viernes, 3 de marzo de 2023

VOCACIONALMENTE HABLANDO

El trabajo es ese quehacer humano tan controvertido que nos sirve tanto para financiar nuestras necesidades como para realizarnos personalmente y es tan ansiado y denostado que muchas veces no sabemos si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar. No dudo que cada cual tiene más o menos claro por qué trabaja, ya sea porque no queda más remedio, porque algo hay que hacer o incluso porque se disfruta haciéndolo; que de todo hay en la vida. Eso suponiendo que tengamos acceso a un trabajo en condiciones dignas de ejecución y de contrapartida económica pues, desgraciadamente, no es una opción que siempre se pueda elegir.

La mayoría de las personas aspiramos a tener un trabajo y, si tenemos la fortuna suficiente, muchas veces responde a las ilusiones que nos fuimos creando en nuestros años mozos. Cuando todas las circunstancias se conjugan de manera excepcionalmente favorable conseguimos trabajos que nos satisfacen personalmente y que cubren nuestras expectativas, lo que es una gran suerte porque, al fin y al cabo, gran parte de nuestra vida consciente (y un poco de la inconsciente) la dedicamos a la actividad laboral.

Si con el correr de los años hemos accedido a una formación concreta y hemos acabado ejerciendo profesionalmente el oficio para el que nos educamos, es muy posible que podamos ser encajados entre aquellas personas que trabajan de manera vocacional. Pertenecer a esa extraordinaria categoría es, normalmente, sinónimo de que el trabajo va a comportar unos índices extremos de calidad, pues en el resultado de nuestros afanes se podrá encontrar eficacia, eficiencia, compromiso, productividad, creatividad, perspectiva…, y muchos otros galardones de los que carecen los trabajos chapuceros, toscos, imperfectos y mentirosos.

La vocación es más meritoria, si acaso, cuando se aplica a los trabajos públicos, ya que en aquellas acciones que benefician a muchos es donde se encuentra la posibilidad de conseguir grandes logros y, al observar una preocupación máxima por el bien común, donde desarrollar entornos sociales sólidos y pujantes. Como todo ello contribuye al progreso y al bienestar, los trabajadores públicos que ejercen por vocación, y que suelen poseer una importante vocación de servicio, han de ser valorados como elementos indispensables de la arquitectura de una sociedad avanzada. Que lo sean o no es una cuestión para tratar en otro momento.

Personalmente mi vocación siempre fue la memoria del hombre. Con seis o siete años descubrí fascinado que existía algo anterior a la Historia que alguien había categorizado en Edad de Piedra, Edad de Bronce y Edad de Hierro. Desde ese día tuve claro que mi futuro se encontraría en el estudio, descubrimiento y qué se yo lo qué del hombre y su paso por el planeta. Y con el devenir de los años acabé estudiando Arqueología para acabar dedicándome, por esas cosas de la vida, a los museos desde una administración pública. Y he de decir que, gracias a otras influencias ambientales, he procurado aplicar a mi capacidad profesional todos esos valores de mi personalidad que catalizan mis aptitudes: responsabilidad, lealtad, respeto, honestidad o justicia entre otros. Añado también que en todos estos años me he encontrado muchas personas con semejantes aptitudes, en este caso en el ámbito de la cultura, y puedo afirmar tambien que no se encuentran únicamente en aquellos oficios que solemos considerar como puramente vocacionales como la medicina, la educación, la cultura o la seguridad, sino que son frecuentes en personas que trabajan en la pura y dura administración de las cosas y las gentes.


Aunque, por desgracia, entre nosotros también podemos encontrar a otras personas cuya única vocación es consigo mismas. Da igual cuál sea su oficio original o cómo se haya desarrollado su trayectoria que siempre encuentran la mejor manera de lograr el beneficio propio. Suelen ser muy hábiles, sibilinos, narcisistas, amantes de lisonjas, las ocurrencias, el reparto discrecional y el conchabe, y tienen un punto de sociopatía que les empuja con todo y sobre todos para alcanzar sus objetivos gracias a su falta de empatía, escrúpulo y remordimiento. Si hace falta son mercenarios, sobre todo de sí mismos, y si tienen que usurpar el oficio de otro no encuentran problema pues consideran oportuno todo movimiento que les mantenga cerca de sus propósitos. Como tampoco son constantes, van y vienen porque han abdicado del esfuerzo que conlleva el compromiso, son líderes de la mediocridad inoperante y maestros del artificio y del oropel.

La mayoría de estas personas son encuadrables en dos categorías: los tontos y los malos. Y aquí es donde siempre topamos con el eterno dilema de quién es peor, si aquel que no sabe lo que hace por ignorancia o el que hace las cosas perversamente. Particularmente creo que los tontos son más peligrosos por la sencilla razón de que son impredecibles, mientras que a los malos se les ve venir. El malo es muchas cosas, pero de entre ellas la más reseñable es que es cobarde, por lo que puede ser relativamente fácil de contrarrestar; cuando sabes de lo que es capaz puedes aplicar contramedidas y, sabiendo que es espantadizo, rechazarlo con cierto éxito. Pero el tonto es ignorante, incauto, errático e inesperado, de modo que no sabes cómo actuar contra ellos y las consecuencias de sus actos pueden ser desastrosas; quizá sea por ello que los malos utilizan a los tontos, pues son manipulables, enfermizamente obedientes y tan compulsivamente serviles que les sirven bien para esconder sus miedos y alcanzar sus deseos mediante el método del ruina montium. Apenas quiero pensar en que haya tontos maliciosos o malos atontados, pues sería regodeo o vicio de sufrimiento; tortura masoquista sin más. Pero veo tanto de ello a mi alrededor que, si no fuera por la suerte que tengo de dormir excelentemente, contaría mis sueños por pesadillas.

