viernes, 28 de agosto de 2026
LA GRAN MENTIRA
martes, 12 de mayo de 2026
LA SEXTA PLANTA
Normalmente en este blog se habla de museos, pero en esta
ocasión se va a conmemorar una efeméride. La mía.
Hoy es el día en que subo a la sexta planta. Vamos, que
cumplo 60 y ya se me puede llamar sexagenario. Parece ser que podré aprovecharme de beneficios
en algunas cosas tangibles, pero por contra es posible que me cueste más conseguir
otras. Salvo este par de novedades la diferencia con el día de ayer es
prácticamente nula.
Por otra parte, me parece buen momento para hacer una
reflexión sobre estos años vividos ya que no sé si en el futuro tendré ganas de
examinar el pasado, o si incluso me va a convenir. Pero lo inevitable es que este
repaso, seguro, me va a conducir por caminos por los que hace tiempo que no paso,
o por senderos que evito, consciente o inconscientemente. Incluso puede que vagabundee
por sitios olvidados o que redescubra pasajes que estamparon más carácter en mí
de lo que nunca haya imaginado. Seguidme si queréis.
Si hay que empezar por algo será por decir que no me
arrepiento de absolutamente nada de lo que he hecho o dicho; y del mismo modo
de lo que no hice o dije. Es posible que actuara de otro modo si hoy día me
enfrentara a determinadas situaciones del pasado, porque es fácil decirlo ahora
que se conocen las derivadas, pero si lo hubiera hecho también es cierto que no
sería como soy, ni tendría lo que tengo. Estoy muy contento de ambas cosas y de
la vida que he tenido, así que no querría que cambiara por nada; aunque
pudiera volver atrás en el tiempo para cambiarlo. Y si bien es seguro que llegados
a este punto fuera adecuado que expresara una o dos disculpas, o cientos si soy
sincero, no parecería congruente formularlas a la par que proclamo mi falta de
arrepentimiento. No obstante, sí creo justo expresar que lamento haber sido de
aquella manera en aquella ocasión. No era el que soy ahora.
Seguiré por decir que he tenido la mejor de las familias y
los mejores amigos. Cuando entré al cincuenteno dediqué
a mis padres esta entrada en este mismo blog, y por ella ya sabéis poco más
o menos por qué me dedico a lo que me dedico. Hoy es día para declarar que ellos
pusieron los cimientos, sólidos creo, de mi personalidad. De ellos vienen mi
temperamento, mis referentes éticos y morales, mis valores, los ideales, alguna
afición y numerosos modos de comportamiento. Hasta algunos de mis prejuicios e
intolerancias vienen de ellos; pero de estas imperfecciones quizá hable cuando
llegue a los 70. Y puede que también opine de las incoherencias, que son
enteramente mías.
Justo es que también mencione al resto de mi familia, ausente y presente, carnal y política; y en particular a mis hermanas que siempre están ahí. Sobre todo a mi hija Claudia. La mejor de las hijas y el principal aliento para mantenerme joven, activo e ilusionado. Y que me acuerde de todos los amigos que lo fueron y serán. Y no porque yo se lo haya dicho expresamente, que ya saben ellos que no soy mucho de hablar y expresarme tan desnuda o llanamente; porque hay cosas que no hace faltas decirlas si puedes hacer que se intuyan.
Y cómo no, que recuerde a la persona que siendo amiga
también es familia y siendo familia también es amiga: Alicia, compañera de
vida. Tengo claro que si no fuera por ella yo no estaría orgulloso de ser como
soy; porque sería de otra manera. De un modo peor, seguramente, a la par que
menos interesante, divertido, alegre y emocional. Me causa congoja pensar en no
haberla conocido.
He aprendido mucho de cualquiera de los anteriores que he
mencionado. He observado de ellos el cómo hacer para ser mejor y afrontar o
evitar situaciones. He rumiado sus defectos para perfeccionar los míos, siempre
con el riesgo de ir creando otros; menos dañinos confío. También he copiado o
adaptado comportamientos para intentar perfeccionarme y corregir mi relación
con ellos y con el resto de las personas y ambientes con los que he
participado. Y también he aprendido a no ser como aquellos a quien no he mentado;
que no los menciono para no dejarlos en evidencia. Porque gracias a ellos también he llegado a entender que
una buena manera de acertar es no hacer lo mismo que ciertas personas.
Sabéis que soy introspectivo y ello me ha llevado a analizar mucho mi conducta, siempre hacia el propósito de ser buena persona y dejar el
mundo mejor de cómo lo encontré; como buen scout que soy. Esta actitud y ese entrenamiento
me han llevado a fraguar mis opiniones, cuyo derecho a defender, escuchar y
respetar reclamo tanto como defiendo el mismo derecho para otros. E igualmente defiendo
y reivindico la prerrogativa de cambiar de opinión cuando lo considere; si bien
me comprometo a que venga de una transformación antes que de una permuta
interesada.
Al final este panegírico autocomplaciente se ha convertido en un magnífico homenaje a vosotros, a los que quiero. Creo que no podría haber sucedido de otro modo pues así de importantes sois para mí.
Y ya que está dicho casi todo no parece que deba extenderme más. Nos vamos viendo.
viernes, 6 de marzo de 2026
PROGRAMA, PROGRAMA, PROGRAMA
Quienes tenemos varias décadas de memoria electoral, o una cultura política por encima de la media, somos capaces de reconocer sin dudarlo la famosa proclama de “Programa, programa y programa” que Julio Anguita defendió mientras fue coordinador general de Izquierda Unida y del PCE. Su reduplicación le permitía apuntalar el criterio de que los acuerdos políticos o posturas de gobierno debían figurar en el correspondiente programa electoral. Este documento, por lo general, debía suponer un pacto entre el candidato y los ciudadanos.
Sin embargo, en la España actual, estos documentos se redactan de
manera que el cumplimiento de ese contrato moral pueda ser alterado, demorado, interpretado
o sustituido a conveniencia de la «parte contratante de la primera parte», con la consecuencia de que las medidas adoptadas serán irreconocibles
al final de las legislaturas. Todo ello ocurre con la connivencia de los
implicados, ya que los partidos políticos hacen esa redacción consciente y los electores
somos condescendientes con los incumplimientos.
Por lo general, nuestra manera de votar
se limita a elegir la papeleta del color preferido y perpetuar una monolítica
opción política. Si bien es cierto que hay gente que cambia de papeleta, tengo
mis dudas de que en la mayoría de los casos la decisión vaya más allá de la visceralidad
y me temo que no suele provenir de un análisis comparativo y crítico. He de
confesar que yo peco algo de lo primero, pero también declaro que soy de los
que se leen los programas de los partidos y tomo decisiones en consecuencia.
De este afán instructivo surgió en su
momento la iniciativa de comparar en este blog las propuestas electorales relativas
a cultura. Si buscáis hay un par de ejemplos de Valladolid y uno de Castilla y
León para las elecciones de 2015. Y creo que se ha producido suficientes
cambios como para lanzarme a un nuevo examen de la clave cultural para las
elecciones inmediatas.
Hay que empezar diciendo que en este
2026 los problemas que encontraba hace once años para consultar los programas han
desaparecido prácticamente. No solamente los partidos los publican con más o
menos suficiente antelación sino que los difunden profusamente por las redes
sociales. Es más, ahora existen iniciativas ciudadanas como Aldea Pucela, una
comunidad vecinal online que a día de hoy cuenta con casi 6.000 miembros, que
han construido un magnífico comparador
de programas electorales en Castilla y León que permite explorar propuestas,
comparar por temática o incluso cumplimentar un cuestionario de afinidad. La
consulta está provincializada y su información se basa en las principales
formaciones que se presentan que hayan publicado oficialmente un programa
electoral. Mis felicitaciones a este espacio de encuentro participativo digital
por hacerme fácil la búsqueda de las medidas que me interesaban para redactar
esta entrada.
Pero no solo he recurrido a esta
utilísima herramienta, sino que me he leído la parte cultural de cada programa. A
pesar de la disparidad en cuanto a las propuestas y la dificultad para analizarlas
me he podido centrar en las del PP, PSOE, VOX, UPL, PODEMOS, SORIA ¡YA! y EN COMÚN.
