conciencia en España de que las funciones del museo deben ser ejercidas según criterios profesionales: aun así muchos museos públicos sobreviven con la figura del conservador-Leonardo y los privados han adoptado su propio y particular aparato profesional. Así que nadie ha necesitado, y pocos han demandado, que se definan los perfiles y las competencias profesionales en los museos. Y es que a lo mejor no interesa pues de la indefinición se nutren el intrusismo y la discrecionalidad.

Museo de León en 1934 (foto procedente del Portal de Museos de Castilla y León. Autor Winocio).

Aceptamos entonces que las funciones de los museos deben abordarse con rigor profesional, nacido de la formación, de la experiencia o de ambas. Si bien esto parece cierto en cuanto a los grandes museos, no es una dinámica habitual en muchos de los demás museos pues todos conocemos sobrados casos que demuestran que lo ideal no suele concordar con lo real.  Y aunque los titulares de los centros tuvieran interiorizadas estas necesidades ¿podrían asumir todos los centros plantillas tales como para tener cubiertas todas las funciones con la firmeza deseable? Solamente en Castilla y León se calcula que hay más de 400 museos, y subiendo; muchos de ellos se mantienen con cifras de visitas anuales que a duras penas sobrepasan las 2.000. De modo que suponiendo que cobren una entrada media ¿pensamos que sus ingresos serán suficientes para sostener sus gastos corrientes y de personal, no digamos los de actividad? ¿Con esos recursos es posible que cuenten con profesionales adecuados? Y en ese caso ¿qué perfil es el preferible? Tenemos muchas opciones: conservador, pedagogo, historiador, gestor cultural, economista, dinamizador... ¿Cuál escogemos?

La propia supervivencia de los museos va a depender en el futuro del modo en que afronten la incorporación de profesionales, del calado de su formación, de la experiencia que se exija y de cómo sean los incrementos en las plantillas. Para ello tal vez sea útil disponer de las siguientes herramientas:
  • la adopción por parte de los titulares de los centros de un modelo de trabajo colaborativo en red, y en redes, algo ya inevitable hoy en día.
  • la configuración de ofertas individuales o confederadas de profesionales que puedan prestar multi/pluri-servicios a los museos y que permitan a éstos la adquisición de productos (administrativos, técnicos, científicos, de asesoría…) en función de sus necesidades.
  • la firme definición y promoción de las figuras de alumnos en prácticas, becarios y voluntarios como medio para garantizar su participación en la construcción del museo.
Seguro que a ti se te ocurren otras. Eso sí, recuerda que el respeto es un principio que solamente es estimable si es recíproco.


"Colaboración originalmente redactada para la iniciativa #MuseosPro". En este enlace puedes verla, y en este otro se explica qué es #MuseosPro.

lunes, 10 de febrero de 2014

QUIZÁ LA CUESTIÓN NO SEA SI LOS MUSEOS ENTIENDEN LAS REDES SOCIALES


A propósito de la reciente jornada #MuseosNoEntienden, magníficamente organizada por el Museo Nacional de Escultura, me rondan una serie de reflexiones por la cabeza. La mayoría me iban surgiendo a medida que avanzaba el debate de por la tarde. Algunas se apuntaron o insinuaron allí, y otras son derivaciones lógicas de los planteamientos expuestos.

Cuando se habla de museos siempre tengo la sensación de que a veces se nos olvida que son instituciones que realizan otras funciones más allá de la expositiva. Tendemos a simplificar su dimensión por costumbre o por comodidad y generamos una especie de metonimia conceptual que relativiza la labor que hacen los centros. Este error es muy común en la sociedad y resulta particularmente preocupante cuando afecta a las políticas museísticas, sobre todo cuando se pretende utilizar a los museos como un valor de prestigio y propaganda. Pero eso es otra historia.

Seguramente buena parte de la culpa de esta generalización sea nuestra, de los profesionales, por no haber sabido explicar qué es lo que hacemos, por qué lo hacemos y para que lo hacemos. No conseguimos comunicar a los ciudadanos que el museo no solamente exhibe, sino que también adquiere, conserva, documenta, investiga, educa… Estas funciones, que cualquier museólogo conoce de carrerilla, no son vistas por por los usuarios del museo como propias de la labor diaria y quizá por eso devoran los museos que jalonan sus viajes, pero no pisan el que tienen dos calles más allá.