Mis amigas, mis amigos, mis amigues (esta expresión es para los ofendibles) saben que empecé este año deseándoles felicidad y recordando que la civilización siempre vence a la barbarie. En estos tiempos de tribulación me gustaría enfocar las diferencias entre una y otra, como información de servicio y por si no se han parado a distinguirlas;  o por si tienen oxidado el pensamiento crítico, que es cosa frágil que no conviene tener a la intemperie si no se va a usar. La barbarie la hallamos fácilmente en aquellos que priman el beneficio ante el servicio, se encuentra también entre los que enarbolan la bandera de la hegemonía cultural, aparece con frecuencia entre los que confunden la fe con la idolatría, y pretenden hacer de ambas la norma común que someta la sociedad de todos, y es muy común en aquellos que no distinguen entre cultura y tradición, llegando a jalear el maltrato y la ofensa a la memoria hasta el punto de cuestionar y agredir los derechos que tanto cuesta adquirir.

Por su parte, la civilización se halla entre los desinteresados, los que buscan la concordia y respetan la diversidad, o en los que admiran la razón y aman la ciencia y es modelo habitual de conducta para aquellos que dignifican la custodia y trasmisión del patrimonio común y los valores universales. Así de sencilla y abrumadoramente contundente es la civilización. Tan absoluta que se comunica mediante acciones y no por medio de lenguas.

En definitiva, la barbarie y la civilización son la compañía que elegiste al elegir vocación: tú o todos.  Si eres de los primeros, la mala noticia es que siempre te recordaremos según tu elección; la buena es que estás a tiempo de cambiar.

viernes, 22 de abril de 2022

EL SENDERO DE LA CUMBRE

El Grupo Scout Pisuerga 92, mi grupo, el GSP (gesepé para los iniciados) cumple cincuenta años. Lo celebramos el día 23 de abril, las familias, antiguos miembros y scouters, porque nos conviene y porque es San Jorge. Y es que los scouts somos gente muy práctica y damos mucha importancia a las tradiciones y a los símbolos.

Ya sabéis que este blog habla sobre todo de museos, pero también habla de mis intereses personales y entre ellos están mi trabajo y vocación. Para afrontar la vida cotidiana aplico los conocimientos y valores que he recibido, así que esta vez me parecía indispensable que en una efeméride como esta se cruzaran en la bitácora los cimientos de mi personalidad con los pilares de mi existencia adulta. Porque bajo mi punto de vista scouts y museos tienen muchos puntos en común ya que los dos ámbitos están “al servicio de la sociedad y de su desarrollo”.

Le debo mucho a mis padres y a mi familia, la natural y la elegida, pero también a mis amigos y compañeros. Y soy el resultado tanto de los medios que me han facilitado para ser la persona que soy, como de la compañía y cariño que me todos me han ofrecido. Naturalmente en esto se encuentran los años que llevo siendo scout que, a ojo, son casi 46. Os parecerán muchos, pero es que los cuento desde el día que ingresé en el Gesepé hasta hoy. Porque esto es parecido a un sacramento, que imprime carácter, y que he tenido la fortuna de disfrutar como lobato, tropero, comando o jefe (que así se llamaban antes), o como antiguo miembro, padre, amigo o compañero.

Hace cincuenta años se hizo oficial la creación de este pequeño grupo scout gracias al impulso de muchas personas encomiables. El grupo, y el escultismo, han evolucionado desde un país deprimido que nacía al futuro, y ambos han ido modulando sus valores y principios de manera paralela a la sociedad que los acogía. Los scouts ya no son solo aquellos chavales y chavalas, con uniforme, pañuelo al cuello y canillas, que se iban de acampada y cantaban en torno a un fuego y que fundamentaban su formación como personas sobre una determinada ética y moral; las propias de los tiempos que corrieran. Actualmente los scouts son un movimiento, sobre todo juvenil, con una dimensión educativa global y transformadora, destinado a hacer que la sociedad sea mejor; en definitiva a “dejar este mundo en mejores condiciones de como lo hemos encontrado” como dijo Robert Stephenson Smith Baden Powell quien, para el que haya caído por aquí sin saberlo, es el fundador de todo esto.

Mirad, la vida es una eterna lucha entre la barbarie y la civilización. Esto no es de ahora, pues se encuentra en la historía del hombre desde hace muchos años. Los griegos, por ejemplo, lo ilustraron hace unos 25 siglos en los frisos del Partenón mediante la batalla entre los Centauros y los Lapitas; la Centauromaquia. Pues bien, tras 2500 años podéis ver en la foto siguiente una metáfora de esa misma batalla que me gustaría valorar.