El concepto de cultura de los partidos es muy dispar. Para empezar, se recurre muchísimo al uso del término cultura en el sentido de conjunto de conocimientos y pauta de comportamiento, sobre todo en aquellos partidos que son, por decirlo de algún modo, más excluyentes; de este modo el vocablo sirve para imponer límites de conducta y determinar el modo en que se concibe una determinada realidad social, lo que acaba condicionando todo el corpus político. Este uso sintomático de la palabra sirve también para estrechar los límites de las propuestas y es significativo cuando se refiere, precisamente, a la propia cultura (entendida como conjunto de modos de vida, costumbres, conocimientos, desarrollo artístico, científico, industrial, etc), ya que sirve para reivindicar tradiciones, espacios, hábitos particulares o manifestaciones patrimoniales muy concretas. En definitiva, la hegemonía cultural también se disputa en el lenguaje y es extensiva a todas las facetas de la vida cotidiana.
Existe también entre los programas un conflicto
entre la consideración de la cultura como bien esencial y su apreciación como
factor económico. La primera opción, que he defendido aquí en repetidas
ocasiones, se expresa de manera evidente en el programa de EN COMÚN al entender
la «cultura como derecho y no como negocio» y se intuye en las medidas que proponen
PODEMOS y el PSOE, si bien este último pone el pie en ambas orillas al considerarla
también un elemento de desarrollo económico. Por su parte, el PP es más dado a incidir
en este aspecto de dinamización económica (la última legislatura es prueba de
ello al insistir en el binomio cultura-turismo), mientras que los partidos regionalistas
optan más por el factor identitario y reivindicativo de la cultura y VOX es más
dado a la inmutabilidad de la tradición, más que a la versatilidad del cambio
cultural.
En cuanto a medidas generales
asistimos a la paulatina desaparición de conceptos bastante superados como el
IVA cultural, o el mecenazgo, que han sido sustituidos por las ayudas y/o becas
vertebradoras, la ruralidad, la generación de redes, el apoyo a colectivos sensibles,
la promoción artística, la accesibilidad y la digitalización. En este cambio de
dirección se puede observar una alineación hacia conceptos muy presentes en los
Objetivos de Desarrollo Sostenible, pretendiendo quizá colocar a la cultura
como un cuarto pilar, a añadir a la economía, a la inclusión social y al medio
ambiente. Cada una de las propuestas electorales, a excepción de la de VOX, sigue
esta orientación en mayor o menor medida, quizá porque sea inevitable en una sociedad
moderna que haya cambios culturales en la educación, la igualdad de género, el
consumo sostenible o la justicia.
En resumen, se pueden observar cuatro
bloques programáticos, por decirlo de algún modo. El de los partidos de siempre,
PSOE-PP, que mantienen una dinámica de décadas, trufada de algunas nuevas ideas
y una cierta indolencia anclada en el resultadismo electoral. En línea parecida
se encuentran los regionalistas SORIA ¡YA! y UPL, con una dinámica igualmente veterana
pero embellecida con folclore. Le sigue el tándem PODEMOS-EN COMÚN, más situados
en propuestas que apuestan por políticas culturales actuales pero cuyo
atrevimiento puede buscarse en la seguridad que da la falta de expectativa
ganadora. Para finalizar, encontramos a VOX con su brío alternativo y marginal,
conservacionista y garantista, pero estabulado en una falta de discernimiento entre
lo que es cultura y lo que es tradición.
En cuanto a medidas concretas no es
este lugar para extenderse. Pero a nadie sorprenderá que la gran batalla y
novedad programática de estas elecciones sea la tauromaquia. El resto sobre su
promoción lo echan PP y VOX. El primero al manifestar que «merece nuestro
reconocimiento y atención, como elemento constitutivo de la cultura española» y
concediendo apoyo a las escuelas taurinas, al circuito regional de novilladas y
las novilladas a caballo, a la Biblioteca Digital Taurina y el Portal de la
Tauromaquia; cierto es que ya lo hace, así que tampoco promete mucho. El segundo,
VOX, apuesta también por medidas muy parecidas, eso sí con expresiones algo más
imperiosas y contundentes. No decepcionan PODEMOS en este tema, al defender la «exclusión
de la tauromaquia del catálogo de patrimonio cultural con el horizonte puesto
en su abolición» y la eliminación o redirección de ayudas destinadas a la
tauromaquia hacia políticas sociales, culturales y de bienestar animal, ni EN
COMÚN al apostar por redefinir la política cultural eliminando subvenciones a
la tauromaquia, para destinar estos recursos a «actividades culturales basadas
en valores sociales compartidos». Por su parte al PSOE, SORIA ¡YA! y UPL se les
ha debido olvidar la tauromaquia porque no figura, o yo no la he visto, en sus programas.
Para acabar, ofrezco una breve relación
de mi valoración general de los programas culturales de cada partido, junto a las
propuestas que me han parecido más fascinantes y una palabra clave que los define:
- PP: su programa parece
una réplica de la estructura orgánica de la consejería de cultura a la que han
antepuesto palabras poco comprometedoras como apoyaremos, fomentaremos, impulsaremos,
respaldaremos, favoreceremos, intensificaremos, etc. Vayan a verlo, es una epopeya
de sinónimos; 1000 medidas, todas así. Quieren consolidar AR-PA a nivel europeo,
lo cual es de celebrar porque ya lo estuvo y se dejó pasar. INMOVILISMO.
- PSOE: como hemos visto se sitúa en una equidistancia entre el anquilosamiento y el afán de tocar medidas innovadoras, cosa que no suele resultar. Me sugestiona la medida de hacer salas de exposición dependientes de los museos provinciales; me encantará ver si lo consiguen. QUIEROYNOPUEDO.
- VOX: un aquelarre
de toros, coros y danzas, ferias de gastronomía y reposteros. Es un programa
nacional que podría trasladarse casi sin retoques a cualquier otra región. Van a
fortalecer el vínculo histórico que Castilla y León mantiene con el Museo Militar
de Burgos, cuya competencia corresponde al Ministerio de Defensa; más allá de
eso, la verdad, tampoco hay mucha propuesta cultural concreta. RÚSTICO.
- UPL: muy proteccionista,
se centra en la recuperación de tradiciones y valores etnográficos, pero la
contrapartida es que solamente se preocupan de los leoneses. Sin que esto sea
malo, restringe su electorado y manda el mensaje de una cultura excluyente más
que integradora. Lo de la creación de sedes regionales de museos nacionales es hacer
un bucle al bucle del nacionalismo e imposible de conseguir; miren a ver
cuántas se han hecho en los últimos 50 años. SUFICIENCIA.
- PODEMOS: a priori
presenta una buena batería de iniciativas concretas de política cultural, pero
en su mayor parte imposibles de conseguir a corto plazo o en una sola
legislatura. Me parece un programa muy sensato. La medida que me ha llegado al
corazón es la de dotar a los Departamentos de Educación y Acción Cultural de
los nueve museos provinciales de partida presupuestaria y personal necesario
fijo y en plantilla para que puedan ocuparse del Área de difusión y sus funciones
específicas. ENSUEÑO.
- SORIA ¡YA!: programa
muy similar al de UPL muy interesante en cuanto a museos, pero el problema es
que la mayoría son estatales y deben recabar el permiso del estado para todo lo
que quieren hacer. La idea de que se asuma su competencia es una trampa que
nadie parece querer advertir; no creo que llegue, pero todo es posible. AUTOCOMPLACENCIA.
- EN COMÚN: me
parece un poco escaso, si bien las medidas que propone parecen acertadas y
destinadas a crear una estructura cultural sólida. La mejor propuesta es la definición
de la cultural como derecho. Dicen expresamente que suprimirán la Fundación
Siglo; ¡olé tus…! CALZÓNQUITAO.
Diógenes Laercio expresó que «La cultura es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad». A las próximas elecciones ¿iremos adornados o seremos refugiados?
lunes, 26 de mayo de 2025
EJEMPLARIDAD. «El caso BIC-TAC»
Durante la pasada semana se ha generado una grave polémica sobre una intervención artística en la torre de la iglesia de Santa María de la Antigua, dentro de la programación del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC), que propone una función de danza vertical para la que se requieren anclajes para asegurar la escalada. La controversia se manifestó inicialmente a través de las redes sociales de la Asociación por el Patrimonio de Valladolid, al considerar una «auténtica irresponsabilidad» que se permitiera realizar el espectáculo «Quasimodo y Esmeralda», por la compañía francesa Lézards Bleus. El asunto estalló definitivamente al desvelarse serias dudas sobre la existencia o no de la preceptiva autorización para conducirse sobre este Bien de Interés Cultural y tuvo como consecuencia la cancelación del segundo de los pases de la actuación.