He utilizado la palabra usuario con toda la intención. Desde hace tiempo yo prefiero nombrar a las personas que van al museo con ese término porque “usan” el museo además de visitarlo, dándome cuenta de que el término es también sinónimo de consumidor, usufructuario, beneficiario, o cliente. Y desde este planteamiento, el usuario elige la manera que mejor le conviene para relacionarse con el museo, ya sea de modo individual, grupal o comunitario. Y en esta relación el museo tiene que ser capaz de ofrecer experiencias particularizadas, a medida y a demanda.

Naturalmente la visita será siempre la función más visible del museo, quizá la más importante, pero no hay que temer una convivencia con otros hábitos como la visita virtual que siempre será alternativa o complementaria. La diferencia ahora es que el usuario, gracias a Internet, dispone de muchísimas más posibilidades para disfrutar del museo: se puede acercar al museo en busca de información, puede seguir sus cuentas en redes por simple postureo, puede necesitar fotografías de las colecciones para su trabajo o estudios, quizá acuda a la biblioteca con afán educativo, o pude participar en cualquiera de sus actividades culturales en busca de deleite o enriquecimiento. Y esto significa que, a la hora de la mera cuantificación, la visita presencial debe tener tanto valor como los usuarios de la web, los followers de las cuentas, las estancias en la biblioteca o las consultas de los investigadores. O al menos una consideración específica.

Enlace permanente de imagen incrustada
Fotografía de familia de los asistentes difundida en Twitter por @MuseoEscultura

Desde ese planteamiento y dentro del ámbito 2.0 (o ya 3.0, quién sabe)  el museo debe abordar un cambio conceptual o al menos modular su concepto tradicional. Y en este proceso es donde debemos situar la generalización de las redes sociales, simplemente como herramientas que van a permitir múltiples conexiones a partir de las cuales se generan, desarrollan y fortalecen los vínculos con la sociedad. Pero además van a servir como elemento informativo para conocer los deseos del usuario, qué opinión se ha formado de la institución, si la recomienda o no, qué quejas tiene, o las sugerencias que plantea; e incluso para conseguir recursos que contribuyan a la sostenibilidad del museo.

Pero no nos volvamos locos, acabamos de empezar con esto y estamos aprendiendo, experimentando. Solamente ahora alguien empieza a explicarnos la mejor manera de proceder y generalmente no disponemos de recursos de comunicación o marketing para abordar de manera eficiente esta aventura en la que hemos entrado. Como en las siete y media: o te pasas o no llegas. Lo preocupante a mi juicio, es que estos proyectos socialmedia suelen ser producto de compromisos personales que, esperemos que no ocurra, se disolverán en el mismo momento en que el gestor de redes cambie de destino.

Mi sensación además es que las administraciones públicas no creen en las redes sociales, ni siquiera en los museos osaría decir, así que mucho menos están preocupadas de las redes sociales aplicadas a los museos. Creo que solamente son resultadistas, en consonancia con este mundo enfermo por las cifras, y que su única preocupación son ciertas cifras finales. Y ahí es donde se equivocan claramente pues deberían considerar la calidad de esos números. Si las grandes marcas no buscan en las redes sociales una cantidad determinada de seguidores, sino que buscan clientes potenciales o la fidelidad de los que ya tienen, si miden su éxito sin mirar, salvo de soslayo, el total de seguidores no veo por qué las administraciones no deberían seguir ese criterio. Bueno, sí lo veo pero tardaría mucho en explicarlo.

Así que creo que, en el fondo, no conocemos ni entendemos a nuestros usuarios, y al no conocerlos no sabemos cómo definir e interpretar nuestra misión. Y este conocimiento debe ser anterior al entendimiento de las redes sociales. Es más, debe reflejarse en algo que sorprendentemente es muy poco común en los museos españoles: el plan museológico. Hasta que no lo [re]elaboremos no vamos a ser capaces de cumplir nuestro “servicio a la sociedad y a su desarrollo”; quizá la parte más importante de cualquier definición de museo.  