Se trata de una scout checa que hace frente a un neonazi en una imagen que ilustra perfectamente lo que es la versión moderna de esa lucha y que nos muestra algo que considero importante. Los scouts aprendemos una serie de técnicas y recibimos una serie de herramientas que nos proporcionan recursos para enfrentar la vida. La parte manual de este juego son la vida en la naturaleza, la cabullería, la autonomía personal, la cocina o el fortalecimiento físico, por ejemplo. Pero también recogemos un bagaje fundamental en principios y valores que se traducen en respeto, tolerancia, compañerismo, responsabilidad, libertad, solidaridad, empatía, igualdad, esfuerzo, independencia, amistad, compromiso, etc.; sabéis muy bien de lo que hablo. Me gusta pensar que el propósito de esto es entrenarnos para mecanizar respuestas a los retos cotidianos y, de este modo, poder usar el pensamiento crítico para analizar nuestro entorno, reflexionar y actuar con criterio propio. La scout de la foto ha formado juicio sobre cómo quiere que sea la sociedad, conforme a los valores que he mencionado, y como era de esperar reacciona y los defiende con firmeza. Ella contribuye a construir una sociedad mejor y, de este modo, se sentirá feliz y hará felices a las personas que le rodean. Y quiero creer que en un mundo ideal el energúmeno que la increpa acabará dándose cuenta de sus errores, aunque me bastaría que fuese capaz de plantearse la posibilidad de estar equivocado. Yo, personalmente, a diario dudo de muchas cosas y trato de entender lo que me parece diferente. Qué queréis, aprendí a hacerlo en los scouts.

Este es uno de mis propósitos desde aquel momento en que crucé la puerta de las “bases” y desde que formulé mi Promesa. Y es lo que he querido transmitir a mis amigos y a mi familia. De hecho, uno de mis mayores orgullos es haber traspasado el testigo a mi hija Claudia, que también es scout y ahora scouter, porque sé que ello le ha ayudado a ser mejor persona de lo que ya es y porque me agrada pensar que ella hará lo mismo por aquellos que vendrán después.

El título de esta publicación responde a una de mis estrofas preferidas de nuestro himno: “Alerta hermano Scout nunca dejes el sendero de la cumbre al servicio del esfuerzo […]”, en la que siempre he querido ver una invocación al atrevimiento, a ser tenaces, a caminar rectos y a mantenernos firmes.Y es una llamada a mantener nuestras convicciones, a ser leales a nosotros mismos. Ello, además, se hace alentando a nuestra vigilancia y llamándonos por nuestro apelativo más querido: scout. Para recordar este compromiso llevamos la pañoleta al cuello y, como seguro que pasa en vuestro caso, esta ocupa un lugar de privilegio en algún rincón especial de vuestras casas. La mía, la nuestra, es además maravillosa porque sus colores son los del trigo castellano y el agua pisuerguera.

Este es mi homenaje al Grupo Scout Pisuerga 92, a todos sus miembros durante cincuenta años, a todos los que sois scouts y a los que compartís nuestras vidas. A los que seguís ahí, a los que ya no estáis y a los que estaréis.

¡Buena caza y largas lunas!

jueves, 11 de marzo de 2021

ALGUNAS ANALOGÍAS CONFUSAS

Ya sabéis que me gusta la precisión en el lenguaje. Quizá sea manifestación inocua de mis manías compulsivas, acaso cosa de mi carácter cartesiano, tal vez muestra vehemente de ese ensoberbecimiento tan natural en mí. O simplemente una sublimación de semejantes defectos que resulta en una afición por emplear diccionarios de consulta, de uso o de sinónimos, y que tiene como consecuencia el que tarde más de lo normal en rematar mis escritos.

Ser impreciso al usar la lengua resulta ineficaz pues fragiliza los códigos de transmisión y distorsiona el mensaje. Del mismo modo muestra pobreza de recursos comunicativos o pereza para usar la mejor herramienta que el ser humano ha sido capaz de crear y alimentar e incluso conlleva peligros.

Está claro que cada uno usa las palabras del modo en que cree que mejor van a explicar sus razonamientos y por ello hay tantas formas de decir las cosas como autores. Pero es también evidente que detrás de la elección de un vocabulario determinado, y de la selección de figuras retóricas, existe un trasfondo que muestra lo que se piensa de las cosas. Nuestra interpretación de las mismas se forma a partir de experiencias, conocimientos y procesos críticos que generan las ideas que rigen nuestras acciones de modo que, si partimos de supuestos desacertados, o desde prejuicios y falsos planteamientos, podemos llegar a entender las cosas de modo diferente a cómo son en realidad.

He observado que el relato periodístico sobre todo, pero también de las administraciones públicas, muestra a veces un concepto del patrimonio cultural bastante alejado de la realidad, por lo general incompleto y sesgado, demasiado pendiente del valor mercantil de los objetos y que deja al margen su relevancia como herencia o como conjunto de rasgos que se transmiten y que configuran nuestra identidad cultural. Y creo que es posible que la confusión derive del uso de la palabra “patrimonio” que, para bien o para mal, solemos tener más asociada a bienes y riquezas. También es probable que si generalizáramos la palabra “herencia” o, mejor, “legado” nos acercaríamos más a interpretaciones más relacionadas con la identidad, la continuidad o la creatividad y que eso nos llevaría a considerarlo como algo propio, común y activo. A lo mejor por eso los ingleses usan la palabra heritage en lugar de patrimony.