En los últimos años se viene insistiendo mucho sobre la educación
patrimonial, entendida como el proceso educativo, que desarrollan poderes públicos
y profesionales, dirigido a promover su conocimiento, valorización y preservación.
De hecho se empieza a considerar urgente que se habiliten medios para preparar
a las personas y a las instituciones para el mejor y correcto uso de los bienes patrimoniales; esto es de gran relevancia a la hora de considerar críticamente casos similares. Es lo que voy a tratar de hacer a continuación,
pues en los tiempos que corren es fácil que se viertan opiniones sobre cada cuestión
y uno se da cuenta que lo que piensa un buen número de personas no tiene por
qué guardar relación con la certeza; sobre todo si los poderes públicos olvidan
la ejemplaridad que debe orientar sus acciones y se dedican a desviar la
atención para eludir responsabilidades. Trataré de hacerlo de la manera más
cercana y objetiva posible, lejos de tecnicismos.
La vida en sociedad exige del establecimiento de normas,
algunas de ellas para el uso de los bienes comunes, ya lo sean por que su
propiedad sea pública o porque tengan ciertas características que priman el
interés colectivo por encima de su titularidad. En el segundo caso se
encuentran los bienes que pertenecen al patrimonio cultural, pues poseen valores
que representan la identidad de los grupos sociales, lo cual sirve para
cohesionarlos y definirlos. Para proteger los bienes del patrimonio cultural, y garantizar la transmisión
de la herencia cultural en las mejores condiciones posibles, las legislaciones
han establecido normas que regulan su uso, estableciendo una gestión y
competencia compartida entre los titulares de los bienes y las administraciones
públicas. El mayor grado de protección existente en la legislación española para un recurso patrimonial, por
extensión en la autonómica, y que tiene su equiparación en el resto de las
legislaciones europeas, es la declaración como Bien de
Interés Cultural.
El que un monumento, un yacimiento o una manifestación
inmaterial sea declarado BIC no es un bonito galardón, a pesar de que algunos
responsables políticos les guste llenarse la boca de siglas, sino una figura jurídica
de salvaguarda que conlleva una serie muy concreta de restricciones y obligaciones,
pero también de beneficios. De este modo cualquier actuación, proyecto de restauración,
intervención, instrumento de planeamiento, etc., que se quiera aplicar sobre un
BIC requiere una autorización preceptiva cuya competencia corresponde a la
Junta de Castilla y León y es valorada por órganos administrativos, compuestos
por técnicos, expertos externos y responsables públicos. Para obtener la autorización
existen mecanismos ágiles de tramitación y la decisión sobre la misma se
realiza a la vista del proyecto que debe acompañar a la solicitud, donde se
indica lo que se va a hacer, cómo y qué medidas de protección se aplicarán. Todo
ello se estudia en sesiones colegiadas, tras la realización de informes técnicos
previos, que se resuelven con bastante rapidez pues los asuntos se examinan con
periodicidad y puntualidad mensual. En la autorización se dice lo que se puede hacer, lo que no se puede hacer, las medidas de protección específicas y si hay alguna prescripción que cumplir. Las decisiones, naturalmente, están
sometidas a revisión por la propia administración competente y a recurso judicial
en los casos en que el solicitante considere que se han vulnerado sus
intereses.
En definitiva y para tratar de resumirlo en el caso concreto: la actuación de «Quasimodo y Esmeralda» sobre la torre de la iglesia de Santa María de la Antigua requería de autorización. Su concesión no la realiza un funcionario de manera arbitraria mediante una firma y un sello sino que se concede o deniega, con todas las garantías posibles, por una reunión de técnicos y expertos que lo decide tras un profundo examen de la documentación que aporta el solicitante. Como es obvio, todo ello está también sometido a régimen de inspección y en su caso sanción, sin perjuicio de que pudiera haber falta o delito si se careciera de autorización o si existiendo se actuara de manera negligente o contraria a lo autorizado. También es cierto que doctores tiene la iglesia y puede haber tantas interpretaciones de la norma como personas a interpretarla, lo que sin embargo no es excusa para eludir el trámite de autorización.
Llegados a este punto cabe decir que en este asunto hay una
profunda carencia de explicaciones sobre lo que ha pasado y las que se han dado
no parecen ser más que intentos de eludir la responsabilidad de cada parte y
culpabilizar al de al lado. Se han producido comunicados o declaraciones por casi
todos los implicados, a excepción del Arzobispado: el TAC, la Fundación Municipal
de Cultura de Valladolid (FMCVA), la Delegación Territorial, el Ayuntamiento,
hasta los artistas…, se han pronunciado y todos los protagonistas coinciden en que han actuado correctamente
y que de haber existido una infracción hay que buscar al responsable en otro
sitio. Curioso, para hacerse fotos a pie de torre hay metafóricas bofetadas, pero para retratarse
cuando la ocasión exige responsabilidad no faltan codazos de espantada y alaridos de ¡paga
el último!
El TAC ha manifestado la inexistencia de agresiones al
patrimonio y el absoluto respeto a éste, así como la alta calidad artística de
la propuesta. La FMCVA ha expresado que al constatar que existían dudas sobre
la autorización se solicitó una valoración jurídica sobre si era necesaria y se
decidió realizar la actividad, el primer día, por considerar que no se precisaba
y que era suficiente con el permiso del Arzobispado. El Ayuntamiento
(responsable también de la FMCVA) en una de sus variadas versiones declara que la
valoración jurídica se realizó hace un mes, y que la culpa de la cancelación es
de la asociación que denunció, ya que es afín a los partidos de la oposición y
que solamente quieren atacar a la concejalía del ramo. De hecho se ha argumentado
por los responsables del ayuntamiento que la instalación era efímera y que por
ello no pidieron autorización, e incluso se ha acudido al diccionario de la RAE
para apuntalar dicha afirmación; al parecer el léxico y el reloj protegen el
patrimonio mejor que las normas. No solo eso sino que, para complicarlo todo,
también se encuentra la atribución al Arzobispado, titular del bien, de la
responsabilidad de no pedir la autorización y de haber concedido un permiso
«imperfecto», al no haber contado con el visado de la administración
autonómica. Para acabar, la Delegación Territorial dice que se enteraron a toro pasado y que ha abierto un expediente.
Y como guinda los artistas, afrentados por la cancelación y
lo que al parecer ven como un cuestionamiento de su afán creativo, han expresado que aquellos tejados estaban como el palo de un gallinero y que no solo han actuado con total respeto y profesionalidad sino que han tenido que limpiarlo para poder trabajar. Lo han manifestado diciendo que encontraron una «iglesia
en estado avanzado de abandono» y que «nosotros, los franceses, […] protegimos».
La verdad es que ante tal descripción desoladora no está claro si hablaban de
la iglesia vallisoletana o si estaban describiendo el estado de la catedral de Notre Dame antes
de que «los franceses» la quemaran por un acceso imprudente al patrimonio.
La conclusión es que en este asunto hay pocas luces y muchas
sombras. Se debe explicar de manera clara si había que pedir autorización y por
qué no se pidió; a quién le correspondía, si al titular o al promotor de la
actuación; qué medidas se adoptarán para que esto no se repita; qué actuaciones
realizó la compañía de teatro sin autorización y supervisión técnica; si son
necesarias sanciones, cuáles y a quiénes corresponderán; qué medidas se van a
adoptar para evitar actuaciones similares en el futuro. Que queden claras las obligaciones
existentes en esto casos y si es admisible que para saltarse las normas, que buscan
proteger el bien común y que todos cumplen de manera invariable, valga con esgrimir
un informe jurídico, que lleva más tiempo de trabajo que solicitar una autorización
a la que se adjunta un proyecto que ya se debería tener. Que quede todo claro para conocimiento de los
primeros espadas, de los mozos, de los sustitutos, del monosabio y de Don
Tancredo.
La acción de las administraciones públicas requiere diversas
cualidades de objetividad, justicia, igualdad…, pero también de ejemplaridad. Cuando
se detecta un error en un acto administrativo es obligatorio asumir responsabilidades,
buscar el origen de aquel, procurar soluciones y aplicar correctivos. Tratar de
endosar la culpa a otro o eludir la responsabilidad amparándose en informes
previos que no se precisan, minan el prestigio de las administraciones y el
valor del servicio público; y traicionan el compromiso que adquieren los representantes que elegimos de actuar dignamente y ser modelo de comportamiento. Aunque peor es si se encarga ese informe una vez cometida la tropelía.