Esta que acabo de plantear  creo que es la cuestión a la que debemos dar respuesta en primer lugar. Mientras tanto ¿entienden los museos las redes sociales? Pues unos mejor que otros y unas mejor que otras. En nada tendremos aquí las gafitas inteligentes y quizá debamos olvidar todo lo que hemos aprendido en estos pocos años.

La reflexión y la autocrítica empiezan ahora.

jueves, 13 de junio de 2013

NO OLVIDES QUE EL MUSAC TAMBIÉN ES NUESTRO


Me pide el cuerpo hablar del Musac. También me lo pide la mente, pero como ya se han esparcido y aireado las vísceras de ese museo parece más propio que me deje llevar por las entrañas. Eso sí, con prudencia, que luego se hieren las susceptibilidades y todo se malentiende.


A estas alturas creo que la mejor manera de empezar es desear la mejor de las suertes al nuevo director. Pedir para él fortuna, buen juicio y mucho trabajo, fundamentalmente técnico, que para la cosa política ya están otros.


Decía que va a necesitar una buena dosis de liderazgo y empatía, pues se encuentra con el personal soliviantado: la mayoría de los trabajadores del Musac han decidido revelar la deriva que ha sufrido el centro desde que se abrió en 2005. Al respecto tengo sentimientos encontrados porque como colega de museos me solidarizo con ellos, máxime cuando estoy de acuerdo con muchas de las cosas que expusieron en su comunicado. Sin embargo tiendo a dudar de la oportunidad del anuncio, pues si la deriva era tan poderosa hubiera sido necesario que la hubieran denunciado antes. Bien es cierto que si no lo hubieran expuesto públicamente en este momento no hubieran tenido el impacto que han conseguido, y su expresión de insatisfacción se hubiera perdido en la vorágine mediática que atizó al Musac durante estos días. Pero también es cierto que a partir de ahora les puede ser exigible que la preocupación que han manifestado se reproduzca al menor indicio de repetición de la mala praxis que delatan.


De este modo, sería bueno que el nuevo director contara con ellos con toda confianza, pues si el Musac es grande se debe a ellos en gran parte. ¿O creen que el prestigio alcanzado es un logro individual? Incluso sería aconsejable que el nuevo responsable los protegiera como un escudo, porque desde ahora son vulnerables y están a expensas del recorte inevitable y el reajuste fácil. Así que pido que no se les demonice por su valiente acción, pues ellos han hecho lo que consideraban justo para denunciar ciertas irregularidades; que no es lo mismo que ilegalidades. Parece que algo de razón deben tener pues ese término ha producido un escozor inusitado; incluso da la sensación de que alguien dejó de leer el comunicado justo después de esa palabra.


También tendrá que conseguir que su gestión sea adecuada a la época que soportamos y que su propuesta de programación sea brillante y creíble, personal e independiente, viable,a sí como cultural y socialmente productiva. Y ello porque la sombra de la dimitida directora planeará durante mucho tiempo sobre el Musac para recordarnos que siempre existirá un sustituto. Para algunos será cómplice de una situación poco deseable, para otros una vergüenza para la profesión y para el resto será la persona que el museo necesita. Uno de sus grande restos será que olvidemos que sólo era el tercero/cuarto de la lista o que era el primero de los siguientes. Y no le van a dar margen de error.



Habrá de superar la impecable gestión artística de los antiguos directores (eso sí apoyada por el aplastante poderío del presupuesto), aunque es posible que por comparación lo tenga más fácil en la parte administrativa: no olvidemos que durante su cargo aquellos admitieron una paulatina pérdida de personal y medios o consintieron episodios como el famoso despido de los educadores con el consiguiente perjuicio para el erario y para la actividad educativa del centro. ¿Que no eran los responsables directos de la contratación? Posiblemente, pero al menos debían conocer lo que ocurría y para puestos de alta dirección, bien remunerada, no hubiera estado mal que se hubieran interesado por el asunto. Incluso como ciudadano y contribuyente de Castilla y León me hubiera gustado que hubieran revelado a tiempo las verdaderas razones de su marcha. Lo que en su momento fueron deseos de recuperar la paz o agotamiento, fueron cañas que se tornaron en lanzas y ahora hemos descubierto que se marcharon, eso sí de perfil, por los mismos motivos que la última directora. Lamento que hasta que la dimisionaria, el comité artístico y los trabajadores y antiguos compañeros no se han roto la jeta por el Musac no han sentido la necesidad de explicarnos lo que pasó en aquellos años de esplendor.