Por eso me desconsuelan una serie de voces que tradicionalmente se suelen vincular a las prácticas relacionadas con el patrimonio cultural y, en concreto, a los museos, la arqueología y el arte. Y como ya expresé en otra ocasión, más por divertimento que por crítica (que también la había), a veces son prueba de un desconocimiento, sensacionalismo o presuntuosidad que, al pretender hacer más llana la comprensión del mensaje “sacrifica las virtudes propias de los bienes a costa de conseguir una valorización imperfecta”.

Entre estas expresiones se encuentra la célebre “museos vivos” o “dar vida a los museos”, un recurso retórico que representa la intención de estimular la acción de alguno de estos centros y que puede vincularse a una estrategia para impulsar sus entornos inmediatos, ya sea social, cultural o económicamente. El error al usar la expresión se encuentra en que si hay que vivificar un museo es porque entendamos que estaba muerto o porque creamos que estas instituciones lo están habitualmente y eso es una obsesión que está tan arraigada en la mayoría de la ciudadanía como en un altísimo porcentaje de aquellos a los que les corresponden las competencias de los museos. “Museos vivos” es una frase que también se utiliza para camuflar períodos de indolencia institucional, para desmarcarse de responsabilidades previas o para ostentar una ilusoria imagen de renovación. Posiblemente gran culpa de estos usos provengan de un mal entendimiento, inconexo y descontextualizado, del famoso manifiesto de Marinetti en el que se abogaba por una transformación radical a partir de la destrucción del pasado. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo en qué acabo su deriva ideológica, es posible que articular discursos a partir de su dibujo de los museos como cementerios del arte no sea la mejor de las opiniones.

Relacionada con esta última idea se encuentra la de pensar en los museos como lugares de almacenamiento sin medida, centros de acumulación de objetos polvorientos y de cajas apiladas en equilibrio precario. A este esbozo han contribuido tanto la imagen de cierto arqueólogo que busca arcas para reservarlas luego en el olvido burocrático, como la del conservador abstraído que solamente cuenta con tiempo para el estudio y la investigación, apenas preocupado por si los objetos se presentan como deben. Parece claro que el museo y sus profesionales no hacemos suficiente para arrinconar estos arquetipos, e incluso diría que hay quien los fomenta porque “si la gente no viene al museo tampoco la vas a obligar”. En definitiva, la imagen del museo como una necrópolis desatendida se soluciona explicando lo que se hace en el museo y por qué se hace, es decir, explicando su misión y, por supuesto, abriendo de algún modo los almacenes como hizo recientemente, con tan buen acierto, el Museo Nacional de Escultura con su exposición “Almacén. El lugar de los invisibles”.

Entroncando también con este imaginario se encuentra igualmente el uso tan extendido de la palabra “tesoro”, que suele venir acompañado de vocablos como “atesoramiento”, “joya”, “secreto”, “botín” o “trofeo” y de expresiones como “amasar”, “acopiar” o “caja fuerte” que pueden servir todas ellas para ilustrar una imagen del museo entendido como un sagrario para depositar las excelsas muestras de un patrimonio cultural, considerado éste como símbolo de una determinada cosmovisión. Y que, apelando a la pasión más que a la razón, se acerca tanto a los nacionalismos excluyentes que, bajo la falsa apariencia de la identidad, se constituye en elemento divisorio más que en factor de integración. “Lo tengo yo hablado con todo el pueblo. Pregunte, pregunte por ahí, si quiere”.

La literatura museal siempre ha tenido como antecedentes de los museos, entre otros, a los tesoros de las iglesias medievales, pensados para albergar objetos con valor económico o simbólico, a las colecciones reales, para el disfrute personal y muestra de estatus, o a las acumulaciones de los eruditos renacentistas, como repositorio humanista para el conocimiento del mundo. Sin duda son magníficos ejemplos de cómo se fueron configurando las colecciones de objetos en el pasado, pero actualmente no podemos equiparar estas taxonomías a los que significan los museos hoy en día. Las instituciones museísticas actuales buscan su camino como lugares de acción social y participación humana, de modo que percibirlos como meros relicarios envía un mensaje reprochable. Los ciudadanos hemos confiado su custodia a instituciones y profesionales y si su labor se limita a la acumulación de objetos sin compartirla (ya sea por interés monetario, de prestigio o científico) tendemos a sospechar que en el acaparamiento existe la intención de medrar beneficio en la escasez o en la exclusión. De modo que, detrás del uso de estos términos puede acechar la imperdonable idea de que los museos guardan para sí los bienes culturales que a todos pertenecen y que esto se hace porque no todos somos merecedores de su disfrute o porque se quiere reservar (esta voluntad no tiene por qué ser consciente) para una élite cultural que suele serlo también en lo social. Incluso podría verse un interés en monopolizar conocimientos que, mediante el sacrificio de la transparencia y del acceso universal, resulta en una manipulación del mensaje y en una represión de derechos.

Junto a todo lo anterior también se encuentra uno de los usos del lenguaje que más me fascina. El que ofrece experiencias museísticas bajo la divisa de que son un lujo al alcance del usuario; así, como si fueran alhajas en su estuche (que un poco sí lo son, pero por otros motivos). Naturalmente quedo sobrecogido por estos modos, no diré que sorprendido sin embargo, porque creo que un museo es cualquier cosa menos un lujo. Llevamos más de doscientos años intentando precisar lo que es un museo, sin que hayamos conseguido tener clara una definición del mismo, pero si en una cosa estamos de acuerdo es en que los museos garantizan el acceso universal a la cultura y a los bienes públicos, por lo que son instituciones no excluyentes y asequibles; al menos coincidimos en ello un número importante de quienes estamos pendientes del asunto. 