Es imperativo que se den explicaciones y que se pidan disculpas
a la ciudadanía por haber sustraído a los vallisoletanos el segundo pase de una
actuación tan magnífica. Y que se pidan excusas especialmente a la asociación altruista
que, con mero afán proteccionista, advirtió de lo que sucedía y que ha acabado
siendo vista, como si de un chivato carcelario se tratara, como la responsable
de que se cancelara la actuación. La obra cancelada podría haber transcurrido sin
incidentes si se hubiera actuado con ejemplaridad; sin personalismos y retóricas.
P.S.: Creo oportuno señalar dos cuestiones relevantes sucedidas después de publicar esta entrada. La primera: que el informe del Ayuntamiento por la suspensión del TAC se realizó sólo 22 minutos antes del primer pase del espectáculo, que por cierto estuvo a punto de suspenderse, y que la delegación territorial niega haberlo recibido. Y la segunda: que la Asociación por el Patrimonio de Valladolid emitió este comunicado defendiéndose de acusaciones y vindicando su labor.
Los acontecimientos parecen determinar que este lamentable suceso fue perpetrado por la FMCVA, bajo la tutela de la concejalía de cultura. A ellos habrá que demandar la explicación, disculpa y exigir la ejemplaridad.
P.S.2.: Tres semanas después aún no se sabe si hubo autorización y si la falta de ella es sancionable...
viernes, 4 de abril de 2025
MENUDO PELICULÓN
Se acaba de anunciar la creación del nuevo Museo del Cine. Al parecer el nuevo proyecto tiene como objetivo crear un centro expositivo que sirva de referencia de la actividad cinematográfica española. Para ello se ha cedido a la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España el antiguo edificio del NO-DO, que según dice el comunicado del Ministerio de Cultura «será rehabilitado para su nuevo uso, permitirá la exhibición y conservación del patrimonio cinematográfico».
Pues hay tantas cosas que decir que no sabría cómo empezar. Y es que además no son buenas la mayoría. Entiendo como positivo y bien destacable que exista el propósito de crear un museo dedicado a «la preservación, compresión, valorización y celebración del patrimonio audiovisual español», que ya iba siendo hora, pero encuentro muchos claroscuros.
Empezaremos por una sucinta y básica clase de museología. Cualquier profesional del ramo conoce el clásico mantra de que los elementos constitutivos del museo son contenido, continente y público. La cosa es mucho más complicada, por supuesto, ya que cualquier disciplina evoluciona y aunque el adagio ya está superado nos viene de perlas para empezar el análisis de la propuesta presentada. Vemos así que el futuro museo parece tener edificio: el del NO-DO. Se habla de algo parecido a una colección: archivos de cineastas como Jaime de Armiñán o Iván Zulueta y hasta 70.000 negativos del noticiario propagandístico, ahora en la Filmoteca Española. Y el público, pues ya vendrá.
![]() |
| Edificio del NO-DO |
El problema radica en que estamos acostumbrados a que se hagan museos desde el tejado y Dios proveerá. Pero si bien es cierto que es habitual encontrarse anuncios como el que nos ocupa, no es frecuente que proyectos tan poco hilados provengan del Ministerio de Cultura. Mireusté, que lo haga el alcalde de Matalaspocillas en las antiguas escuelas con fondos FEDER y apoyo de la Diputación o de la Administración de la Comunidad Autónoma puede ser. Pero no es admisible que el señor ministro diga que anunciamos «el acuerdo para ceder el edificio. A partir de aquí, hay que concretar un proyecto, una museografía, ver las necesidades financiera y tomar las necesidades», o que el director de la academia de cine diga que «es un trabajo ingente, que nos va a llevar meses y años y que merece muchísimo la pena. Las ideas que tenemos sobre el futuro del museo están poco definidas, hemos empezado a hablar ahora». Al menos no lo anuncies hasta haber avanzado un poco más.
Suelo tener como referente la labor de los profesionales de museos del Ministerio de Cultura, Subdirección General de Museos mediante, y me desazona que ahora se nos coloque en la mesa un «museo de temporada». Y es que da la sensación de que este ministro ha mandado a los gregarios a lanzar el esprint electoral y que anda más preocupado de la etapa que de la general. Pues pronto empieza. En otra ocasión alabé la decisión de comenzar la descolonización de los museos españoles, y también he estado de acuerdo en el compromiso para el tratamiento ético de los restos humanos, pero este último anuncio de colaboración parece un recuelo de proyectos arrumbados exigido por la necesidad de estar en el candelero. Las expresiones «resignificar» el edificio y es «la primera piedra, como se decía en los tiempos de Franco, para hacer el Museo del Cine» dichas en la presentación solamente puedo entenderlas como butades nacidas de tal propósito o como un tosco ejercicio de márquetin.
Dicho lo anterior, creo que no tiene por qué salir mal el proyecto. Por ejemplo, nadie daba un duro en su momento por el Museo Nacional de Arquitectura y Urbanismo y ahí lo tienen; con otro nombre y quizá menos ambición pero existe. Estoy convencido que la maquinaria estatal llegará a buen puerto con el proyecto; ojalá lo veamos pronto y sirva fielmente a la misión que se le adscriba. Pero también soy firme defensor de empezar los museos por los cimientos de la planificación museal y de que se levanten de manera ordenada.
La verdad es que prensa y políticos tienen mucho de qué avergonzarse.
Los medios de comunicación por publicar en sus portadas que Madrid ha
arrebatado el proyecto a Valladolid, pues esto no es cierto de ninguna
de las maneras como se puede observar con una miradita a las hemerotecas. El ministerio lleva hablando con la Academia desde al
menos 2017, cuando ya el alcalde anterior expresaba en sendas cartas al entonces ministro popular «desde el Ayuntamiento de Valladolid quiero transmitirte nuestro interés en postular a mi ciudad como sede de dicho Museo».
Además, en buena lógica un museo nacional del cine debe estar donde se aúnan geográficamente el
Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, la sede
de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, la Filmoteca Nacional y un edificio disponible con unos
antecedentes tan potentes como los del NO-DO. Que está bien que se repartan
territorialmente las instituciones estatales pero descentralizar por
descentralizar no es buena idea.
Y los políticos de ambos lados porque ni ellos mismos se
aclaran. Ya hablé
en su día de sus propuestas electorales y allí decía que no estaban
suficientemente trabajadas y menos definidas. Estos partidos (el tercero ni
siquiera tenía programa) hablaban de una institución museística dedicada al
cine, al audiovisual y a lo interactivo. No sabemos muy bien qué querían
hacer (ellos tampoco, seguramente), pero sabemos que se quería hacer algo.
Esto es algo chocante porque da la sensación de que quienes redactan los
programas piensan que las simples reclamaciones o aspiraciones tienen
presunción de tangibilidad y que su expresión en papel sirve para que el resto
de las instituciones se den por aludidas o para que los proyectos salgan como hongos después de una tarde de lluvia. Si esto es la política actual poca
utilidad tiene.
Cierto es que el partido opositor puede jugar la baza de
que lo suyo era una propuesta y que al no haber sido agraciado con la mayoría de gobierno no tiene
responsabilidad sobre su conclusión. Incluso puede argumentarse que aunque sus gestiones
tampoco tuvieron éxito al menos han tenido la suerte de que durante su
legislatura seguía habiendo posibilidades de que el museo recalara aquí. Y sí, manifestó
apoyo a la propuesta del actual ayuntamiento, pero en la actual política a base de blancos y negros que nos regalan los munícipes electos no era de esperar que hubiera
más grises que el premioso apoyo a la moción municipal
solicitando al Gobierno de España la ubicación en Valladolid del Museo
Nacional del Cine y el Audiovisual. En definitiva, y aunque sea de manera nimia,
puede escurrir un poco el bulto.