A todo ello sumemos un deseo para que nos haga olvidar el culebrón que hemos vivido a costa de la dimisión. Cruce de acusaciones, respuestas “y tu más” estándar, divagaciones sobre si hubo injerencias o no las hubo, cese versus dimisión “paratilacopla”, ataque despiadado de la oposición política, alegatos vacuos y barrocos, una selección del sustituto fulgurante y su exhibición como trofeo ante las Cortes regionales para mostrar decisión... La desafortunada gestión de este episodio me ha hecho sentir vergüenza por ver cómo se arrojaban el museo los unos a los otros. Por asistir a una lucha en la que un espacio de diálogo, de encuentro y participación, de disfrute, servía para realimentar los partidismos y ambiciones que nos han llevado a esta crisis.


Esperemos que el incidente no se haya cerrado en falso y que este nombramiento sea más que un simple parche para esta legislatura a la que le quedan dos años. Pido a quien debe hacerlo que analice cuidadosamente lo sucedido y adopte las decisiones que merece el Musac. Para tomarlas seguramente le sea de utilidad el recién nacido ranking anual que evaluará la transparencia de museos y centros de arte contemporáneo en España y que ha puesto en marcha el Instituto de Arte Contemporáneo. Nos lo deben, el Musac es de sus usuarios y éstos lo somos porque es un servicio público.


¿Alguna propuesta más? A mí se me ocurren un Plan Museológico y un Consejo Rector.


Naturalmente todo es discutible.

lunes, 29 de octubre de 2012

NO NOS RESPETAN


“Recorte”. Después de “crisis” es nuestra palabra preferida, nuestro ademán recursivo. Ambos términos son una especie de mantra depresivo del que no podemos salir, quizá por indolencia o como arma de protección para no desesperar. Recortes que se derivan de la crisis, o que son necesarios para salir de ella y que poco a poco, con sigilo, parecen estar dirigidos a cambiar los modelos socioeconómicos existentes, en busca de nuevas formas, nuevos beneficios. Podas en la Educación, en la Sanidad, en los servicios sociales…, destinadas a que el tronco principal de nuestro árbol social crezca sano y fuerte. Dicen.

Aprovechando esta vorágine también se están cercenando los presupuestos destinados a la actividad cultural. Lo vemos a diario porque vivimos de ésto, pero a nadie parece importarle. Y en estos recortes se trasluce una falta de respeto hacia aquellos profesionales que nos dedicamos a ella. Es lo que pienso pues veo que cuando se recorta en sanidad se hace a base de ampliar horas de trabajo de los profesionales o aumentar guardias, reducir servicios o derivar costes al paciente, reducir instalaciones, instalar el repago... Si es en educación se toman medidas similares, como aumentar las horas del profesorado o la ratio de alumnos, eliminar centros o becas, subir las tasas, etc.

En cultura se hace todo lo anterior, adaptándolo a una realidad propia siempre vulgarizada. Se amplían las horas de los trabajadores y se les “modula” el sueldo, se reducen servicios o actividades, se eliminan programas, centros o instalaciones, se aumentan tasas y precios a la vez que desaparecen las subvenciones, etc. Hasta ahí todo es lo mismo y, posiblemente, razonable; al menos tiene lógica. Pero solo hasta ahí. Porque en cultura, además, no se pide que el trabajo se haga más barato, sino que se haga gratis, y porque en cultura se tiende a desalojar a los trabajadores existentes para contratar a otros menos cualificados, lo cual se pretende hacer pasar por sostenibilidad o por acción de fomento de los emprendedores (que en Neolengua significa empresario). Y también estamos rozando la tentación de abusar de becarios y voluntarios. Parece difícil de creer pero ¿acaso cambian a los profesores por becarios, a los médicos por voluntarios, o hacen las carreteras ingenieros en prácticas? Cuando veo estas dinámicas tengo la tentación de proponer a los políticos que dejen su puesto para que lo ocupe un voluntario o un becario. En aras del ahorro, por supuesto.