Asociar a los museos con el lujo es un pensamiento tan tosco como los ya vistos respecto a los tesoros y suele ir también acompañado de frases donde el término museo viene acompañado por otros tan turbadores como “esconder” u “ocultar”. A veces, disimulados entre las líneas de actuación de las políticas públicas, o de los escritos de la prensa, podemos encontrar estos mensajes equívocos que provienen de concepciones exclusivistas de la cultura, nacidas en el ánimo de quien está acostumbrado a poseerla con ánimo hegemónico o cuajadas en el desprecio de quien nunca la ha tenido como un valor prioritario. Que cada cual se interesa por lo que le parece, faltaría, pero eso no significa que haya que obstaculizar los afanes del prójimo.

En resumen. Estamos tan sumergidos en una idea de la cultura construida sobre el mercado, en que toda manifestación o expresión debe generar un retorno económico y en la preeminencia del ocio por encima del disfrute, que hemos terminado por considerar la visita al museo como un bien de consumo, un gasto que solo sabemos valorar en términos monetizables. Y ello en perjuicio de considerarla una inversión en nuestros derechos, un bien esencial al que accedemos de manera participativa, donde nos encontramos para establecer diálogos, proponer debates para entendernos y entender el mundo o donde desarrollar la creatividad. Un lugar al que acudimos a pensar, vivir, disfrutar, luchar, amar, conocer, ayudar, curarnos, unir, estar, ser… Y eso nunca ha estado lejos de nuestro alcance ni debe encontrarse más allá de los medios que un ciudadano corriente tiene para conseguir las cosas. Así que pensar en los museos como un lujo supone pensar en ellos desde la exclusividad, desde la élite cultural, desde una posición de confrontación entre el visitante y el usuario. Y esto es alarmante si sucede porque quienes tenemos la responsabilidad directa de su custodia y transmisión sintamos que nuestro papel es imprescindible en el proceso interpretativo, en lugar de vernos como mediadores.

Mi humilde recomendación es que os quedéis con el afán de usar el lenguaje con precisión, que a lo mejor no hecho más que mostrar mis propios recelos y he creído ver prejuicios donde no había más que florituras narrativas.

miércoles, 10 de febrero de 2021

OPORTUNIDADES PARA SOBREVIVIR

Se va a cumplir un año de esta entrada en el blog. Una entrada donde apenas sabía cómo mentar la pandemia, donde ni imaginábamos que pasaríamos más de 50 días de estricto confinamiento y que nos esperaba una triste historia que no es necesario relatar por conocida y persistente. 

Creo que estamos dejando pasar lo que en su momento tomaba por una oportunidad para hacer mejores nuestros museos. Cierto es que se han ido tomado decisiones y que se ha avanzado en algunas cuestiones pero, sin embargo, no ha sido suficiente para aupar a los museos por encima del borde del agua. Si es que parece que apenas hacen pie y boquean entre saltitos para seguir respirando, lo cual no parece ser una situación deseable porque todos sabemos que al final te cansas y solo queda volver a un lugar seguro o ahogarse. En ambos casos tragas.

Asegurada la custodia y tratamiento de las colecciones de los museos, así como la protección de su personal gracias a la excelente labor de las autoridades sanitarias y el compromiso de sus dirigentes, y garantizadas unas condiciones seguras de visita sobre la base de la profesionalidad de sus trabajadores y la responsabilidad de los visitantes, hemos visto cómo en cuestión de pocos meses se ha pasado de lanzar el mensaje #LaCulturaEsSegura a cerrar los centros museísticos y otros centros culturales. Esto no ha sido así en todas partes, lo que únicamente demuestra que no existen soluciones universales contra las crisis y que los criterios de apertura o cierre de establecimientos mudan de una administración a otra o, simplemente, que sufren los embates de posturas más desafiantes que racionales y, lamentablemente, los vaivenes de la acción política o el furor arrebatado de la red social.

Particularmente no entiendo cómo se puede pensar que un museo es actualmente un lugar con alto riesgo de contagio. Suelen tener amplios espacios, los aforos están muy limitados, las medidas sanitarias (mascarilla, gel, distancia interpersonal…) son obligatorias, se siguen los protocolos apropiados y existen auxiliares de sala que controlan las circulaciones, de modo que pueden impedir la coexistencia de demasiados visitantes en una misma zona. Lo mismo pasa en lo que se refiere a los encuentros, conferencias, talleres o conciertos que alojan. ¿Entonces? ¿Por qué se cierran estos centros? Parece ser que se quiere contribuir a reducir el contacto social, pero me da la sensación de que no se ha explicado bien, ni suficientemente, que aun siendo los museos espacios seguros y donde se contemplan todas las garantías, se cierran para eliminar todo vestigio de trato interpersonal (que dicho así suena aterrador). Aunque realmente me da la sensación de que era la única operación que entrañaba un riesgo político asumible, por considerarlo limitado, y que añadía el suficiente impacto mediático como para enmascarar la ausencia de otras medidas (probablemente más previsibles). 