Pero también es cierto que quien se lleva los laureles del gobierno municipal ve sus propuestas convertidas en compromisos de manera automática y que no puede pretender que basta con promover una iniciativa para que esta sea atendida; por mucho que el apoyo sea unánime. Los éxitos se fraguan mediante trabajo y si no se tienen bastantes medios se concitan voluntades. Y Valladolid tiene entre estas a la Uva, con la cátedra de cine; a la Cámara Oficial de Comercio e Industria, con sus posibilidades de financiación; a la SEMINCI, un recurso publicitario como ninguno; a la Valladolid Film Comission, una oficina destinada a favorecer proyectos audiovisuales, etc. No bastaba con promover la moción y su traslado al Ministerio de Cultura, sino que habría que haber buscado una sede (me gustaría, por cierto, saber en cuál estaban pensando), hilvanado un proyecto sólido, garantizado apoyos suficientes y quizá, solo quizá, se podría haber conseguido el proyecto. La cosa es así; puedes tener un sueño y te puedes dejar los cuernos en ese proyecto, pero aún así te puedes quedar sin él. Y aunque nada te asegura el éxito al menos hay que buscarlo pues lo único seguro es que la indolencia te acaba pintando la cara. Y esta cara quizá habría que buscarla en la concejalía competente que yo, a día de hoy, soy aún incapaz de determinar.
Pero la verdad es que ni unos ni otros han aprovechado que la cartera ministerial perteneciera a su mismo signo político cuando tuvieron la oportunidad (suponiendo que sea veraz la hipótesis de que se puede influir en un ministerio, así, tan alegremente, con media docena de visitas a la capital). Y me sume en la tristeza comprobar que mi ciudad sigue siendo así de provinciana. Claro que me gustaría tener otro museo nacional de envergadura, pero a falta de nuevos proyectos podríamos apoyar un poco más a los que ya tenemos. Claro que empieza a hartar que Madrid se vuelva a quedar con otro gran proyecto, pero para luchar contra todas las ventajas que culturalmente tiene hay que usar las armas de la iniciativa, el trabajo, el talento y la cooperación. Claro que se trata de una reivindicación histórica, pero hay momentos en los que es necesario darse cuenta de qué cosas no son posibles y avanzar. Claro que la ciudad tiene una posición relevante en la cultura española, pero no la vamos a defender con luchas intestinas que solamente resuenan en la cámara de eco de las redes sociales o sacando pecho por aparecer en el ranquin de un observatorio que cada año aparece precisamente para eso. En materia de museos, al menos, les falta calle.
Parece que algunos pensaban que el proyecto anhelado del museo del cine en Valladolid se iba a construir del material del que están hechos los sueños, remendando la legendaria y muy cinematográfica frase de Sam Spade. Pero la verdad es «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
miércoles, 26 de febrero de 2025
RASCAYÚ EN LOS MUSEOS DEL MINISTERIO
El último charco en el que se ha metido el Ministerio de Cultura es el de la Carta de compromiso para el tratamiento ético de restos humanos en los Museos Estatales adscritos y gestionados por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura que podéis descargar aquí.
Charco digo porque el asunto tiene todos los ingredientes
para ser pasto de los opinólogos profesionales que infestan las columnas de la
prensa patria (infestar, por cierto, no es insulto sino la cuarta acepción de
la palabra en el diccionario de la RAE). De momento no parece que los
columnistas hayan advertido el verdadero y ¿oculto? potencial de esta decisión
que, por otra parte, no hace sino incorporar criterios museológicos modernos a
los grandes museos estatales. Pero es posible que ante el folio en blanco los escribidores acaben atacando este compromiso como una nueva imposición «woke»
repleta de revisionismo y de gestos dictatoriales del progresismo. Sobre todo
cuando se percaten de que este nuevo marco ético es un paso más en la
descolonización de los museos por la que viene apostando el Ministerio de
Cultura desde que se hizo cargo el ministro actual.
Ya escribí en su momento algo sobre esa cuestión (lo podéis
consultar aquí) y entonces manifesté que la descolonización no solamente
tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos sino que implica
la revisión de asuntos tales como las presentaciones con restos humanos. Sobre
estas cuestiones los museólogos tenemos la obligación de fomentar debate, ya sea
en el seno de los museos o en foros profesionales como el ICOM, lugar este en el que
luego se generan los documentos comunes que guían la práctica museística. De
uno de estos títulos, el Código Deontológico del ICOM, proviene este reconocimiento
de los restos humanos custodiados en los museos que «deben ser tratados con
respeto y dignidad, y de conformidad con los intereses y creencias de las
comunidades y grupos étnicos o religiosos de origen». De aquí deviene su renovado
significado no sólo como huellas biológicas sino como «vestigios de personas
fallecidas que fueron separadas de su contexto funerario, sagrado o doméstico».
Esta reflexión de la comunidad museológica, y no otra, es la
razón por la que ahora se presenta esta nueva visión de los restos humanos en
el ámbito de las presentaciones museales. Y tiene bastante importancia porque al
implicar a los museos públicos más importantes de España se establece una cierta
ascendencia sobre el resto de los museos públicos, empezando por el resto
de los museos estatales, gestionados fundamentalmente por las comunidades autónomas,
y alcanzando a todos los que dependen de entidades locales, fundaciones públicas
o incluso aquellos centros privados que reciban ayudas públicas. Evidentemente es
mucho más fácil decir que hacer y la existencia de pautas adoptadas por el
Ministerio de Cultura no implica que el resto de estos museos sostenidos con
fondos públicos siga ese ejemplo; ni siquiera que, aun teniendo la voluntad de hacerlo,
dispongan a corto y medio plazo de recursos suficientes. No obstante, las
administraciones deberían plantearse la adopción de programas de reserva de restos
humanos y la regulación de su presencia en los museos de financiación privada.
No hay prisa para ello, pero no debería haber pausa.
Pero vayamos por partes (nunca mejor dicho) y resumamos a
qué restos nos estamos refiriendo y qué implicaciones conlleva. En resumen, la
Carta afecta a todos los restos físicos de la especie Homo sapiens, así como
los objetos en los que se incorporaron conscientemente restos humanos, excluyendo
aquellos en los que se pueda determinar razonablemente que han sido ofrecidos
libremente o bien desprendidos del cuerpo sin modificar el mismo. Para
concretar, el documento también señala los compromisos que se adquieren y ello
atañe a un principio general de no exhibir públicamente restos humanos; a la
valoración para la toma de muestras y tratamientos de conservación-restauración;
a la manipulación, custodia y acceso en almacenes; a la investigación sobre los
restos; y, finalmente, a la toma de imágenes. Resulta importante destacar que
se deja abierta la excepcionalidad en la exposición pública para casos muy
concretos; una solución que parece la gatera por la que colar la
discrecionalidad que tanto nos gusta a los españoles.
Al igual que ocurre en cualquier definición existen aquí infinitas variables e interpretaciones y ello nos puede a llevar a preguntarnos qué fósiles de los yacimientos de Atapuerca entran dentro de esta categoría y cuáles quedan fuera (dejo para los expertos las disquisiciones sobre especies, subespecies y demás) y si en todos los casos se debe aplicar el mismo criterio sobre su exposición. Pero no queda la cosa ahí, porque la interrogación se extiende a todo tipo de momias y cuerpos disecados, vestigios de enterramientos, relicarios y reliquias, restos en formol, cualquier espécimen anatómico, etc. Si quieren ejemplos de cómo se tratan ahí fuera estos temas pueden acudir al recurso Regardingthe Dead. Human Remains in the British Museum o consultar HumanRemains and Museums: A Reading List.
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Tumba de tégulas tardorromana de Niharra. Museo de Ávila. Foto de FLAVIVSAETIVS Archivo disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International. |
Aunque, una vez más, España llega tarde a debatir estas cuestiones, resulta gratificante que el Ministerio de Cultura vaya incorporando los modernos criterios museísticos a la gestión de los centros de su dependencia. No faltarán las voces que señalen que no deberíamos gastar recursos en estas cuestiones menores cuando existen grandes necesidades y carencias en infraestructuras, medios y personal. Sin duda están en lo cierto a la hora de poner foco en esas insuficiencias, pero ese no es el debate en este caso. Bien está hacer lo que hay que hacer y no podemos coartar el impulso a iniciativas valiosas bajo el pretexto de una cuestión de prioridades. Cada demanda tiene su pulso, su recorrido y sus soluciones y estas solamente se pueden entender en términos de valoración técnica y de oportunidad.