Naturalmente me estoy refiriendo a la actividad cultural creada, organizada o gestionada por las administraciones públicas. Y a ambos lados de tan amplio y diverso asunto, ya sea como instigadores y/o como gestores finales, todos nos hemos tenido que enfrentar, en el ejercicio del trabajo cultural, a ideas preconcebidas que resultan muy negativas para nuestra labor y para el resultado final de las programaciones. Esta banalización de nuestras profesiones la explica excelentemente Gerardo Neugovsen en este post.

respeto

Esas ideas se patentizan perfectamente en esa expresión tan recurrente de ¡Al fin y al cabo de cultura sabemos todos! Yo la he oído en boca de altos, altísimos, cargos. Evidentemente de cultura sabemos todos; es nuestra, nosotros la heredamos, transformamos y transmitimos, y no queremos sustraernos a participar en la labor común de construirla y compartirla. Pero, claro, ellos se refieren a otra cosa; lo que quieren institucionalizar es la idea de que cualquier persona que haya sido usuaria, creadora o consumidora de actos culturales, al menos una vez, ha desarrollado capacidades para gestionar cualquier ámbito de la misma. Este criterio universaliza y vulgariza de manera perversa a la gestión cultural pues es difícil encontrar a alguien que no lea, pinte o escriba, filme o fotografíe, escuche música, baile, vaya al cine, al teatro o al circo, visite museos y exposiciones o consulte un archivo, entre otras actividades posibles.

Siempre he pensado que los dirigentes en las organizaciones públicas deben tener formación técnica relacionada con el ramo en el que ejerzan, y si entendemos que para otros sectores esto es válido, tanto o más debe serlo en otros ámbitos de la Administración. Claro que contra esto hay criterios y opiniones diversas y siempre hay alguien que se encarga de apuntar la existencia de grandes gestores con capacidad de organizar y dirigir excelentes equipos de trabajo, independientemente del ámbito en el que desarrollan su gestión. Para mí este tipo de personas no existe y la leyenda de su existencia deriva, por ejemplo, de mitos como el de SuperLópez, aquel ingeniero español que se convirtió, por mor del márketing, en el modelo español de gestión. La leyenda del supergestor, en definitiva, es otra trampa de los mediocres y de los que culebrean entre el poder político para acumular puestos directivos y margen de decisión, y creo que está relacionada con el desprecio político al funcionario, con el deseo de los partidos de manipular la Administración. 

Y como de cultura sabíamos todos hemos seguido un modelo basado, con demasiada frecuencia, en imitaciones y en soluciones fáciles. Esto significa que un criterio habitual de trabajo en el mundo de la cultura haya sido la sublimación del “que inventen ellos”, de modo que lo que le funciona al vecino a nosotros también nos funcionará. Y esta manera de actuar se ha visto favorecida por una escasez de análisis crítico por parte de los profesionales (ya sea por indolencia, ya sea por interés, ya sea por incapacidad para encontrar canales de expresión) y parece ser nulo por parte de lo usuarios. Al final ha primado el interés político por encima de otros principios -que todos conocemos o deberíamos conocer y reclamar-, y se han creado infraestructuras y soluciones sin viabilidad técnica, excesivamente condicionadas por lo impactante y lo fácilmente explotable como producto electoralista. Por este motivo los supergestores se han venido arrojando en brazos de quienes podían proporcionar de manera “limpia” y rápida la actividad cultural; eso sí a costa de no disponer de techos de gasto, con tramitaciones a menudo opacas, y con una irracionalidad nunca sostenible.