No entiendo tampoco que si lo que se quiere es restringir al máximo la circulación y el contacto se mantengan abiertas otras actividades sociales y se permita la interacción. No está en mi ánimo poner la mirada sobre otros sectores, que no soy de denostar la posición ajena para defender la propia, sino solamente hacer notar que mucha lógica no tiene que un visitante vea limitado su derecho a la cultura mientras se le permite rondar por otros foros en los que nadie parece estar preocupado por la seguridad del de al lado. Fiar el control del contacto social a la responsabilidad individual parece una quimera cuando vemos que esta medida es la menos responsable de todas y la más individualista.

Pero lo que realmente me tiene preocupado es ver algunos alegatos que dicen que tan “marginal” es el beneficio del cierre de los centros como el daño al sector. Creo que en el fondo de esas afirmaciones se encuentra latente la eterna consideración de la cultura, en este caso de la visita al museo, como una simple mercancía donde sus beneficios solamente se miden en términos económicos.

Si algo ha traído esta pandemia ha sido la constatación de que la cultura es un bien esencial y que sus beneficios ni son sacrificables ni se pueden colocar al final de la lista. La cultura, en sus numerosas manifestaciones, nos ha acompañado durante esta amarga procesión que transitamos entre positivos y fallecidos. En lo que llevamos de pandemia las creaciones culturales han iluminado espacios sombríos, han proporcionado entereza a las almas dolientes o han ayudado a dominar la desesperación. Pero igualmente han alegrado el espíritu y el ánimo, han generado relaciones y compromisos a través de dispositivos digitales, o incluso de balcón a terraza, y han evidenciado que la cultura se encuentra siempre cercana y que solamente puede entenderse si proviene del propio cuerpo social. Que únicamente es factible como expresión conjunta, mediante la fusión de sensibilidades y reflexiones, en un entorno libre, abierto y participativo. Así que al cierre temporal de los museos nunca se le puede considerar como algo marginal, que es lo mismo que decir que son algo secundario, accesorio o insignificante y que los daños a algo ínfimo, ínfimos son.

Otra cosa a tener en cuenta. La medida de cierre viene acompañada por la proclama de que es posible suplir la actividad presencial mediante una oferta online diversa (lo que es una redundancia porque diversas son las ofertas de los centros), gratuita (lo que de significar algo sería que quien sufre las consecuencias puede ser el sector creativo) y de calidad (estaría bueno que no lo fuera). En definitiva, un discurso grandilocuente y vacuo que elude admitir que escasea la estrategia digital y que solamente se está retrasmitiendo la actividad presencial. Que la retransmisión no sea por televisión o radio únicamente expresa que se ha ampliado el número de plataformas que permiten el acceso a la misma.

Internet está llena de estudios y valoraciones sobre cultura digital, así que no es preciso ahondar en el tema. Lo que sí parece necesario es darse cuenta de que no se debe confundir la mera trasposición en línea de una actividad presencial con crear o producir actividades digitales y considerar que una oferta digital se hace para reemplazar en lugar de para complementar. Los formatos, contenidos, plataformas, tiempos, lenguajes, públicos u objetivos no son los mismos y, además, este desconcierto implica riesgos añadidos. Entre ellos hay que destacar el riesgo de precarización de los profesionales, porque al reproducir una y otra vez las creaciones se puede restar valor a la creación y vulnerar el trabajo. A ello se puede añadir que los públicos consumidores son distintos y que su comportamiento es desconocido, como lo es la forma en que debe abordarse su comunicación y promoción; de modo que al intentar atraerlos sin criterio no conseguimos fidelizarlos y, por el contrario, podemos perder a los que ya teníamos en el ámbito presencial. Y no dejemos al margen a la siempre olvidada brecha digital, que parece que no nos queremos enterar de que no todos los ciudadanos tienen garantizado el acceso a equipamientos y de que hay muchas limitaciones en cuanto a la utilización y comprensión de los mismos. Y si además pretendemos limitar la evaluación de estos desempeños a las magras cifras de usuarios, estaremos haciendo una evaluación incompleta, lo que es ineficaz, ineficiente y quizá inservible para los propósitos públicos, y que solamente satisface al juicio lisonjero de la prensa.

En definitiva, si queremos ponernos un poco al día es preciso que los museos empiecen a crear nuevos contenidos para la nueva comunidad digital y eso no se hace a base de estacazos de streaming. Y para ello no es menos importante proporcionar nuevas estructuras de trabajo porque, no nos engañemos, la pretendida explosión de actividad digital deviene en la mayoría de los casos de la emergencia coyuntural de distraer recursos de otras áreas o competencias, o de una impuesta consigna de trabajo que devolverá a los centros a sus cauces habituales en cuanto acaben las restricciones de turno a la movilidad. “Las gallinas que entran por las que salen” es también una verdad absoluta en los museos.

No nos engañemos, el paisaje actual de los museos evoca al resultante del impacto de una bomba nuclear, de un tsunami, de un terremoto violento. Cuando museos públicos cierran o no alcanzan los ingresos suficientes para sostener su actividad, cuando solamente retienen el 30 por ciento de sus visitantes, cuando solamente nos fijamos en los grandes ballenas para hacer categorías de las excepciones y abandonamos al débil, cuando la carrera por la supervivencia se intuye a costa de otros, es necesario que nos demos cuenta de que esta crisis no es un paréntesis que permita volver a casilla en la que te encontrabas antes de empezar. Sobre todo porque, precisamente, el concepto actual de museo ya se encontraba en cuestión cuando la COVID-19 no había aparecido. Ahora ya no bastan planes de contingencia sino que estamos a expensas de que se aplique la política museística valiente, eficaz, sostenible y solidaria que ya se ha demandado otras veces.