A propósito de todo lo que hablamos cabe una reflexión sobre el uso
actual de los restos humanos en los museos y las alternativas a su
desaparición de las salas de exhibición. Los museos utilizan las colecciones
para contextualizar un momento histórico o un conocimiento determinado y la relación
del visitante con los objetos, ese «contacto directo», es irremplazable. Ninguna
reproducción, sea cual sea el recurso técnico que la genera, puede reemplazar
este vínculo, y cuando este se complementa con el acto interpretativo que
facilita el museo, cuando la experiencia ante la obra permite adentrarse en el
aura del objeto, se sublima una vivencia formada por emoción y exclusividad. En
definitiva el bien cultural se llega a convertir en fetiche, si no lo era ya, y
es precisamente ahí donde se encuentra el mayor valor que el visitante pude
conceder a un objeto, ya que lo eleva a categorías distintivas, preeminentes, y
lo incorpora a su propio imaginario. No es de extrañar por ello que en las
salas del museo tendamos a una especie de iconolatría que nos lleva a venerar los
originales por encima de las copias. Cuestión que no tendría mucha importancia
a menos que nos lo indiquen expresamente, ya que dudo mucho que la mayoría del
público sea capaz de distinguir entre el auténtico Cráneo número 5 y su
reproducción.
Y en este mismo rumbo fetichista se encuentra la
controversia de las reclamaciones patrimoniales, de las que también hemos
hablado; véase aquí. Las demandas de restitución se hacen siempre sobre objetos
muy concretos, y están destinadas a afianzar convicciones políticas,
fundamentalmente nacionalistas, que rayan más en el sectarismo que en la formación
de una identidad común. De este modo se comprende mejor que la primera reacción
política a la propuesta ministerial haya venido de Canarias al manifestar los
máximos responsables del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria y del
Museo de la Naturaleza y Arqueología de Santa Cruz de Tenerife (un director de
museo privado y un doctor en medicina experto en momias, por contextualizar)
que para guardar en un almacén la momia de Erques, retirada de la exposición permanente
del MAN, mejor la exponen ellos. Si a ello añadimos las expresiones "es
inadmisible" o es "una ofensa para todos los canarios" emitidas
por la presidenta del Cabildo de Tenerife observaremos mejor los flecos tan
largos que cuelgan de la decisión del Ministerio de Cultura.
En la timba de la política cultural (siempre más política
que cultural) a cada cual le toca jugar sus bazas y tener cuidado de cuándo se juega un triunfo, de cuándo se arrastra y qué cartas quedan por salir. Decir que la momia
está mejor expuesta que en un almacén se puede rebatir con el argumento ya
expuesto de que nadie va a saber si expones originales o copias a menos que lo digas. Pero
también es cierto que si la momia tiene que ir a un museo a ser expuesta qué
menos que vaya a un referente mundial en lo que se refiere a la conservación de
este tipo de restos. Y a la vez, aunque el Ministerio de Cultura quisiera ceder
la momia a un museo canario los términos del depósito encontrarían difícil encaje para un uso contrario al marco ético que rige tus propias
colecciones. Muchas veces la suerte que tenemos es que la voluntad política oportunista
y espuria choca con los criterios técnicos o encuentra trabas administrativas ineludibles.
Es evidente que es más impactante un sarcófago con muerto
dentro, que las diferencias físicas entre un neandertal y un sapiens se
observan mejor contraponiendo sus cráneos, que un relicario sin taba no ilustra
del mismo modo la devoción por la santidad, que el concepto de vida eterna y
divinización de los egipcios no se plasma igual sin la momia de Ramsés II... Todo
ello es cierto, pero también es innegable que en la mayoría de las ocasiones
la experiencia de la visita se puede lograr igualmente con diversos recursos
que no sean los objetos originales. Por ello es plausible la iniciativa del Ministerio
de Cultura; porque ha seguido las recomendaciones de los organismos
internacionales en materia de museos, porque es de sentido común y porque, como
dice la canción, «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? Tú serás un cadáver
nada más».
viernes, 16 de febrero de 2024
«QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN...»
«…y salir anunciado por la televisión». Era la pegadiza letra de una canción de los primeros años 80 que viene al pelo para introducir el tema de hoy, que no es más que la tan comentada descolonización de los museos. Sé que en este mundo acelerado en el que se todo se consume vorazmente, ya sea comida, experiencias, pasiones o noticias, nos pueda parecer que es un debate ya antiguo y olvidado. Pero como me crie en una sociedad flemática me quiero refugiar en la obstinación de considerar las cosas cuando lo crea conveniente y en dejar que las ideas se decanten durante un tiempo para emplatarlas limpias y sabrosas. Aunque aventuro que la polémica va para largo.
La letra de la canción que titula ya criticaba, de algún modo básico e ingenuo, a la sociedad consumista de entonces, sin imaginar siquiera los límites que esta sería capaz de sobrepasar y que, muchas veces a causa de prejuicios heredados y atrevidas ignorancias, llega incluso a cuestionar la constitución y gestión de las colecciones de los museos; que es en nuestro caso lo que nos preocupa. El bote de colón, en este contexto, nos sirve para presentar la insignificancia del objeto como fetiche y cómo este rasgo lo descontextualiza hasta hacer que pierda su significado en pos de una naturaleza solamente ornamental.
Por la misma época ochentera agonizaba la existencia de uno
de los juguetes más vendidos del desarrollismo español, el Madelman; aquel
muñeco articulado con fascinantes variedades que acabó siendo liquidado por las
insaciables corrientes de la mercantilización. Entre los modelos disponibles se
encontraba uno de los primeros que tuve, el «Kenia safari», en cuyo kit
convivían un explorador y un porteador.
Inspirados, probablemente, en imaginarios «livingstonianos» y
«tarzanianos» estos personajes eternizaban en el inconsciente infantil la
figura del europeo dominante junto a la del nativo subordinado, por no decir
sumiso. En defensa de la estampa hay que decir que es cierto que a la jungla
tienes que ir ayudado por mano de obra y guía de la zona, del mismo modo que en
el Camino de Santiago buscas que te lleve la mochila una empresa de mensajería
cercana y no te traes unos sherpas al efecto y que en todo esto algo tendrían
que ver Verne o Salgari. Pero, aunque estemos en un mundo globalizado donde ya
no puede sorprendernos que tengamos que comprar aceite de oliva africano para vender
el propio a los italianos, que estos lo etiqueten como suyo y lo vendan en EE.
UU., lo que asombra es que cuarenta años después queramos mantener paradigmas
de alienación y que haya que luchar desaforadamente para hacer patente la
incoherencia de pretender que el pasado es inmarcesible y que este asunto
hipoteque otro futuro posible.
Y pasa igual, sin ir más lejos, en las películas de Indiana
Jones, donde curiosamente la participación de los indígenas sirve de algún modo
como pretexto para «rescatar» magníficos artefactos que, a riesgo de que sean
saqueados y hurtados a la memoria del mundo, acaban en un museo, cuando no reposan
en el colapsado y apartado almacén de los secretos; eso sí, siempre ubicado en un país del blanquérrimo Occidente. Desde luego que la acción trascurría en
momentos en los que estas cosas se veían como normales, por lo que el afán no
está en pretender que se corrijan las ambientaciones para adaptarlas a los
valores modernos. Lo que se procura, en este caso, es poner el punto de mira sobre
la manera en que se construye un imaginario y reparar en que es complicado hallar
argumentos a favor de la descolonización que sirvan ante quien no se preocupa de
ir más allá de un universo inmediato y cómodo.
En el fondo de la cuestión de la descolonización de los
museos se encuentra la misma construcción del mundo y una visión eurocéntrica de
este que ansía apuntalar, a costa de un evocador pasado de conquista, una cada vez
más mermada y raquítica influencia sobre la globalidad. A veintipocos años del
inicio del siglo un buen número de países, los países del «tercer mundo» (adviertan
otra imposición terminológica del continente nuclear), tienen derecho a ser
ellos quienes interpreten su historia conforme a su pensamiento. Aquellos
países con un pasado a expensas de las metrópolis occidentales, muchos de ellos
ahora «emergentes», cuentan con una postura suficientemente decidida para
reclamar la autoría del relato y con el convencimiento de que su historia debe
ser escrita a partir de su papel protagonista y no como el resultado de la
condescendencia de las comunidades que, pretendidamente, las alumbraron.