Por eso denuncio la escasez de profesionales entre los cuadros directivos que gestionan la cultura en las administraciones públicas y manifiesto que esto sucede porque quienes los eligen no nos respetan. En los momentos que corren estoy convencido de que ha llegado la hora de los técnicos y de los profesionales, pues solamente nuestro trabajo y nuestra formación técnica pueden conseguir que la cultura salga del abismo en el que se encuentra. Demandemos respeto para nuestra labor y para la de nuestros colegas en su carácter de gestores culturales profesionales, fomentemos el debate sobre la gestión profesional de la cultura a través de múltiples canales, que los hay, y digamos a las administraciones que sabemos lo que están haciendo y que no lo vamos a permitir por más tiempo.

lunes, 22 de octubre de 2012

DEL RECORTE A LA CENSURA


El otro día fui objeto de censura. Algo de lo que oí hablar mucho de niño y que creía propio de épocas pretéritas. Últimamente se oye hablar mucho de recortes pero pensaba, ingenuamente, que se referían a otra cosa. ¿Y qué sentí? Indignación, naturalmente, y mucha pesadumbre. No tanto por la mutilación en sí que, sinceramente, no es algo que me haya sorprendido, sino porque se hizo sin consulta previa. Por la alevosía en definitiva.

Últimamente he colaborado con una revista cultural digital que pretende vitalizar el “consumo cultural” en Castilla y León a través de recomendaciones que hacen profesionales de la cultura, aunque no se descarta la participación de otras personas interesadas; por el momento al menos. En el número de septiembre-octubre de 2012 quise recomendar una lectura bien conocida, la trilogía mosquetera de Dumas, porque este verano tuve el antojo de volverla a leer y porque me pareció que podría ser interesante rescatarla del olvido.

En mi relato la idea era explicar que la literatura de siglos pasados es tan entretenida e interesante como algunas novelas actuales de éxito que tienen ambientaciones similares. Asimismo pretendía lanzar un mensaje alegre ante la crisis y animar a la gente para que lea, (aun sabiendo en mi fuero interno que entre crisis, recortes e ivas la gente trata de encontrar la literatura reciente en las bibliotecas públicas. Que para eso están por otra parte).

Pues bien, todo este propósito se vio cercenado en tosca manera por la eliminación de una breve frase de mi texto. Así, sin avisar, sin preguntar, sin darme la oportunidad de que pudiera corregir, matizar, modular, o incluso retirar el texto. Considero que era mi derecho y mi decisión, pero parece ser que las prisas y ciertas cautelas innombrables decidieron por mí. Si me cambiaron hasta el título.

No me extenderé en la cuestión. Lo más fácil es que leas a continuación mi texto, donde he destacado en rojo la frase eliminada para que juzgues por tí mismo. Si tienes deseo morboso puedes ver al tullido en este enlace.

HERRETES

¿Sabes quiénes son Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin? Si no lo tienes claro seguramente te suenen más sus amos los mosqueteros D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, e incluso puede que tengas recuerdo de un asunto con unos herretes, una reina, un duque y un cardenal, si bien es cierto que esa no fue su única aventura.

Pertenezco a una generación donde no había televisión durante las mañanas veraniegas, así que algunos dedicábamos ese tiempo a leer con avidez todo lo que caía en nuestras manos. Tampoco teníamos tantas bibliotecas públicas como ahora, pero yo tuve la suerte de disponer de un buen número de libros de la Enciclopedia Pulga, una colección de Ediciones G.P. que mi padre tuvo el buen tino de iniciar y en la que abundaban los clásicos de aventuras. Así que ya tenía bastante trillados a Salgari o Verne cuando cayó en mis manos la trilogía que Alejandro Dumas escribió en 1844. Los tres mosqueteros, Veinte años después y El Vizconde de Bragelonne fueron los libros que señalaron mi infancia con mayor hondura, y son muescas imprescindibles en el marcapáginas de cualquier lector que se precie.

Sé que estamos en crisis y que las bibliotecas no renuevan su fondo bibliográfico en la medida que todos desearíamos, pero no te preocupes si en la biblioteca no han adquirido la última de Alatriste. Acabo de tener el gusto estival de releer estas novelas y te las recomiendo porque en ellas encontrarás, igual que Aramis, “buenos padrinos para un duelo, amigos a toda prueba para un asunto grave y compañeros alegres para una broma”.