Por supuesto no nos sirve el aforismo de que no hay que hacer mudanza en tiempos de tribulación, sino que es precisamente ésta la que nos empuja a transformar el museo. Y en esa ocupación debemos centrarnos y arriesgarnos, salvo que queramos ser el siervo que enterró el talento.

lunes, 19 de octubre de 2020

¡NO HIJA, NO! Es injerencia, no censura

Hace unos años (2016) advertí en este mismo blog sobre la deplorable situación que atravesaba el Museo Patio Herreriano el cual, escribía entonces, había caído “sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid” para convertirse “en pasto de pendencias políticas”.

Hay que reconocer que el paso de los años ha logrado poner de acuerdo a todos los grupos políticos. La pena es que se han conciliado para permitir, por acción u omisión, una nueva injerencia en el museo por vía de la imposición en sus salas de una muestra de Cristóbal Gabarrón. Si no están al día de la polémica y quieren acercarse a ella lean la admirable investigación de Elena Vozmediano.

Efectivamente, todos están de acuerdo en la jugarreta. Por una parte se encuentran los que pertenecen al equipo de gobierno: los unos, prietas las filas bajo el palio del talante sin osar importunar al cabecilla, y los otros, compañeros de viaje que saben que no conviene moverse demasiado en la foto de otro. Por otro lado, en el tendido diestro no son de abrir mucho los armarios para que no se vean los propios esqueletos, y a ellos se suman los que no se arriman por no saber si más arriba están de acuerdo y los que no saben si cargar al oír la palabra cultura.

No voy a calificar la obra de Gabarrón porque no entiendo de arte contemporáneo. La diferencia con otros es que yo lo reconozco y me fío de quienes se dedican a ello, que son muchos y valiosos, empezando por los propios artistas. Pero por si alguien no conoce al autor pueden encontrar cosas sobre él en esta valoración de Juan José Santos Mateo.

Hoy me dirijo al lector porque, desde el Ayuntamiento de Valladolid, la persona competente en la cosa (“competente” en el sentido de ostentar competencias y “la cosa” en el doble sentido de asunto y engendro) se ha manifestado en la prensa local. Y lo ha hecho para decir que quienes hablan de injerencia no son más que censores, procedentes del entorno del director del museo, que atacan la libertad de gestión municipal amparada por la legalidad y avalada por las urnas. Es decir, la triste y eterna historia de la legitimidad y del cheque en blanco electoral, con los toques afrutados del victimismo.

Yo, que no soy del entorno del director ni mucho menos sospechoso de querer sacar provecho político de esto, querría rechazar estos planteamientos con el respaldo de muchos años entre vitrinas, almacenes y burocracias museales, donde he visto tanta arbitrariedad que ya es difícil sorprenderme. No obstante, siempre he intentado mantener una posición independiente que he manifestado cuando me ha parecido (aunque me hayan hecho poco caso), del mismo modo que he procurado aplicar mi concepción del museo en todos los planes, textos, normas, reuniones o parlamentos en los que he participado. Habrá quien sepa distinguir esa huella en esos documentos y, aunque no sea relevante y esté al albur de los políticos que envician lo que tocan, al menos ahí queda y espero que algún día dé frutos.

Cierto es que ni el libelo concejil ni mi apología museal pasarán a la posteridad. El primero porque se perderá en el tiempo como páginas de hemeroteca y el segundo porque sólo es un ejercicio para mi propio solaz. De hecho, las obras y acciones de un sencillo concejal o de un mero ciudadano no tienen más trascendencia que la ofuscación generada por el deslumbramiento que otorga el poder temporal de un par de legislaturas. Si ni siquiera la memoria de un notable concejal, ministro y presidente del Consejo de Ministros está libre de la damnatio memoriae ¡cómo no lo van a estar las acciones de un jugueteo consistorial de provincias!

A mi parecer la munícipe ha cometido el error, o el atrevimiento por desconocimiento, de confundir crítica con censura, que la segunda es más un ejercicio del poder que del pueblo. A lo mejor lo hace por estar acostumbrada a palmas y refrendos en despachos, antesalas, agrupaciones o inserciones en regaladas rotativas, de modo que cree advertir un ataque en lo que no es más que un ejercicio ciudadano de protesta y una exigencia de rendición de cuentas, los cuales se pueden y deben hacer en el momento en que los hechos suceden, sin esperar a convocatorias electorales. Cuando, además, la crítica es razonada y en ella convergen las principales asociaciones nacionales relacionadas con el arte contemporáneo, artistas de prestigio, críticos de arte, profesionales de museos, los propios miembros del jurado que seleccionó al actual director y variados agentes de la cultura, lo menos que se puede hacer es tratar de razonar dónde se encuentra el problema, en lugar de agitar el látigo de la arrogancia y exhibir capacidades que no se tienen. 