Pero el gran problema que encuentran estas comunidades es
que la construcción de su identidad está horadada y minada por los grandes
vacíos que hallan a la hora de ilustrar y documentar a uno de los instrumentos
que mejor sirve a estos propósitos: la institución museo. Y dentro de esta, la
herramienta más significativa con que cuenta para constituir una comunicación
intelectual y emocional con el visitante: la colección. Y les duele viajar a
las grandes capitales europeas, a los santasanctorums de la museología, y
encontrar las posesiones de sus ancestros muchas veces con apenas referencias, desposeídos
de un contexto, presentados más como trofeos que como piezas de un constructo
social e histórico y despojados del significado que se les dio al crearlos. Y únicamente porque la presentación expositiva
no tiene en cuenta su trascendencia en el seno de una comunidad concreta.
Pero lo peor de la controversia sobre la descolonización es advertir
el curioso fenómeno que se produce actualmente en esta sociedad vertiginosa de
la que ya hablábamos cada vez que se roza, aunque sea, cualquier pilar de la
identidad. Y no es más que el furibundo rechazo que se ha generado ante lo que
algunos consideran una descapitalización de los museos, un revisionismo a
merced de la dictadura progre, acomplejado y embadurnado de presentismo y, si
me apuran, un atentado a la identidad judeocristiana, liberal e incluso
androcéntrica.
Y en esta pelea, más suya que de la gran mayoría de la
sociedad, es interesante que para defender esta postura anti-descolonizadora se
acuda siempre a la opinión de politólogos, divulgadores, historiadores,
tertulianos y prescriptores de diverso pelaje, «expertos», opinólogos en
general, a quienes hemos dejado que invadan todo el universo cultural. ¿Todo?
¡No! En este panorama aún nos queda una pequeña aldea poblada por irreductibles
museólogos que resisten contra la imposición de la hegemonía cultural y quien
solamente les queda el recurso de acudir al tan poco común, desgraciadamente,
ejercicio del pensamiento crítico. Fíjense, iba a hacer el chiste al decir unos
«museógalos», pero finalmente lo descarté por no tener demasiada gracia y para
eludir una proximidad inoportuna con algunos padres de la museología, galos
también, que en cierto modo fueron reos, perpetradores más bien, de esta arquitectura
europea del lenguaje museológico. Es inevitable que, como muchas veces pasa,
las deslumbrantes luces de su esfuerzo por los museos hayan producido las duras,
oscuras y afiladas sombras que ahora toca combatir.
Pero no vayan a pensar que los museólogos estamos
interesados en mantener guerras culturales con el resto de la humanidad.
Precisamente los museos son instituciones de prestigio en cuyo seno procuramos
fomentar debates sobre el pasado y el presente, sobre el lugar de donde venimos
y hacia dónde queremos ir; y siempre con espíritu de concordia. En este mismo
blog ya se ha hablado de que los
museos no son neutrales y, sin que ello signifique que deban ser
beligerantes, lo que no podemos es seguir amparando discursos que perpetúen la
exclusión, la sumisión a ideologías dominantes o la subordinación a una
historia monolítica en la que se privilegie un único punto de vista. En
definitiva, sigue siendo necesario recordar que el no adoptar postura es,
precisamente, elegir una (la de no participar), de modo que esta aséptica y no
comprometida neutralidad suprime el conflicto y esquiva la capacidad de la
sociedad para avanzar.
Llevo tiempo diciendo que la misión de los museos es hacer
felices a los ciudadanos y evidentemente no se puede ejercer dicho cometido cuando se pretende que nuestros museos se empeñen en evitar preguntas incómodas. Interrogarse sobre
si estamos contando nuestra historia como parte equivalente de un
todo o si necesitamos construirla a partir del mantenimiento de rehenes (las
colecciones); sobre si el discurso que queremos es el de la sala de trofeos o
el gabinete de curiosidades en lugar del que surge de una asamblea ciudadana como
manifestación de la independencia comunitaria; o sobre si lo que queremos que nos
identifique es una relación afectuosa y enriquecedora entre colectividades o el
enfrentamiento excluyente entre oponentes. La elección es únicamente nuestra.
Cuestionarnos esto es lo que nos diferencia a los museólogos
de la mayor parte de los opinólogos; los de sentencia virulenta, los que temen
que queramos atentar contra la historiografía y les cambiemos las reglas, como
si la letra cincelada en su manual de historia, amarillento por el sobeteo y la
idolatría, fuera más importante que la historia real; un vademécum más valioso que el inevitable
compromiso del conservador de museos de presentar la memoria desde puntos de
vista poliédricos. Pues bien, para rebatir su verborrea fácil, insensata e
impensada, solamente podemos usar procesos que duden de las verdades absolutas y
que nos permitan analizar y evaluar nuestros razonamientos para generar así el
armazón idóneo de un contexto auténtico e irrefutable. La verdad es que, en
esta batalla, que no ha de ser solo del museólogo sino de todos, es fácil
entrever en el opuesto el temor a la pérdida de una conciencia dominante y
excluyente que se alimenta de rancios símbolos, endogamias y homogamias,
antagonismos, maniqueísmos, purezas de condición (por no decir de raza) y un avaricioso
afán por el poder y el dinero. El interés de aquellos cuyos bolsillos están
forrados de tela de bandera.
Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional
Pero volvamos a lo que realmente significa descolonizar los museos tras haber dibujado los motivos por los que se ataca tan ferozmente esta intención. De las carencias que tienen las comunidades para narrar sus orígenes y devenires, de este injusto escenario, ya se han dado cuenta los museólogos desde hace tiempo pues tenemos la costumbre, afortunada o desdichada, de cuestionarnos hasta el mismo concepto de museo casi desde el mismo momento en que acordamos uno. Y en ese intercambio epistemológico, que se produce entre comunidades de todo el mundo, se ha advertido la posición dominante de la museología Europa y Norteamericana sobre las del resto de continentes, de modo que se producen factores de corrección mediante la generalización de instrumentos que cuestionan la propia disciplina de la museología en cuanto a cuestiones como la descolonización. Por suerte, en la reciprocidad de inquietudes que se plantean en el seno de la comunidad museal se encuentra la razón de la preocupación actual de los museos del mundo por abrir el debate de la descolonización.
Pero las herramientas disponibles, como la guía
realizada por Museums Association, son meros mecanismos técnicos que
pueden servir para enfrentarnos responsablemente a la cuestión de que, en
muchos casos, atesoramos colecciones que pertenecen a otra comunidad, en el
sentido de que son hacedores aunque no titulares. Y para llegar hasta allí
tendremos que afrontar todas las fases del duelo, que al fin y al cabo es lo
que esto es: la pérdida irremediable de otras glorias e incluso del honor.
Ahora mismo nos encontramos en las fases de negación e ira ante la «desfachatez» de los museos, y de otras instituciones sensatas, de siquiera cuestionar la
legitimidad (que no legalidad) de la reivindicación. Luego llegará la
negociación con sus juegos de trileros, extorsiones y compensaciones, pero es
muy probable que todo termine en aceptación tras la correspondiente depresión.
Miren si no cómo se está desarrollando el tema en otros países.
No vayamos, sin embargo, a caer en la trampa del presentismo
y del simplismo. Existen muchas colecciones en los museos que están en ellos
mediante procedimientos que eran decididamente legales en su momento histórico
(producción de un estado constituido legalmente, regalo, compra, intercambio, etc.)
pero también hay muchos casos de colecciones saqueadas, expolios y engaños que
deben analizarse detenidamente. Lo que proponemos los museos y museólogos es que
se examinen las situaciones existentes, que se reconozcan las realidades de
cada caso y que ello conlleve, si acaso, la adopción de medidas que contribuyan
a que las colecciones de los museos se encuentren en el lugar que deben. Esto
no significa que haya que restituir cada objeto, desde luego, pero no vamos a
poder eludir la obstinación de la realidad durante mucho tiempo, por lo que es
preciso que impulsemos el ejercicio de valorar la probidad de las
reclamaciones; y en la cuestión de la descoloniación en España ya vamos por detrás, para variar, del resto de
democracias de nuestro ámbito.
Y tampoco nos quedemos envarados en la mera restitución o no porque la descolonización no solamente tiene que ver con la procedencia y destino de objetos de museos, ya que implica una revisión profunda de asuntos tales como el uso del lenguaje y la simbología, de las relaciones entre los objetos y sus procedencias, de las historias ocultas u ocultadas, del reconocimiento de la diversidad o del idioma, de las presentaciones con restos humanos o del tratamiento del género, raza o condición en la presentación museística. Así de complejo es esto y sin haber rascado apenas la superficie.
Los museólogos debemos rechazar los ataques de aquellos que aún no se han dado cuenta de que el museo ya no está centrado en objetos, sino que lo está en personas; y en esta aspiración somos la vanguardia que ha de orientar la línea política de las instituciones culturales. Sed resistentes, pues ante aquellos que quieren imponernos la terquedad de la historia áulica vamos a tener que responder a menudo con la magnífica frase de I am so fucking thankful that you are here to explain my job to me.
jueves, 18 de mayo de 2023
VALLADOLID CULTURAL EN CLAVE ELECTORAL
Hace 8 años tuve el arrebato de comparar los programas electorales de los partidos que optaban a gobernar la ciudad de Valladolid. Mi ambicioso propósito era facilitar a los seguidores de este blog una herramienta que sirviera para analizar propuestas desde el punto de vista de la cultura y los museos e iniciar una tradición que aportara perspectiva a través de entradas sucesivas en cada cita electoral y que sirviera, además, como agenda para el seguimiento de la labor de gobierno y de oposición. Pronto me di cuenta de que la empresa no iba a ser fácil por la falta de costumbre de los partidos al dar difusión de los programas y por la escasa arquitectura organizativa y la ambigüedad más o menos generalizada en su redacción. Además, en la siguiente convocatoria se me echaron encima el tiempo y la pereza (quicir procrastinación) y fui yo mismo quien faltó la cita. Vuelvo a ella con la suerte, quien sabe si desgracia, de que el trabajo será más liviano pues en esta ocasión no hay convocatoria para las elecciones autonómicas.
En primer lugar, quiero celebrar que aquellas críticas que hacía
en 2015 sobre la falta de difusión de los programas se hayan corregido
razonablemente bien. Esta vez voy a analizar los programas de los partidos que actualmente
tienen representación en el Ayuntamiento: PSOE,
PP,
Valladolid
Toma la Palabra (que aglutina con las siglas VTLP a Izquierda Unida,
Podemos, Equo y Alianza Verde), Ciudadanos
y VOX. Pues bien, salvo este último partido, cuyos planteamientos no podremos
valorar porque no ha publicado su programa, el resto de los partidos ha colgado
sus programas de manera clara y evidente en sus webs en los primeros días de
campaña y los ha difundido a través de las redes sociales. Agrada ver que en
estos años hemos ganado en transparencia y en respeto a los ciudadanos, sobre
todo para aquellos que nos gusta forjar opinión a partir de nuestro propio
pensamiento crítico. Aunque solamente sea para afianzar posiciones o buscar
críticas en lo opuesto, siempre es de valorar que exista la posibilidad de
contrastar opciones.
La primera conclusión que podemos extraer es que hay una
marcada contraposición entre los programas de los partidos que componen el equipo
de gobierno desde 2015 -PSOE y VTLP-, frente a los de la oposición -PP,
Ciudadanos y VOX-. Un somero vistazo a lo publicado nos muestra dos sesgos
perceptibles en los programas: el del equipo de
concejales actual, dentro de un marco progresista en el que la cultura se concibe
como un bien esencial, participativo, espacio creativo de diálogo y debate,
aunque bien es cierto que con alguna pincelada economicista. Y el de los
munícipes de la bancada opositora, donde predomina la idea de la cultura
construida sobre el mercado que busca el retorno económico en cada propuesta y donde
prevalece el ocio por encima del disfrute; eso sí con alguna modulación en lo
social. A ambos lados encontramos esa permeabilidad entre los bloques
identitarios, provocada sobre todo por una contaminación conceptual generalizada
que inventa una idea de la cultura como bien de consumo, herramienta al
servicio del turismo o arma para la hegemonía cultural; estigmas que, por
cierto, tantas veces hemos cuestionado en este blog.
Ejemplo evidente de esta diferenciación de actitudes y aptitudes se observa en las propuestas presentadas para el antiguo Monasterio de Santa Catalina de Siena, adquirido en esta legislatura por el Ayuntamiento y para el que debe haber unos cinco millones de euros de fondos europeos. Por un lado, el PSOE anuncia que lo convertirá en un centro cultural del vino con un hotel con capacidad para 20 habitaciones (pincelada liberal), al que añadirá un centro cívico-deportivo con piscina, gimnasio, un centro de día para mayores y un espacio para ampliar el archivo municipal (marco social); y sin que haya propuesta concreta para este espacio, VTLP, también pone el acento en posiciones de política cultural de avance social, coordinada y cohesionada. Por otro lado, el PP quiere promover un Parador Nacional tematizado en torno al vino y un gran evento bajo el nombre de Valladolid Wine Festival (cultura construida sobre el mercado), mientras que Ciudadanos habla de un espacio multiusos (modulación social).
Y volviendo a análisis electoral es un poco descorazonador comprobar que, más allá de la orientación que adopta cada partido, se comprueba una diferencia determinante de esfuerzos a la hora de trabajar en los programas. Quien se tome la molestia de examinar todos los documentos verá que los del PSOE y VTLP se asientan en la confianza que da una trayectoria consolidada durante ocho años, trabajada y meditada, lo que le permite contar con una perspectiva que los lleva a presentar propuestas a futuro muy concretas y factibles y que, quizá por un proceso simbiótico, encuentra puntos de complicidad y trazos comunes; algo que deviene en unos programas precisos y ambiciosos. Por su parte, los documentos del PP y Ciudadanos se manifiestan como el resultado de una falta de bagaje reciente, a rebufo de los triunfos de sus contrarios y que muchas veces parecen ser una versión propia de lo que los otros han propuesto o el puro resultado de la idea sobrevenida, carente de reflexión y excesiva en la ocurrencia. Y lo inquietante no es eso, que podríais decirme que esta valoración es fruto de la subjetividad, sino que lo que de verdad alarma es que esta diferencia de esfuerzos ya se observaba en el análisis que hacíamos en 2015, lo cual es manifestación del interés que cada uno pone y ha puesto en el futuro de cultural de Valladolid y que califica el compromiso que se tiene respecto a los ciudadanos a gobernar.
No me quiero extender en un análisis concreto de las propuestas
culturales, salvo para hablar un poco sobre museos. La verdad es que no hay
demasiadas sugerencias sobre museos en los programas, más allá de generalizaciones y menciones a
estas instituciones, además de alguna vuelta a proposiciones antiguas. De este
modo vemos cómo el PSOE da una vuelta al Museo Patio Herreriano al quererlo
conectar con grandes museos europeos, después de haber propuesto que fuera
subsede del Reina Sofía, en una mención que no tiene mucho de concreta y que
habría que contrastar con el proyecto del actual director. En este aspecto, no
seríamos justos si no recordáramos aquí ciertas
fricciones que sucedieron con la gestión de este museo. También apuesta el
PSOE por un impulso al Museo de la Ciencia, algo necesario para un centro que
no ha sido demasiado favorecido por las administraciones y que sin embargo es,
gracias a su propio esfuerzo, uno de los referentes de la divulgación
científica en Castilla y León. Es preciso recodar, asimismo, que esto ya se
decía en 2015 y si bien no tenemos elementos de juicio para valorar si se ha efectuado,
las sensaciones abogan por que sí se ha producido. Finaliza este partido con la
aspiración de crear un Museo Nacional Interactivo y Digital de Cine, pero es
una simple intención de negociar con el Ministerio de Cultura y la Academia de
Cine que no especifica ni sede, ni colección, ni misión, ni financiación.
Vamos, los cuatro pilares sobre los que se construye un museo.
Por su parte, como hemos indicado, VTLP y Ciudadanos hablan genéricamente de potenciar la coordinación de museos, la creación de grupos de trabajo, la captación de públicos y la mejora en su oferta cultural. Me sorprende algo la sencillez de la propuesta de VTLP para los museos y no tanto la de Ciudadanos, aunque al menos los tienen en cuenta muy a diferencia del PP que ni los menciona en su programa y que solamente los contempla en otra referencia que parece querer corregir su parquedad inicial: sin embargo, aquí la única actuación de enjundia se refiere a una medida oportunista para mencionar una instalación que nunca ha sido, y que probablemente nunca pueda ser, un museo. No debemos dejar pasar, tampoco, su idea de crear un Museo Nacional del Cine interactivo que remeda un desatinado corta y pega de lo que ya había formulado el PSOE.
Recomiendo que cada uno de ustedes se tome la molestia de leer los programas. A partir de aquí, saquen sus propias conclusiones y disfruten lo que van a votar.




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