Pues sí, la muestra de Gabarrón en el Museo Patio Herreriano es una injerencia. Y puede que no lo sea porque se quiera imponer una exposición, ni tampoco por la trayectoria del artista en cuestión, sino que lo es por el simple hecho de haber obligado a levantar una exposición para colocar otra, lo cual ha atentado gravemente a la autonomía programática del director, ha ultrajado gravemente al prestigio y a la obra de Eva Lootz y ha despreciado la confianza que los votantes concedieron a la propuesta ofrecida por su partido. En veinticinco años de profesión solamente me he tropezado con dos personas que quisieran adelantar la clausura de una exposición: a la primera se le pudo hacer entrar en razón con los sencillos argumentos de que las exposiciones no se cierran anticipadamente, en todo caso se prorrogan, y de que la prensa no iba a amparar tamaña tropelía. Lamentablemente la deriva moderna nos ha traído a un escenario en que un responsable político no dispone de asesores que le expliquen cómo hacer las cosas (o peor, que los ignore) y en el que la prensa no solamente no observa un papel vigilante de las buenas prácticas en las instituciones, sino que es cómplice de sus diatribas inconscientes. Sí, señores, nuestros políticos antes temían a la prensa. Qué habrán hecho unos y otros para que ya no sea así.

Pero no solamente es una injerencia, sino que es un rosario de menosprecios: a Eva Lootz, como he dicho; a los artistas que carecen de patrocinadores políticos y no pueden exponer en los museos más que a través de los criterios técnicos de sus programadores; a los ciudadanos que han confiado en su programa y en la aplicación de buenas prácticas ajenas a antojos políticos; al jurado que seleccionó al director y que con su decisión respaldó el proyecto curatorial y que de haber sabido que iba a ser intervenido quizá habría declinado su participación; al propio director y a su autonomía de gestión, sin más; al programa electoral municipal de su partido que quería hacer del Patio Herreriano un museo de referencia europeo (¿referente en amputar exposiciones e imponer programaciones?); y a la gestión eficaz de una institución pública, que presupuesta actividades para un período concreto para luego cerrarlas anticipadamente (¿acaso hemos gastado de más sin motivo?).

Foto Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons

No deja de sorprenderme la intrepidez de pergeñar una exposición en un museo a base de amalgamar a unos ofertantes externos, un área administrativa municipal, una fundación a la que solamente se recuerda por una turbadora espantada en la ciudad y un comisario universitario,  y que se empotre en la programación de “un museo de referencia europeo” bajo los argumentos del mejor servicio a los intereses de la ciudad; eso sí, sin asomo de informes técnicos al respecto, que ya que nos ponemos no parecen existir. Me maravilla porque siempre he pensado que los intereses ciudadanos se sirven facilitando presupuestos dignos a las instituciones, dotándolas de personal suficiente y adecuado, evaluando la gestión con indicadores cualitativos más allá de meras estadísticas de visitas, garantizando la independencia y autonomía de sus directivos, siendo transparentes en todas las decisiones que se toman, ganándose la confianza de sus usuarios y, en el caso de los museos, permitiendo que cumplían su misión. Y la misión del museo no es, por supuesto, acoger cumbres internacionales, actividades culturales aleatorias y ajenas a su plan museológico, ser un museo multifuncional, o pretender que sea un centro cívico con chorreras. La actividad ajena que alberga un museo es un complemento, una manera de equilibrar presupuestos o de habilitarlo como espacio de encuentro y atracción para conseguir otros objetivos. El evento es siempre un medio, nunca un propósito porque, de otro modo, el museo no es más que un matadero cultural, como decía G.H. Rivière. Alguien que sí ha dejado huella en la posteridad.

No conozco a Javier Hontoria, ni sabía de su existencia antes de verlo en los papeles, y desde luego no envidio el trago por el que debe pasar. No voy a ser yo quien sugiera lo que debería hacer, pues si se va puede parecer que deja el problema a otra persona que luego empezaría cuestionada su labor y quedarse puede ser visto como una claudicación; en ambos casos pierde el Museo Patio Herreriano, pero cualquier cosa que haga bien estará. Como yo mismo no sé qué haría, solamente quiero manifestarle mi apoyo como colega de profesión y como empleado público. Va a necesitar en el futuro mucha presencia de ánimo para convencer a futuros artistas de que el centro es capaz de mantener sus compromisos, mucho esfuerzo para convencer al sector privado de que sus posibles inversiones tendrán el retorno pactado y al margen de intromisiones, de que el Museo Patio Herreriano no se va a usar como un bonito telón de fondo para fotografías de ediles, incluso para que la Colección de Arte Contemporáneo…, bueno, dejémoslo ahí. Mucha energía para convencer de que lo que ahora se hace es una anécdota en lugar de una práctica habitual y para persuadir de que esta última época, que nacía bien auspiciada con un comodato renovado y una dirección elegida bajo un concurso público al amparo de las buenas prácticas, no es un nuevo episodio de un museo que ha acabado siendo una patata caliente que se ha ido traspasando de mano en mano a través de las legislaturas.  

Una cosa. ¿Se imaginan al Meadows Museum de Dallas llamando para adelantar la salida de los Berruguetes con un “se los devuelvo, que tengo un plan mejor y quiero hacer sitio”? 

Pero qué sabré yo de esto, que no me han elegido legítimamente ni asumo responsabilidades por ciencia infusa.